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sábado, 19 de marzo de 2016

CAMBIEMOS, PERO QUE NO SE NOTE

Por Antonio Caponnetto
Si dejamos de lado cuestiones adjetivas y nos ceñimos a lo esencial, no es difícil hacer un balance de estos primeros tramos del gobierno macrista; que por lo pronto no debería llamarse gobierno sino gestión. Diferencia subrayada por los mismos interesados y que marca una primera y grave distancia entre el pensamiento clásico y el moderno acerca de la res pública. En un gobierno se juegan causas del Orden Social, incluyendo la causalidad ejemplar, en miras del Bien Común. En una gestión se procesan recursos
y estructuras para ejecutar un trámite.

La canciller Malcorra –que podría hacernos el favor de llamarse biencamine– ha ponderado como prueba de “creatividad y buena intención” la propuesta de Dante Caputo de permanecer diecisiete años sin mencionar la cuestión Malvinas, principalmente para congraciarse con los isleños. Se lo ha dicho a Morales Solá cuando la entrevistó el pasado dieciocho de febrero. El criterio de claudicación soberana podría tener insospechadas derivaciones hacia múltiples ámbitos. Para congraciarse con su parentela, verbigracia, un esposo podría estar tres lustros sin mencionarle a su esposa la palabra amor. Conscientes de que los más jóvenes no tienen por qué saber quién es el Caputo que tal cabronería oficial inspira, hagan de cuenta los lectores bisoños que el horribilísimo y torvo Ghostface de Scream es un querubín candoroso comparado con él. Bromas al margen, no en vano nos enseñaba Julio Irazusta, a calibrar el pulso de un gobierno empezando por el análisis de su política exterior o diplomacia.

Un segundo ejemplo para el balance nos lo ha proporcionado el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, al recibir gozoso y complaciente, casi en las vísperas de los idus de marzo, a los representantes de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans; esto es, al Estado Mayor de la Contranatura que –en los tiempos ya superados, en que se leían con reverencia las cartas paulinas– la Iglesia se consideraba Quién para juzgar y condenar. Ahora, milagros de las periferias recuperadas, hacen fila para recibir solios y capelos.

Imitador público de un cantante degenerado, el presidente no ha vacilado en conservar las estructuras y los personajes que garanticen la vigencia de la cultura de la muerte y de la náusea moral. Abortos, sodomías, carnavales y complicidades activas con la guarrada posmoderna, siguen su curso de acción, mientras se anuncia pobreza cero. La habrá, sin duda. Pobreza de dignidad, de honor, de decencia, de amor a Dios y a la Patria.

Un tercer ejemplo, y por ahora, cerramos este primer inventario. Siguen sueltos, insolentes e impunes quienes debieran, por lo menos, llevar grilletes en sus garfios; y de vivir bajo signos más rudos, pender de alguna cuerda para ejemplar escarmiento, según bramaba Rosas. Mientras paralelamente, y con sobreactuada estrategia, se omite remediar el cautiverio injusto de los soldados que batallaron contra el marxismo, a la par que se conserva como política de Estado el sinfín de patrañas urdidas por los derechohumanistas. El Macri gritando “¡Nunca más!”, e instando a todos a pronunciar la guturalidad preferida de las izquierdas, es el símbolo de una desvergüenza que no cesa, de una patraña que no retrocede, de una falsificación histórica que no se sabe ni se desea destruir.

En la Historia de los Heterodoxos Españoles, don Marcelino Menéndez y Pelayo nos narra el caso de Basílides de Astorga y Marcial de Mérida, dos obispos traidores allá por el siglo III, a quienes acudían los cristianos cobardes, acomodaticios y felones para obtener por intermedio de ellos el llamado libelo; especie de certificación o de patente de idolatría al sistema imperante, que los ponía a buen resguardo de las persecuciones procedentes del mismo. Tener el libelo era lo políticamente correcto, y a quienes lo ostentaban se dio en llamar libeláticos. Lo contrario, claro, era figurar en el Registro Nacional de Infractores de la época, con la diferencia de que el dolo no se solucionaba oblando una módica multa sino, por lo general, acabando bajo las fauces de los leones.

Saque la moraleja el lector entrenado. Ni macrismo ni kirchnerismo –ni como vayan a llamarse mañana los detritos del Régimen– nos quitan el sueño o nos asombran con sus previsibles fechorías. Tenemos la mínima claridad que se necesita para saber cuanto ocurre y aún lo que podrá proseguirse bajo el alero del liberalismo y de la plutocracia gobernante. Y tenemos también la experiencia mínima y la recta doctrina heredada, para saber que nuestra opción no es el abstencionismo sino la ejecución de todo lo justo concreto que esté en nuestras manos; aunque sea más chico que un granito de anís, diría Castellani.

Todo el espanto nos lo causan en cambio estos cristianos complacientes si no colaboracionistas activos, que ya no resisten, ni reaccionan, ni combaten, ni atestiguan. Los neo-libeláticos, capaces de cualquier argucia discursiva, quienes bajo los oropeles de una infértil erudición o de un rústico simplismo, acaban justificando la infidelidad y el contubernio. Una voz que no es de la tierra sino de más abajo, los ha convencido de que conviene conformarse con una política que asegure el bienestar –sobre todo el de la porción socioeconómica en que ellos se mueven– aún a expensas de la virtud y de la salvación. Que conviene ser parte aquí y ahora de la bacanal naranja o amarilla, aunque por lo mismo pongamos en riesgo el ser convidados mañana al ágape celeste.


Pedimos la gracia de escuchar otra Voz; y que al final de nuestros días podamos ser merecedores de repetir con la Sacra Escritura: “Bienaventurado el varón que me oye, y vela a mis puertas día tras día, aguardando en el umbral de mi entrada” (Proverbios, VIII, 34). Si bien se mira es una sana definición de nuestra misión política: oír y velar en el umbral de la patria, para que el mismo sólo sea traspasado por el Dios de los Ejércitos.

1 comentario:

  1. Notable artículo, admirado Antonio. Que uso de la lingüística que tiene! Únicamente comparable con De Prada.

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