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viernes, 12 de febrero de 2016

CON MÁS CALMA



Por Dardo Juan Calderon

   

   Por efecto de algunos comentarios a la reseña (de un tal Jornada), aclaremos con calma y pasada la tormenta de las ofensas, el punto esencial que diferencia las puestas. Los comentarios a los que aludimos, hablan de “dos” doctrinas de igual peso (casi que por el modo y el conocimiento del comentario, me tinca de quién se trata y me alegra su intervención) y con detentores de igual prestigio. Agrega el comentarista un aire de que estamos haciendo una enormidad de una nadería. Lo primero no es así, no son de igual peso, y lo segundo… quizás. Pero ya ven que no es porque nosotros somos respingones; ellos saltan hasta el techo cuando se los toca, y eso que el pobre Padre Devillers no debe haber pensado ni por un momento que estaba embromando a alguien y lo fueron a buscar para darle un castañazo.
   El desarrollo de la doctrina tradicional con respecto a la política, ya no necesitamos explayarlo, está en el libro reseñado de forma espléndida y no hay que andar balbuceando. De esa manera pensó la cristiandad surgida de los choques con el Imperio Romano, doctrina contenida en el Evangelio y sobre todo en los cuatro Padres de la Iglesia. Recuerden a San Ambrosio mandando hacer penitencia a Teodosio por un acto injusto (ni tanto - fue desmedido - se liquidó unos revoltosos sin distinguir tirios o troyanos; una nadería de unos tres mil) o no lo dejaba entrar al Templo; Teodosio bajó la cerviz. Este entendimiento de cosas, es decir, la jurisdicción originaria de la Iglesia sobre toda la sociedad cristiana con delegación de funciones a los reyes, fue aceptado por los reinos cristianos como una realidad jurídica y una conveniencia política a todas luces (les hacía falta la Iglesia para todo y pensaban que les daba con sus unciones, gracias y fuerzas especiales. Lo que era verdad - sobrenatural sí - pero en esos tiempos creían en eso). No se necesitaba una doctrina. Era una realidad y era el derecho vigente.Los reyes eran hombres de la Iglesia, casi a la par de un Obispo o un Cardenal. En aquellos reyes hasta el fin de la Edad Media, estaba claro que tener a la Iglesia como árbitro y límite del poder en los reinos, era la cosa más normal del mundo y conveniente; las gentes sabían que podían recurrir a ella ante los abusos; la Iglesia tenía esa jurisdicción.
   A fines de la Edad Media, los reinos cristianos quisieron mayor autonomía y menos limitaciones e intromisiones (como es lógico de toda tendencia del poder, ya la fe había bajado su termómetro y no creían  tanto en esas “fuerzas” que provenían de las unciones sacramentales. Confiaban más en los ejércitos; las nacionalidades se pronunciaban y comenzaban a hacerse de los nombramientos del clero para su conveniencia). Esta tendencia fue enfrentada por la reforma deSan Gregorio VII desde el aspecto jurídico – no doctrinario-  con los 27 artículos del Dictatus Papae (1075), trenzando una batalla con Enrique III de Alemania que llegó hasta la excomunión (dos veces, con el acuerdo de Canossa entre medio, en que el Emperador pidió perdón)  y al que al final el Papa no pudo deponer (como correspondía) por falta de fuerza (el Emperador le nombró un antipapa, el famoso Clemente). Era derecho establecido y punto.
   Pero los Reyes y Emperadores buscaron razones en los filósofos para impugnar ese derecho y aumentar sus poderes en detrimento de la Iglesia.
   Aegidio Romano fue uno de ellos, un agustino surgido de la Universidad de Paris y que “trabajó” para el Rey Felipe el Hermoso, iniciando desde el plano jurídico una tendencia hacia la autonomía, que luego contradijo en posterior trabajo.         Doctrinalmente (ya no jurídicamente), quien funda este derecho en teología (un poco antes de Aegidio Romano), es Santo Tomás en el Gobierno de los Príncipes. Y Santo Tomás  ha sido para lo mejor de la Iglesia en todos los tiempos “la última palabra”. Sin embargo las discusiones siguieron, pero en lo jurídico, no en lo teológico, que estaban cerradas con el libro de Santo Tomás.
   Luego, en los hechos, con la reforma y la revolución, la Iglesia perdió su poder efectivo de imponer el derecho en casi todo el orbe cristiano. Sus sanciones e impugnaciones ya no tenían fuerza de aplicación.
   Las discusiones de los filósofos con respecto a la doctrina de Santo Tomás, nunca pasaron por refutarla, las discusiones (sobre todo de españoles) fueron al nivel de la iusfilosofía (un engendro de abogados) que al darle una vuelta de astucias argumentales, de hecho terminaban poniendo de cabeza a la doctrina. La defensa de hoy tiene el mismo carácter, son iusfilósofos que le dan máquina a sus argumentaciones y distinciones y, se olvidan de la “paternidad” del teólogo. Lo de Ayuso es eso, derecho, y lo del P. Devillers, teología. (Es cuestión de saber quién manda). Fíjense en el comentario al que aludimos (Jornada), que habla de la doctrina de Ottavianni y de Billot, y claramente la señala como “Derecho Público”, no teología. Pues vamos a ver que estos dos autores van a ser refutados en algunas conclusiones por los teólogos. No se vuelvan locos con los nombres y los prestigios, vamos a ver errores en muchos de los que creímos seguros, errores teológicos y sesudas disquisiciones en derecho público, y estos errores van a ser señalados por ignotos curas que apenas si se conocen.
   El llamado hispanismo, que surge desde la conformación del Imperio con los Reyes Católicos, venía con la dualidad que implicaba Isabel y Fernando (la Santa y el Príncipe Católico Moderno); y siempre mantuvo en su corazoncito la tendencia a no dejarse regir tanto por la Iglesia en cuanto a derecho corresponde (Isabel la tenía clara como la tiene un santo, pero Fernando jugaba un tanto). España reclamaba los derechos, en gran parte legítimos,  de haber sido la fuerza que repuso a la cristiandad y a la Iglesia en un lugar de preeminencia, con el consiguiente alto costo que pagó por ello. De alguna manera lo cobraba. Y sus intelectuales también. Las piñas entre Carlos V y el Papa llegaron a límites feroces y había “doctrinarios” que hacían su trabajo para el Imperio.
   Asuntos más o menos, frente a Napoleón la Iglesia casi que defecciona en la doctrina. Y digo casi, porque la famosa bula en que se “entregaba” el Papa Pio VI, era de tenor jurídico y no doctrinario.  Pero en realidad lo que ocurre es un largo silencio prudencial de andar definiendo lo que no podía hacer cumplir en los hechos, y que cada vez que lo había hecho, le costaba una entrada militar al Vaticano, que en este caso del buen Napoleón, lo mismo le costó a pesar de haber pactado. El silencio dura hasta Pio XI.
   Recién Pio XI define la doctrina, refiriéndose especialmente a ella y como asunto teológico, no jurídico (con adelantos de San Pio X en la medida en que este era un Tomista a la letra) y a base de la doctrina tomista tomada en su fuente textual. Los españoles, aún tomistas, pero más iusfilósofos que teólogos, tenían diferencias producto de lo dicho.
   La doctrina no se podía enunciar antes por efecto de los roces (más que roces, verdaderas guerras que se levantaban contra el Vaticano desarmado y lo hacían puré cada tanto), y a fin de no producir mayores daños. Cuando Pio XI la define, ya no hay problemas. Napoleón había sido el último al que le importó hacerse consagrar. Ya después, a nadie le importa, no hay reinos cristianos en ninguna parte ni se puede hacer efectivo en ningún lugar ese derecho. La definición se hace al efecto de poder juzgar el cristiano si está frente a poderes legítimos o no. Si debe aceptarlos, deberles obediencia y si puede pactar con ellos. Y viene el ralliement, que a pesar de que la doctrina expresada hacía concluir que no había que pactar, pues se trató de buscarle la vuelta y ¡cataplum! Hasta el Concilio Vaticano II no se paró. Entre medio, y a base de esa doctrina, y no otra, Pio XII condena al régimen comunista, “Intrínsecamente perverso”, con el que no hay que colaborar ni dialogar. ¿¡Con qué fundamentos lo podía hacer!? Pues con esa doctrina, sino, debía callar, como efectivamente lo hizo el Vaticano II invitando comunistas como observadores y comprometiéndose a no condenar nada (de paso, esto provoca el escamoteamiento del mensaje de Fátima, y quizá, su falsificación).
   Ahora bien, hoy nos encontramos con dos “doctrinas”, pero no de igual valor y raíz, sino que una surge de la Teología, y la otra surge de la iusfilosofía(que está varios escalones más abajo). Una que ve la ciencia política desde la teología (desde arriba), y otra que surge desde una iusfilosofía (del derecho) que viene tramitando sus razonamientos con independencia de la teología y que una vez efectuados sus distingos, y ya sin mucho conocimiento teológico, trata de ensamblarse con la teología haciendo fuerza sobre las piezas y mirando la teología desde abajo.

   Pero veamos bien el problema, dijimos que uno se basa en la iusfilosofía y el otro en la teología. Y los primeros no andan con ganas de andar con muchas subordinaciones, y por otra parte, ¡ya no existen teólogos! Y los que existen ¡son nadie! Son nadie para el mundo de los “nombres” y los “prestigios” que se han forjado en las universidades, cercanos a los ruedos de poder político y vaticano, y que han convertido a la iusfilosofía en la Ciencia de las Ciencias. Y entonces alguien nos arroja un nombre como Ottavianni y tenemos que recular, pero no es así, fue un filósofo, pero no un gran teólogo. Y vaya para muchos otros tan renombrados como el Padre Ramírez y varios más (Jougnet por ejemplo). ¡Lo que es un escándalo!
¡Y QUIÈN DICE ESTO! Un triste viejo perdido en el seminario de La Reja, u otro franchute por ahí. ¡Quienes son estos tipos para plantarse ante los iusfilósofos de renombre que vienen inflando esta ciencia hace años, y que la han convertido en los hechos en el reemplazo de la teología! Y no lo hicieron sólo de soberbios, sino que es verdad que no había teólogos y estos se arreglaban con lo suyo. Y ahora resulta que hay que arrodillarse frente a unos curitas oscuros, muertos de hambre, que vienen a impugnar o corregir en esto o aquello a Ottavianni, a Ramírez, a Meinvielle… Pues creer o reventar.    
   Un libro como el del Padre Devillers prende la mecha. En buena hora. Y ¿por qué ofende?, porque la teología le pega un empujón a la iusfilosofía (o Derecho Político le dicen, ahora que ha bajado otro escalón y que ya se cultiva no por filósofos, sino por abogados). Empujón que hace tiempo no sentían porque no habían teólogos, y ahora, luego de un trabajo increíble de Mons. Lefebvre, comienzan a aparecer de nuevo y resultan chocantes sus puestas. Todo el mundo se había olvidado de estos personajes. La filosofía se hacía en el INFIP o nada, y si uno se planta allí y grita que la filosofía es sierva de la teología, se lo bajan de un capirotazo. Pero, ¡algunos teólogos habían! me dirán. Sí, más o menos, con un tono un poco vergonzante frente a las ciencias, formados en los ámbitos universitarios, en las cátedras, acostumbrados a hacer lugar a los otros, a que muchas veces los otros eran “más” en varios aspectos. (No había ningún teólogo que conociera la Summa como Guido Soaje).
   Pero ahora resulta que estos, salen de conventos y seminarios casi conventuales, con una especie de ingenuidad frente a ese mundo de los “nombres” y los “prestigios”, haciendo teología a la forma antigua y pisando callos (sin darse cuenta) a los académicos. Desde sus celdas como en la edad media. Y llevan veinte o treinta años de Summa; pero de Summa y vida mística. Encima con un halo de santidad (nadie los ha visto por los pasillos de la UCA explicando filosofía a las muchachas; no están en el INFIP, no van a congresos, no tienen doctorados ni masters; ni siquiera títulos terciarios; están con sus Misas y sus sacramentos, con el rezo de sus rosarios y sus horas, sus breviarios, sus sermones y sus retiros, sus fieles y sus pobres, hasta pidiendo limosna, ¡hasta enfrentado demonios en exorcismos! ¡Son Curas! ¿De dónde salieron?).
   Entonces… no embromen. Esto no es una cuestión de opiniones. Es una reflexión jurídica que se viene haciendo en casi total libertad de la teología y que hoy se encuentra con “teólogos” que vuelven a hablar de filosofía como “sierva de la teología”.   No es una discusión filosófica. Hemos rezado mil veces “¡Danos Sacerdotes! ¡Danos Santos Sacerdotes!”, y cuando los tenemos, cuando comienzan a aparecer desde sus ermitas después de un trabajo increíble de hombres providenciales que se propusieron recomponer el Sacerdocio católico, nos quedamos boquiabiertos frente a un abogado que nos enfrenta con los galardones logrados por cien años de ausencia de verdadera teología y,  que no es capaz de aceptar que le ha llegado la hora, la hora de hacernos a un lado, de volver a escuchar al teólogo y meternos la lengua en el bolsillo. De dejar que la teología nos empuje y nos devuelva a nuestro sitio. Pero… ¡cuesta creerlo! ¡¿No es acaso Aquel el hijo del carpintero?! ¿Algo bueno puede venir de Galilea? ¡¿Y de Francia?!
   Y también la hora de que nosotros los brutos - los cocodrilos - protejamos este milagro; más que a nada, más que a todo. Porque les guste o no, si se tomaran el trabajo y el tiempo de irse un atardecer a escuchar cantar las horas en algunos de esto pobres seminarios, pues les pasaría como aquella anécdota (trato de recordarla y seguro algo traiciono mezclando mis recuerdos) de Louis Pauwels  que cuenta en su “Manifiesto en la Noche”, cuando al acompañar a un amigo a un convento benedictino enclavado en un monte rocoso, al que se subía por una especie de cesta con roldana manual y,  no queriendo entrar, quedándose en la piedra que separaba la puerta  del precipicio,  junto a una ventanuca enrejada -incómodo e impaciente - de pronto… comenzó a llegarle el canto gregoriano de los monjes…  y todo su ser se sintió vacío y su ciencia se esfumaba (¿ No será esto lo que buscaba? Se preguntó). Allí solo, aferrado a la reja y pegando su frente contra el hierro…  lloró como un niño hasta quedar exhausto. Aferrémonos a La Reja.
¿A qué todo esto? Pues… que para entender estas doctrinas de los teólogos no hay que hacer mucho esfuerzo intelectual. Hay que haber llorado - como una Magdalena - hasta quedar exhausto. Hasta quedar vacíos de nuestra ciencia y volver a recibir esa sabiduría revelada de manos de los Santos.
Claro que podemos acordar. Decía Neruda que dos varones no han certificado una amistad hasta que no han meado juntos bajo la luz de la luna. No propongo tanto, y menos prosaico, creo que llorar junto a otro, crea un lazo bastante fuerte y, creo que para bien de todos, la única cura de la unidad entre los que estamos enancados en esta querella, es participar de ese llanto de la Iglesia que es el canto gregoriano en la celebración de Su Sacrificio en la Misa. Recrear en la mente dónde se ubica el Cura y dónde nos pondríamos cada uno de nosotros en la fila de bancos, y así llevarlo a la vida. (Y si ven un viejo cocodrilo, allá en el foso, que hecha algunos lagrimones; no le crean - recuerden el viejo dicho - y no se ablanden por esto).

9 comentarios:

  1. los peronistas son peores12 de febrero de 2016, 13:01

    Me permitiría decirle dos cosas para su tranquilidad:

    Nadie lo sigue por aquí a Ayuso. En términos sencillos habla de Tradicionalismo Político y no son más de 3 o 4 los que han comprendido aquí qué es el Carlismo, cuál es su doctrina y no creo que lleguen a 3 los que conozcan la historia de las 3 guerras. Esto además no tiene semillero (lo que es bueno, si lo tuviese habría que explicarles antes a los chicos las difeencias entre estudiar una doctrina política ya impracticable con creérsela y vivir románticamente del éter y del gas de pedos).

    Sobre esta disputa y la postura asumida por Ayuso...mucho menos. No le importa a nadie, ni lo entenderían, ni se esforzarían por hacerlo. Puede preguntar cuántas personas leen por acá los libros que regalan vinculados a lo ius filosófico...

    Pero entonces, por qué insistir con nosotros?
    Muy simple: la linea media es nacionalista y con ello se rechazan mutuamente ya de arranque. El lefebvrismo algo menos y por allí pretende encontrar el hueco, aunque hasta ahora fue un sembrar en el mar (Argentino).

    Ojo, no es que nos quiera del todo. Nos querría realmente si fuésemos una especie de Fraternidad San Pedro. No olvidemos que hace ya muchos años que brega por un "acuerdo" con Roma. Esto le hizo ganar por acá más de un enemigo.

    En España no le va mejor. Allí la FSSPX debería pegarse más a los simpáticos franquistas o a la simple gente llana, pues con el correcto en doctrina, pero esterilizante y perimido Carlismo, seguirán siendo poquitos, demasiado poquitos, en una capilla que por su ubucación debería tener más feligreses que muchas otras.

    Es lógico. Vea si no lo que ha tenido de fecundo el Carlismo en los últimos decenios y no encotrará nada a su alrededor en tanto que carlista. Encontrará algunas familias que guardan ciertas ideas, pero que tienen su fecundidad en las realidades fámiliares, no en aquellas ideas.

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  2. Saurios: Debo dejar mi comentario en varias partes porque esta página no admite más que un número acotado de caracteres.

    Siguen sin leer Immortale Dei, ya que no responden acerca del carácter de sociedad perfecta por parte del Estado y de las consecuencias que se sigue de ello.

    Lograron que haga un copy & paste que no me agrada:

    "6. Dios ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. «Las [autoridades] que hay, por Dios han sido ordenadas». Si así no fuese, sobrevendrían frecuentes motivos de lamentables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber qué camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer. Esta situación es totalmente contraria a la sabiduría y a la bondad de Dios, quien incluso en el mundo físico, de tan evidente inferioridad, ha equilibrado entre sí las fuerzas y las causas naturales con tan concertada moderación y maravillosa armonía, que ni las unas impiden a las otras ni dejan todas de concurrir con exacta adecuación al fin total al que tiende el universo.
    Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo. Para determinar la esencia y la medida de esta relación unitiva no hay, como hemos dicho, otro camino que examinar la naturaleza de cada uno de los dos poderes, teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines respectivos. El poder civil tiene como fin próximo y principal el cuidado de las cosas temporales. El poder eclesiástico, en cambio, la adquisición de los bienes eternos. Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea en virtud del fin a que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abraza y comprende, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No obstante, sobrevienen a veces especiales circunstancias en las que puede convenir otro género de concordia que asegure la paz y libertad de entrambas potestades; por ejemplo, cuando los gobernantes y el Romano Pontífice admiten la misma solución para un asunto determinado. En estas ocasiones, la Iglesia ha dado pruebas numerosas de su bondad maternal, usando la mayor indulgencia y condescendencia posibles".

    (sigue)

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  3. Esta es la verdadera doctrina sobre las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política y no las veleidades clerical-fideistas sostenidas por los Cocodrilos. En el fondo, lo que subyace a la posición de este blog - al menos en esta materia - es un aniquilamiento de lo natural por efecto de lo sobrenatural, como si lo natural no fuera divino en cuanto creado por Dios, como si la Gracia Divina hubiera privado a la naturaleza de su finalidad propia, que también es Divina, en cuanto creada por Él mismo.

    Los Stageiritès han planteado bien la cuestión distinguiendo con claridad el tema de los fines, que en el caso de los Cocodrilos no parece haber sido bien comprendido.
    La tesis central es que el hombre tiene una doble finalidad absolutamente última, que es natural y sobrenatural. No se trata de dos finalidades.

    Así se pueden establecer las siguientes proposiciones:

    1. El fin último natural del hombre en la sociedad política exigido por su naturaleza es de manera intrínseca el Bien Común de la sociedad política y de manera extrínseca la glorificación de Dios por la armoniosa realización de los planes divinos sobre la creación.

    2. El fin sobrenatural del hombre en la sociedad religiosa (Iglesia) ofrecido al hombre por liberalidad divina, es de manera intrínseca el Bien Común de la Iglesia y de manera extrínseca la gloria de Dios, que se comunica gratuitamente por amor a su creatura.

    3. El fin último natural de la sociedad política es procurar eficazmente el Bien Común natural, y de manera extrínseca, la gloria de Dios, creador de la naturaleza.

    4. El fin último sobrenatural de la Iglesia es procurar el Bien Común sobrenatural y la gloria de la Santísima Trinidad.

    Bien tildada está la posición contraria de monofisita, en tanto que por defender la verdadera finalidad sobrenatural del hombre, aniquila la natural, del mismo modo que por defender la naturaleza Divina del Redentor, los herejes monofisitas terminaron negando su naturaleza humana. O también Apolinar.

    Se podría seguir adelante con los buenos aportes de los Stageiritès relativos a las derivas fideistas y jansenistas que subyacen a esta posición sobrenaturalista que liquida el orden natural (creado por Dios, es decir divino) pero por brevedad de la causa a ellos nos remitimos: www.stageiritès.fr

    (sigue)

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  4. En otro orden me gustaría señalar algunos detalles:

    1. En el breve repaso de las relaciones Iglesia-Estado, se omite el capital aporte del papa Gelasio relativo a las dos sociedades, con la consiguiente distinción entre auctoritas (de la Iglesia) y la potestas (del Estado). Hay un buen estudio de Herrera Cajas sobre el tema del dualismo gelasiano, que aunque sea por razones de vecindad, los cocodrilos cuyanos deberían leer.

    2. El desconocimiento palmario de la ciencia del Derecho Público Eclesiástico y su rebajamiento a una mera filosofía. Es evidente que dada la suficiencia del magisterio familiar, el Saurio mayor ha considerado superfluo poner sus narices sobre algún texto clásico de la material. Tratar al Cardenal Ottaviani de "filósofo" es de una ignorancia tan supina que ameritaría evitar una respuesta como ésta, pero en atención a que algún desprevenido pueda caer en esta cantera de mala doctrina bajo apariencia de buena, me veo obligado a señalar aunque sea los errores más groseros en la materia, sostenidos además con una petulancia, suficiencia y envidia (evidentemente la envidia que le tienen al pobre Ayuso es enorme, si no es inexplicable la bilis que descargan) que espantan.

    3. Desdeñar deliberadamente la referencia al Cardenal Billot, el más grande teólogo del siglo XX, o tratarlo peyorativamente de “filósofo” es otra muestra de ignorancia o de mala fe (Por otro lado, lo trata de teólogo a Soaje Ramos, que era un filósofo de pura raza y que jamás de los jamases se dedicó a la teología, lo que no significa que no haya tenido un conocimiento vastísimo y sapiencial de la ciencia de Dios).

    Cualquier cristiano que haya tenido en sus manos el De Ecclesia Christi sabe que el método de Billot es teológico, aún tratando la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. La tesis clerical-fideísta sostenida por el Saurio Mayor y compañía (potestad directa de la Iglesia en materia temporal) es desarticulada teológicamente en el T.II, Q. XVIII § 4, cuya lectura vivamente recomendamos.
    El núcleo central de la argumentación de Billot pasa por el análisis de las potestades que Cristo dio a los Apóstoles, la extensión del Reino de Dios (non est de hoc mundo) y el reconocimiento de las potestades seculares por parte de NSJC. Analiza a los Pontífices de la antigüedad, a los autores de segundo orden que defendieron la potestas directa (Alvarus Pelagius, Augustinus Triumphus, etc). Para terminar por el principio de la cuestión, citemos solamente el título de la proposición y el primer comentario del célebre Billot:

    “Quod Ecclesia non accepit a Christo potestatem ullam temporalem sive politicam, et quod directam in saecularia iurisdictionem ipsa sibi nunquam vindicavit”

    In hac assertione facillime, nunc saltem, convenient OMNES

    (Hubo que esperar siglos para la luz que viene de Cuyo…)

    (sigue)

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  5. Como bien sostuvo Cappello en su Summa Iuris Publici Ecclesiastici, la doctrina de la potestad indirecta (a la que los Saurios han dado en llamar naturalista) "non agitur de simplici DD. opinione, i.e. de sententia plus minusve probabili. Propositio catholicam doctrinam enuntiat" (n. 200).

    4. Ignorancia histórica o desvaríos mentales: "Cuando Pio XI la define, ya no hay problemas" (sic). Evidentemente para la Iglesia ni el nazismo ni el comunismo, ni el gobierno anticristano de México, ni el fascismo representaban ningún problema. Sin minimizar un ápice la importancia de Quas Primas, sostener que es el documento magisterial definitorio de las relaciones entre la Iglesia y la Comunidad Política es una brutalidad, ya que significa desconocer no sólo los aportes de la doctrina común desde el Medioevo a la fecha, sino principalmente el sustancial aporte magisterial en la materia, fruto de los avances del regalismo, el naturalismo, el liberalismo y el socialismo. Podrá decirse con propiedad que Quas Primas, con la reivindicación de la Realeza Social de Cristo (no del clero, no del Papa) corona el magisterio en esta materia, pero de allí a decir que define hay un abismo.

    5. Fideismo: Dicen los Cocodrilos “Pues… que para entender estas doctrinas de los teólogos no hay que hacer mucho esfuerzo intelectual. Hay que haber llorado - como una Magdalena - hasta quedar exhausto. Hasta quedar vacíos de nuestra ciencia y volver a recibir esa sabiduría revelada de manos de los Santos”.

    Al leer esta afirmación no puedo menos que pensar en el fideísmo condenado por Pío IX y San Pío X (en su vertiente modernista, vean Pascendi, para el caso). Para los Cocodrilos, la gracia NO supone la naturaleza, sino que la aniquila. En su reacción anti-racionalista, terminan por liquidar a la razón natural, quedando en compañía de Lutero, Baius, Jansenio, Bonnetty y los modernistas anti-intelectualistas del siglo XX… tristísima compañía

    Debería seguir enumerando la lista de errores gravísimos que se deslizan en este blog, pero el largo día de trabajo me ha dejado exhausto y estoy a punto de dormirme sobre el teclado.

    Pido perdón por la desprolijidad con que he enunciado mis críticas, pero la calentura – que no es buena consejera – me llevó a no dejar pasar el momento para darles mi punto de vista en al menos algunos puntos.
    Podemos seguirla.

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  6. Unas acotaciones para poner algo de orden:
    1. Se puede estar de acuerdo con Jornadas y sin embargo no ser entrista.
    2. Es posible, desde los argumentos de Jornadas exajerarlos, trampearlos y terminar justificando el entrismo en democracias de partidos.

    Aclaro lo anterior por que acá se vienen tocando dos temas, no uno. Primero se habló del entrismo y "luego" de lo vinculado con Iglesia y Estado.

    Personalmente estoy totalmente de acuerdo con los argumentos claros y de sentido común que expuso Germán y no tengo ninguna conclusión ni interés sobre este otro tema ajeno estrictamente al entrismo, digan lo que digan los P Devillers y Calderón, Billot y Ottaviani, el entrismo me resulta tan inaceptable como el cura juramentado que hubiese podido optar por ser un vandeano (en resumen).

    M.M.

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  7. Por supuesto. Ayuso podrá pensar sobre la encíclica de León XIII lo mismo que Jornadas. Sin embargo es un anti entrista visceral si de entrar en partidos políticos se trata. Lo escribió mil veces.

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  8. Estamos de acuerdo en eso. Y lo dije oportunamente. La via de los ayusistas es cultural, va dirigida a la inteligencia y no la voluntad, que es más noble, pero es naturalista por efecto del error doctrinario. La vía correcta de alguna posible restauración, es la restauración del Sacerdocio Católico, de donde vino la Civilización Cristiana y de dónde puede venir algún bien al mundo. ¿Les suena muy Lefe? La única acción positiva y valiente del último siglo, la inició Mons Marcel Lefebvre. Lo demás, es fundar sobre arena.

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  9. Corrijo un poco. Hay otras. Pero esta es la más orgánica.

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