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miércoles, 3 de febrero de 2016

NUESTRA RAZÓN DE SER Y NUESTRA PERTENENCIA: LA FAMILIA CATÓLICA.

por Dardo Juan Calderón

No somos teólogos, filósofos ni eruditos; ni siquiera estamos
bien informados. Un proceso darwiniano de adaptación al medio ha endurecido nuestra piel, la intemperie no nos molesta ni nos asusta, y por fuera del calor de los muros, sentimos la vocación de morder a toda intrusión sin cálculo de oportunidad ni de mérito. Queda claro, nosotros no manejamos el puente ni tenemos pretensiones de hacerlo, allí están otros, pero eso sí… los movimientos en el puente tienen que ser rápidos y ágiles, cualquier morosidad y duda habilita para saltar sobre los peregrinos alelados. 
No somos mascotas ni nos alimenta nadie, vivimos de lo que cazamos y nada sabemos de parlamentos ni de diplomacias, confiamos en que la providencia siempre destina alguna víctima para el foso.
Como reza el título, nuestra razón de ser y nuestra pertenencia es La Familia Católica.
Y esto es lo que venimos a defender frente a las tentaciones “entristas” con los regímenes democráticos de algunos bien intencionados. 
Dijimos en una oportunidad que las circunstancias históricas han obligado a los tradicionalistas católicos a construir pequeñas “ciudadelas” para proteger sus familias de un mundo que cada vez se hace más agresivo para quienes profesan la fe tradicional.  Agresivo no en términos de persecución directa, sino en términos de incomprensión total del criterio religioso en un mundo laico y profano. El criterio religioso, por la causa misma de Cristo, no sólo ya resulta incomprensible, sino que el sólo vivirlo o testimoniarlo, comienza a resultar afrentoso (discriminatorio) para un medio social que pone la autonomía como valor supremo. El hombre de fe ya no es un bicho raro, a veces simpático (como lo fuera en tiempos de Chesterton o de Castellani) que hace una vida extraña o “respetable”; sino que se convierte en una afrenta, en una sanción viviente contra las nuevas formas degradadas de vida moderna. Y no porque seamos unos censores públicos, sino por el hecho cotidiano de apartarnos de ellos, de evitar el contacto con esas formas antinaturales y degradadas, aunque más no sea para evitar el defecto de que al tolerarlas, las terminemos aprobando y hasta aplaudiendo por comodidad y tibieza.
Nadie pondría en duda esto que decimos y todo católico bien nacido, se apartaría de una pareja de homosexuales que expresan en forma pública su autonomía con respecto a la ley de Dios y a la ley natural y, de quedar “ensartado” en una situación de ser testigos de sus razones y acciones infames, pues se vería obligado a aclarar cuál es esa Ley de Dios (como el Bautista frente a Herodes), con la consiguiente posibilidad de ser procesado por delitos que ya están tipificados y vigentes. La prudencia pide el apartamiento y la Providencia puede exigir el testimonio, pero… “no nos pongas a Prueba”. Y creo que todos harían lo mismo.
Resulta llamativo que no es igual para todos la reacción frente a peores “antinaturalidades” o “contranaturalidades” que son fundantes y que son la causa de estas otras más evidentes. Hablo de cosas como la “soberanía popular” y el democratismo en el plano político, o la libertad de culto y el ecumenicismo en el plano religioso. Estas tienen la ventaja de que son pronunciadas por hombres de saco y corbata(o de clergiman y aun mitra), que no andan con besos lésbicos o sexualidades anales y ya no causan escándalo. Aun siendo blasfemias de un tenor mucho más maligno que las otras, las tragamos como reglas del juego, como “defectillos”, les buscamos la vuelta y sostenemos a propósito un malentendido amparados en la mayor perversión de todos los tiempos: la perversión del lenguaje.  Medio dado por Dios para expresar la Verdad y que hemos transformado en un medio de solapar las mentiras más atroces amparados en estrategias de sofistas, estrategias que en el mejor de los casos, sólo servirán para mejorar una situación personal y terrena, pero, que la mayoría de las veces, se convierten en autodestrucción.
Nos proponemos entonces, con nuestra sensibilidad mucho menos agraviada por los vicios nefandos de la carne –cuya autodestrucción se efectúa en un cortísimo plazo - en mantenernos apartados de las ocasiones que puedan ser objeto de caer en la aceptación, primordialmente,  de este lenguaje corrompido, desnaturalizado, contranatural y anticristiano, que nos arrastra a acariciar (como quien palpa las nalgas de un travesti pretendiendo creer que es una dulce muchacha), estas enormes mentiras del espíritu. Y la comparación, por más desagradable que parezca, es muy exacta. Estas mentiras modernas, a las que los propios católicos trasvisten de católicas para poder salir con ellas del brazo como partenaires obligadas para entrar al salón donde conversa la modernidad, muestran en menos de un día su barba insipiente y su aliento de carroña. Si el engaño dura más de un día… ya sabemos qué se aceptó.
Somos familias que se defienden y, una de estas mentiras trasvestidas con las que nos asustan para lanzar a los nuestros al ruedo de la falsedad, es que nuestras familias no serán posibles sino “dentro de un sociedad ordenada”, y que por tanto, es primero la acción política “posible” dentro de lo que hay, para que luego sean posibles las familias. (Este travesti tiene barba de varios días). La sociedad en que vivimos, cuyo nombre de sociedad ya es una mentira, no es una sociedad de familias, sino una sociedad de masas agitadas que se ha convertido en el peor enemigo de la familia. No es una sociedad, es una antesala del infierno, ya es el horrendo “cuerpo místico del mismo demonio”. Y la familia,  fundada sobre el matrimonio cristiano, tiene la fuerza propia de esas gracias sacramentales dadas por Cristo en su tarea redentora, para subsistir a pesar de todo y contra todo.
Esta infinita diferencia y ventaja no es ponderada por el argumento esgrimido, que a fuer de parecer razonable es estúpidamente naturalista. Sin duda el tándem inviolable, por voluntad misma de Dios, es Familia y Sacerdocio, y por ello, en su enorme sabiduría, Cristo, instituyó ambos como Sacramentos. Pero aún más, instituyó el matrimonio de forma que los ministros sean los cónyuges, porque ellos dos son Iglesia, y dio a esta sociedad la posibilidad de existir asistida por la gracia aún sin sacerdotes. Al tratar de buscar la razón de ser de esta particularidad sacramental que en principio impresiona, no podemos menos que imaginar que fue puesta para tiempos en que una enorme apostasía confine al Sacerdocio a las catacumbas y al martirio. Pero la sociedad matrimonial aún está garantizada, la familia cristiana puede existir contra viento y marea, en los peores momentos, y es desde ella que se construyó la sociedad natural y cristiana, y sólo desde ella puede venir la restauración.
La sociedad civil no está fundada sobre un sacramento, y aunque en los buenos tiempos cristianos la monarquía católica solicitó la unción de la Iglesia bajo un sacramental que le diera gracias especiales para realizar su función, no funciona bajo el amparo de la promesa que supone la categoría de Sacramento. Nuestra profecía fundamental, el Apocalipsis, da cuenta de la segura perversión de la sociedad civil y de la subsistencia, a pesar de todo, de la Iglesia. Subsistencia que implica una pervivencia material y física hasta en los momentos más terribles. Pervivencia que será encarnada, no lo dudo, por unos santos sacerdotes y algunas familias cristianas. Las dos realidades que Cristo quiso elevar a un orden sobrenatural y allí mantenerlas hasta el final de los tiempos.
Siempre es posible lo familiar frente a una sociedad enferma o perversa ¿las razones y fundamento de esto? Pues son de orden sobrenatural, y toda argumentación que nos haga temer la desaparición y nos obligue a una negociación para la subsistencia, son pura cobardía y desfallecimiento de la fe. La estrategia de subsistencia no es nuestra, es incomprensible e inabarcable, fue la estrategia del Calvario. La única estrategia es la Verdad, es el SI SI y el NO NO.
¿Qué el apartarse no es la forma? Sabemos que de una mala conversación, cuando no es posible el rebatirla, lo mejor es apartarse. Pero vuelvo a lo sobrenatural. No hay una estrategia de apartamiento. Dios apartará los suyos. Un águila se llevará la Iglesia al desierto, dice la profecía. ¿Y si nos citan tanto la Profecía – dirán ustedes- entonces creen que ella se está produciendo? No nos toca saberlo, pero sí nos toca constatar que este apartamiento se está produciendo, cada vez mayor y de manera más violenta ¿debemos resistirlo y rabiar por nuestra aceptación? Pensemos ¿Este apartamiento se está produciendo desde la sociedad civil? ¿La que sin embargo constatamos  que nos llama a gritos y nos viene a buscar en un abrazo “fraterno” y hasta lúbrico? ¿O es la acción benéfica del Pastor que cuida su rebaño? ¿Es un mal o un bien lo que nos está ocurriendo? ¿No estaremos haciendo fuerza contra un bien que se nos prodiga? Siempre la prueba se toma de la misma manera. Digamos la verdad en el lenguaje evangélico, no usemos el lenguaje de la mentira trasvestida, sin cálculos profesemos nuestra fe hoy y dejemos que Dios haga lo Suyo. Quizá lo que sentimos en nuestra pobreza espiritual como un mal, es la caricia maternal de la Virgen que cuida a los suyos.
 No somos fundadores de ciudades como los cainitas, no venimos a instalarnos en este mundo, somos un éxodo hacia la Tierra Prometida, nuestro orden es el de ese éxodo, y en pos de ello Dios nos apartará de los pueblos apóstatas y nos llevará por el desierto, dándonos el pan de las piedras y abriendo los mares a nuestro paso.
Confesamos sin rubor; nosotros experimentamos este apartamiento del mundo que se viene produciendo y que es incontestable, no como un mal que estamos sufriendo, sino como una gracia especial que estamos recibiendo. Con gran contento. No nos sentimos violentados ni estamos violentando una fuga. Sabemos que nos ocurre, y cuando vemos los padeceres de quienes buscan un acercamiento y un diálogo, nos agarramos la cabeza en señal de incomprensión.
Esta diferencia, que va mucho más allá que los matices, es la que cada tanto se traba en medios católicos y tradicionalistas y chocan con violencia los temperamentos. Lo hemos dicho más de una vez, la diferencia nace de un diagnóstico del tiempo histórico. ¿Estamos en un tiempo de crisis en el que hay que revitalizar un cristianismo subyacente pero socialmente estable? Un cristianismo que se encuentra tiranizado por una élite maléfica, pero que puede restaurarse modificando ciertos parámetros de gobierno. O no. O por el contrario estamos frente a una sociedad que ha hecho apostasía de la fe casi masivamente. A la que esa élite revolucionaria ha pervertido hasta matar en ella toda reacción posible y hasta llegar a pervertir la Fuente misma de las gracias, dejando sin sacramentos ni magisterio a los pueblos. ¿No parece acaso que la abominación de la desolación ha llegado al lugar Santo?
Si algo queda, pues es posible una reacción vandeana, o cristera, o simplemente natural, fascista, nacionalista ¿son pensables? Nadie serio lo piensa. Sólo los imbéciles y los aprovechados juegan con este criterio dentro de un sistema mundialmente impuesto no por la fuerza, sino por la seducción materialista y burguesa.
La más contradictoria de las reacciones es intentar la restauración desde los esquemas partidarios e ideológicos del sistema democrático, esta es un engaño patente y claro, que parte de creer que el orden, es un orden policial y no espiritual,pero paga. Piensan que restaurado un orden policial bueno, lo espiritual vendrá después. Buscad las añadiduras…Claro que cuando hablo de un orden policial, puedo estar hablando de un fascismo o también de un orden impuesto por la seducción publicitaria, que es el democratismo (bastante más endeble en sí mismo, pero que tiene la apoyatura de todo el poder financiero internacional). Vean que estos católicos vienen del fascismo y hoy llegan al partidismo. Después de los cañonazos que recibieron en la segunda guerra, pues entendieron.
Los más inteligentes, dentro de un plano seminaturalista,  piensan en un trabajo “cultural” de largo aliento, y desde posiciones laicas y élites intelectuales (ya no familias y sacerdotes)  y estructuras académicas a las que suponen permeables a un planteo de inteligencia natural, piensan instaurar – de a poco- un orden bueno. ¡Jamás piensan entrar en la camándula de la mentira trasvestida en la política democratizada! No son tan zotes ni tan innobles, ni confían en algo que no se sustenta en la razón humana, algo que sea tan animal como lo anterior. Conservan el asco.Porque piensan que el orden es una cuestión intelectual, es cuestión de convencer las inteligencias – no doblegar las voluntades como piensan los anteriores, ya sea por fuerza o por seducción publicitaria-  tienen una concepción antropológica un poco mejor, pero no entienden que es necesario convertir las almas, y esto se hace con la gracia. Nos llaman despectivamente “tradicionalistas de la gracia”, como si renunciáramos a la inteligencia y como si no supiéramos que esta debe estar elevada por la gracia para encontrar su bien propio. Esta paga menos, pero paga;  ya no son salarios y prebendas, son becas.
Otra enorme mayoría de cristianos lo esperan como fruto de un “milagro”, porque ya descreen de todo orden político posible y desconfían así mismo del intelecto, son “sobrenaturalistas” (esta también paga, con grupos muy especiales perocorre el riesgo del loquero).  Este “milagro” consiste en que Dios, por una intervención de providencia extraordinaria, construirá un Imperio o un Reino que salve a la Iglesia.
Los dos primeros los tenemos bien sabidos, son los “entristas” crasos que conocemos y que tramitan en los partidos políticos. Los segundos,  el famoso grupo Dumont - Ayuso y su intelectualismo anticlerical y solterón. (¡Qué envidia!). Los terceros, los que creen en el milagro que se viene ineluctablemente y se apoyan en revelaciones privadas y apariciones; de estos, los que yo conozco más emblemáticos, son Jean Vaquié (muy agradable y tradicionalista) y Roberto De Mattei (muy TFP y discípulo de Plinio Correa de Oliveira, de tipo conservadores). Y por supuesto, un montón de mixturas entre ellos.
A un costado y vapuleado (no digo el cuarto grupo, porque no es un grupo, es un talante), está el catolicismo perplejo, entristecido y arrinconado. Son unos buenos curitas que no pueden creer lo que está pasando,  ni saben qué tienen que hacer, al borde del psiquiatra o enteramente en él; de alguna manera mártires al soportar eso, y de otra, un tanto pavos . Unas pocas familias en parecidas situaciones, pero más alegres por la compañía, que van viendo caer los suyos de a uno y de a poco en las trampas y estafas de la modernidad, pero en buena vitalidad y escapando de esta tristeza que como una niebla los entorna. Estos no los nombro porque conozco sólo algunos que me quedan cerca, pero cada uno conoce a otro montoncito. A veces se los simplifica como línea media, pero es cruel e innecesario, Mons. Lefebvre los definió  y los trató con la caridad propia de un Pastor de la Iglesia. Deben salir del pozo antes que sea tarde.
Cuando el Catolicismo se ata a una concepción de que la sociedad política que encarna los valores católicos, tiene que existir para ser la apoyatura “necesaria” de la Iglesia; la sostenedora de sus sacerdotes y sus familias - SÍ o SÍ -  olvidando que estas realidades sobrenaturales están sostenidas por la Promesa y por Cristo mismo, y que la Profecía por excelencia nos avisa que esa sociedad política - SÍ o SÍ - va a terminar obedeciendo en bloque al Anticristo (sin desmedro de la pervivencia de su Iglesia) y se desenrola de aquel Cuerpo Místico para quedar enrolada en una empresa mundana, más violenta, más publicitaria o más inteligente… Pues; se hace “cismática”. Se ata a un Imperio, a un Reino de este Mundo. Y siempre anda mirando cuál puede ser este, cayendo en fatales espejismos. Recorre el mismo camino de los cismáticos de oriente con el Imperio Bizantino, o los cismáticos del este de Europa con el Imperio Ruso. (Pensar que ahora hay romanos que esperan en este Imperio Ruso encabezado por Putin ¿?, mezclando un poco el cesaropapismo con el milagro de las revelaciones privadas)
El verdadero católico tiene bien claro que si pudiera existir un Imperio o un Reino Católico, este debe “necesariamente” –por necesidad sobrenatural y natural, esta vez sí- surgir de la Iglesia, del sacerdocio y de la familia cristiana. No le caben dudas de quién es primero, si el huevo o la gallina. Y sabe además de la necesidad de que trabajemos para la instalación de un orden político y de una inteligencia que apoye a los fieles – no a la Iglesia, que no necesita su apoyo- en permanecer fieles a su Iglesia y defenderse del enemigo.
Entonces, para estas dos tareas, la política y la intelectual, sabe que tiene que sopesar y medir “las fuerzas” de Iglesia que Dios ha dispuesto para cada tiempo, y las fuerzas desplegadas por el Maligno, que Dios ha permitido se propaguen para probar a sus Santos en cada tiempo. Y entonces… con realismo y sobrenaturalismo suficientes, sabe qué hacer. Y si la Iglesia está fuerte y ha producido frutos de inteligencia y ha conformado un fuerte y numeroso grupo de familias católicas, pues se lanza a la tarea de construir un Reino o un Imperio. Y así se hacen los milagros. Pero… si la pruebe que nos ha puesto Dios es la debilidad y la defección, si su Iglesia se reduce a unos pocos Santos y el intelecto ha volado a las regiones diluyentes de la ideología, y si la familia se reduce a unos pocos tambaleantes y el sacerdocio se infesta de humanismo y apostasía, y esto llega hasta la más alta jerarquía,  entonces, el católico de orden y de inteligencia, con fe sobrenatural… se pone a trabajar por la Iglesia, para restaurar la familia y el sacerdocio. Es básico. Y no anda tonteando con proyectos políticos que se construyen sobre la arena.







2 comentarios:

  1. Vi que se hablaba del tema de la donación de órganos, en otra entrada, y no pude resistirme al encanto de este envío:
    La Donación de mis órganos

    Quiero el día que yo muera
    poder donar mis riñones,
    mis ojos y mis pulmones.
    Que se los den a cualquiera.

    Si hay un paciente que espera
    por lo que yo ofrezco aquí
    espero que lo hagan así
    para salvar una vida.
    Si no puedo respirar,
    que otro respire por mí.

    Donaré mí corazón
    para algún pecho cansado
    que quiera ser restaurado
    y entrar de nuevo en acción.

    Hago firme donación
    y que se cumpla confío
    antes de sentirlo frío,
    roto, podrido y maltrecho
    que lata desde otro pecho
    si ya no late en el mío.

    La picha yo donaré,
    que se la den a un caído
    y levante poseído
    el vigor que disfruté.
    Pero pido que después
    se la pongan a un jinete,
    de los que les gusta brete.
    Sería eso una gran cosa
    yo descansando en la fosa
    y mi picha dando fuerte.

    Entre otras donaciones
    me niego a donar la boca.
    Pues hay algo que me choca
    por poderosas razones.
    Sé de quien en ocasiones
    habla mucha bobería;
    chupa lo que no debía
    y prefiero que se pierda
    antes que algún comemierda
    mame con la boca mía.

    El culo no donaré,
    pues siempre existe un confuso
    que pueda darle mal uso
    al culo que yo doné.
    Muchos años lo cuidé
    lavándomelo a menudo.
    Para que un cirujano boludo
    en dicha transplantación
    se lo ponga a un maricón
    y muerto me den por el culo.

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  2. Son razones sumamente atendibles, particularmente las referidas al trasero, si atendemos a cómo están las cosas en estos tiempos de contagio.

    José Ignacio.

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