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martes, 1 de marzo de 2016

MÁS QUE DE ACUERDO CON INFOCAÓTICA.

Por Dardo Juan Calderón
Como se ve, somos cocodrilos civilizados, cocodrilos de foso. Casi que domesticados. No se va a cazar a un  foso. Nuestras diferencias con Infocaótica pasan por el entrismo y no pueden dirimirse en la filosofía (¿por qué? Ya veremos, es un problema de perspectiva) y aunque expresen que mucho no entienden de qué se trata esto del entrismo, no les creo, ya todos entendemos de qué se trata. No nos preocupa mucho el entrismo en sectores ajenos a la Ciudadela, son viejos compañeros a los que las circunstancias los van alejando y más allá de la pena, el extrañamiento y la nostalgia - como ellos mismos expresan al hablar del libro del P.Devillers - un cierto desinterés mutuo nos va ganando y de allí al desprecio, hay un paso. Desprecio que a veces hasta se hace necesario, pero  con un dejo de culpa: se les enseñó política sin pasar por los clásicos.

   El entrismo es una  estrategia política, es salir a hacer política dentro del medio que la época propone, que no es otro que la democracia partidocrática. Comenzó con el ralliement. Es un “realismo”, pero un realismo un tanto ramplón, Sanchista ( o panzista), que ya descree de la posibilidad de hacer algo fuera de este medio y se siente llamado a hacer algo, poco o mucho, para morigerar el efecto dañino hacia los nuestros. Ya no un sabotaje que se entiende imposible - y en eso coincidimos – que si se pudiera, sabemos que se haría de buena gana. Sino un efecto de “contención” en las consecuencias más directas a nuestros intereses concretos, y para el cual, hay que aceptar las puestas esenciales del sistema actual, taparse la nariz, adoptar parte de sus poses y “entrar”. Queda como anhelo la posibilidad de cambiarlo desde dentro, ya no sólo contenerlo, para lo cual se exigen dos condiciones, que de cumplir la primera, ya seríamos el sistema; y para cumplir la segunda, hay que salirse del sistema.
Una – que lo impone el mismo sistema -  es el hacer número y cantidad, y aquí salimos del Reino de Dios para “entrar en el reino de la cantidad que protestaba Guenón, que es la peor forma de ser moderno” (la frase es de Don Antonio). Ya entrar en este ámbito de la consideración del prójimo como masa para el ejercicio de la seducción o del terror, es emular el método del demonio. Una acción de proselitismo político para acumular votantes explotando sus necesidades urgentes y vecinales en detrimento de sus reclamos espirituales, no resiste el menor análisis. Es concebir al hombre como una serie de esfínteres y no como un alma.
Y dos, es la prédica testimonial para la restauración de una aristocracia (no una élite). Pero allí tenemos las prevenciones que Calderón Bouchet nos hace en la Reseña de Germán Rocca. No es del mundo del partido ni de las cátedras que puede salir esto, sino del mundo familiar, del mundo de la piedad, que se decanta en generaciones de servicio callado y desinteresado. Claro que podemos emular el otro sistema que oculta la gran estafa de la cantidad: el del influjo anónimo de la logia, del lobby, que muchas sociedades católicas han tomado como modelo y que implican enormes períodos de soterrada manipulación y ambivalencia para hacerse del único poder que parece  real en esta infame tragedia: el poder económico con todas sus reglas y su despiadada “moralidad”, y sobre el cual ya el que nos previene con avisos de condenación, es el mismo Jesucristo.
 En suma, para un entrismo sólo queda el camino de la contención de los efectos dentro del sistema del número y de la vulgaridad del hombre de la política moderna. ¿Podrá un hombre solo resistir el flujo de la corriente? No digo ya influir y contener, digo no perder su integridad, su familia, su honestidad, su veracidad y su honor al tener que “disfrazarse” de moderno? Digo poder seguir siendo medianamente un “hombre de bien”. Los ejemplos hasta hoy demuestran lo contrario. Hemos hecho en este blog concretas alusiones a personalidades que se proponían desde el entrismo como ejemplares de esta conducta y en todos los casos se ven aflorar las tremendas defecciones. Podríamos hacer muchas más que nos guardamos  por compasión, pero tras el aviso del P. Devillers sobre el grave peligro que corren las familias en estos intentos, sería enorme la lista que demuestra el deterioro moral y psíquico que se patentiza en sus proles.  El sostenimiento de una ambivalencia puede ser perdonado por Dios, pero jamás por los hijos. Estos lo captan en el aire y se producen dos efectos posibles, el cinismo o la debilidad vital. Hagan caso o  no, sepan los que buscan esta vía que es para solteros e incapaces de amor, es una especie de vocación para monjes laicos y estériles, dispuestos a una tarea de espionaje que suponga una inmolación de las vertientes vitales. Y si no creen, repasen nombres.
     Existe una última clase de entristas. Los que lo promueven y nunca lo logran, que son como esas madres que llevaron de mala gana una moral sin convicciones, que no pueden romper el cerco de su vergüenza sin virtud y pasan la revancha a sus hijas que se lanzan a la impudicia más por resentimiento que por genuino placer, resultando finalmente torpes cortesanas.
     Todo esfuerzo político que no quiere pasar por estas pruebas, hoy por hoy, requiere un previo repliegue sobre la vida familiar y de piedad; una recomposición del hombre en su estructura vital, moral, intelectual  y religiosa, que la modernidad ha quebrado en el medio de su espina dorsal. Y esto proponemos los antientristas.
      Una recomposición vital sobre los amores concretos y carnales, los de la tierra, los del país y del paisaje paterno (patrio), los del arrraigo; los de la mujer noble, decente y fértil;  los del propio cuerpo al sol y a la intemperie en el trabajo honesto; los de la amistad desinteresada, fuera del lobby,  de la “capillita” de admiradores y del cálculo. Los del sudor, la sangre  y el semen.
      Una recomposición moral, en el sano orgullo y la nobleza, en el desprecio por el culto de las “cosas”, en el cultivo de una personalidad fuerte, veraz, desafiante y confiada en Dios y en uno mismo. En la recuperación orgullosa del “nombre” y de la “palabra”, ya sea por continuar una herencia recibida o para crear una herencia a partir de uno mismo.De hombres plantados contra todo, de hispanos y de gauchos.
      Una recomposición intelectual, que piensa en pos de la verdad, del bien y la belleza sin cálculo de oportunidad  ni falsas prudencias, sin rebusques ni sofismas que buscan remates interesados, y sin concesiones al lenguaje de los prefabricados artefactos de la filosofía y el derecho modernos
      Una recomposición religiosa que busca a Dios en el camino de la soledad entre el gentío del calvario.
      Una puesta en juego de todas estas cosas ¡hoy y ya!, urgente, impostergable. (Un poco joseantoniano).
       El entrismo es en sí mismo la postergación de todas estas cosas, la postergación en la estrategia para un plan futuro. La vida a medias, el amor reprimido, la moral callada, la conclusión intelectual detenida, disfrazada u ocultada; la religión abajada.
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    Muchos habrán leído la “amenaza” que nos lanzan los cazadores de Infocaótica. La de que para concluir debemos recorrer el proceloso camino de las analogías, de las distinciones y de todos esos laberintos  que se nos hacen incomprensibles a los pobres mortales y con los que nos acusan de simplistas y univocistas; caminos que por no haberlos transitado, parece que no entendemos estas conclusiones que nos resultan equívocas y nos hacen creer que es por simplones. Estas telarañas que tejen para evitar la idea de que todo lo bueno es simple como es simple la belleza y como es simple la Verdad. Pareciera que aquel fin del hombre que es simple en San Ignacio ya no es simple en Tomás de Aquino, pero no teman,  no es así. Sigue vigente el sermón de la montaña y de los simples será el reino de los cielos.
Para perder este susto a los intelectuales enredadores tomemos un ejemplo: Calderón Bouchet (y lo tomo expresamente porque su obra consiste especialmente en esa liberación del academicismo pedantón). Veamos su libro “Sobre las causas del Orden Político”, donde  hace un análisis minucioso de la etiología de la política. Ninguna de estas categorías se le escapa, fines inmanentes y trascendentes, intermedios,  analogías, naturaleza y gracia, y todas estas necesarias distinciones  que ustedes con temor saben que jamás abarcarán y  que quizá creen que es por ellas que estos hombres encuentran razones para lo que en un primer reflejo parecería inaceptable. Y con ellas en la mano, este  autor  llega a nuestros días y nos dice, en este mismo libro y ya sin más: “Si una sociedad deja su formación librada al azar de las querellas electorales, de las trapisondas financieras o del caos revolucionario, deberá reconocerse la ausencia de esfuerzos para estar bien dirigida.”… “Se dirá que no tomo en cuenta la altura de los tiempos… Efectivamente no la tomo en cuenta. Más: considero un deber moral combatir esos adefesios filosóficos y probar que fuera de nuestra cabeza no tienen existencia. La tarea es ímproba y el efecto aparentemente nulo, pero Dios quiere que seamos sus servidores inútiles y demos testimonio de la verdad sin preocuparnos por los resultados temporales de la acción.”… “no podemos contemplar la aristofobia del hombre contemporáneo sin un estremecimiento de asco. No puede concebirse un futuro decente construido por una minoría anónima cuya única virtud es saber explotar el terror o las ilusiones de la masa.”  “EN ESTE MUNDO MODERNO, DONDE TODO LO CUALITATIVO COMO LA AUTORIDAD, HA SIDO SACRIFICADO AL NÚMERO, EL DESPRECIO Y EL DESINTERÉS SON DOS ESCUDOS SEGUROS PARA ABROQUELAR LAS BUENAS CONDICIONES DEL ÁNIMO CONTRA LOS EMBATES DE LA VULGARIDAD.
      Es decir - simples lectores - que un autor que maneja todas las categorías filosóficas necesarias para el tratamiento del instituto, que escribió un libro de seiscientas páginas sobre la ética (de lo que dio cátedra durante años),  llega a la misma conclusión que usted llega desde el sentido común. ¡Esto da asco! ¡El desinterés y el desprecio de esto se hace necesario para salvarse como hombre!  No vayan a creer que se trata de que las disquisiciones filosóficas van a justificar una tendencia que toda alma noble rechaza.
       ¿De qué quiere salvarnos? Y aquí está el meollo de todo el entrismo. ¡De una VULGARIDAD!
      El entrismo es sin más una vulgaridad, y quien no experimenta esto desde la reacción vital… sigue con su vida, su moral, su intelecto y su religión, teñidas de esa vulgaridad. Pero entendamos bien, esto no se trata – solamente – de una cuestión de “bon gout” de vieja del barrio norte. (Cuando a Camus le dieron el premio nobel, un amigo le dijo que aproveche a cambiar el Citroën de doce caballos por un coche americano. “Nooo… es una vulgaridad” dijo. Eso es “bon gout”), sino que se trata de que el cristianismo es un proceso de ascenso, espiritual y cultural, y tanto el ralliement como el entrismo crudo, son procesos de adaptación a realidades más vulgares, son descensos. El Concilio Vaticano II es un proceso de adaptación al mundo moderno, es un descenso. Y en este sentido, todo ralliement y todo entrismo, suponen un proceso de “descristianización”. Hay que parecer menos cristianos y ser más vulgares para adaptarse al medio normal de vida.
    En este proceso de vulgarización y de descristianización, se puede haber seguido siendo cristiano y hasta tomista, pero desde una nueva perspectiva cultural. Nos explicamos: la política pensada por Santo Tomás se entiende y se culmina en un San Luis de Francia. Cuando esta misma política se aplica para terminar en Perón o en Macri, hay un abajamiento de todo el conjunto que lo deforma hasta hacerlo irreconocible. Es como tocar la novena de Beethoven con  un conjunto cumbiero (recuerdo ahora los esfuerzos por mostrar el Tomismo de Sampay ¿?). Es impensable el hacer fuerza al tomismo para analizar una realidad como la partidocracia actual; los retorcimientos que sufrirá lo harán irreconocible.
   El cristianismo es una doctrina pero también es una realidad anímica que hace del cristiano un hombre distinguido – no masa -  un hombre de familia, de trabajo, de amor, de poesía, de arte, de lecturas (aunque sea el mínimo de la Misa dominical).  Y los tipos que se han cultivado en la profundidad anímica de la verdadera cultura cristiana, jamás podrán aceptar esto, ni ser aceptados ni comprendidos en la extensión de su repugnancia.  El entrismo es el abandono de la vergüenza, es “entrar” a una bailanta de suburbio con toda la familia y en ese ambiente hablar de política.
       Infocaótica tiene razón. No es este el lugar de hacer filosofía y mucho menos con nosotros;analizar desde el tomismo el partidismo democrático sólo nos puede provocar arcadas; es una tarea que para emprender hay que dejar todo eso de lado con total desprendimiento. Que hagan sociología. 
       La actitud del entrista viene teñida por la satisfacción de un “interés”  burgués (seguridad, confort, salud… ¡¡¡puaaj!!!)  Que aunque necesario, ya desanclado de una empresa grandiosa y circunscripto sobre sí mismo, resulta vomitivo (siendo que aun dentro de una gran empresa política, estas cosas son meras utilidades dadas al cuidado de los rústicos ¡y ahora resulta que los rústicos se hacen intelectuales!). Es preferible a esto terminar la vida a tiros con los cacos en una calle llena de baches, o robarse la plata de los pobres e irse a vivir a Miami (en ambos casos hay cierta “cavalleria rusticana”).
       El entrismo, tanto político como el filosófico, implica una necesaria  vulgarización del cristianismo. Es un proceso de descristianización de nuestra realidad anímica, en pos de mantener intereses plebeyos y burgueses. Hay que desperdiciar con largueza la posibilidad de un poco más de confort, de dinero, de bienestar y, aún de un proselitismo cristiano mediatizado que se termina encarnando en realidades mostrencas (como la evangelización del Cura Scalia). Porque llegará el día en que seremos irreconocibles para el mismo Cristo.

 Los despido con una cita de un tipo noble, Henry de Montherlant: “El desinterés tiene el mérito de sacaros de la vulgaridad, pero lo hace con seguridad. Cuantas veces que pudiendo tomar, no habéis tomado, os dais a vos mismos cien y mil veces más de lo que podríais haberos dado tomando. De todas las ocasiones voluntariamente desaprovechadas, os haréis en el mundo invisible una catedral de diamantes.” 

8 comentarios:

  1. Al final el Indio Solari tenía razón: "el lujo es vulgaridad"

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  2. R.C. Bouchet dice sentir desprecio, desinteres y asco por estos tipos.
    Yo siempre lo considere un santo.
    Pero me sentia mal considerando lo mismo que el.
    Que lindo, ya me siento mejor y confirmado en la buena senda.

    el hombre de la patineta

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  3. Siempre me ha parecido que en las discusiones que se generan entre inexpertos como nosotros hay una confusión con respecto a la obra de Santo Tomás. He escuchado a muchos en cuya prédica pareciera subyacer la idea de que la obra de Santo Tomás es un camino que empieza por la filosofía y termina en la verdad revelada, pretendiendo que eso demuestra que por la filosofía uno puede llegar a la puerta de la Revelación. A mi humilde entender la cosa es al revés, Santo Tomás, que fue un teólogo (y santo, que no es dato menor cuando de esa ciencia se trata) parte de la verdad revelada como premisa y utilizando a la filosofía como herramienta, procura tornar más clara e inteligible (en la medida que es posible a nuestro límites) esa verdad, (lo cual demuestra a la vez que las verdades de Fe no repugnan a la razón humana), pero no viene a agregarle nada nuevo a esa verdad que también posee hasta el más simple de los creyentes. El mismo Santo Tomás en una parte de la Summa Contra Gentiles (después paso el dato certero) dice que por la Fe una humilde viejecilla tiene un conocimiento superior al de muchos sabios de la antigüedad en todo aquello que hace a su fin propio, y valla si la política no atañe a ese fin.
    Esta diferente perspectiva, me parece, es lo que lleva a considerar, erróneamente a mi entender, que para saber y conocer sobre todas estas cuestiones que atañen directamente al fin del hombre, es necesario transitar el camino de la filosofía que nos lleva a la puerta de la verdad y que, por tanto, los únicos autorizados a hablar de estos temas son los que han transitado este camino ( o por lo menos los que tienen un certificado de alguna universidad que dice que lo hicieron) y entonces la cosa se complica enormemente al cuete, cuando desde la perspectiva contraria resulta clara y sencilla.

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  4. Más allá de su buena pluma (más para el teatro que para la prosa) Henry Millon de Montherlant es casualmente una parodia de noble. Sus supuestos antepsasados que aparecían en Saint Simon no eran tales (lo demostró el implacable du Puy de Clinchamps, maestro de la genealogía francesa), negociaba sus contratos con la avidez de un mercader de cerdos (Peyrefitte dixit) a lo que debemos sumar su pederastia desenfrenada, disimulada en su obra, pero evidente en los registros policiales.
    Su vida fue todo una mascarada, tanto en lo bueno como en lo malo.
    Un mal ejemplo para cerrar la diatriba.

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    1. ¡Pero cómo escribía! Estoy tratando de ocultar mi fascismo, pero esta falta de vitalidad y de placer estético que nos entorna me está llevando por malos pasos. Llevo demasiado tiempo leyendo estos mamotretos desangelados de virgos fiambres. Tendría que iniciar un curso para jóvenes con D´Annunzio, DH Lawrence, o Catulo y Tertuliano en sus más afiebradas rimas eróticas ¡hasta Pitigrilli sería recomendable!. En serio que a esta generación desvitalizada le haría falta un mes de combate y una noche de cabaret,y luego una meditación de los poemas arrepentidos de Verlaine. A veces uno se olvida que para ser cristiano, es recomendable primero estar vivo.(Pero ¡no cuenten esto entre los curas!)

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  5. No mate al mensajero,
    cuando acierta en el mensaje.
    Que lo que importa es lo primero.
    Y vaya hacerse un masaje.

    En verso.

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  6. Abba Isquirión, padre del desierto, dijo algo así como que su generación había cumplido los mandatos de Dios; y la siguiente haría la mitad; y la final, no podría hacer nada. Dice también que estos últimos serán tenidos por más grandes que los anteriores.

    No sé si lo último sea cierto (quizás en Siria), ni si sean éstos estrictamente los últimos tiempos. Lo cierto es que llegará un momento (o ya llegó, no sé) en que la corrupción lo tome todo; y cuando ese momento llegue, los cristianos no podrán hacer casi nada. Algo de esto ya se ve.

    Y parte de lo que hoy se ve que ya no se puede hacer es alta política (la novena de Beethoven al ritmo de Agapornis, no se puede). Pero la cosa va más lejos. Son pocos los trabajos en los que un católico hoy pueda vivir sin debilitarse necesariamente por causa del contacto con el medio. Para mí esto es cierto desde los agricultores hasta los abogados. El cuerpo social está enfermo, y hasta las cosas más simples como ser la forma en que uno se gana el pan, se enmarcan en estructuras deformadoras.

    ¿Y entonces qué se puede hacer? Familia, sí; pero también hay que salir hacia afuera para tenerla. Hay que trabajar. ¿Y en qué? Ahí está el problema que veo. Si la premisa se lleva hasta el extremo, es decir si las aguas ya no son turbias sino cloacales, entonces no queda nada de nada. Pero no sólo en política, sino mucho más allá.

    De alguna manera, lo predijo Abba isquirión. No se puede hacer casi nada, porque estamos obligados a hacer cosas que deforman, por el solo hecho de que necesitamos subsistir. La santidad queda lejos.

    En estos términos, no veo, al menos en la política chica (municipal), un entrismo propiamente. Veo solo un poco of the old dunga dunga; es decir, la moneda que hay que pagar, simplemente, para poder vivir todavía en este mundo.

    Ojo que no estoy diciendo que no corresponda salirse del todo. El tema es cómo.

    El de Brufaganya.

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