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domingo, 7 de febrero de 2016

SI EL FIN DE LA POLÍTICA ES LA CONSECUCIÓN DE LA VIDA ETERNA. LA REALEZA SOCIAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


Por el RP Guillermo Devillers

Objeciones:
1.       No parece que el fin de la política sea la vida eterna. En efecto, todo el mundo admite que la Iglesia y el Estado se distinguen por sus fines, hallándose la Iglesia ordenada al fin último del hombre, que es la vida eterna, y el estado a la felicidad temporal. Por esta razón el mismo Santo Tomás afirma que el fin del estado es algo inferior al fin último: “Aquellos a quienes se ha confiado el cuidado de los bienes intermedios deben estar sujetos a aquél a quien pertenece el cuidado del fin último,… razón por la cual en la ley de Cristo los reyes deben estar sujetos a los sacerdotes”.[1]
2.       Por otra parte, si el fin de la política es la vida eterna, entonces está claro que el gobierno temporal debería hallarse enteramente sujeto al Papa, quien ha recibido el encargo de velar por aquélla. Entonces nos encontraríamos frente a una teocracia y no habría ya prácticamente distinción entre los dos poderes.
3.       “Quien mucho abarca, poco aprieta”, dice el proverbio. Si el Estado se ocupa de la salvación eterna de las almas, que es el fin de la Iglesia, descuidará el bien temporal, que es su fin propio.

Sin embargo:
                El Papa San Pío X, condenando la tesis de la separación de la Iglesia y el Estado, escribió:
                “Negación muy clara del orden sobrenatural, esta tesis limita, en efecto, la acción del Estado a la sola búsqueda de la prosperidad pública durante esta vida, lo que no es sino la razón próxima de las sociedades políticas; y no se ocupa en manera alguna, como si le fuera extraña, de su razón última, que es la beatitud eterna propuesta al hombre para cuando esta vida tan corta haya alcanzado su fin”[2].
Respuesta:
                La dualidad de poderes, temporal y espiritual, obliga a una cierta prudencia cuando se trata de determinar las atribuciones de uno y otro. Para Aristóteles todo era muy simple: desconociendo la Revelación y el orden sobrenatural, no había para él más que una sociedad perfecta, capaz de proveer a todas las necesidades materiales y espirituales de los hombres: la sociedad política, cuyo fin sería la felicidad temporal por la práctica de la virtud.
                La elevación del hombre al orden sobrenatural no ha modificado la naturaleza, pero la ha subordinado a un fin más alto, la vida eterna, cuyo ministerio ha sido confiado a la Iglesia. Ahora bien, ello implica una doble consecuencia respecto al poder político. En primer lugar, su fin no es ya la felicidad temporal sino la vida eterna, que nos ha sido conquistada por la preciosísima Sangre de Jesucristo. Toda la acción del príncipe deberá ordenarse a este fin supremo, como lo dice San Pío X en el lugar citado más arriba. En segundo lugar, del hecho de que el poder espiritual fue confiado por Jesucristo a los sacerdotes, y no a los príncipes, se sigue que todos los gobernantes de los pueblos cristianos deben estar sujetos al Soberano Pontífice, a fin de secundarlo en su misión espiritual. Todo lo dicho se resume en la bella doctrina de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo, recordada por el Papa Pío XI en su carta encíclica “Quas Primas”: los dirigentes políticos deben considerarse como lugartenientes de Cristo Rey, a quien deberán rendir cuenta rigurosa de su acción o de su gobierno.
                El gran error moderno, tantas veces condenado por los Papas, es el naturalismo, que pretende excluir al orden sobrenatural de la vida política. A ese error se debe la ruina de nuestra hermosa civilización cristiana. La política cristiana debe rechazar este error, sin por ello menospreciar los aportes de una sana filosofía; si ella quiere alcanzar su fin y ser útil a la salvación de las almas, debe asentar sobre la doctrina y los ejemplos del Salvador los principios esenciales de su acción, y esforzarse por extender el reino de Cristo Rey a toda la vida social, tomando a la ley evangélica por ley suprema del Estado[3].
Solución de las objeciones:
1.       El bien temporal es sólo el fin próximo del Estado, no pudiendo ser su fin último otro que el fin último del hombre, es decir, la vida eterna. En efecto, como lo señala Aristóteles: “Es necesario juzgar sobre el fin de la multitud como acerca del fin de uno solo de sus miembros”[4]. Por esa razón toda la política cristiana se halla bajo la dependencia del fin sobrenatural, al servicio de Cristo Rey, y la función del Estado es ordenar los bienes temporales, no por sí mismos, sino según lo que conviene a la adquisición de la vida eterna. Santo Tomás nos hace comprender muy bien la importancia principal del fin último mediante una comparación: el fin próximo del constructor de navíos y de su arte es la construcción y la conservación de barcos, mientras que el fin último es la navegación. Ahora bien, es evidente que el fin último, es decir, la navegación, es la única razón de ser del casco, de las velas, del mástil, en una palabra, de todo lo que constituye un navío; y es en función de ese fin último que todo debe ser concebido[5].
2.       Que los dos poderes deban ser distintos según la voluntad de Nuestro Señor, no significa que ambos no se hallen enteramente ordenados a la vida eterna, sino que cada uno de ellos tiene una función diferente en atención a su fin próximo, función que conviene respetar para que todo se haga de la mejor manera y ordenadamente. La comparación utilizada por Santo Tomás nos lo hace comprender bien: el capitán del navío, los marineros y el constructor trabajan todos en orden a un mismo fin, el éxito de la navegación. No obstante, cada uno tiene su oficio propio y es importante que ninguno usurpe las atribuciones del otro. Así es en la sociedad cristiana: El poder espiritual y el poder secular derivan ambos del poder divino; y por esta razón el poder secular está sujeto al espiritual, en la medida en que le ha sido sometido por Dios, es decir, en todo aquello que pertenece a la salvación de las almas; así pues, en estas cosas es necesario obedecer al poder espiritual antes que al secular. Pero en aquello que concierne al bien civil es necesario obedecer antes al poder secular que al espiritual, según lo que se dice en el Evangelio: Dad al César lo que es del César (Mt 22,21)”[6]. Los dos poderes deben trabajar concertadamente en la gran obra de la felicidad temporal y espiritual de sus súbditos, pero cada uno según su oficio propio. Y mientras más íntima sea la unión entre los dos, más abundantes serán los frutos de felicidad y civilización: “Bienaventurado el pueblo que tiene a Dios por Señor”[7].
3.       El proverbio “quien mucho abarca, poco aprieta” se aplica si los dos fines perseguidos son diversos, como si uno quisiera al mismo tiempo ir a Nantes y a Estrasburgo. Pero no vale si los dos fines están ordenados el uno al otro, como si quisiera pasar por Lyon para ir a Marsella. Ahora bien, así es en el caso que analizamos: el hecho de que el estado busque el bien de la almas no solamente no perjudica en manera alguna su misión temporal, sino que es el mejor medio de lograrla, según la palabra del Salvador, grata a todos los grandes hombres de Estado verdaderamente cristianos: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6 ,33)[8].
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COMENTARIO EDITORIAL:
       Esta clara definición del “fin de la política” (causa final) sostenida por el buen Padre Devillers, ha sido la doctrina uniforme de la Iglesia desde Cristo y que queda reafirmada por Santo Tomás en su famosa frase: “idem oportet ese iudicium de fine totius multitudines et unius” (el juicio que se hace sobre el fin del hombre, hay que hacerlo también sobre el fin de la sociedad).
       El Padre Álvaro Calderón dice en sus apuntes (para una edición futura) “La argumentación de Santo Tomás es impecable. El hombre dotado de naturaleza y gracia tiene un único fin, no inmanente sino trascendente, no natural sino sobrenatural; y todos los bienes de naturaleza deben estar subordinados al movimiento de la gracia, de modo que no busque la salud, ni la riqueza, ni la ciencia, ni siquiera la virtud sino tanto cuanto – como dice San Ignacio- le sirve para salvar su alma: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo  si pierde su alma?” (Mt 16,26); porque el fin último es razón formal y regla de todos los fines intermedios. Ahora bien, idem oportet ese iudicium de fine totius multitudinis et unius. Por lo tanto, el fin al que necesariamente debe ordenarse el gobierno del rey, es la salvación de las almas, y según ese fin debe regular la obtención de todos los otros fines intermedios. Pero ¿puede considerarse rey legítimo aquel al que le es imposible dirigir el reino al último bien común, razón de todo otro bien? Si en peligro de guerra de exterminio, quien gobierna nada sabe de defensa ni tiene dominio sobre el propio ejército, debe necesariamente abdicar porque no hay legitimidad que no derive de su orden al bien común. Así ocurre en la historia humana con todos los gobiernos: ningún gobierno puede tener legitimidad si no se ordena de alguna manera a Jesucristo, que es el único que puede salvar a los pueblos del demonio y del infierno. La realeza social de Cristo es un hecho histórico, jurídico, imposible de soslayar.”
         Esta misma doctrina tomista, aprendimos de Rubén Calderón Bouchet en su libro “Las causas del orden político”, y defendimos con hacha y espada en Argentinidad contra quienes pretenden leer otra cosa, tanto en Santo Tomás, San Pio X, Jean Oussset,  como en Calderón Bouchet. (sin dudas, falsarios,  por intereses vicarios).
          Hoy queda escrita y publicada, sin lugar a dudas y, gratamente, sin tantos matices ni distinciones, para bien del fiel llano. ESTO ES LO QUE HAY QUE SABER DE POLÍTICA Y ESTE ES EL CRITERIO DE LEGITIMIDAD DE LA POLÍTICA. PUNTO. Luego charlaremos.
         Pero… ¡LOS COCODDRILOS DEL FOSO están atentos! Y sabemos que hay intrusiones que debilitan esta sana doctrina de nuestros Sacerdotes y, en consonancia con ella, hay  quienes minan desde dentro la confianza en ello,  por efecto de haber caído en las seducciones naturalistas y liberales.
         Y esto será materia de un próximo mordisco.





*Dos libros esenciales sobre esta cuestión: “Para que Él reine”, de Jean Ousset; y “Le destronaron”, de S.E. Monseñor Marcel Lefebvre.
[1]”De Regimine Principum”, Opúsculo 20, lib. 1, cap. 15. 

[2] Enc. Vehementer Nos del 11 de febrero de 1906. El autor del “De Regimine Principum Continuatio” (¿Santo Tomás?) escribe igualmente: “Finis autem ad quem principaliter rex intendere debet in se ipso et in subditis est aeterna beatitudo, quae in visione Dei consistit” (1.3., cap.3)

[3] Después de dos siglos, la Contrarrevolución ha tenido muy pocos éxitos y éstos han durado muy poco. ¿por qué? ¿cómo hizo Nuestro Señor para fundar en solo tres años una sociedad que durará hasta el fin de los tiempos? Hay aquí apasionantes temas de meditación para el militante católico. Tal vez descubriría la importancia de la formación moral y espiritual de una pequeña élite de doce hombres; comprendería que un trabajo paciente y prudente vale más que grandes golpes de efecto; y sobre todo, que el secreto de una acción eficaz se encuentra en la abnegación de sí mismo y en el don de su persona hasta llegar a la cruz.

[4]Idem autem oportet ese judicium de fine totius multitudinis, et unius”. Citado por Santo Tomás en “De Regimine Principum”, lib. 1, cap. 15.
[5] Por esta razón nos parece inaceptable esta afirmación del R.P. Santiago Ramírez:”Hay dos formas de sociedad perfecta: una política, de orden natural, y otra eclesiástica de orden sobrenatural. El hombre tiene necesidad de las dos para alcanzar su fin último. De la sociedad política, para alcanzar su fin último natural; de la sociedad eclesiástica, para alcanzar su fin último sobrenatural” (R.P. Ramírez, O.P., Doctrina Política de Santo Tomás, Publicaciones del Instituto social León XIII, pág. 26). No hay dos fines últimos, hay sólo uno y es sobrenatural, como lo hemos visto en la respuesta a la objeción precedente. Todo el tratado del R.P. se resiente de este error fundamental. No se quiere decir que sus consideraciones (extraídas principalmente del Comentario a la política de Aristóteles) sean falsas o carentes de interés. ¡pero cuán pobres y mezquinas nos parecen, privadas de toda dimensión sobrenatural, con su ideal de virtud filosófica y de felicidad terrenal! No llegamos a comprender cómo, reconociendo él mismo que la doctrina política de Santo Tomás se encuentra esencialmente en el “De regimine Principum”, en la práctica se atiene casi exclusivamente a la doctrina de Aristóteles. Se aparta a sí radicalmente de Santo Tomás, excluyendo desde el principio toda consideración sobrenatural y silenciando la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.
[6] II Sent. D. 44, q. 2, a. 3. Ver también III, q. 59, a. 4, ad 1.
[7] Ps 143, 15.
[8] Es lo que leemos, por ejemplo, en la vida de García Moreno: cada vez que alguien se manifestaba sorprendido ante él por la extraordinaria prosperidad del Ecuador durante su breve mandato presidencial (deuda externa pagada, construcción de una ruta a través de Los Andes, hospitales, paz social, etc.), respondía invariablemente: “¡Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura!”.

2 comentarios:

  1. Alguien sabe donde se puede conseguir el libro??? Gracias.

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  2. Lo presenta el Padre en Marzo y sale a la venta.

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