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viernes, 1 de abril de 2016

EL OFICIO DE HISTORIAR

por Dardo Juan Calderón



¿Quién no soñaría con ver la historia, toda entera, tal cual es? Ver desde el buen Adán hasta el último hombre, como realmente fueron, en sus motivos, en su interior y en las consecuencias de sus actos. Poder rearmar todos los nexos causales en sus justas medidas y tener una conclusión definitiva de la responsabilidad de los hechos.  No digo como en una película o como en un libro, donde tenemos que poner nosotros la interpretación y de alguna manera discutir con el autor o director. Sino como en una revelación total de la verdad sin duda alguna, entrando en las almas de cada personaje y viendo el derrotero que los hechos van tomando desde el influjo de estas almas en su más intrincada relación de causas.
Poder discernir hasta las profundas causalidades de lo que llamamos el azar. Descubrir los influjos divinos que la cruzan y que son aceptados por los santos y rechazados por los réprobos, con toda la enorme belleza del bien y la terrible destrucción del mal. Ver las potencias infernales tramando sus monstruosos planes y logrando sus frutos o rabiando en aullidos sus fracasos.


Porque después de todo, cuando vemos la historia hay algo de lo que no podemos  librarnos, este asunto que nos limita y que somos nosotros mismos. ¿O es que a veces no miramos al ser más amado y lo sentimos tan enigmático y lejano como al más lejano de los griegos? Repetimos su nombre día a día suponiendo una intimidad, como si fuera alguien que conocemos sin duda alguna, y al minuto, el mismo nombre se nos hace ajeno en la boca. Y aún más, hay días que ni a nosotros mismos nos reconocemos ni nos explicamos nuestra historia.  Y sin embargo, luchamos por hacernos una idea y nos damos bofetadas por las diferencias.

Claro que el problema que encierra todo esto pasa en primer lugar porque toda historia se hace comprensible recién cuando termina. ¡Qué enorme sorpresa nos llevaremos cuando nuestra propia historia pase ante el Juicio  Final! Lo peor es que no podremos rebatir la versión porque esta tendrá esas notas de revelación que más arriba ansiábamos tener, ya no habrá interpretaciones, la verdad se hará evidente y por fin nos conoceremos, para bien o para mal. Recién conoceremos al que amamos.

No poder “ver” la historia de una manera cabal y completa, como la que soñamos aquí; no conocernos de esta manera y no conocer al otro, al amado, de esta manera, es en cierta manera el resultado de la pena del pecado, pero… es también una gracia. ¿Quién lo resistiría después del pecado?

El conocer al otro, a los otros, de una manera cabal y completa, sería insoportable, no quizá tanto como lo sería el conocernos a nosotros mismos de esta manera. Hay una necesaria impostura que hace posible el sobrellevarnos. Es probable que la muerte prematura de un hijo sea tan dolorosa porque, aunque incompleto, podemos hacer un balance de él y de nuestra culpa en él, que ya queda cerrada y sin posibilidad de rectificaciones. Para los hombres, la historia, los otros y uno mismo, se hacen soportables porque queda una esperanza de cambio. Y la esperanza humana es sólo eso, cambiar, porque aun sin conocernos, nos desagradamos.

A medida que en las historias nos metemos en el detalle, pues más nos perdemos en un pantano de preguntas imposibles de contestar, en nuevas preguntas que surgen a cada segundo y en consecuencias de las que no podemos rearmar sus cadenas causales. Y si tomamos distancia, y buscamos una síntesis, pues esta resulta imposible si no sabemos el final. Y no lo sabemos.

Por otra parte, de nada serviría saber ninguna historia en esta profundidad sino podemos perdonar todos los errores; sin el perdón, saber la historia sería un enorme ataque de rabia impotente. Y de nada sirve perdonar sino podemos rectificar estos errores y solamente quedar a la expectativa de la catástrofe final que la sumatoria de ellos indefectiblemente anuncia. Y nada entenderemos si a todo esto: lo sabido, lo perdonado y lo rectificado;  no le podemos dar un cierre, un final. Bajar el telón de la obra.

La reconstrucción histórica más perfecta de todo el derrotero humano, la redactó Cristo en su alma aquel atardecer en el monte de los olivos. Allí todo lo repasó, momento a momento, personaje por personaje, hecho por hecho, intención por intención. Allí estuvimos nosotros con nuestra historia, y el juego que hicimos en la historia. Y lo más llamativo es que no fue divertido. Fue un cáliz de amargura. Y sudó sangre. Resulta llamativo que a muchos la historia les resulte una diversión. Sin duda alguna no tienen la menor idea de lo que se está jugando.

El mejor Historiador con el mejor libro… sudó sangre. Y una vez visto todo, había que perdonar y rectificar. Pero no es sólo esto. Debía darle fin. Cerrarla toda completa. Bajar el telón.

No podría Cristo haber visto la historia desde una poltrona. Eso podemos hacerlo nosotros porque vemos poquito, entendemos menos y nos sentimos fuera. Si viéramos lo que Vio, nos pegaríamos un balazo. Sería espantoso. Y sería espantoso porque no podemos perdonar ni perdonarnos, porque no podemos rectificar la dinámica de mal que se abrió. Y porque no podemos darle un fin. Pienso en la historia de nuestra pobre Patria ¿quién puede soportarla? ¿Quién podría perdonar a los traidores y apóstatas de su destino? ¿Quién puede rectificarla? Y quién, por Dios, podría buenamente cerrarla en un final que permitiera el balance objetivo con todas las consecuencias acabadas.

¿Queréis ver la historia? Repasada con prolijidad, con síntesis, perdonada, rectificada y CERRADA. Pues hay que leer la Pasión, desde el Monte de los Olivos hasta la Resurrección.

¿Y lo que vino después? No hay después. Pascua fue el fin de la historia. Cristo perdonó, rectificó y cerró la historia. Aquel fue el último día. De alguna manera misteriosa, mi historia ha sido relatada minuciosamente, perdonada, rectificada y cerrada. Como toda la historia y todas las historias.

¿Y a qué viene todo esto?

A que si queremos comprender la historia, nuestra historia y la del que amamos, la respuesta no está sino en Cristo. Porque Él la vio toda entera, la perdonó, la rectificó y la cerró. Y si queremos saberla, pues hay que seguir Su consejo: “Velad y orad” junto a Él, como en aquella noche oscura entre los olivos. Y nos dio la forma de verla: la Fe; y la de perdonarla: la Caridad; y la de cerrarla, la de terminarla: la Esperanza.

La historia sólo puede verse a la luz de la fe; sólo puede soportarse con ayuda de la caridad y ya puede cerrarse en la esperanza. No hay salida, ningún historiador puede soportar la historia sin estas claves; pero puede falsificar las claves. Puede volcar su “fe en los medios técnicos para transformar al hombre en un ser equilibrado y armonioso. Esperanza en una futura organización social sin contradicciones y un amor puramente verbal para construir sobre él el orden socialista” es decir,  “una fe falsa, una esperanza utópica y el pretexto mentiroso de una caridad a nivel puramente humano” (Rubén Calderón Bouchet en “Esperanza, Historia y Utopía”). Vemos que para todos,  la lectura de la historia es odiosa y exige un esfuerzo de perdón,  de rectificación y de finalización, que puede ser real en Cristo, o mendaz e ilusorio en el hombre. Nadie puede ver la historia cara a cara, así sin más, la propia historia de su vida descarnada sin volarse la tapa de los sesos. O existe un perdón, una rectificación y un final establecido y cierto, o debemos inventarlo.   

Y ahora, volvamos a ver las historias, la nuestra, la del que amamos, la de la patria, y seamos conscientes de que han hecho sudar sangre al mismo Dios Encarnado, de que es posible el perdón, de que pueden ser rectificadas y de que es posible darlas por cerradas.

Vivimos una historia que ha terminado, que tiene su fin en Cristo, o mejor, que “ya ha tenido” su final en Cristo. Y que no es un acertijo. Que nos puede ser revelada por Él. Como nos ha sido revelada la historia de la humanidad de principio a fin. Pero debemos respetar una clave, la clave de la lectura, eso de ver con la luz de la fe el transcurso de la historia, el leerla como se lee un libro o como se ve una película. Esa actividad necesaria, sólo se puede hacer si se está dispuesto a sudar sangre mientras se corren las hojas. Las hojas de la historia y las hojas de nuestras propias vidas.

El historiador sólo consigue darnos algo que vale la pena cuando escribe la historia con sangre. Sólo a esos  sufrientes Dios les revela el final en la esperanza, y viendo el final, pueden armarla y explicarla. Si la historia depara un final abierto a todos los cambios, se hace inexplicable. Si la historia no ha terminado, pues no se puede saber que ha sucedido. Por ello Dios nos reveló el final e hizo de esa revelación un libro fundamental. Por eso los ideólogos inventan una ilusión, que en la medida que se disipa, aumenta el deseo de autodestrucción.

El oficio de historiador es un enorme peso, es practicar un denso y pesado análisis de conciencia universal que se hará insoportable, y no es para cualquiera. Es beber un cáliz de amargura y como el ejemplo de Cristo, hay que estar dispuesto a perdonarla, a rectificarla con mi vida, y tener el coraje de saber darla por cerrada. De poner el último punto. De bajar el telón.

Enfrentar la tarea sin estas virtudes afinadas nos deja en dos campos abiertos al desastre del suicidio. O la rabia por lo que no tiene remedio y el pesar de todas las oportunidades desechadas, o una ilusión absurda que en su fracaso seguro nos deja las manos vacías desde las que coló la arena de la ideología.
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 Vimos en estas páginas algunos ejemplos, el de historiadores que quedan anclados en una rabia justificada de un acontecer mal llevado, erróneo, traidor y pecaminoso, al que no están dispuestos a perdonar y donde sólo resta patalear la bronca de la oportunidad desechada y el deseo imposible de volver a un pasado que se ha diluido en la nada del tiempo. Claro que hay que volver, hay que volver al Monte de los Olivos, y esperar de Él el perdón y la rectificación, como el de nuestras vidas. Estos están dispuestos a sudar sangre, pero no a perdonar, y no ven el fin.

Y vimos a otros, poniendo la esperanza en alguna de las utopías ideológicas, dispuestos al perdón mendaz con tal de no sudar sangre.

Volvamos a Calderón Bouchet: 
“La historia es un proceso, un acontecer a lo largo del tiempo que sigue su curso, y esto no puede ser bien comprendido si no nos preguntamos por su comienzo y su fin. La ciencia histórica, atenida a la exégesis de los hechos, nada puede decirnos sobre ambas cuestiones. Pero si los hechos son interrogados de acuerdo con la Palabra de Dios y los vaticinios proféticos, se advierte un sentido que hace a las dos puntas del proceso”.

Y culmina Piepper: 
“El comienzo y el fin de la historia humana únicamente son aceptables si se admite una explicación de la realidad trasmitida, prefilosófica. De otro modo son incomprensibles.”


En el juicio final habrá un juicio de las Naciones, los jueces serán “los santos” dice San Pablo. Allí sabremos en primer lugar si fuimos una Nación, o si somos un capítulo de la España;  y veremos la atrocidad del suceso, pero sentiremos el perdón y se nos dará la conclusión final. Algún historiador nos debe una “teología” de la historia argentina. Yo algo he visto en prosa y en verso. Lo que es seguro, es que no comienza en 1810 ni termina en democracia. ¿¡Quién pudiera volver al monte aquel y ver con Sus ojos esta historia!? Si esto no ha podido hacerse más que por los vates y los novelistas, hay un grave defecto en los historiadores argentinos. Viene a mi memoria un sermón de mi Prior. ¿Se refiere San Pablo a que los jueces serán los Santos de esa misma Nación? ¡Qué orfandad de Santos! ¿Qué quiere decir esto? Y entonces nos queda preguntar a Santa Rosa de Lima, patrona de América, y encomendarnos a la Guadalupana, y quizá por ahí veamos la punta.  

15 comentarios:

  1. La pucha que buen artículo que enlaza la Historia terrenal con la Divina, y que punta deja para desenrollar el ovillo...
    Permítanme los Cocodrilos algún descanso para cargar las tíntas y compartir un humilde punto de vista, esperando aportar algo de interés.
    Saludos cordiales.
    CJF

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  2. Apúrese que estoy a punto de dispararle otro (casi que una segunda parte de este). Estoy pensando en llamarlo ¿Cuál es mi Patria?(bien subjetivo).

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  3. En 1er lugar, felicito al autor por tan profundo análisis de la Historia, el cual exige una buena gimnasia intelectual del lector y del comentarista. Mis felicitaciones son en reconocimiento de una superioridad intelectual del autor, y con mi comentario trataré de contribuir humildemente en algo.
    Sin lugar a dudas los humanos no podemos tener un conocimiento acabado de la historia, en primer lugar por nuestra Naturaleza caída y por nuestras limitaciones naturales de inteligencia, tiempo y espacio.
    Por otro lado Dios Nuestro Señor, no ha dotado de talentos y de una inteligencia capaz de llegar a la verdad, de no ser así no podríamos ser juzgados y no habría cielo o infierno.
    Sin lugar a dudas, hay cosas muy difíciles de discernir, que nos queda dejarla a los especialistas, a los historiadores, a los filósofos, a los teólogos, en fin... a la Iglesia. Claro que ahora hay que ser cuidadoso con lo que dice la Iglesia, sobre todo luego del CVII.
    Pero volviendo a nuestra capacidad de razonamiento y de inteligencia, creo que Dios Nuestro Señor nos ha dotado para que podamos alcanzar la verdad en todos los aspectos.
    Por qué es importante analizar y alcanzar la verdad en la Historia. Entiendo que es importante porque el principio y Fin de la Historia es Dios. La Historia comienza con la Creación y finalizará con el Juicio final luego la Segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo.
    Luego la finalidad de la Iglesia es la Salvación de las almas, y la finalidad de cada Hombre es "Conocer, Amar y Servir a Dios Nuestro Señor".
    Sobre todo creo que si bien no podemos conocer en profundidad todos los detalles de la Historia, la profundización de su estudio, logra conformar una especie de rompecabezas que permite deducir el significado final. Esto es una característica del pensamiento humano. Entonces es importante realizar dicho ejercicio.
    La historia, por sus frutos nos devela si, un hecho fue bueno o no en concurrencia con el fin de la Iglesia y del Hombre, también nos devela si una persona o gobernante o de elevada jerarquía institucional, más allá de las intenciones, obró bien o mal y si las consecuencias de esos hechos, decisiones y/o circunstancias fueron buenas o malas. Todo esto podemos estudiarlo sin juzgar y condenar a la persona. ¿Para qué? para ver que hechos, circunstancias, decisiones y personas ayudaron al Orden Social Cristiano y a las Personas para alcanzar su fin último, Dios.
    Dios es el Señor de la Historia.
    Continúa.

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  4. Los hechos que contribuyen a la Salvación de las Almas y al Reinado de Nuestro Señor Jesucristo en las almas de los hombres, son queridos y bendecidos por Dios Nuestro Señor. Sin embargo los hechos que dificultan y perjudican la salvación de las almas, Dios Nuestro Señor lo permite. Probablemente sea así para de todo mal sacar un bien mayor (Misterio Divino) y para que se cumplan las Escrituras (Señor aparta de mí este Cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya).
    A mi juicio, Los frutos de la América Española fueron enormes para la Cristiandad, y para el fin último de la Iglesia y de los hombres. Sin lugar a dudas pueden haber existido hechos aislados, o personales que no condecían con la magna obra, pero que en su suma y/o conjunto no pueden opacar la Obra Civilizadora de América y de las almas que en ellos moran. Esto fue posible a la Monarquía Católica Española, que era continente de la doble fidelidad, al Rey y a la Santa Iglesia Romana. Las Leyes basadas en las costumbres católicas coadyudaban a facilitar la vida cristiana y ayudaban a las almas a encontrar su salvación en la Verdad. Esta Obra de la Civilización en la América Española, sin lugar a dudas fue querida y Bendita por Dios Nuestro Señor.
    Por otro lado, la secesión hispanoamericana, que trajo odios, envidias, avaricia de dinero y poder, orgullo, división entre hermanos y compatriotas, muerte y guerras, fue triste y funesto para nuestra Historia. Trajo una división política y con ello nefastos gobiernos republicanos que buscaron independencia de la doctrina de la Iglesia y de sus leyes.
    Los estados hispanomericanos surgidos a partir del 1800 fueron gradualmente alejándose de la doctrina católica hasta llegar a los límites de la apostasía (Actualidad), donde se permite el matrimonio homosexual, el aborto y una gran cantidad de cosas no sólo contra la tradición y la Iglesia, sino peor aún contra natura. Luego esta obra no puede ser querida por Dios Nuestro Señor.
    Es muy noble lo que resalta Dardo Calderón en que hay que saber perdonar para tener Esperanza. Sin lugar a dudas, pero es necesario conocer la verdad, y poder discernir qué cosas son buenas y ayudan a la finalidad última de el hombre, de la Iglesia y de una Sociedad.
    Lo triste es no reivindicar y ponderar cosas, hechos o personas, cual si fueran ungidos de Dios y en realidad los resultados de esas obras y personas fueron contrarios a la finalidad de la Iglesia y del Hombre.
    Sobre todo es bueno conocer lo bueno y lo malo para no caer en un relativismo histórico. Sin lugar a dudas debemos perdonar y tratar de trabajar en lo que se pueda para alcanzar nuestra finalidad sobrenatural, pero no debemos equivocarnos en las cosas que nos ayudan a nuestro Fin último, y las que nos alejan.
    Por otro lado, sería interesante plantear el tema de el Cuarto mandamiento y la "Piedad Patriótica".
    Saludos Cordiales.
    CJF

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  5. A ver. De sus dichos pareciera que desde 1800 los americanos se fueron alejando de un Santo Imperio Católico y se hicieron homosexuales con el tiempo. No es así; desde 1800 España se fue alejando de sus fuentes y realizó políticas autodestructivas, terminó en un despelote de hórdago perdiendo su propia nación a manos de Pepe Botella, desmembrando su Imperio, dejando de ser católicos como se debe, y terminando tan putos o más que nosotros yendo al cine con Almodóvar. De los mismos bichos que había acá, había allá. Acá la primer reacción de orden es Don Juan Manuel, y allá el Carlismo. No nos cargue toda la culpa. Fue una guerra civil. Usted me dirá, pero rompimos con la Monarquía, que mejor hubiera sido asesinarlo y no romper el principio. De acuerdo. Pero lo debieron asesinar ellos, a nosotros nos quedaba lejos. Después de todo, Rosas estaba instaurando un feudalismo, tratando de impedir que esto se lo morfen los Ingleses y otras linduras que lo llevaban ocupado. Si, mil veces sí, yo hubiera preferido que se recompusiera el Imperio, pero no fue así, y le veo más culpas al Borbón (Fernandito) que a los americanos que siempre hubo algunos dispuestos a volver por los fueros. Ahora, hacer una historia de traición con un sálvese quién pueda? Y mientras tanto la historia aquí corría y los hechos se cerraban, y nosotros vivíamos aquí y no se podía esperar que ganen los Carlistas. Se fue todo a la mierda. Como en una casa. Pero... suele haber más culpas en el padre que en los hijos (aunque no siempre). Ahora estamos aquí y hay que hacer lo que se pueda. Ya le cuento otra historia.

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  6. Estimado Dardo,
    En primer lugar quiero decirle que tuve mi respuesta anterior fue bastante apresurada, no por ello me retracto, aunque si observo que hay algo que realmente está mal, entonces si me retractaré.
    No es fácil seguir su ritmo de producción analítica de la historia y la política, ni en cantidad, ni en calidad.
    Trataré de explicar mejor algunas cosas que quise manifestar, y de explayarme en algunas que son pertinentes. También haré las debidas concesiones a su respuesta, que tienen mucho y tal vez casi todo de acierto, aunque no esté de acuerdo en su totalidad.
    Tiene razón Ud cuando dice que Fernando VIImo y su gobierno se fueron alejando de los fueros y de la Tradición Española, y de esta manera defeccionando y traicionando en los principios, pasando por la usurpación del trono en la descendencia de Fernando VIImo hasta llegar a la apostasía actual, que muy posiblemente puede ser peor que la actual nuestra.
    También es cierto como Ud dice, que no todos lo que vinieron luego de 1800, y todo lo que vino es malo, y lo de antes era inmaculado. Sin lugar a dudas hubo muchos hombres honestos que hicieron lo que pudieron acorde a las complejas circunstancias que les tocó vivir. Sobre todo, cuanto más adelante de 1810, menos culpa les cabe. Incluso en muchos casos, su obras son bastante loables.
    Estoy de acuerdo entonces en eso que normalmente suele haber más culpas en el Padre que en los hijos (También haciendo las excepciones correspondientes). Pero esta afirmación les cabe grandemente a los dirigentes locales de entre 1810 a 1835 al menos. Sobre todo pensando en las consecuencias de lo que hizo cada uno.
    Lo que realmente no puedo comprender, lo que realmente no encuentro explicación es: ¿Cómo una persona que nace de Padres Españoles, en suelo Español, con leyes y costumbres Españolas, con Tradición Española, y se cría y forma conforme a todo eso, puede de un día para el otro (O de un año para el otro) -con la excusa de que el Gobernante es malo, que abandonó sus principios y Tradiciones - Volverse contra la Bandera que lo cobijó, contra sus compatriotas, contra su ejército, contra muchas de sus autoridades legítimas?
    Si tratamos de hacer un paralelo -salvando todas las diferencias que puedan existir- con la Iglesia Católica, ésta a partir del CVII defeccionó su Tradición, rompió su Tradición, cambió su Objeto, se volvió al Hombre y para el Hombre, y volvió su Espalda a Dios. Dejó de ser la Religión de Dios para, voluntariamente, ser la Religión del Hombre. Todo esto con el beneplácito de los sucesivos Sumos Pontífices y los Cardenales y Obispos. No por ello, Monseñor Lefevre renegó de la Iglesia y creó una nueva. Monseñor Lefevre, sin dejar de reconocer a la Iglesia Romana como tal, y sin dejar de reconocer al Papa como tal, acusó al Concilio, acusó al modernismo, a la herejía, a la impiedad, a la traición, a la defección, y al abandono de la Tradición oral y escrita, y él mantuvo todo lo que la Iglesia enseño siempre en su Tradición oral y escrita, en sus dogmas, y en su magisterio.
    continúa...

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  7. Así, el Reino de las Indias, debería haber hecho lo mismo que Monseñor Lefevre hizo, mantenerse fiel a la Tradición, a las costumbres y al Magisterio, y no negar sus raíces, su Patria, su Dios, su Religión, etc.
    No todos los gobernantes y dirigentes hicieron eso, pero la mayoría que ha gobernado desde 1810 en adelante sí. Y esa mayoría no sólo traicionó en mayor o en menor medida la tradición, sino que en muchos casos no lo hizo en forma directa, pero muchos también, pecaron por omisión o dejaron actuar a otros.
    Se nos ha criado, y enseñado que la Patria es nuestro estado, nuestras costumbres, nuestras leyes, nuestro idioma, nuestra cultura, nuestra bandera, nuestro himno, nuestros próceres, nuestro ejército, nuestros muertos, nuestra historia, etc. Hoy luego de poco más de 200 años desde 1810, tenemos muchas de esas cosas en la historia del estado Argentino. Los autodenominados "Patriotas" de las guerras de escisión americana, decían luchar por Patriotismo, y decían que la "Lucha engendraba Patriotismo", ahora, si cuando un militar o miliciano que debe luchar en una guerra por su "Patria", lo hace, se supone que defiende ante todo, su historia, sus Tradiciones, su Bandera, sus muertos, etc. Yo entones me pregunto: ¿Qué de todo eso defendían los autodenominados "Patriotas"? en la Campaña auxiliadora al Alto Perú, o al Paraguay, no había ni bandera (Claro, en el medio Belgrano hizo una para diferenciarse del ejército Realista Criollo del Paraguay), no había muertos, no había historia, no había nombre de estado. Entonces como puede decirse que tenían "patriotismo" sin en realidad no tenían casi ninguna de las notas características de tal concepto.
    Dice Felix Adolfo Lamas:
    "La patria es algo más que la tierra donde se ha nacido, se vive o nacieron nuestros padres: es, aún, más que la tierra que se vincula como una cierta raíz existencial de nuestra vida. Es también más que el pueblo entendido como totalidad social o étnica. Tampoco puede reducirse al mero pasado de dicho pueblo o de su tierra. Ni es tan sólo la cultura. Es todo ello: pueblo, tierra e historia y cultura vivificados por una tradición que les confiere un sentido espiritual. La tradición vincula las diversas generaciones entre sí de modo que las últimas se reconozcan herederas y copartícipes de una común identidad respecto de las anteriores; ella es la que llena de significación humana un paisaje, el cielo y el mar. Esa tradición, que es el alma viva de la patria, es el patrimonio común de todo un pueblo cuyos miembros se reconocen entre sí como compatriotas; heredad común que no necesita ser dividida, porque se participa a todos sin sufrir mengua alguna en esa comunicación".
    Continúa...

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  8. Y continúa:
    "Esa tradición, a su vez, se entronca con el mundo de lo sagrado. La patria tiene así una dimensión religiosa que reclama -so pena de la pérdida de su validez última- la conformidad con el destino sobrenatural del hombre, que es la Patria Celeste. La patria -o, dicho con más precisión, la relación de pertenencia a ella- es, pues, uno de los principios constitutivos de la personalidad concreta de cada hombre en la medida en que es una determinación cultural y política de máxima entidad, susceptible de ser desarrollada en forma casi ilimitada. En tal sentido, un ancho sector de la vida humana encuentra en esta referencia de pertenencia su propio valor, a punto tal que su pérdida, rechazo o abandono implica siempre, por necesidad, una devaluación o corrupción vital: es la contradicción interior, una infidelidad suprema en el orden natural. De ahí que toda persona con integridad moral comprenda que una vida asentada sobre la traición o la desvinculación con su patria no sea digna de ser vivida. Ésa fue, más que la búsqueda del concepto, la gran lección de Sócrates".
    También se puede citar a Rafael Gambra en "La Unidad Religiosa y el Derrotismo Católico". 2002, Bs As. P 57,:
    "Volviendo a nuestro tema, el Estado tiene una relativa significación religiosa por razón de su origen (non est potestas nisia Deo) y por razón de su fin (hacer posible y coadyuvar al bien y fin últimos del hombre). El derecho adquiere esta misma significación por su fin (concreción jurídica de la única y divina ley natural) y por su origen en un poder legítimo".
    Se puede ver así que los sucesos de mayo de 1810, no encajan en estas definiciones de distinguidos académicos, las cuales están fundadas en perennes autores y tradiciones.
    Así como dice Felix Lamas basado en Sócrates, una vida asentada sobre la Traición o la desvinculación con su patria no sea digna de ser vivida. Los Revolucionarios y gobernantes de 1810, y al menos hasta 1835/1860, fueron Traidores a su Patria. Establecieron un Estado en contra del Derecho vigente y reinante, por lo tanto un Estado de origen ilegítimo.
    La intención en profundidad es conocer la Verdad, aproximarnos lo máximo posible. Para no caer en errores que se pueden trasladar al presente.
    Saludos cordiales.

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  9. Me alegra conocer su nombre y veo que nos vamos entendiendo. La legitimidad de un gobierno es por razón de su fin, en forma primordial. También se considera una legitimidad de orígen. Pero así como un gobierno que tiene legitimidad de orígen la puede perder por variar su fin propio (el absolutismo),puede un gobierno legitimarse al enderezar al buen fin (repúblicas como la de García Moreno ). Hay un monarquismo que reduce todo a la legitimidad de orígen, y lo cierto es que los borbones después de Fernando VII no sólo estaban viciados por la cuestión dinástica, sino primordialmente por el fin. Ellos también eran ilegítimos tanto como nosotros. Si el Carlismo hubiera vencido y se hubiera impuesto, se nos habría presentado el dilema.
    Ahora bien, vamos a otro punto, Ud hace una analogía con la Iglesia y Mons Lefebvre, pero es una analogía impropia. Del concepto de Lamas (que es bueno pero exagerado, digo así, fuera de contexto) tenemos un concepto griego de patria, para ellos la Patria era todo y era la religión, valía hasta ese sacrificio final de tomar la cicuta, y su concepto religioso miraba al pasado. Para nosotros no hay tal fatalismo. Sabemos que las patrias van a defeccionar, todas, y no por esto nos vamos a suicidar; y sabemos por la fe, que la Iglesia no. Pero la Iglesia no va a defeccionar por una asistencia misteriosa. Es decir que no hay que traspolar conceptos ni ideas que funcionan en una y no en la otra. Por ejemplo, Ayuso, con conceptos naturales, juzgó que Lefebvre era un suicida (numantino) y se equivocó. se equivocó porque Monseñor actuaba sobre una realidad mística, sobre la que reposa la promesa de Cristo y los juicios humanos se equivocan. Pero no hay que cometer el mismo error con las patrias o la "civilización cristiana"; esta es efímera, es humana, y sobre ellas no descansa ninguna promesa sobrenatural de subsistencia. Y una vez las mismas destruídas o heridas, el hombre debe continuar sin aferrarse demasiado a la nostalgia de una pérdida que, de todas maneras, nos ha sido anunciada en la Revelación. Porsupuesto que hay que tratar de reconducir estas realidades humanas en la medida de lo posible, y muchas veces ese nexo sacral con el pasado (muy griego) está perdido. Pero los griegos veían los dioses en ese pasado (los judíos en el futuro) y nosotros tenemos a Cristo en el presente. Junto a nosotros, vivo y en contacto. Y es Cristo la fuente de Vida, siempre dispuesta para recomenzar y no la historia ni las "tradiciones", sino "el tráditum" vivo. Y todo puede ser subsanado con Él. Poner como planteo desandar la historia es un imposible nostálgico, desesperante y suicida. La tarea del hombre en la historia (y del padre de familia en su familia) no es una tarea de restauración de un pasado glorioso, que además, puede haber sido que no exista o que haya sido traicionado por generaciones; es la tarea de una Redención en Cristo, actual presente y eterna. Con los elementos que se tienen. Y esto no quiere decir darle razones al naturalismo oportunista, porque ellos son realistas, y está bien, pero no Cristianos, quieren reconducir pero no Redimir.
    Espero que le sirva de algo lo dicho. Saludos

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  10. Creo, quizás me equivoco, que en la cuestión vale el paralelismo de la relación entre un hijo y sus padres, paralelismo que pone de resalto la importancia que tiene la relación personal en la tradición (quizás sea ésta también una de las pruebas de la necesidad de la Encarnación). Chesterton, con la genialidad que lo caracteriza, decía que la Tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas, afirmación que encierra algo sumamente cierto: si el que trasmite no "arde" el que recibe dificilmente se encienda por más que se le enseñe y sepa la doctrina que se le da. El caso lo vemos a diario en familias católicas de nuestro entorno: cuando el padre o la madre que te llevaron a Misa y te metieron el catecismo en la cabeza de algún modo defeccionan (se va con una mina, se resiente con Dios, etc...) tu percepción de eso que recibiste recibe un sacudón del que resulta difícil recuperarse, pues de algún modo y en parte erróneamente, empezás a pensar que todo aquello era una estafa, una cáscara sin contenido ni vida. Está claro que pensando la cosa rectamente tendrías que admitir que ese padre o madre pueden pecar y desviarse sin que ello implique desvirtuar el contenido de lo que dieron, pero de algún modo propio de la condición humana la personalidad del que trasmite, si no determinante, es sumamente condicionante. Como digo, creo que la Escritura muestra que Dios llevó a su pueblo a patadas en el culo hasta que llegó Cristo, verdadero hombre, al cual pudimos amar y admirar como tal y así abrirnos a recibir esa doctrina de salvación, que tampoco podemos mantener mucho tiempo si no frecuentamos esa relación personal mística a través del Sacramento.
    Cuando el padre o la madre fallan los hijos se la rebuscan como pueden y ahi empiezan a tener un papel decisivo los temperamentos, influencias y particularidades de cada uno: los más buenos aguantarán, los menos se desbandarán y quizás alguno tome a su cargo la pesada tarea de redimir todo el mal causado. Quien es el culpable de todo el desbande?? el padre, los hijos que se fueron al carajo, las juntas de los hijos que los llevaron por mal camino, los malditos temperamentos, creo que sólo Dios lo sabe. Es necesario no dejar de ver que la cosa se fue al carajo, pero repartir culpas es complicado cuando no se ven las almas.
    Algo de eso veo entre la Madre Patria y sus hijas, las hijas recibieron algo que ya no veían arder en su madre y salieron para dónde salieron, con culpas múltiples de todos lados.
    La pregunta clave creo que es: estamos dispuestos al sacrificio de ser el hijo que redime??? por donde empieza ésta redención??? como en todo la repuesta está en Cristo, cuya Redención es el paradigma de todas las demás.

    Coco

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    1. La analogía de Padres e hijos, tampoco funciona. España no tuvo estados o naciones hijas, porque no hubo nunca un "Padre Patria".
      La única madre de los Estados secesionistas hispanoamericanos, es la Masonería, y por cierto bien ramera esa madre.

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  11. Coco, hay párrafos suyos que creí que había escrito yo. Esa circunstancia del hijo que redime al padre - si no lo leyó- léalo en un artículo de argentinidad (pinche al costado arriba) que se llamaba "De como un chancho, una moto ....." Es una breve historia de mi padre. Después me cuenta.

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  12. Perdón. Búsquelo como "Pequeña Biografia de Rubén Calderón Bouchet" en la parte de abajo (pié de página) está la búsqueda.

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  13. Alguien dijo que lo que no es Tradición es plagio; tómelo como Tradición.

    Coco

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