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miércoles, 13 de abril de 2016

¿CUAL ES MI NACIÓN? (PARTE II)

Por Dardo Juan Calderón
TRADICIONALISMO HISTÓRICO, RELIGIOSO Y PLEBEYISMO.
En todo esto que dijimos antes, es preclara la prédica carlista con Ayuso a la cabeza en este momento. La defensa del entramado que la historia ha ido produciendo en cada región, es esencial. Donde falla esta postura, donde se produce el ERROR, es en el fin. El fin de la nación, para ellos,  se ha hecho político y natural y no religioso (teoría de la dualidad de fines), lo religioso, al dejar de ser el fin de lo político,  se ha convertido en “apoyatura” del fin político y se ha desanclado de lo social para recalar en lo personal, y en una cabriola conservadora lo han vuelto a anclar a lo social en una relación que pretenden de “paridad”, pero que finalmente es de “subordinación alternada”.
A pesar que ellos – a la política- la prediquen subordinada de lo religioso, es sólo un embuste ocultado, ya que esa subordinación depende del político y no de la naturaleza de las cosas y de la ley divina, y aun peor, esta subordinación es a una “doctrina” – interpretada por el político-  y no a una concreta organización jerárquica con jurisdicción establecida que es la Iglesia. Es decir que termina en nada. Un típico capirote intelectual (ya lo han hecho otros con la filosofía y la teología).

Ayuso expresa estas ideas en su opúsculo “La constitución cristiana de los estados” (que iremos glosando), y partiendo de la idea del doble fin, natural para lo político y sobrenatural para la Iglesia, reescribe en clave naturalista todos los conceptos tradicionales como el de Tradición y el de Revolución.
Ya para ellos el orden político es un conjunto de “principios rectores del orden político, inmutables y de validez universal, no como algo que la religión enseña, sino como principios que nos muestra la naturaleza de las cosas y a los que se llega por su sola observación sin necesidad de la Revelación” (pág. 48). Principios a los que se llega por la sola filosofía.
La tradición se acaba en la obra humana civilizadora “cuando hablamos de tradición católica no estamos refiriéndonos sólo a una tradición intelectual, ni siquiera a una completa visión del mundo, sino a una civilización” (pág. 11), cita en la misma página a Salvador Minguijón, que propone como una luminosa expresión de la “esencia doctrinal del tradicionalismo”: “La estabilidad de las existencias crea el arraigo, que engendra dulces sentimientos y sanas costumbres. Estas cristalizan en saludables instituciones, las cuales, a su vez conservan y afianzan las buenas costumbres.” La tradición se desplaza en el ámbito natural.
Dice Calderón Bouchet al respecto “Se puede, empero, admitir también como tradicionales ciertos principios de orden social: usos,  costumbres. Instituciones, que hacen a la continuidad de un pueblo. Pero esta variante requiere un par de recaudos que conviene examinar: a) que tengan vigencia histórica real, es decir que estén vivos en el pueblo… De otro modo la evocación de la tradición no pasa de ser un juego retórico más o menos romántico. …”. Entonces, esto es un fenómeno histórico que puede o no estar vigente, y por tanto ¿Qué es la tradición? ¿Hay algo permanente y eterno que pueda invocarse como fundamento de lo político hoy y siempre? Nuestro autor (RCB) señala la siguiente pregunta “¿Qué es lo que cada generación debe recibir de la anterior sin mermar ni destruir y cuál es el fundamento real de esta obligación? … no puede residir solamente en el respecto de un derecho histórico. Si se admite el perfeccionamiento de las instituciones y su adaptación a nuevas circunstancias históricas, no se sabe cómo se podría discutir el derecho a la reforma. … La tradición en su sentido estricto encuentra su fundamento en la Palabra de Dios, y si existen elementos tradicionales, dignos de veneración, son aquellos que los pueblos, de acuerdo con su idiosincrasia, han ido formando en torno a la inspiración de la Palabra”. Tradición es Revelación a la que se adhiere en la virtud de la fe, y desde esta instancia interior crea la posibilidad de un orden social posible. “Una constitución es un orden jurídico y por ende permanece siempre como algo exterior a las motivaciones profundas que mueven al ánimo del hombre. No es vida que penetra y crea, sino norma que ordena y rige desde fuera los aspectos más exportables del alma.”
 Es decir que en este autor ya la tradición implica una instancia sobrenatural que modifica desde dentro al hombre por efecto de la gracia, que le imprime una “vida” que es la única que hace posible el orden social sostenido desde dentro. Cuando se refiere a la tradición española en concreto, dice: “ … cuando Mella dice que la fe ha hecho a España, no quiere solamente decir que el proyecto católico de los reyes españoles, actuando desde una esfera puramente intelectual y volitiva, ha estructurado jurídicamente la realidad española; quiere decir, cristianamente, que la fe, al transformar a los españoles en cristianos, ha reconstruido las condiciones de su convivencia y ha dado vida sobrenatural a sus instituciones …” - cita a Mella – “Todas las instituciones fueron bañadas en el Jordán de la Gracia, y no hay una sola que no haya recibido allí su bautismo.”
¡Qué enorme diferencia de conceptos!  Ayuso restringe la tradición a una realidad político-jurídica, emocional – o volitiva dice Calderón Bouchet – y la retira del ámbito de la Revelación, de la vigencia de la gracia sobrenatural y de la influencia de las virtudes teologales. (Más adelante en esta obra de Ayuso, podrán ver cómo, en otro capirote intelectual, termina subordinando aún las virtudes teologales a la prudencia, a la que convierte en el eje de todo el obrar humano).
Para terminar con este tradicionalismo naturalista carlista, veamos brevemente el concepto de revolución en Ayuso, igualmente reducido: “La revolución… no concierne a la fe cristiana en sí misma, sino a la principal obra temporal de la fe: la Cristiandad...” “… la captación de la esencia de la revolución – que pertenece a la filosofía - …” “la revolución… se opuso al orden natural, de modo que la reacción contra la misma viene exigida por la defensa de éste.” Para él, el ataque a la fe es un efecto colateral, pero la batalla principal se juega en un campo natural y neutro, al que la religión debe venir en ayuda por esos efectos colaterales, pero que no es “su” batalla. Es una batalla político-filosófica, y no teológica. Y por este intersticio naturalista comenzamos a ver la desnaturalización del verdadero hispanismo, que ya no plantea su gobierno desde la Iglesia y para la Iglesia, como Imperio Cristiano, sino que la deja a un lado.  Para el viejo tradicionalismo, la revolución es directa y principalmente contra la Iglesia de Cristo, contra su fe, porque así como entendemos que es esta fe sobrenatural la que conforma el orden político, ellos – los enemigos-  también lo saben, con un saber que inspiran las potencias demoníacas. Pero esto no se puede decir en las universidades. La batalla central de la historia es Cristo contra las fuerzas demoníacas y nosotros nutriendo uno u otro bando, los efectos colaterales somos nosotros y nuestra historia. La historia del hombre es una historia sobrenatural.
Toda la consideración de los fenómenos políticos hodiernos se naturaliza en este autor (lo que es lógico dado la premisa de dualidad de la que parte) abajando la realidad a lo natural y desalojando la influencia imprescindible de la gracia en el orden político y reduciendo la malicia del enemigo, proponiendo entonces para un mal sobrenatural, un remedio natural.
 Por esta vía naturalista la restauración es imposible dados los tiempos que corren. La restauración no es otra cosa que Redención, y la Redención de Cristo no vino sólo para el orden personal, sino que también para el orden social y para todos los órdenes humanos y por el mismo medio que es la gracia obtenida en la Redención. La restauración de la política cristiana es una restauración de la fe en el hombre y en su sociedad, por efecto de la gracia. Y esta es la primer tarea del político, sin la cual, nada se puede hacer.
 Les ruego repasen las primeras páginas del breve tratado de Dom Prosper Gueranger sobre el Sentido Cristiano de la Historia y vean Lo sobrenatural en la Historia “No hay, pues, no puede haber un verdadero conocimiento del hombre, fuera del punto de vista revelado.” Y esto incluye lo político.
El carlismo fue una expresión católica íntegra, pero si se abandona a la administración ejercida por Ayuso y sus adláteres, ya no pasa de ser un folclore nostálgico y una sociología de chato vuelo.     
 En esta idea, la política encuentra en lo religioso no un jefe, sino un aliado, un socio, al que a ambos le conviene el bien del otro. Uno salva al otro según las ocasiones.  Uno lo usa al otro. Es tan absurdo como entender que Cristo no es mi Rey, sino un buen partenaire para que las cosas me salgan bien o para que ambos nos vayamos protegiendo mutuamente de los males propios. Yo cuido sus intereses espirituales y Él mis bienes terrenales. Creer que esto funciona así, es no entender nada. Como decía Santa Teresa de Ávila, Cristo es muy mal socio, trata bastante mal a sus amigos desde este punto de vista. La más de las veces pulveriza mis bienes terrenales cuando lo pongo a la par y no lo sirvo como se debe. Y a veces, hace lo mismo, si me ve en buenas condiciones y necesita “testimonios” para su Iglesia. ¿Desde cuándo yo a veces salvo las cosas de Cristo? Es Cristo quién exclusivamente “salva” todo, no es un administrador torpe.
 Y esto ha producido un malentendido con respecto al concepto de Tradición, que cuando se entiende en el plano político e histórico, cuando viene a apoyar este fin natural, es sólo historia y nada de eterno y de permanente hay en él. ¿Por qué debería permanecer una tradición de un pueblo histórico dado? ¿Quién lo garantiza? ¿Por qué debo convertirla a ella en el fundamento del orden? ¿porqué no lo puedo reformar? El verdadero esfuerzo político de hoy, es devolver al hombre la fe cristiana. No hay otro.

Y también han producido un malentendido con respecto a la Iglesia, que sale del ruedo político concreto como Imperio Mundial Espiritual en el que deben asentarse todas las naciones, para ser un asunto meramente espiritual en lo personal. Se lo acepta como institución intermedia, coadyuvante a la cohesión política, pero no como la cumbre de la misma. Los fines religiosos del estado se dejan en mano de los príncipes que los administran a su antojo y buen entender, ya desasidos de la persona del Pontífice y de las Jerarquías Sacerdotales. Y ya no se reconoce la Autoridad Política Espiritual de la Iglesia.  Creen no haberse hechos laicizantes por incluir a la Iglesia en la receta política como ingrediente necesario, pero la desalojaron como cumbre del orden y como fin de todo el orden. Son laicizantes, les guste o no. Y ya no son españoles, les guste o no. Y corren grave riesgo de dejar de ser católicos.

La sentencia de mi padre es definitiva, cuando la Iglesia concreta no está a la cumbre del orden político, se produce un vacío que sale a cubrir el estado, que termina usurpando su función. Defección de los príncipes y defección de la misma jerarquía. Usurpación demoníaca, con buenas o malas intenciones.
 Hecha esta crítica al hispanismo actual, que por devolver la bofetada podemos asegurar que es un GRAVE ERROR. Seguimos con lo nuestro.
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 El nacionalismo argentino fue ese intento de recuperar una nación, partiendo del patriotismo territorial y familiar, religioso, y de las condiciones de la historia y la geografía que imperaban. ¿Hubo excesos de celo?  Probablemente. Me refiero a los “medios honestos”. En especial en  el plano de la historia. Es cierto que las patrias se nutren de cierto mito que hay que necesariamente cultivar, pero cuando esto se transforma en “mentira” se torna peligroso. La mentira histórica es una gran tentación, que cuando se usa, luego viene la verdad histórica y nos deja peor que cuando comenzamos. Creo – no aseguro – que la creación del mito San Martín tiene mucho de esto. Y lo cierto es que sólo la verdad nos hará libres. Entiendo que estos pagos que llamamos la Argentina han tenido una sola institución perdurable que ha sido la columna vertebral – torcida y débil- de su posibilidad de ser, y esta ha sido el Ejército. Y el Ejército Nacional, por mala política de los reyes, lo creó San Martín. Cuesta horrores dejarlo de lado. Pero ya, que esta institución ha fenecido totalmente, sería hora de abandonar el mito. 
 Creo – ya con más certeza- que 1810 ha terminado en cruel mentira demostrada. Sobre estas cosas nada bueno se puede fundar. Fueron pecados que hay que redimir. Pero tampoco creo que marcan a fuego una historia ilegítima, porque nada marca a fuego al hombre viador, pasible de redención y de reconducirse hacia el fin sobrenatural, cuya viabilidad está garantizada en la Promesa.
Pero ahora demos un paso más. Habíamos notado que en la dimensión histórica podía haber un furcio nacionalista que transgredía la veracidad en pos del mito fundador (lo que los hispanistas carlistas denuncian con razón en muchos casos). Error que no ocurría en la dimensión coetánea y en el hecho de que era una aristocracia con un FIN claro y seguro de catolicidad hispana (y me refiero a catolicidad con clara conciencia de misión contrarrevolucionaria, no de nostalgia folclórica de la península hispánica. Pues es este – y no otro - carácter de contrarrevolucionario, lo que hace a la esencia de lo hispano).
Hoy gran parte – la mayor – de ese nacionalismo, usa expresamente la mentira democrática como medio constitutivo de la nación. Y pierde sin remedio su carácter aristocrático y su catolicidad y todo. Hasta luego. Son nada. Ni derecha. ¡Puaj! Desparraman. (Entiendo que el uso de malos medios, como la mentira histórica que con denuedo denuncian los hispanistas – y con razón-  suele traer estas consecuencias. Se forma una especie de oportunismo, de uso de la ficción en el desprecio del pueblo que se debe amar – amar con dolor- y se termina partidista, en especial, peronista). A veces lo único que queda y no se debe abandonar nunca, es ese rechazo por el plebeyismo, esa condición aristocrática que es la tabla de salvación, y que hoy por hoy, esa aristocracia - en el sentido de una nobleza verdadera y no en la repartija de títulos que han sido viciados en el derrotero imbécil de la tilinguería - es la aristocracia de la fe. Un mínimo grupo que conserva la fe y que está teniendo cada vez menos que ver con lo que se llama “gente bien”, que cada vez son peores.
Pero el hispanismo carlista se ancla en una ceguera con respecto a la condición coetánea, y se lanza a un platonismo abstracto, sumado a un naturalismo que desespera. Sin fruto alguno. Y principalmente porque la banda Ayusista le pone un fin político y lo priva de su dimensión religiosa, dejándolo sin salida. Esperando que lo religioso sólo ayude a empujar la carreta política y no que lo religioso la atraiga. Porque como siempre, la salida es por arriba.
 Existen – por otra parte - los desesperados observadores entre la bruma de la pedantería cínica y petulante, que ven mansamente como van a chocar los trenes desde la silla (por ejemplo The Wanderer en reciente artículo), que ya, para nuestra sorpresa,  no encuentran sentido al misterio de la infalibilidad papal porque han perdido la noción de autoridad y la necesaria primacía de la Iglesia como Imperio del mundo. Desde otro rincón, coinciden con lo peor de la herejía modernista. Les molestan los dogmas cuando no los entienden.
Veremos que los intentos restauradores ensayaron dos soluciones, la del restaurar por arriba y la de hacerlo desde abajo. Las veremos más adelante
 Y por fin está mi razón – ustedes dirán-  que es la única que brilla. Que gracias a Dios no es la mía, sino la de la Iglesia, y que es tan evidente y vieja, pero tan olvidada, que cuando se recuerda, parece que uno la está inventando. Y la diré del modo más abrupto posible.
La solución es LITÚRGICA.

Y se los dejo para la próxima, no sin antes recordarles que es - esta afirmación - una de las razones de burla más enconada que tiran todos los bandos en pugna. Gracias a la cual no puedo envanecerme ni juntar adeptos, porque para el hombre actual es una estúpida frailada. Ayuso en la obra citada (pág. 13) habla de las opciones de restauración fallidas, y entre ellas se refiere a esta con más desprecio de lo que aparenta “Otros defienden la tradición litúrgica despreocupados de la tradición política”. Esos… somos nosotros… pero veremos que no tan despreocupados ni tan errados. 

4 comentarios:

  1. Excelente. Una enorme satisfacción y hasta un alivio saber que no estamos tan locos.
    Los conchetos del ambiente que sigan "ironizando" como forma de no atacar directamente lo que en definitiva les genera bienestar (o les evita malestar), y que sigan reinterpretando el magisterio y la historia en clave filosófico-burguesa; pero menos mal que existen los "rígidos fundamentalistas" que siguen apostando al sí, sí; no, no, sin medias tintas. El naturalismo de ésta gente, según muchas veces los hechos demuestran, más que ver con errores filosóficos, tienen que ver con posturas faltas de compromisos radicales con las verdades evangélicas; verdades que se dicen predicar, pero sólo en la medida que nos los limite en el actuar.

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  2. "... Existen – por otra parte - los desesperados observadores entre la bruma de la pedantería cínica y petulante, que ven mansamente como van a chocar los trenes desde la silla (por ejemplo The Wanderer en reciente artículo), que ya, para nuestra sorpresa, no encuentran sentido al misterio de la infalibilidad papal porque han perdido la noción de autoridad y la necesaria primacía de la Iglesia como Imperio del mundo. Desde otro rincón, coinciden con lo peor de la herejía modernista. Les molestan los dogmas cuando no los entienden."...yo veía eso en Wanderer pero no sabía expresarlo. Es como ud dice. (no soy un robot)

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  3. Coincido con el anónimo (que dice no ser un robot). Hacia falta una página con clara visión en medio de tanta pagina vedette, de las cuales diría Genta que están mas preocupados por su "carrera" (léase "fama en la red") que por su misión. Mientras releo, en ansiosa espera de la próxima publicación, un cordial abrazo.
    Yacaré del norte.

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    1. No haga juicio temerario Yacaré, que acá no hay "vedette", y sino, cuente los anónimos.
      Y ya que trajo a don Jordán, sabrá que recién en su obra póstuma, después de una vida de analizar profundo, descubre al requeté...

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