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miércoles, 30 de marzo de 2016

CUANDO EL CAOS DEJA DE SER UN JUEGO DE PALABRAS

Agradecimiento al  amigo Augusto, director del blog “Nacionalismo Católico San Juan Bautista”.

Por ANTONIO CAPONNETTO


Querido Augusto:

                           
 Te agradezco mucho tu solidaridad y tu preocupación ante ciertas agresiones en curso,monopolizadas insólitamente por el blog Infocaótica. Así como te agradezco el afán amical de ofrecerme tu propio espacio digital para ensayar algún descargo.

La verdad es que –como ya lo adelantara en la Carta a mis amigos del pasado 19 de marzo - no creo necesario acotar nada más a lo ya dicho; y si fuera menester, que no lo descarto, buscaría alguna ocasión propicia en el futuro, al margen ya de estas provocaciones inspiradas en un rencor personalizado cuyo origen y móvil se me escapan completamente. Los tiempos de mis reacciones no me los fijan mis detractores; mucho menos si sus diatribas suceden en el cronos laudante de la Pascua.

Juzgo además que mis verdaderos descargos –aunque preferiría llamarlos simplemente argumentos- están en mis libros sobre el tema político que en este momento se me cuestiona. Esos libros, en principio, constituyen una tríada, publicada desde el año 2007 y completada recientemente con la aparición del tomo segundo de “La democracia: un debate pendiente”. Pero podría considerar un indirecto e imperfecto preludio natural de esta mentada tríada, otros dos volúmenes editados en el año 2001, bajo el título “Del Proceso a De la Rua”.

Tengo la evidencia intelectual y la certeza moral de que todo este corpus argumentativo –cualquiera sea el valor que tuviere- no ha sido leído, ni analizado ni frecuentado por mis flamantes, unilaterales e imprevistos enemigos. Sin la gloria de los clásicos parece ser que cargo con el estigma que sobre ellos advertía Chesterton: se sabrá que un libro es clásico cuando todos se creen con derecho a hablar de él sin haberlo leído.

Ejemplos penosos de este hablar sin primero escucharme, dan a borbotones; y últimamente con una tirria tan monotemática y obsesiva que –al no conocerlos- me los imagino antes unos grandulones caprichosos preocupados por llamar la atención que los intelectuales sagaces por quien alguna vez los tuve. Dudo incluso –y no es chanza- de que los actuales escribas del sitio agresor sean los mismos que en ocasiones me defendieron y ponderaron con tanta benevolencia y caridad.

 Si fueran los mismos –o si algo que desconozco no los hubiera hecho cambiar tan penosamente de dignidad ética y conceptual- estoy seguro de que leerían normalmente mis trabajos, con tantas coincidencias como divergencias sustanciales, pero con un espíritu primero festivo que acédico, hondamente comprensivo que no cuadriculado, académico mas no apriorístico, fraterno sin ser caínico, de ágape más no de atracón tabernero. Y que evitarían incurrir en puerilidades notorias, como la de autoenviarse una carta de lectores para descalificarme, cerrando con pavura todo comentario favorable a mi pensamiento.

Quedará para la pesquisa psiquiátrica o para las crónicas policiales saber el paradero de aquellos que habiéndose mostrado otrora intelectualmente diestros y socialmente amables, se exhiben ahora en la indigencia del más elemental deber de estudiar primero lo que se quiere criticar después. Y en la orfandad más atroz de toda mesura para considerarme de repente una especie de  Thomas Stockmann, aquel enemigo del pueblo retratado por Ibsen.

Porque paralelamente al desconocimiento intencional de mi obra escrita, hay otro sobre mi persona, no menos desconcertante y risible. Se me imagina, por ejemplo, “perdiendo seguidores”, como si en alguna circunstancia sumarlos o perderlos hubiera estado en mis propósitos o en mis intereses. Se agrega que era necesario contradecirme de una buena vez, como si mi itinerario  docente o científico hubiese contado con el consenso unánime de tirios y troyanos. Y por lo que acabo de ver, recientemente, se me concibe una especie de gurú o de oráculo de cuya infalible autoridad dependería no se sabe bien qué feligresía o movimiento; y cuyos miembros -¡qué menos!- estarían conjurados o complotados para conservar esa “autoridad” a expensas de lo que fuere.

De veras que no puedo cesar de reír a dos carrillos al contrastar la ocurrencia con la módica realidad. A la par que no puedo dejar de llorar por el trágico destino de estos anónimos seres que –como dijo alguien cierta vez con acuidad- no saben tomar el ser con los cubiertos; están condenados a tomarlos con las manos engrasadas, al modo de los toscos.

Han inventado burdísimamente un tipo que no soy, como han fabricado a mansalva una tesitura doctrinal que no es la mía. Daría la triquiñuela para “el otro” borgeano, si fuera Georgie. Pero acaso esto sea algo más pirandelliano, y esté nomás rondando el personaje que han creado en busca del autor.

 Lo adictivo de la fabulación acaba revirtiéndose sobre ellos mismos; pues así como me inventan se manufacturan una identidad antojadiza y ficta, según la cual, monitor mediante, pueden destronar caponetianos tronos e instaurar hernandianas repúblicas. El sol no tiene otra función en su giro que amanecer cada alborada para alumbrar Infocaótica, y saber entonces los mortales todos adónde gemimos los réprobos, ya sin nuestras caudalosas huestes y unanimidades masivas, y adónde acampan éstas agora tras los nuevos adalides del machazo votopartideo.

Dije bien hace poco y me reitero: no entienden ni atienden. Las lecciones de teología política, que están en el fondo de mis planteos, y que ni siquiera son mías sino de maestros en los que he podido abrevar, les resultan ajenas a su horizonte interpretativo y valorativo. El conocimiento poético les semeja extraño y hasta hostil. La intuición o el pálpito son rechazados por el cálculo. La perspectiva sobrenatural y parusíaca de la patria les está vedada. El valor del testimonio sin prevenciones intramundanas colisiona con sus miradas. El espíritu que sobrevuela a la letra es inadvertido y desdeñado. La gloria y la gracia del homo transfigurationis y del homo mediator es prohibitivo para sus ojos manualísticos y librescos. La ironía socrática y el contemptus mundi no cotizan en el mercado de su escolástica frígida. Las pruebas a raudales aportadas por laEcclesia Semper Idem, sucumben a la siglometría cartesiana de la que están presos. La palma al cielo postrimera de José Antonio, la última santiguación de Genta, o el estertor eucarístico de Sacheri, valen menos para sus testas que la fragancia de una urna bien servida, de un partido bien plebiscitado, de un candidato que me acomoda los canteros de la plaza.

 Todo es cuestión de hallar o de perder una cita tergiversada de Pío XII o de obtener una selfie con un santo votando. Todo es cuestión de ingeniárselas para ofrecerles ardides y argucias culturales o eclesiales a quienes necesitan conciliar su condición de partisanos rentados del sistema con su sedicente condición de tradicionalistas. O lo que parece peor: todo es cuestión de jugar con el caos, y de acabar atrapados fatalmente en el mismo. Ninguna de las dos alternativas puede favorecerles la limpidez intelectual y moral; y se les nota. Esta seguidilla de notas agresivas que me dedican –como no veo que las haya recibido nadie en sus escritos- los han expuesto tanto a la locura como a la indecencia. El caos no es creador, según lo conjeturaba Barthes. Es disgregante y corrosivo, y cuando se lo empieza a reivindicar como ludismo o pose puede terminar asfixiándonos como en un drama genuino, ya no cual pasatiempo informático. Que alguien les avise; sin invocar mi periclitada majestad, claro.

No sé si mis espaldas son anchas, como las del buen Calvo Sotelo. Sé quién soy, como lo podría decir el derrotado Don Quijote. No tengo motivos para victimizarme pues la alegría de la vocación ejecutada ha sido pródiga conmigo. Como pródigos los camaradas fieles a la Verdad, que en antiguas y nuevas promociones llenan mis días de un gozo recoleto y de una compañía austera cuanto firme. No tengo tampoco motivos para quejarme de persecuciones, desde que las persecuciones las contraje voluntariamente con el bautismo. Elegí el sacramento que nos convierte en signo de contradicción. Me place no haberle fallado ni al sacristán ni al cura, y permita Dios que tampoco le falle a Él. Estoy contento, esa es la realidad. Y lo estaré aún más mientras, gracias a estas “gallinas que picotean a porfía” –como escribía Castellani- pueda sentir como inmerecidamente propios los versos con que se describía Don Leonardo:
  
“Pero el bicho sin pico ni espolones
-Dios lo ha provisto de defensa lista-
entra en el mar, navega tres tirones
y los pierde de vista”


Vuelvo e insisto: no sé si mis espaldas son anchas. Pero sé que mi vida empieza antes y sigue después de este debate con el  Dr. Hernández, y con aquellos que, creyendo apoyarlo, lo degradan al convertirse en el 678 de su erróneo proyecto político, o en el victorhugomoralismode su desacertado relato. Sé asimismo que he tenido enemigos más amenazantes y dañinos que Moe, Larry y Curly. No será un blog de intrépidos caguetas el que a esta altura de la vida me mueva a quebrar la lanza ya mellada que me queda. Tampoco el que me haga abandonar las mansas predilecciones por otros temas más empinados, cuyo estudio me importa más que estar dilucidando si el pobre infeliz que mete un cupón en una urna coopera material o formalmente con el mal. Metan sus votos donde quieran, caballeros. El Día del Juicio el Señor no andará indagando afiliaciones partidocráticas sino auscultando cicatrices. Y más le temo al divino escrutinio del Supremo Ordenador, que a los sirvientes del caos.

Así que Augusto amigo; esto es todo por hoy. O definitivamente todo. Como te dije: lo que tenía por escribir ya está en mis libros. Y no creo necesario volver a escribirlos, ni prolongar esta disputa. Pero gracias –y más gracias- por ofrecerme tu asilo generoso. Y gracias a aquellos otros amigos que con afecto recto obran del mismo modo.
           

                              Va el abrazo de estilo:
                              En Cristo y en la Patria
                              Antonio Caponnetto


                                                Buenos Aires, marzo 30 del 2016.

1 comentario:

  1. Lo increíble es que no leyeron el libro. La Carta del Lector que publica Infocaotica vendría a ser un extraño y parádojico caso de neoconismo antineoconiano.

    Va la Carta del Lector de Infocaótica, pero invertida:

    "Neoconismo antineoconiano"
    Este neologismo compuesto da cuenta de un fenómeno que se ha manifestado con particular énfasis en estos últimos tiempos, con posterioridad a la difusión del anticipo en versión digital del libro del Dr. Héctor Hernández (H.H.) y la respuesta en forma de carta del Dr. Antonio Caponnetto (A.C.).
    Hay una mentalidad que parece coincidir -es más, hasta identificarse- y es la de los más acérrimos seguidores, defensores y justificadores de la aplicación del mote “neocón” a troche y moche. y la de los miembros de los grupos anti neocones ("antineocones"). Una nota fundamental de estos grupos es colocar a la aplicación del mote por sobre la verdad (como certeramente sentencia y resume un amigo) y una consecuencia natural es la generación sistemática de "círculos cuadrados", que van surgiendo al intentar dar una justificación a lo no justificable racionalmente.
    En un caso, el acto de la calificación y adjudicación del mote neocón, cuyos pronunciamientos son siempre y en todo momento infalibles es -fundamentalmente, y en resumidas cuentas- a Caponnetto, autores católicos que no son de su agrado y algunos otros como los nazis y nacionalistas católicos, etc. En el otro, el lugar del infalible, la "boca de la verdad" es ocupada por Infocaótica.
    No es admisible el error en sus pronunciamientos, sea una sentencia heterodoxa propiamente dicha o bien un error menor. No. Hay infalibilidad absoluta y los críticos parten de un sofisma, un engaño, una interpretación maliciosa. Aún los cuestionamientos respetuosos de los textos son vistos como actos de irreverencia y mala fe. Sin importar que los pronunciamientos sean confrontados con otros textos y se prueben errores e incoherencias. Las rebuscadas hermenéuticas estarán a la orden del día para justificar lo que sea, con tal de que no se cuestione el endilgamiento del mote de neocón.
    El pecado es disentir, el pecado es objetar. Quien lo hace, se aparta de la "comunión" del grupo, se convierte en cismático o filo-cismático.
    En definitiva, para el neoconismo antineocón, sea eclesial o en su muy actual vertiente infocaótica, la aplicación del mote neocón fabrica y expresa la verdad, olvidándose que es su deber servirla.

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