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miércoles, 17 de febrero de 2016

CATOLICISMO: DEL ORDEN A LA HISTERIA.


Por Dardo Juan Calderón

Cuando los pueblos desaparecieron para conformar eso que llamamos “masa”, es decir ese conjunto de hombres sin historia, sin familia, sin lazos ni intereses concretos y  a los que mueve un aparato publicitario azuzando sus peores tendencias; es decir, cuando los pueblos dejaron de ser “Iglesia” y ya no fueron convocados a un esfuerzo elevador, sino que fueron lanzados en una pendiente de manipulación de los vicios… el católico dejó de ser pueblo y trató de no ser masa.

 La Iglesia ya no fue “un pueblo”, pasando a ser un aparto administrativo de la religión que se agota en la curia y, que compite con los poderes políticos y económicos en la tarea de arriar esa marejada de sensaciones que es el hombre moderno. Tarea en la que va quedando evidentemente rezagada frente a las quimeras irresponsables y dañinas que sin ningún tapujo se van vendiendo desde las empresas políticas y las empresas comerciales, hasta que con el Concilio Vaticano II se despoja de la vergüenza y sale a la competencia comercial de sueños de consumo, con el problema de que sus ofertas se ven siempre como los escaparates de esas tiendas de pueblo, pasadas de moda y con los vidrios sucios, que muestran una lenceríademodé que se usaba el año pasado en la citi.

El católico de a pié, ya no era parte de nada, ni del pueblo que feneció, ni de la masa que se entrega con gusto a los vientos de la seducción, ni de la Iglesia que se agota en el aparato administrativo de la curia. Necesitaba un lugar donde recalar y necesitaba además un argumento de justificación, y lo encontró en aquel lugar que la revolución inventó para amortiguar el vértigo continuo de los cambios: la burocracia. Y el argumento fue: El Orden.Un orden posible.

No hace falta ser un especialista para saber que la burocracia es un fenómeno que el bonapartismo creó para amortiguar el efecto anárquico de la etapa del terror. Con Luis XVI había quince policías en París, y a los pocos años ya pasaban de cuatro mil. La legislación se transformó en un monstruo farragoso para uso exclusivo de los especialistas con sus códigos y regulaciones infinitas. Fouché fue el ejemplo del burócrata y por supuesto, fue el factor principal que luego, prohijó la caída de Napoleón.

Un nuevo poder se establecía con el burócrata, que en sus intrincados manejos se convertía en el “mal necesario” del político que ya había perdido todo contacto espiritual con su pueblo, pero que a la vez lo amenazaba con volvérsele en contra. Un aparato más o menos anónimo, lleno de monjes negros, que digería con tiempos de víbora  los reclamos que se hacían hacia arriba, y debilitaba las políticas que se hacían hacia abajo.  Desde el tradicional concepto de que era Dios y su Iglesia quienes ponían coto al poder cuando se desmadraba y coto al pueblo cuando se desaforaba, basados en un orden divino; vinimos a este engendro que con el único título de ser el traductor e intermediario infiel de los reclamos de ambosbandos, que ya no eran “un pueblo”,  sino dos compartimientos estancos, donde el gobierno era un iluminado que llevaba al mundo hacia destinos futuros inconcebibles por el vulgo, y el vulgo tenía como único termómetro su panza y su bragueta para ser llevados; la burocracia fungía  como estamento moderador a base de un “orden” sin proyectos ni fines, sino confeccionado a fuerzas de escollos “razonables y científicos” que amortiguaban con morosidad los ímpetus de ambos bandos, conformando una especie de síntesis política, que en muchos casos y durante mucho tiempo, fueron el verdadero poder (para rabia de los tiranos y odio del pueblo).

El católico, impedido por formación de carácter para ser el empresario capitalista, e impedido por las ideas reinantes de ser la cabeza gobernante, se ubicó en este estamento de la burocracia profesional y gerencial, para ser el moderador y el “Katejon” de una debacle que se cernía sin remedio sobre los pueblos. Para ello, esa burocracia debía conformar una idea de “orden” que no fuera la vieja, chocante y tradicional idea religiosa del ancién regime, sino un concepto que pudiera prescindir de la mención a Dios y que se fundara en argumentos puramente racionales y científicos, aunque, debo admitir, con la propiedad de ser permeables a fundamentos religiosos en forma inadvertida por los urgido gobernantes reformistas y los alelados hombres de la masa. Un naturalismo estratégico.

En la Iglesia pasó algo muy parecido. Frente a la demanda de quimeras del mundo, sus jefes debían tomar un tono “progresista” y se confiaba en la burocracia curial para poner coto y equilibrio a este nuevo juego de seducción y proselitismo hacia los fieles. (Ratzinger era un burócrata, y no pudo durar como Papa).  Esa burocracia curial era la continuidad, y las jefaturas el progreso. Los fieles ya no eran personas concretas y ni siquiera Iglesia, sino una especie de electorado anónimo y nómade que daban sustento a la existencia de la organización, sin formar ya parte de ella. Que aparecen cada tanto - como la masa en las elecciones democráticas – en alguna manifestación con ocasión de un viaje papal y se contabilizan al bulto.

La ubicación del católico de religión era en alguna de estas dos burocracias (la política o la Vaticana), dejando a las jefaturas en lo anecdótico. “El funcionario permanece y los jefes cambian`” fue la consigna de los panzudos conservadores. La burocracia era la nueva Iglesia y el nuevo Dios, ya que estas eran las moderadoras de las concupiscencias de ambos bandos, no ya bajo razones teológicas, sino por razones de un orden sostenible, razonable y científico, que era impuesto necesariamente para que la fiesta pueda seguir, para que el tránsito no choque. Su religión era un “orden”, que ya consistía en mantener un estado de cosas y no en buscar un fin. Se entendía como una actitud “conservadora” – lo que se suponía cercano a la ortodoxia- y no se quería ver su verdadera raíz revolucionaria, como bienla señala Rubén Calderón Bouchet en su libro sobre el Conservadorismo Anglosajón, y lo pinta Gómez Dávila en una de sus contundentes frases “La actitud revolucionaria de la juventud moderna es inequívoca prueba de aptitud para la carrera administrativa. Las revoluciones son perfectas incubadoras de burócratas.”

A partir de esto, el catolicismo construyó la idea de un “orden natural” que pudiera prescindir de la mención a Dios y,  sobre bases razonables y científicas fundar la razón de una burocracia  laica, pero permeable a las ideas teológicas en la sola idea de orden natural. Para Nietzsche esto era suficiente, nos decía “Dios muere en la medida en que el saber ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas, en que el hombre ya no necesita creerse un alma inmortal. Dios muere porque se lo debe negar en nombre del mismo imperativo de verdad - que siempre se presentó como su ley - y con esto pierde también sentido el imperativo de la verdad y, en última instancia, esto ocurre porque las condiciones de existencia son ahora menos violentas, y por lo tanto, menos patéticas. Aquí, en esta acentuación del carácter superfluo de los valores últimos, está la raíz del nihilismo consumado.” (Citado por: Vattimo Gianni, “El fin de la modernidad”). La reflexión jurídica de los burócratas católicos “ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas”, se contenta con una reflexión sobre el fin próximoo inmanente y se pospone la reflexión sobre el fin último, que resta como “superfluo”. Cosas de curitas. “Esta es la raíz del nihilismo consumado”. Como bien se dice en la cita, no hace falta más para conformar una apostasía.

 El catolicismo, con la pirueta del orden natural, transcurría el mismo camino que la filosofía moderna al hacer posible un orden sin la mención de su causa fin última,  y basado o fundado  en“valores” intermedios que pretendían preñados de valores cristianos y que en algún momento harían permeable para el hombre los valores trascendentales. Estos valores intermedios que fueron y son el eje de una “gobernabilidad humana”, como aquellos principios de política social que un manejo de la doctrina social de la Iglesia convirtió en fundamentos únicos “mostrables” ( subsidiariedad, etc) y que luego fueron virando hacia el planteo de  los derechos humanos, los derechos de la mujer, los derechos del consumidor, la ecología y muchos otros, que pretendieron y pretenden ser bautizados como posibles “conductores ocultos” de un cristianismo silenciado. Si no son expresamente la misma “muerte de Dios” que Nietzsche declaraba, son por lo menos una mordaza puesta a la Palabra que lleva más años de los que la estrategia católica pensaba y que, finalmente han culminado en una “ausencia de Dios” que tiene los mismos efectos.

Al católico de hoy no se le ocurre ninguna otra actividad que no sea la burocracia. Esta es la nueva Iglesia y los valores defendibles son los “valores intermedios” de esta nueva Iglesia. Valores que tienen un particular efecto más apropiado que los viejos valores cristianos: aquellos no eran negociables y producían este efecto violento y patético que señala el autor citado. Los nuevos valores, por ser intermedios y desasidos, son valores de cambio, son valores negociables, son “conversables”. El término no es mío, lo de “valores de cambio” no recuerdo por quién fue acuñado, pero da la clave del economicismo que de fondo tiñe las nuevas posturas.

Al católico actual no se le da un tesoro que debe proteger contra viento y marea y aún a pesar de su propia vida o de su confort. Se le dan valores de cambio, se le da una fortuna de tipo dineraria, fungible, para negociar, para intercambiar, para comerciar. No tiene una obligación fija y perenne; tiene derechos para hacer valer en un trueque. Se le dan una serie de elementos de cambio con los que tiene que negociar su subsistencia como católico en medio de un mundo pluralista, y la burocracia católica defiende que dichos valores de cambio no se deprecien, como se cuida la moneda de un país frente al sistema monetario mundial. En el mundo de los valores se trata de imponer la existencia de algunos valores cristianos que compiten en el mercado. El “derecho a la vida” es el esencial. El nuevo estado y la nueva Iglesia, entregan sus destinos a los aventureros, pero confían en que una férrea burocracia asentada en principios liberales defienda aquellos valores de cambio, que bien administrados, suponen la posibilidad de reencontrar el rumbo, o por lo menos sobrevivir.

Miren a su alrededor, sus amigos y parientes católicos, y verán que muchos de ellos bregan con denuedo por pertenecer a la burocracia para poder ejercer un apostolado que consiste en sostener algunos valores intermedios, para poder obstaculizar el mal, en un proceso que delento retroceso se va transformando en una desordenada retirada. Esta es la nueva Iglesia. Vean los curitas católicos, luchando por mantenerse o acceder a  la burocracia vaticana, por los mismos objetivos. ¿Qué tienen en sus manos? ¿La Verdad Cristiana? No, ella es “patética y violenta” como decía el alemán, es para otra época. Tienen “valores” de orden, de un orden natural que suponen “acabado en si mismo” sin necesidad de referencia a un orden sobrenatural, aunque – esta es la excusa- permeable a ese orden sobrenatural por su intrínseca razonabilidad, pero que se difiere en la consideración pública. Tomarán los derechos humanos y otros elementos de cambio que la sociedad moderna les entrega, y negociarán. Ya no son pueblo, ni son Iglesia, ni quieren ser masa: son vocacionalmente burócratas.

Ahora bien, ¿porqué histéricos?. Porque toda felicidad tiene un fin. Ser abogado hace cien años era un pasaje para la fortuna. Ahora hay cien millones. Y muchos eficientes. La clase profesional y gerencial tiene una enorme competencia  y ya el poder, produciendo estos bichos a montones;aunque en cierta medida sigue preso del efecto conservador que esta calaña produce por sí mismo, ha ido doblegando la fiereza de sobrevivientes de la burocracia para hacer una corte de alcahuetes mejor o peor pagos, cuya mayor y casi exclusiva  actividad es la de mantenerse en el puesto y en el salario – ya casi sin posibilidad de lograr ni los fines intermedios – y en lo que agotan sus últimos esfuerzos de derrotados. Para neutralizar su eficacia conservadora los ha multiplicado y los ha lanzado unos contra los otros.  Porque ya, esa burocracia que fuera un bloque,  no se defienden entre ellos,  si no que, en la medida que pueden se denuncian y defenestran para hacer un poco de lugar en aquel dulce infierno. Sus mejores logros son la obtención de algunos pequeños triunfos en valores cada vez más banales, que se cuenten en el haber de un patrimonio para un trueque cada vez más anodino y perdidoso.

En fin, estos posmodernos me están convenciendo del tan remanido argumento lacaniano que se consagrara para el vulgo burgués y semiculto en la novela de Kazantzakis y su posterior llevada al cine – “La última tentación de Cristo” - sobre el hecho de que “no hay un mejor camino hacia al ateísmo que el cristianismo”. Para ellos el símbolo cristiano de la Cruz, es el de un Dios que se hace matar para hacernos el don de que su muerte se haga evidente a nuestros ojos y sepamos que estamos solos, que Él dejó de existir. De un Cristo que cuando toma conciencia de que es el Hijo de Dios, se hace matar para liberarnos - no del pecado - sino de sí mismo, de su tutela, y así dejarnos por fin libres.

De igual manera el catolicismo actual (me refiero al “mejor”) ha preferido un Dios silenciado, que ya escamoteado  nos evite la violencia y el patetismo de las posiciones irreductibles. Es el cristianismo de Carl Schmidt: el katejon burocrático (que fuera una vergüenza de los viejos fascistas y que hoy se transforma en paradigma para algunos “estudiosos”). 

Sin embargo, el católico no logra conformarse del todo a esta muerte y a este olvido de Dios. Como la mujer liberada - a la que su hombre no conforma ni posee de verdad como desde su fondo vital querría -va a caer en el  histerismo de la inseguridad, del enajenamiento propio y la ausencia del “otro”. Vean que el camino obligado de una feminista es hacia el histerismo (en la película “Las cincuenta sombras de Grey” la mujer liberada, goza del sadismo del hombre y millones de mujeres feministas hacen cola en el cine para verlo); ya que  en ese fondo vital -  ahora pervertido -luego del acto de liberación…quieren que su macho les pegue. La llamada “violencia de género” estalla por todos lados, porque en el fondo (y no tan en el fondo) la feminista la reclama. Y el católico actual quiere librarse de Dios, por un rato, hasta terminar la negociación, pero en el fondo se siente un tanto traidor y culpable, y no pudiendo acercarse él por sus compromisos y ataduras, quiere que Dios haga el movimiento, que vengay que le pegue,  y atrae su desgracia.

Burócratas histéricos. Defendiendo un orden que se hace cada vez más banal. Esgrimiendo valores negociables. Intentando hacer alguna cosa en el mínimo tiempo que le deja el esfuerzo por mantenerse en la silla. Pero, en el fondo, reclamando un castigo que desde su inconsciente supone que merece y, que los amarga. El católico reclama su libertad y reclama un castigo por ella.

Sin embargo, todo el secreto era el de una amistad corajuda, el de un amor valiente que se nutre cada día en la relación y se siente capaz de enfrentar tanto lo cotidiano como la encrucijada de hierro, y que espera el premio del amor. El castigo es para los “malos”. Pero hoy lo reclamamos para nosotros, como efecto despertador, como efecto necesario para retomar una conducta de la que nos reconocemos incapaces por otra vía que no sea la del golpe.

Hoy para esta catolicidad, la gran esperanza son los burócratas. En la Iglesia se espera de los viejos cardenales y obispos de la burocracia vaticana que dejaron la Verdad, pero que defienden “valores” tradicionales desgajados del tronco. En lo social, el “honesto funcionario” y el “intelectual católico”  del derecho que rige esa burocracia, se permiten que Dios haya sido olvidado en lo político, porque con ello logranllevar leche y remedios a los niños desamparados, o quese realicen congresos para que el derecho a la libertad de expresión tenga límites, y nos dejen hablar del “orden natural” sin tener que escuchar blasfemias; en que la negociación se transa en que “yo no hablo de Dios y tú no lo insultas”, a lo que los otros responden “tú me provocas” y blasfeman más alto. Todos ellos amargados, esperando que una desgracia mandada del cielo les redima, porque no saben ni pueden ser “amigos” hasta que las cosas se ponen muy feas, porque esperan reaccionar sólo cuando las cosas se pongan muy feas,  pero  ¿y si a pesar de eso sigo sin responder?. ¿Y si sólo soy un desgraciado?  


Hoy ser católico es una fuente de histerismo, de depresiones, de calamidades del temperamento, de proyectos impotentes, de derrota contenida y retiros estratégicos. Las nuevas generaciones, las juventudes, no van a soportar esta tristeza y esta sed de desgracia. Van a abandonar la fe en defensa propia, y lo están haciendo en legión porque la fe de sus mayores es una desgracia que no quieren heredar. Sus madres cumplen malamente con cara de atormentadas y sus padres apenas si ocultan su fracaso, ninguno de los dos pueden ocultar que están esperando un cataclismo – de cualquier especie – para volver a ser heroicos. Porque no pueden ser normales.

7 comentarios:

  1. Muy buena la cita de Nietzsche, que hdp genial. Vio la cosa con una claridad envidiable.

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  2. Es muy importante escuchar lo que ven los inteligentes de afuera, que suelen ser más certeros. La masonería para dominar el mundo sabía que, primero que nada, debía bajarse la Iglesia y la actividad de los curas, y nosotros no tenemos claro que para salvarlo, hay que activar eso. Tiene más sentido sobrenatural el diablo que los católicos.

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  3. La inclinación hacia la burocracia de los católicos tiene que ver, como usted dice, con cierta visión vinculada con "hacer desde dentro el bien posible aunque no podamos mucho", pero no es la fundamental motivación.
    La fundamental y que acerca a católicos y ateos a trabajar para el Estado se vincula con nuestro modo burgués de vivir.
    El burgués, sea o no católico es temeroso, especialmente de las carencias dinerarias y sabe que desde el Estado, con poco o con mucho llegará a tener una vida pareja y asegurada desde este punto de vista.
    No quiero decir que no sean burgueses los de la actividad privada, simplemente digo qué es lo que tienta tanto a la actividad pública.

    Funcionario.

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  4. "Tal vez nos ayude a comprender este cambio en la actitud del científico ante la Naturaleza la observación de que en aquella época (siglo XVII) el pensamiento cristiano había llegado a separar tanto a Dios de la tierra, situándole en un tan alto cielo, que recíprocamente no parecía ya absurdo considerar a la tierra prescindiendo de Dios. Hasta cierto punto, pues, es justificado pensar con Kamlah que la moderna ciencia de la Naturaleza revela una forma de ateísmo específicamente cristiana".
    Werner Heisenberg. "La imagen de la Naturaleza en la física actual".

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