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lunes, 27 de junio de 2016

ADIOS AL AMIGO Por Dardo Juan Calderòn.

Con Esteban teníamos una amistad que de alguna manera por encima de las tendencias del carácter, estaba obligada a existir a pesar de todo. Fuera como fuere, contábamos uno con el otro y algo nos exigía el perdonarnos las diferencias y las circunstancias para establecer una voluntad de coincidencia, que si no era hoy, tendría que ser mañana.

Era, sin duda alguna, objeto de una especie de mandato paterno. Nuestros padres habían cultivado una amistad en la total coincidencia de todos los puntos esenciales y con abstracción de todas las diferencias accidentales por las que se pasaba casi sin prestar atención, produciendo en los terceros una especie de sorpresa a la simple vista. Dos temperamentos opuestos con dos almas en consonancia que conformaban una dupla de aquellas en la que se solaza frecuentemente la literatura, pero a la que inmediatamente, no encuentro el analogado correcto. 





De las más famosas es Don Quijote y Sancho Panza, pero en este caso no había ningún Sancho. Quizá lo más cercano para dar una idea sería el definir a papá como “un hombre del campo argentino” y a Alberto como un “parisino”. Sus gustos, sus vestidos, sus bebidas, sus formas, sus costumbres y todo eso que nos hace, eran en ellos tan disímiles como el día y la noche. Pero el encuentro los borraba por completo en un acuerdo fundamental que las hacía invisibles.

 Algo de ello nos pasaba con Esteban, obligados por devoción a conservar y cultivar aquel acuerdo sobre lo fundamental, pasábamos por alto las diferencias de dos temperamentos que no encontraban puntos de coincidencia. Pero en nuestro caso no era por una relación entre nosotros, sino por una relación que nos unía por “arriba” y por “Arriba”.

  Pueden ustedes mal entender esto que digo si piensan en una relación forzada. Nada de esto. No se trataba tanto de una amistad que se producía por el amor del uno al otro, como fuera la de nuestros padres,  sino por el amor que los dos compartíamos por las mismas personas y “temas” y que se reflejaba en un amor mutuo, pero indirecto. Y esto tiene una sola explicación; la de un amor basado en profesar una misma religión. Religión que incluía a nuestros padres como una especie de penates que formaban, ambos y para ambos, parte del altar familiar de cada uno con independencia del otro.

   Así que esta despedida, es la despedida de un amigo, pero no la de un amigo en la carne y en los días, sino la de un amigo en el credo, asunto que hoy resulta a todas luces extraño y poco visto.

   Tuvimos en la juventud andanzas comunes con los asuntos de los setenta, siendo las cosas más locas y divertidas las que salían de él (como pegar con poxipol una escupidera en la cabeza de Sarmiento el 11 de Setiembre),  pero luego fue la opción “lefebvrista” la que nos hizo más cercanos, terminando en una cotidiana relación por consecuencia de su página Argentinidad, a la que me invitó a colaborar y de la que terminamos siendo un poco coautores. Lo más llamativo es que en esa tarea, nos juntábamos cada tanto a ajustar los criterios bajo la premisa de que era imposible pensar que no podríamos hacerlo. Teníamos que, sí o sí, estar “en la misma”. Y así lo hicimos, perdonándonos las diferencias de talante, que en él residían en un hombre con mucho más amor y sentimientos, más cosmopolita, con más “asfalto”, más amiguero, más abierto y con más coloratura.

  En esa relación no debe confundirse quién dirigía. Esteban me llamaba y me decía: hay que pegarle a este, o hay que tratar bien a este otro, y yo obedecía confiando en su criterio. Cuando no me podía frenar, me soportaba. Uno de sus ejes editoriales fue nunca meterse en las cuestiones de resorte jerárquico de la Fraternidad y yo sigo ese mandato aun hoy. Tenía una gratitud a prueba de balas, nunca se volvía contra quien le hubiera dado una mano, y entendía que la Fraternidad era la que más la había dado en la vida; pero esto no le impedía “comprender” a los de afuera. De sus vísceras, la que lo mal traía, era su gran corazón.
  
   No me dejaría él cantar un responso lleno de lugares comunes dedicados a las bondades del finadito. Esteban era un pecador arrepentido y penitente, no sólo jamás fue un hombre “correcto”, sino que se encargó con esfuerzo de ni serlo ni parecerlo. Su compromiso era amar avisando, avisando que en cualquier momento su temperamento podía jugarle una mala pasada, y que por ello estaba dispuesto a perdonar y pasar por alto todas las malas jugadas que a él le tocaran. De esa misma forma amaba a Cristo, con una pasión de novio falluto, pero con el corazón abierto y los ojos llenos de lágrimas. Era evidente para cualquiera de nosotros que fue correspondido y justificado en ese Amor, así como lo hicimos sus amigos, porque él pagaba con un cariño desbordante y sin pudor, siempre dispuesto a reparar sus arrebatos. Cristo se encargó de darle una prueba de su Amor sometiéndolo a una agonía interminable y humillante con plena conciencia, asunto que hoy nadie entiende como muestra de amor, y mucho menos pueden llegar a comprender que nosotros los pecadores, la esperamos como regalo del cielo.

    Tampoco vamos a proponer a Esteban como “ejemplo” de vida, no, pero sí como testimonio de muerte. Donde el final lo encontró en una pasión llevada junto al Señor y rodeado de sus Marías, que dieron el ciento por ciento. Quien por carácter y vocación no tuvo una vida familiar como para formar parte de un libro de sentencias cristianas, pero donde su muerte es el claro ejemplo de cómo debe enfrentar la muerte una familia cristiana.

     Tenía la rara virtud de poder insultar sin que sea una ofensa, de poder transgredir sin que sea traición, de poder ser cosmopolita y patriota, de abrirse a muchas formas sin dejar de ser de una, de entregarse al instinto sin dejar de tener razones, de ser razonable si dejar de ser emotivo. De hacer cosas porque se le “venía la gana”, y que esas ganas, sin preverlo, obedecieran a un fundamento. Tenía en fin, esa virtud de “viejo cristiano” que confía en su fidelidad aun siendo temerario, que se sabe de reacción católica aun excomulgado. Tuvo sin dudas, lleno de defectos, la capacidad de ser un hombre singular. Libre y sujeto. Malicioso e ingenuo. Un hombre noble, por cuna y por talante.

     Si me urgiera el hecho de destacar en Esteban una virtud principal, sin duda alguna esta sería del corazón, y dentro de ellas, puedo afirmar que fue el amor fraternal lo que lo marcó con mayor fuerza. Esteban siempre fue un desterrado del hogar de su infancia y juventud junto a sus hermanos, época de oro a la que siempre quería volver y de la que no alcanzaba a comprender que hubiera terminado. En otros se podría destacar el amor filial o el paternal, como vocación donde el hombre se realiza, pero él tenía esta vertiente existencial en la que solía confluir su amistad que fácilmente se hacía fraterna, y su sentimiento religioso estaba marcado por esta experiencia. Era Cristo “hermano mayor”, lo que el entendía y amaba. Y en esto lograba una confianza – y hasta un suelto “abuso de confianza” - que los que están ajustados a formas jerárquicas a veces no obtienen ni terminan de comprender, y que es bien “católico”.

     Cuando pensé un título, no quise poner adiós al hermano, ya que sería de mi parte una arrogancia injustificada; sino al amigo, y amigo en el Señor. Siempre admiré esta facilidad de relación que tenía Esteban con Cristo – expresada en un recurso fácil y directo a la confesión – que para quienes lo pensamos más frecuentemente como Rey y Capitán, no nos es tan fácil. Tampoco puedo dejar de expresar que normalmente esta forma de ver las cosas, delata la presencia amorosa de un hermano mayor que cumplió esa función paradigmática dentro de una familia (y que en este caso llevaba polleras), sobre el que no quiero explayarme en la confianza de que mi responso venga primero que el de ella.

   Murió un “hermanito” de Cristo y, aunque formo parte del luto, miro desde un costado, entre admirado y sorprendido, esa condición “familiar” que tuvo con su Creador.


8 comentarios:

  1. Esteban no tenía maldad, sus más destemplados arranques apenas si eran un hacer lo que se le venía en ganas, siempre con la conciencia limpia.

    Creo recordar que fue en una de las últimas veces que hablamos previas a la operación, cuando me contó que no teniendo otro modo de joder al miserable diputado Amadeo por su conducta de aquella vez en la Catedral Metropolitana, lo amenazaba por Twiter a las 4:00 de la mañana, aprovechando que según se había dado cuenta, el legislador recibía los mensajes en su teléfono celular y también de madrugada le pedía una tregua; entonces él esperaba media hora y cuando lo suponía nuevamente dormido le mandaba otro.

    Esteban encarnó una nobleza atípica, poco vista, una hidalguía y un desparpajo, un modo de decir las cosas y de demostrar cariño con todo el cuerpo y el alma que nos acompañará siempre.

    Hasta la resurrección de los cuerpos, querido amigo.

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    1. Néstor Daniel Veiga Gómez27 de junio de 2016, 14:40

      ¡Qué grato recuerdo! Allá por el 2014 estuvimos Esteban y yo hasta las mil quinientas mandándole mensajes al infame de Amadeo, irónicos algunos e insultantes la mayoría. Fue una madrugada especial y prolongada.
      Así quiero recordarlo.

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  2. Un gran y singular hombre.

    Que en paz descanse

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  3. Antonio Caponnetto27 de junio de 2016, 12:05

    Un Pater Noster por el buen Esteban,artesano del género epidíctico en versión criolla, que no griega. Pero él sí que sabía a quién vituperar y a quién encomiar. Ahora debe tener una nube en forma de ring, y en el rincón, por lo menos,deben estar Ramón Doll y Ciriaco Cuitiño.Que nadie tire la toalla. Segundos afuera. ¡Por la Argentinidad,amigo! Porque si bien se mira es por el Imperio y por Dios.Mi abrazo esperanzado a la familia toda.En Cristo Resucitado. Antonio Caponnetto

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    1. Antonio fue uno de sus grandes "cariños", saliendo al cruce sin dudar, de cualquier prejuicio de "capilla".

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  4. QEPD. Una oración por él.

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  5. Que el alma del fiel Esteban por la misericordia de Dios descanse en paz.
    Yacaré del norte

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