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martes, 19 de abril de 2016

PARA PENSARLO

Por Germán Rocca

La lectura y relectura, el rumear de a poco y lentamente las Obras Completas de Nicolás Gómez Dávila, nos ha llevado a una cantidad de ideas sobre el autor, que al tratar de confrontarlas con los expertos en el tema – qué desgracia son los profesores-, constatamos que recalcan en ella lo secundario y callan sobre lo principal; o, lo que es peor, no lo vieron. En los vídeos que se encuentran en la web, se pueden ver a ciertos sujetos –creo que reunidos en el Palacio de Linares, frente al Correo y La Cibeles-, donde nada se dice, a pesar que van en tren de querer comprenderlo, sobre su religión, sus opiniones acerca del último Concilio, sobre modos de espiritualidad y, por ende, de sus ideas sobre la Compañía de Jesús, entre tantas otras omisiones sobre el pensamiento de este autor fundamental.


Pero no queremos ahora entrar en el tema de estos señores que creyeron que al manejar por momentos la ironía, podrían haber llegado a ser del agrado y tal vez amigos de don Nicolás. Gómez Dávila fue mucho más que fumar en pipa y tener por nada a las masas.

Lo que pretendemos es tomar algunas de sus enseñanzas recurrentes y ver si se entrelazan o no entre sí, o si fueron vertidas con total independencia unas de otras. No pretendemos armar de su pensamiento un sistema, que no solo no lo tuvo, sino que además la palabra misma le resultaba detestable.

Tampoco pretendemos descubrir de qué filosofía fue tributario, cuando se nos presenta ecléctico y rematadamente errado en más de una cuestión. Y es lo que nos resulta más interesante de él: ¿cómo es posible que un hombre, con tales errores de cara la buena filosofía, acierte continuamente en sus opiniones?

Al tomismo, peyorativamente, lo llamó aristotelización de la Iglesia. Parece haberlo entendido en clave decadente o al estilo de los orientales, y Aristóteles habría sido el padre del racionalismo; mientras es evidente su agrado por otros maestros venerables, como Platón, Nietzche –a quien como nosotros le perdonaba todo- y Kierkegaard.

Da lugar a preguntarse si en el hombre importa más que no sea un imbécil a que haya estudiado y seguido la más segura de las filosofías. Con él podríamos afirmar que cuando la cabeza es plebeya no hay filosofía que la arregle, y cuando es noble es noble.

También con don Colacho podríamos afirmar que existe cierto uso de la buena filosofía que, cuando se complace demasiado en sí misma y se regodea en los lindes de su sistema, particularmente cuando se trata de Filosofía Moral, aflora mucho más el mulato que el sabio.

Claro, a esto se suma que a la pedagogía la despreciaba tanto como a las explicaciones pacientes y sus modos fueron sentencias dignas del mármol y poco parece que le hayan importado las adhesiones que pudiesen o no provocar sus escolios.

Entre éstos, es fácil formar grupos que los vayan interrelacionando, si no es que todos de algún modo lo están. Tomaré algunos de sus escolios, que de un modo u otro hablan de lo mismo, para ver si se puede sacar algo de ellos:

“El color político es genético, como el color de los ojos”. Es bastante claro que defender este acierto como un dogma se hace cuesta arriba, ¿pero quién duda de su verdad?
Tema por demás delicado: ¿cuando hay una familia, cuando hay hijos, importa más que razonen sobre el ser de las cosas o que adhieran a la herencia? ¿Si lo que pudiesen llegar a heredar padeciese de uno o más errores morales, importa que los corrijan o que sean hijos de sus padres? ¿Si los corrigiesen, llegarían a mucho más, cambiarían en mucho el futuro? ¿Los logros que pudiesen venir, pagan bien a la merma del ethos familiar? ¿Qué hay de la importancia del arraigo a una casa, cuánto cuenta?

Se vincula con éste otro: “Cuando la razón levanta vuelo para escapar a la historia, no es en lo absoluto donde se posa, sino en la moda del día”. Tampoco se puede afirmar científicamente esta verdad. Sin embargo, ¿el sabio que nos podamos cruzar, nos habla de hechos pasados o de la doctrina tomista del voluntario indirecto?, ¿quién soportaría a un padre que le hable de lo que dicen los libros y no acerca de sus vivencias?, ¿es igual sabiduría a entendimiento o son dones diferentes? ¿La cooperación material y no formal, qué tanto puede importarle al padre que le trasmite al hijo su experiencia, sus ascos y sus amores?: “Como la sabiduría solo resbala sobre superficies, el pensamiento que se cree profundo es tan solo complicado”.

¿Es verdad que “el modelo contemporáneo de bobo se caracteriza por el apasionamiento con que se proclama libre de prejuicios”? ¿No es acaso cierto que “la inteligencia se robustece con los lugares comunes eternos y se debilita con los de su tiempo y su sitio?” ¿“Madurar, es transformar un creciente número de lugares comunes en auténtica experiencia espiritual”?

Si acaso fuese cierto que “el individuo se transforma en persona mediante las influencias que asume y (que) la autenticidad no es la simple expresión de una naturaleza, sino la conquista de un significado”, ¿podríamos afirmar que cierto parloteo está más cerca de hacer de nuestros hijos unos descastados, que los hombres que esperamos de ellos?



El hogar es el sitio del amor y la calidez, donde no se explica el culto de los penates. Una política fría, sin arraigo en el pensamiento de los de uno, funge de reemplazo y se deja paso a otras instituciones: a la conspiración y al partido. A un exacerbado uso de la razón helada e intereses comunes. Ya no son los dioses, sino meras coincidencias razonables, sobre cuestiones secundarias.


3 comentarios:

  1. Nada se piensa igual cuando se tienen o no hijos.

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  2. La genética es sorpresiva ¿cómo puede ese viejo fiero tener una hija tan linda? (O será que mi tendencia hacia lo femenino me oculta lo bello en el varón). Finalmente advierto : el viejo se ve noble, ¿será posible que la nobleza del hombre se hace belleza en la mujer?. Estas son las cosas en que te deja pensando este heterodoxo de Germán, que debe agradecer que ya no existe la inquisición. Los dos últimos artículos me llegaron como un aire fresco, cada uno a su manera. (Ahora entiendo porqué se casó uno con una catalana y el otro con una irlandesa) ¡Vuelvo a caer! Realmente... ¡las cosas que te hace pensar!

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  3. No pienso defenderme de tus acusaciones de heterodoxia, ante todo por lo acertadas.
    Pero si Antonio Caponnetto -entre otros-, dio en la tecla la vez de su trabajo de tesis, podemos afirmar que es mala cosa acallar lo sabio que nos trae del destierro y restituye a la realidad, por preferir la exclusividad de lo razonable.

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