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viernes, 26 de febrero de 2016

RESEÑA AL CONSERVADORISMO ANGLOSAJÓN

(Rubén Calderón Bouchet. Editorial Vórtice, 2014.)
Por Germán Rocca
Pasado más de un año largo desde la cuidada edición que realizó Vórtice sobre el último libro escrito por Rubén Calderón Bouchet, sin que nadie amague el más somero interés o comentario sobre el mismo, mencionaremos algo de esta obra.
En primer lugar, hay que decir que esta situación no resulta extraña. Sabíamos que sería un libro mayormente mal recibido a tenor de su contenido y de los vientos en boga. Se puede ver especialmente en las últimas obras de Calderón Bouchet, de modo muy marcado,  que escribió el sabio desde la experiencia y el conocimiento decantados, con cierto desdén hacia el estilo propio del profesor. Se suma a esta situación, que aun coincidiendo con la crítica hacia la democracia que siempre se hizo desde la Historia y el Derecho, ha preferido hacerlo desde su posición de católico y de su modo de entender la religión.
En estos términos llanos y simples, siempre basado en la enseñanza de la Iglesia, escribió sobre el solapado liberalismo yankee que intenta conciliar la religión, - trastocando las prelacías y con ello haciendo de ella una ideología piadosa- con el juego que impone el presente político.
Se ha discutido bastante en torno al autor y sus ideas sobre el presente, pues aunque algunos habíamos creído verlo claro en sus obras anteriores, lo cierto es que no teníamos a disposición un libro suyo que trate sobre su pensamiento político acerca del hoy y ahora. De eso se trata el libro que ahora reseñamos, el que además de ser el último que escribió, es el que trata sobre la historia más reciente y llega al presente. De más está decir, que no es necesario realizar mayores esfuerzos, tampoco  forzar el texto, para cotejar que sus reflexiones cuadran con un presente que va más allá de los USA.
Afirma el autor que “decir que la crisis revolucionaria es fundamentalmente religiosa es una de esas verdades que no necesitan ser minuciosamente demostradas si la gente no hubiese perdido el sentido de lo que es la religión y de la función que desempeña en la constitución del orden social”.
No obstante, el conservador deseoso de modificar el estado actual de cosas se pierde como quien se encuentra frente al dilema del huevo y la gallina, a pesar de lo claro que resulta el Evangelio, a lo que Calderón Bouchet agrega:
“El consejo de Jesús “buscad el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás os será otorgado por añadidura”, sufriría en las mentes conservadoras una transposición que invalidaba totalmente su eficacia redentora. El conservador parecía aconsejar que para poder salvar las añadiduras, resulta conveniente buscar el reino de Dios y su justicia”…
Este modo utilitario de hacer entrar a la religión en la política pone el carro delante del caballo y hace de nuestra religión trascendente una ideología más, que con buenas intenciones y tal vez harta de la inmoralidad moderna, quiere cambiar las cosas, pero la troca en ideología al servicio de la política. Ya no es la enseñanza de Cristo.
Quien haya leído a Rubén Calderón Bouchet sabe que no dejaba pasar zonceras, no tanto por lo zonzas, sino más bien por el peligro que conllevan. Así es que afirmó en contra del pensamiento liberal-conservador:
“Acaso Kirk considera que un cuerpo de profesores puede, en alguna medida, sustituir la ausencia de una aristocracia. Es confiar demasiado en los estudios y olvidar que los profesores se reclutan, generalmente, entre los elementos marginales de la sociedad… Esperar de la influencias de esos grupos intelectuales la preparación de una élite intelectual capaz de reemplazar las viejas aristocracias me parece totalmente vano”… “uno de los propósitos de la revolución fue la destrucción de aquellos nidos de hidalguía que fueron las viejas familias ¿Cómo se pueden recomponer las minorías dirigentes cuando ya no se dan las condiciones familiares de su nacimiento? Sin orden heril no hay cuna para mecer una aristocracia y del sucio tráfico de las camándulas políticas no puede surgir una élite vulnerada por la bastardía de su origen”.
No desentona con la enseñanza de varias de sus obras anteriores, siendo que siempre remarcó la necesidad de una familia fuerte que le transmita al hombre qué heredar y la imprescindible ayuda de la Gracia.
Y porque no quería mentir, no podía dejar de hacer notar que:
“Ya no hay pueblos en el sentido tradicional del término, sino masas, y las masas, en cuanto tales, no pueden recibir la predicación religiosa, la verdadera fe, sin dejar de ser masas”.
Es claro que en don Rubén no son escindibles política y religión; no podía ser de otro modo en un hombre formado en el pensamiento clásico, donde el orden sociopolítico está ordenado al fin último que es Dios; y donde este bien común debe ser alcanzado por la persona singular viviendo la plenitud de su naturaleza social y de la Gracia santificante.
Se atenta contra este orden tanto cuando se prescinde de Dios, como cuando se trastocan las prelacías, y “corregirle la plana a Nuestro Señor no es siempre la mejor manera de solucionar los problemas sociales”.
El observador atento de la realidad podría entender que nos encontramos ante un callejón sin salida. No es tan así, en tanto el caballo siempre puede volver a colocarse por delante, pero tampoco es para esperar soluciones rápidas:
“La influencia de la ideología liberal democrática ha destruido, me temo que para siempre, el ritmo de un crecimiento del orden social con todas sus disonancias e inconvenientes adscriptas a la naturaleza caída. En primer lugar porque ha impreso en el rumbo del hombre moderno un rumbo valorativo economicista y ha colocado, como legítima consecuencia, la conducción de los asuntos públicos en las manos de una oligarquía financiera. La prelacía del dinero ha reemplazado la del espíritu, el coraje y el servicio y las ha substituido por los hombres de paja nacidos al azar de los juegos electorales. Situación muy difícil de revertir a no ser que se produzca un cambio imposible de prever en las condiciones en que actualmente se producen los hechos políticos significativos”.
Podría entenderse mal la obra y llevar al desánimo. Si bien es cierto que la lucidez difícilmente vaya de la mano con el optimismo, a ésta se la apuntala con la Esperanza. Don Rubén nos lo recuerda al traernos esta analogía sobre el error de la política conservadora y el del creyente particular: “Mantener la fidelidad a la enseñanza de Cristo es buscar el Reino de Dios y su justicia… Acaso se podría objetar que cada intento de restauración política estaría  definitivamente condenado por la temporalidad de su propósito. No olviden que la vida del cristiano es una restauración permanente hasta que muere, pero si me confieso para recobrar la Gracia de Dios, no es lo mismo que si lo hago como un simple remedio para mi salud moral”.
Esta “contradicción teológica inexorable”, metidos en el ambiente que nos arropa, no es tan fácil de ver y, habiéndola visto, de asumirla tanto en los USA como en cualquier otro sitio. En USA es particularmente difícil, nos dice el autor, dado el origen protestante y liberal del país del norte y a su dinámica particular.
La segunda parte de la obra es una reflexión sobre El modelo desfigurado, de Thomas Molnar. Allí se estudian esos entes de razón publicitaria que son los partidos políticos y la manipulación que logran sobre el norteamericano.  “Con una sonrisa ganadora, un mechón de cabellos en estado de desorden calculado, una esposa que hace confidencias apropiadas para conmover a millones de otras esposas ante el televisor, ya se ha lanzado a una aventura política”.
“El americano medio no concibe lo diferente y lo considera una aberración divertida o molesta, según la situación que vive, cuando alguien no responde al denominador común. La religión católica de un descendiente de irlandeses y la mosaica de un hijo de judíos, se integran en la religión específica del norteamericano que forma parte del espíritu cívico y forma de garantía, según la observación de Tocqueville, a las instituciones democráticas”.
Esta última parte del libro nos permite comprender mejor esa mala espina que siempre hemos tenido en relación al catolicismo norteamericano, donde desde la religión verdadera se pueden defender sin que el resto de los católicos se lleguen a incomodar, tanto a los Padres Fundadores de aquella nación como a sus principios constitucionales: “El meltingpot”, esto es el puchero donde se mezclan y se homogenizan todas las razas del mundo adquiriendo ese sello, típicamente americano, que caracteriza a esa nación. Todas las etnias vinculadas al banquete democrático pierden, en contacto con la vida americana, todo aquello que las distinguían y adquieren, en el sencillo transcurso de una generación, la fisonomía genérica del americano “standard”. Si tomamos con la debida seriedad lo que decía Marx del hombre genérico, en EEUU este sueño revolucionario tiene visos de ser realizado sin la intervención violenta del Estado policial, sino por las simples fuerzas plasmadoras de las compulsiones sociales”.

3 comentarios:

  1. Pucha... sino tiene prólogo de Ayuso no vale!

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    1. Pero tiene una ventaja, a este no van a poder hacerle un enriedo de preguntas casuísticas para hacerle decir lo que quieren escuchar, porque está muerto.

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  2. Despues de leer esto, veo el artículo en Panorama sobre la "Admirable Homilía" del hijo del Juez Scalia. Creo que el artículo del editor, merece un mordisco y que le pasen el libro del viejo.

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