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viernes, 3 de junio de 2016

DE MAESTROS Y MAGISTERIOS.

Por Dardo Juan Calderón
dibujos animados maestros : Empresario sonriente holding un Stick de puntero  Vectores   En razón de varias publicaciones que vienen dando vueltas sobre el valor del “magisterio”, trataremos de respondernos algunas cuestiones.

¿En qué consiste una enseñanza magisterial? ¿Y en qué se diferencia de otros tipos de enseñanza?

  Arriesgando una definición aproximada, podemos decir que una enseñanza magisterial consiste en la transmisión de un saber que se tiene como “cierto y bien sabido”, del que no cabe duda alguna a quien lo transmite, sobre materias de las que es perito, y que se transmite a personas que no lo poseen y que lo aceptan sin posibilidad de crítica, basados en la autoridad moral y sapiencial de quien lo entrega.


  Es decir, que nuestra maestra de primaria entrega un saber magisterial. Lo da a niños que no saben nada y que no pueden poner bajo crítica esa enseñanza, y que la aceptan tal cual se les da porque creen y aman a su maestra. Porque por una serie de “condicionamientos” de orden social, creen de buena gana que su maestra es una buena persona que no les va a engañar, ni a darles contenidos que no sean ciertos.

  El arquitecto hace lo mismo con sus albañiles, el general con sus soldados, el profesor de medicina con sus alumnos y el padre con sus hijos. La sociedad progresa en el conocimiento principalmente a partir de esta forma de enseñanza.

  Los elementos son 1.- Tener un saber como cierto e indudable (autoridad). 2.- Que la posesión de ese saber sea reconocida por los discípulos, pero no en cuanto los discípulos puedan críticamente valorar ese conocimiento, sino porque reconocen en el maestro condiciones personales que lo hacen creíble (experiencias, antecedentes, condiciones morales).

  El niño le cree al padre lo que le dice no porque pueda valorar ese conocimiento, sino porque supone que el padre que es bondad y providencia, le dice cosas buenas y ciertas. El albañil se deja dirigir por el arquitecto, porque sabe que ha estudiado y realizado obras bien hechas. No se pone a juicio el contenido de la materia, sino a la persona y se va reafirmando en los resultados. En este tipo de conocimiento el discípulo no puede valorar los contenidos, sino al maestro.

   El primer paso es que el maestro esté seguro de saber lo que transmite, y que lo exprese en ese tono. “Dos más dos, es cuatro”. “San Martín nació en Yapeyú”. “Cristo es Dios y resucitó después de muerto”. “Ese muchacho o muchacha, no te conviene”. “No metas los dedos en el enchufe”. El que lo dice sabe lo que dice, está convencido de decirlo y lo afirma jugando en ello todo el peso de su prestigio.

  Otra cosa sería una opinión. “Creo que San Martin fue un buen – o mal -  tipo, pero no estoy seguro, busquemos criterios”. “Ese muchacho no me convence, pero no sé por qué”. Aquí se manifiesta una duda en el saber y  no se compromete la certeza. Se puede aprender de este diálogo, en un ida y vuelta para lograr un criterio y llegar a cierta certeza o a toda la certeza más adelante. Está bien, se avisa que no se sabe, o que se sabe poco y con poca certeza. No es magisterio. Y aquí lo que importa son los datos de la “materia” a tratar y “no la persona” del dicente.

   Los grandes obstáculos para una enseñanza magisterial son: 1.- falta de prestigio en el maestro, lo que produce la duda en el discípulo (los buenos revolucionarios lo primero que hacen es calumniar a los maestros). 2.- Falta de conocimiento en el maestro (que produce resultados catastróficos si no avisa sus dudas y pone “pose” de maestro). 3.- Falta de certeza en el maestro que se expresa con dudas, lo que está bien (y deja de ser maestro).

    El maestro sólo enseña como maestro cuando está seguro de ser cierto lo que dice y cuando su prestigio moral o profesional hace creíble su dictamen.

    Para esto, el maestro, debe estar totalmente convencido de su certeza. Y para ello debe estar convencido de que hay cosas que se pueden saber con toda certeza en materias en la que cabe la certeza. Sólo se puede ser maestro si se tiene una concepción optimista de las posibilidades de “conocer” lo real. Es decir, si el aparato conceptual que se usa, obedece a una filosofía que entiende posible conocer las “cosas”. Si por el contrario, parto de la base que nada puede ser conocido “tal cual es”, fuera de mí, allí en la realidad, y creo que yo me hago una cierta “idea” de las cosas, a las que yo les doy una explicación, pero que no es definitiva; pues no puedo ser maestro ni dar enseñanzas magisteriales. En este tipo de filosofías no es concebible el magisterio, sino la dialéctica (el diálogo). A contrapelo hay imbéciles que creen que se puede tener certezas en materias que son sólo opinables.

   En este último caso, el que enseña (no maestro),  guía metodológicamente un diálogo para ir logrando cierta certeza, para ajustar opiniones, juicios y criterios en un andar. Pero no se expresa jamás magisterialmente, porque entiende que jamás se puede dar una conclusión definitiva. La historia es una ciencia de este tipo, lo cierto es que nadie ha concluido – ni puede -  con certeza, decir que tal o cual, es definitivamente la “verdad histórica”,  y es normal pues la historia es reconstrucción de un hecho que nadie ha “visto” en su totalidad y se deja abierto a las opiniones y estas dependen de la capacidad de “ver” del historiador. Sólo Dios que todo lo ve, puede concluir con certeza en la historia (este será el juicio final de personas y naciones), y esta certeza puede comunicársela al magisterio eclesiástico que bien puede decir, con fuerza de infalibilidad, que tal sistema político “es intrínsecamente perverso”, y se puede “meter” en y con la historia.

   El otro problema para ser maestro es haber perdido el “prestigio” que se exige para el tipo de conocimiento que se quiere transmitir. Como el discípulo no puede juzgar la materia de que se trata, todo se basa en ese prestigio que le reconoce al maestro la “sociedad” en que vive. Y si no se tiene, puede dar un juicio cierto y este ser verdadero, pero no va a ser creíble, para bien o mal.  Se ha roto la relación de confianza, de fe y de amor. Y esto puede ser su culpa, o puede ser una maniobra de los malos.

   Cerrando este punto, si queremos transmitir certezas, pues primero debemos tenerlas, debemos expresarlas en un lenguaje filosófico funcional a la certeza, y debemos testimoniar esas certezas en el propio prestigio ganado dentro de la materia y de la sociedad.

  Un padre iracundo, puede dar buenos consejos y ciertos sobre el equilibrio de las virtudes, pero su ira hará incrédulo al hijo. Y todo porque la transmisión de la enseñanza magisterial es del superior al inferior; y esta superioridad, debe ser y hacerse patente. Para impedir los bienes de la enseñanza magisterial hay que proclamar la “igualdad”.

   Eso sí, entre los hombres, esta superioridad nunca es total, puede ser por materias, por sectores, pero nunca puede ser la enseñanza sólo magisterial entre hombres; nadie es maestro en todo, ni “del” todo. Pero si hay un Dios – y yo afirmo que lo hay- que es infinitamente superior al hombre, que tiene ciencia perfecta,  su enseñanza no puede ser de otra manera que “magisterial”. Aquí no hay diálogo posible. Y todo lo que Él quiere decirnos, nos lo dice en ese tono, son “revelaciones”. Y las creemos porque creemos en Él, aun cuando no podemos poner a juicio sus enseñanzas, y a ellas ajustamos nuestra inteligencia y voluntad sin crítica. Y Dios imparte esa enseñanza a través de un Maestro intachable, de prestigio indiscutible y sin mancha.

    El modernismo, atacado de liberalismo traiciona este mensaje divino y por “respeto” a la libertad del hombre, lo convierte en diálogo de Dios con el hombre. Para ello hay que sacar de “tono” a toda la revelación y hay que quitarle esa “urgencia” de inicio de batalla que resuma todo el Mensaje de Cristo. Y esto ocurre trocando la orden en una paciente espera universal de salvación, no del hombre concreto sino de la humanidad, en un lento proceso evolutivo.  (Me debo un artículo con las citas evangélicas que hacen patente esta “urgencia”, el Hoy de Cristo: “Hoy estarás conmigo en el Reino de los Cielos”).

   Esto no quiere decir que en la enseñanza que recibimos del magisterio no intervenga la inteligencia y sólo sea una cuestión de voluntad “contra” la inteligencia (como es el caso del Islam); inteligencia y voluntad hacen un acto de humilde aceptación y adecuación a la enseñanza vertida desde el Maestro, y confirman a partir de esta enseñanza su bondad y acierto al utilizarla como premisa del entendimiento de todas las cosas y comprobar esa correspondencia. El niño aprende las tablas de multiplicar por obediencia al maestro, su inteligencia las adopta, y luego se da cuenta de su verdad práctica al aplicarlas, aun cuando nunca llegue a saber el proceso intelectual que las ilumina. El creyente acepta que Cristo es Dios encarnado y que es la Segunda Persona de una Trinidad; nunca lo entenderá, pero con estos datos su inteligencia captará miles de verdades y aciertos que dejarán tranquila su inteligencia en esa verdad.

    Si en ese proceso hay contradicción, se rompe la relación magisterial. Es decir, si el mensaje intelectual es contradictorio en sí mismo y repugna la inteligencia, o termina en conclusiones prácticas que nos hacen mal en la vida, se quiebra la confianza.
    Dios ha hecho nuestra inteligencia para verse bien situada dentro de la verdad revelada (cosa que Alá, no se preocupó mucho). Y la demostración de esta adecuación, es la Teología, que viene después del Magisterio.

   El último argumento para evitar el modo “magisterial” que vamos a revisar, es el de la “libertad” y el “mérito” en la libertad. Este argumento dice que no es bueno imponer los contenidos de manera autoritaria, que hay que guiar al discípulo para que él llegue sólo, con mérito, al conocimiento, y en esto se sienten Socráticos. Entienden que ese conocimiento “infantil” que imparten las maestritas, debe llegar a ser una adquisición de la propia inteligencia y voluntad que llegan libremente a ellos, y recién, cando son apropiados desde el propio esfuerzo, son válidos para el espíritu. Y en muchos planos del conocimiento debe ser así. Es mejor, no lo dudo. Pero en otros planos esto es imposible, ya sea por las condiciones personales del discípulo, ya sea por la urgencia de la aplicación, o ya sea por la complejidad de la materia.

   Hay personas que no alcanzarán el nivel para comprender el comportamiento de los líquidos sometidos a distintas temperaturas, y por tanto hay que darles órdenes claras de cómo encender una caldera, o se corre el riesgo de que explote, y a partir de ello son buenos y útiles calderistas que agradecen aquel conocimiento que no comprenden, porque lo ven funcionar bien y para bien. Tampoco se puede esperar que todos los soldados comprendan una estrategia de batalla para atacar, esto exige confianza y premura. Y sin duda alguna hay conocimientos de lo sobrenatural, que ningún hombre alcanzará jamás en el estado viador, porque no le da ni la cabeza ni el alma, pero que es urgente que los sepa hoy.

    Nuestros contradictores modernistas dirán que es mejor que se haga una idea a su medida y no que dependa de una idea autoritaria que no comprende, pero claro, resulta que esos conocimientos son imprescindibles para ser aplicados en todos los órdenes de la vida, ya mismo, o se corre el riesgo de estallar la caldera. Aclaro, un albañil puede no comprender el principio que rige el nivel de agua, pero sabe que le sirve para que las cosas le salgan a nivel, de esta manera no podemos esperar que entienda el principio físico mientras se le caen las paredes de las casas que construye; mientras tanto él ama y cuida su nivel.

  La sociedad se construye sobre muchos conocimientos magisteriales que no alcanzamos a comprender y que debemos aceptar para que no estalle en mil pedazos, y esto, con urgencia (no podemos esperar el mañana evolutivo en medio de un desbarajuste que nos pierde hoy, junto con miles de almas).

   De la misma manera obran los conocimientos magisteriales y autoritarios de la ciencia divina; no los comprendemos, pero nos sirven para construir nuestras vidas, y comprendemos en ello su bondad.

   El esfuerzo por reducir el nivel de conocimientos a la medida del nivel del  receptor, los abaja, los simplifica y los deforma, y los hace improducentes del bien de su aplicación. El hombre debe entender que esta ansiedad de grandeza indebida ante conocimientos que lo exceden, es esclavitud a la soberbia y no libertad, que la libertad viene de la sujeción al Buen Maestro. Al efecto de esta reducción de los conocimientos nos enfrentamos hoy por consecuencia del principio liberal, sobre todo desde quienes deberían ser maestros y no se atreven a pronunciarse de ese modo por efecto de prejuicios liberales.

   El principio que los guía es el de que más vale una mala idea propia, que una buena ajena. Es bastante estúpido, salvo que la rebeldía ya sea una segunda naturaleza. Esto es el liberalismo y dentro del liberalismo, no es bueno ni posible,  enseñar magisterialmente.

   Es decir, que se puede ser liberal por adherir a una filosofía que entiende que no puede conocerse nada con certeza. O por entender que no es bueno “imponer” una verdad.

   Lo cierto es que nadie puede ser siempre y en todas partes “liberal”, y en esto se ve que el liberalismo establece unos “dogmas libertarios”,  pero que estos no se pueden cumplir sin excepciones “autoritarias”, y bien visto, las excepciones son la regla. El liberalismo espera su perfecto cumplimiento en un futuro evolucionado que nunca llega. De hecho, lo que hay que constatar, es que en el acervo cultural e intelectual de todo hombre maduro es mucho más grande el porcentaje de conocimientos -con los que contamos para movernos - que tienen este carácter magisterial y no el de conocimientos propios y adquiridos por razonamientos. Hacemos caso al médico porque confiamos en él, y así con muchas ciencias, porque no estamos en condiciones de juzgar los aciertos ni en posibilidades de dominar todas esas ciencias.

    Los filósofos sociales (politólogos) creen posible ordenar la sociedad a partir de un esclarecimiento de los principios que la rigen, como si todos los principios fueran asequibles al humano y como si no hubiera ninguna urgencia.
  
VAMOS A LA IGLESIA:

     Los Papas (y por participación los Obispos y sacerdotes, y aún los padres de familia en virtud del sacramento del matrimonio) gozan de una especial asistencia para transmitir a sus inferiores los conocimientos magisteriales adquiridos en la revelación y en la tarea eclesiástica desveladora de esta revelación en la historia ¿Porque los “entienden” en virtud del soplo del espíritu? No; porque los “saben” en virtud del soplo del Espíritu, y los saben ciertos, con fe,  y reciben gracias para poder tener el “prestigio” de transmitirlos. Saben que Cristo es Dios, y que Dios es uno y Trino, aunque no lo entiendan sino en sus aplicaciones derivadas. 

    Dios hizo las cosas de tal manera (sociedad jerárquica y generacional), para que las gentes entiendan que esos señores son “superiores” y en esa superioridad se expresa SU voluntad y providencia, en haberlos puesto por encima de nosotros, para que nos enseñen; más allá de que el mismo “titular” de esa autoridad la desdibuje con sus actos. Si la persona ayuda, mejor, pero no claudica totalmente cuando hay de por medio un sacramento.

     Un padre de familia, en la medida que enseña lo que la Iglesia enseña, pero desde su íntima convicción y fe, como algo que él mismo sabe y de lo que está seguro, pues participa del Magisterio Eclesial y hasta, de la infalibilidad de ese magisterio. Cuando la madre le toma al niño las 99 preguntas del catecismo canonizado, y avala con su autoridad maternal el contenido de ellas, y aún el padre que lee el diario mientras tanto, pero que asiente a esa enseñanza con un gesto; pues están ejercitando un magisterio infalible y, su prestigio personal para transmitirlo goza de una asistencia especial que deviene del Sacramento del Matrimonio, es decir, del mismo Cristo. Y el niño acepta esa enseñanza más por los padres que por otra cosa, aunque esté el Cura, el Papa, y la Iglesia.  
Si por el contrario ese padre y esa madre, enseñan por boca de terceros algo en lo que no creen, de lo que no están seguros – y así lo expresan en su desinterés o desidia - y sólo por el hecho de que el niño debe hacer la primera comunión como hecho social, pues no participan del magisterio y los frutos en los niños son patentes, por más fuerza que haga el cura. Y si ese padre o madre no saben nada, pero saben y transmiten que el cura sabe, pues bien servido está el magisterio en ellos.

   Pero volvamos sobre lo dicho. De manera maravillosa, podemos los padres de familia “participar” de este magisterio, aun infalible, para con nuestros hijos y, sin estar hablando, como se suele decir, por boca de ganso. Lo estamos ejerciendo nosotros, con la autoridad de Cristo, a través de su Iglesia, y lo hacemos aun siendo bastante imperfectos y no teniendo una gran fe, sino siendo especialmente dóciles al magisterio.

   Ni que hablar del Sacerdote y del Obispo. Y en ninguno de estos casos se exige a la persona ser de un prestigio o de una sapiencia extraordinaria. Esta “autoridad” con la que lo ejercen, es la del mismo Cristo por vía del sacramento del Orden Sagrado.

    Es decir, que la Iglesia, con su Papa, sus Obispos, sus Sacerdotes y sus Matrimonios Cristianos, ejercen un magisterio “infalible”, en la medida que transmiten la verdad revelada y las enseñanzas de la Iglesia en torno a esa verdad revelada.

    Sé que hay muchos que están a punto de fusilarme por esta extensión de lo “infalible”, pero puedo ir todavía más allá.

     El sólo expresarse en términos magisteriales, es decir, con la absoluta certeza de estar diciendo una “verdad” (no sólo directamente revelada, sino derivada, implícita, etc.) con absoluta certeza, para que sea creída por los fieles, hace magisterio infalible en el Papa.

     ¿Qué quiero decir con todo esto? Que la regla general del magisterio eclesiástico es la infalibilidad. Dejo para otros la cuestión de distinciones de los distintos tipo de magisterio, ya que todas las distinciones tienen un algo de semánticas, por cuanto no es infalible cuando se opina (y no todas las veces como veremos) y esto fundamentalmente porque no se está ejerciendo magisterio, ya que si se está ejerciendo, es infalible. Podríamos decir que así como el magisterio común de las ciencias de los hombres, implica siempre “certeza” en algún grado, el magisterio eclesiástico, implica siempre infalibilidad en algún grado. Y no hay certeza ni infalibilidad, cuando no se pretende hacer magisterio, sino simplemente dar una opinión con cierto grado de duda.

    El magisterio eclesiástico – a diferencia de otros -  no depende del prestigio del dicente, pues el dicente en todos los casos es Cristo mismo. Y la promesa de Cristo es que cada vez que uno de estos hombres consagrados, en comunión con el Papa, y en especial el Papa mismo, quieran “hacer magisterio”, es decir, enseñar algo con certeza de verdad, Él lo va a avalar con su autoridad. Aun, enorme misterio, cuando él mismo no crea. (Si el Papa se pronunciara en términos magisteriales, sería infalible aunque no tenga fe).

    Los impugnantes o achicantes de la infalibilidad, van a transformar esto en una cuestión de análisis de la materia enseñada y hasta de forma. Es decir, que estas autoridades son infalibles cuando repiten algo que revisado por los enseñados, responde al núcleo de verdades enseñadas anteriormente por la Iglesia, y sólo cuando lo dice con formalidades expresas (ex cátedra). Pero vimos que la enseñanza magisterial, tiene como nota el hecho de que los alumnos no pueden revisar el fondo o la materia de la enseñanza, no tienen conocimientos para ello, no saben nada de lo que el maestro les enseña. Juzgan al maestro, pero no a la materia. Si la enseñanza del maestro sólo puede aceptarse cuando el alumno la entiende y la aprueba, pues no es magisterial, vale tanto el alumno como el maestro. Es más, se da vuelta el instituto, porque en realidad, los verdaderos maestros - los que juzgan la materia – pasan a ser los fieles. Y esto nos lo hizo creer el principio de “Igualdad”.

   Previo a redondear lo dicho, recordemos que la expresión del magisterio es infalible cuando habla de materias de “fe y moral”; y lo más divertido es que muchos entienden que esto es una “limitación”. Me gustaría que me expliquen en qué lugar el obrar y el pensar humano no tocan la fe y la moral. Pareciera que es así en el caso de la sal que lleva un locro; salvo que como yo, piensen que es una inmoralidad echar a perder un locro. O el caso de la mecánica automotor, que de todas maneras hay que regular su honestidad. Las ciencias físico matemáticas entienden que ellas están fuera de este marco, pero si vemos bien, la más de la veces ellas se guían por un espíritu ateo que ideologiza sus hipótesis y que debe ser depurado por el magisterio, y no está de más colgar cada tanto a un Galileo, que no se hizo, pero que debería hacerse más a menudo.

   Ahora bien, si ese magisterio es Cristo mismo, hablando con certeza de fe y moral (que es casi todo de lo que hay que hablar) y estos son temas de lo que sabemos poco y nada en comparación con el Maestro, pues ¿cómo cuernos vamos a revisar si lo que se dice está bien, o es acorde a la tradición, o a la revelación, o si es conforme a la materia definida? Ya que justamente es el maestro el que sabe si estos puntos son o no así. Sólo él – el magisterio- puede decir si lo dicho es conforme a la revelación y a la tradición, si es conforme a la materia tratada y si se trata de cuestión de fe y moral. Es decir que todos estos argumentos, no son externos al magisterio para constituir una regla de control o de revisión, sino que son internos al magisterio y no tenemos nada que opinar nosotros, que no estamos para ser “órganos de control” del magisterio.

   En suma, si el Papa, el Obispo, el Sacerdote y nuestros padres, con suma certeza y en virtud del ejercicio de su función consagrada, nos dicen algo para que sea tomado como verdad, con absoluta certeza; pues es magisterio y casi siempre, infalible. Y nadie puede enmendar la plana de esto con argumentos sobre la materia tratada; porque estaría enmendando la plana a Cristo.

   Si ellos lo dicen con expresa intención de decirlo como verdad que debe ser aceptada, y así lo expresan, y determinan que es cuestión de fe y moral; pues debemos aceptarlo sin más. Es el pronunciamiento ex cátedra, o magisterio extraordinario del Papa. Pero si lo dicen en “tono” magisterial, sin tantas formalidades, pero con seguridad de certeza: también debemos aceptarlo sin más. Sería el magisterio ordinario. También infalible.

      Y si estas autoridades están en un proceso intelectual, en búsqueda de la certeza, aun cuando no concluyan, pero establezcan premisas ciertas, hay que pensar que este proceso está asistido de infalibilidad en sus premisas.

      Y si nuestra inteligencia encuentra contradicciones o malos efectos en esto, primero debe desconfiar de ella misma y hacerse fuerza, segundo debe preguntar humildemente y en privado, hasta lograr la conformidad y la paz del intelecto.

      CONCLUSIÓN PARCIAL:

       En la medida que las autoridades eclesiásticas se pronuncian con certeza magisterial, con intención de enseñar a los fieles, son generalmente infalibles en muchas y variadas materias que por uno u otro lado, tocan a la fe y a la moral, y mucho más si ellos entienden que la tocan. El Papa por sí mismo, y los demás por participación en la autoridad Papal. Esta enseñanza no puede ser contradicha por análisis con argumentos en la revelación y la tradición, aun con la enseñanza anterior, porque ellos son los únicos revestidos de autoridad para determinar si esto nuevo, es conforme a lo anterior, si es extraído de la revelación y si toca a la fe o a la moral.

       Tampoco puede ser criterio de juicio el que sea “nuevo” y que el magisterio deba restringirse sólo a lo “ya dicho”. Pues entonces el magisterio sería sólo el “libro”. El magisterio se pronuncia constantemente sobre cosas nuevas, sobre la historia reciente, sobre los hombres concretos, sobre doctrinas recién expresadas, etc. Cosas que nunca fueron tratadas antes. Fulano es “Santo” y punto. El comunismo es intrínsecamente perverso, y punto. El liberalismo es una herejía, y punto. Fulano está excomulgado, y punto. Todas estas cosas no están dichas en la revelación, salvo en el hecho de que Cristo ES toda la Verdad. Y el magisterio determina que nuevas expresiones no son conformes a Cristo, no son cristianas y no son Verdad. Son Mentiras. Ningún Apóstol ni Cristo mismo dijo que la reproducción en probeta es mala, pero bien puede el magisterio Eclesiástico definir infaliblemente que lo es.

        El magisterio eclesiástico es un magisterio “vivo”, que reposa en la  jerarquía que “vive”. 

      Basta de teólogos amateurs que enmiendan la plana al Magisterio.

       Si esto no se tiene claro, pues toda la construcción de la sabiduría cristiana se viene abajo y la Iglesia misma pierde todo su sentido. No hay criterio alguno que sirva para poner en duda al magisterio eclesiástico, cuando este se pronuncia con certeza en relación a un punto de fe y moral, que son casi todos los puntos importantes de la vida humana, y que sólo el mismo Magisterio puede decir cuándo algo toca a la fe o a la moral, cosa que nosotros no podemos contradecir. 
    
       El Magisterio Eclesiástico es regla próxima de la fe y el fiel carece de discernimiento para su corrección. Si la regla es que el fiel debe poner a juicio ese Magisterio (como se dice expresamente en ciertas publicaciones) ya sea a la luz que sea (la revelación, la doctrina, la tradición o el magisterio anterior), se hace él mismo intérprete de esas fuentes y se ha protestantizado.

      Y ¿entonces? ¿Cómo enfrentamos la enseñanza del Concilio Vaticano II y la de los Papas conciliares?  Para ello, en próxima tirada, comentaremos la obra del Padre Álvaro Calderón, en su libro “La Lámpara bajo el Celemín”, la que esperemos tengamos bien entendida (y si no, aceptada por magisterio “fraternal” ¡Ja!). Pero advertimos que previo a ello, pensemos lo dicho sin tener en cuenta este fenómeno cercano del Vaticano II. Pensemos teniendo en la cabeza a Pio X, ya que se verá que si en defensa de la Iglesia, atacamos el valor del Magisterio, mal favor hacemos a la Iglesia (y verán como aquellos “defensores de la fe” ya terminan poniendo en duda al Magisterio anterior y no les alcanza ni pio).    

            

26 comentarios:

  1. Jacques Cathelineau4 de junio de 2016, 12:51

    La verdad es que es interesantísimo leer un blog tan ultramontano. Porque por allí uno lee sobre el problema de la hipertrofia magisterial que se produjo a partir del postconcilio de Trento, pero nunca se lee a nadie actual que defienda el maximalismo infalibilista ni el "Magisterio" como una suerte de fuente autónoma de la Revelación. Pero aquí queda perfectamente dicho. Como conclusión diría que es notable el daño que ha producido el protestantismo en el pensamiento católico, pero no porque haya modernistas que cuestionen el Magisterio, sino por los sedicentes tradicionalistas (tradicionalistas del siglo XIX) que fagocitan la Tradición por el Magisterio. La verdad es lo que la autoridad dice que es. Jesuitismo enragé.

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  2. Jacques Cathelineau5 de junio de 2016, 14:56

    ¿No me va a aprobar el comentario?

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    1. Los fines de semana soy un poco vago, disculpe.

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    2. De todas maneras el lunes lo carajeo (con cariño, se entiende).

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  3. Nadie arriesga comentario. Se comprende lo expuesto y estamos de acuerdo. Pero claro, es inevitable la ansiosa espera de la próxima publicación...hay que ver como se resuelve esto con Francisco I, que si bien no es la primera vez que desde Roma se complica lo del magisterio, pero que este papado ta complicado...ta complicado. Lo digo porque algun comentario al respecto sería inevitable creo. Le atacaran a la yugular??? Jeje. Aclaro que no soy sedevacantista. Un abrazo
    Yacaré del norte

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  4. lo que yo entendí6 de junio de 2016, 6:50

    Yo lo entiendo distinto:
    Solo es infalible lo que el Concilio Vaticano I dice que lo es por la materia (moral y dogma) y por las formalidades necesarias de la declaración papal.
    Si es así, solo es infalible el Magisterio Extraordinario.
    El Magisterio Ordinario importa, no es que se lo puede ignorar por no ser Extraordinario. Lo que empieza a tallar aquí es lo que se llama "grados de adhesión al magisterio".
    Así, por ejemplo, el Magisterio ex cathedra (Extraordinario) tendrá que tener una adhesión total en el católico o se caerá en herejía (la Asunción de María), no siendo así con el Ordinario.

    Y no habrá Magisterio, ni Ordinario ni Extraordinario, cuando se decline la autoridad y el Papa ya no quiera mandar, como sucede con los documentos eclesiásticos de los últimos cincuenta años (salvo, tal vez, alguna excepción como la hubo con Juan Pablo II y la intención de imponer la prohibición de las sacerdotizas).

    Por ello, el Magisterio Ordinario consistente en condenar el comunismo por intrínsecamente perverso no sería de fe y nadie es hereje por negarlo (otra cosa es que Pío XII, como creo, no se haya equivocado y realmente sea intrínsecamente perverso, como creo que también lo es la democracia liberal aunque ningún Papa la haya condenado).

    Lo que no entiendo es lo de "ultramontanos" o no ultramontanos... Es lo que dice el Vaticano I, que en esta cuestión es de fe. Punto. No es un tema abierto a opinión...

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  5. lo que yo entendí6 de junio de 2016, 6:56

    Los mismos "anti ultramontanos" resultaron ahora ser enfáticos admiradores de John Senior, que era un lefe "ultramontano", pro jesuita, que prohibía la televisión en la casa y todo lo demás que el tradicionalismo culo roto le critica al lefebvrismo...
    Habrán visto que no les fue tan bien y decidieron cerrar algo las filas ultramontanizándose?
    El azar quiera que sí, que a nosotros nos fue mejor...

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    1. Si , si, pero no, no. Sobre el Magisterio extraordinario, que es cuando el Papa define "ex cathedra" y cuando el Papa, en Concilio con los Obispos definen con solemnidad, no hay duda. Pero... hay Magisterio Infalible Ordinario, que depende de dos notas (en el espacio y en el tiempo). Cuando el Papa repite en el tiempo una enseñanza, que viene de otros Papas y esto se hace enseñanza común. O, en el espacio, cuando el Papa junto con los Obispos, dan una enseñanza concorde de manera Universal. Y esto con algunas notas más que luego veremos.
      Pero el principio es que toda enseñanza que compromete "certeza" y que se hace "frecuente" y para todos, pues tiene notas de infalibilidad.
      Por ahora quedémonos con esto, no sólo el pronunciamiento ex cáthedra es infalible, sino tambíen, y en distintos grados, el ordinario o "simplemente auténtico". Es más, en el proceso de llegar a la certeza, las premisas establecidas, también. No se trata de una distinción tajante. Hay que conservar la idea de que si la Iglesia habla "queriendo enseñar algo que se tiene por cierto" , está asistida por el Espíritu Santo.
      En el caso puesto por Ud, la declaración de "intrínsecamente perverso" del sistema comunista, es claro que era una enseñanza que se tenía por segura y que no sólo tuvo enorme repetición, sino que se tenía por cierta en la universalidad de la Iglesia y que era receptada por los fieles en acuerdo universal. Para mi, es doctrina infalible, ya que se da la "certeza", se da la repetición, la materia, tiene bastante solemnidad y aceptación universal.
      Dejamos como nota, para seguir luego, que el primer comentario pone en duda a Trento, un Concilio Universal que define junto con el Papa, y allí notamos el extravío del concepto.

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  6. Jacques Cathelineau6 de junio de 2016, 8:41

    Escribí "postconcilio de Trento", no "Concilio de Trento", por si no se dio cuenta.

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  7. Jacques Cathelineau6 de junio de 2016, 8:49

    Y al otro comentarista: lo que dice el Vaticano I es la doctrina católica. Los ultramontanos son los que buscan extender la infalibilidad más allá de lo proclamado por el Concilio, el cual exige, para que un juicio goce de infalibilidad, de requisitos estrictos y concurrentes. Si bien los ultramontanos del siglo XIX buscaban la proclamación del dogma, acabó formulándose en términos poco felices para ellos (por ejemplo, para el pendolista oficial de este blog).

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  8. Alguien dijo que la relación de la Iglesia con la verdad es como la que tiene, quien hereda un cofre que contiene un gran tesoro.

    Tiene las llaves, la relación real con la cosa; pero esto no significa que esté en condiciones de comunicar su contenido.
    Claro que nadie más puede quitarle las llaves que solo a ella pertenecen; pero tampoco quiere decir que haya que hacerle caso cuando sus pastores digan macanas (por ejemplo que dentro del cofre hay en realidad un pastel de ciruelas que hay que compartir).


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  9. Entiendo que existe una dificultad para nada fácil de salvar en la compresión de este tema: aún los que nos llamamos tradicionalistas estamos contaminados de un modo de pensar racionalista liberal en el cual, por prejuicio ideológico (no me cabe duda que de inspiración satánica), ha quedado disminuido al mínimo el concepto de autoridad. Creemos (o nos han hecho creer) que todo lo que conocemos es fruto de nuestro raciocinio y que ningún conocimiento tiene verdadero valor si no es un descubrimiento propio de nuestra inteligencia despojada de influencias externas, las cuales deben reducirse al mínimo indispensable.
    Cuando uno se pone a pensar con más detenimiento este tema cae en la cuenta de que aún en un adulto ilustrado, prácticamente el 95% de los conocimientos que tiene sobre todos los aspectos y actividades de su vida son obtenidos y aceptados por la autoridad que, aun inconscientemente, reconocen en quienes se los han proporcionado (fíjense hoy cuantos de nosotros repetimos y afirmamos cosas de las que sabemos poco o nada sólo por el hecho de que las leímos en internet o vimos en televisión¡¡¡¡). Son contados los hombres que sobre algún tema llegan a tener verdadera ciencia (conocimiento por la causas) y estos dependieron de la autoridad en su aprendizaje. Decía Gilson (acusado de fideísta, y no por su afición a la comida italiana) que la fe, en su sentido amplio de confianza, está en el principio de todo conocimiento y no en su culminación. Mucho más aun lo está la FE en el conocimiento de lo sobrenatural, a lo cual no tenemos otra manera de llegar que confiando en el testimonio de otro. Si socavamos, disminuimos o escamoteamos el valor e importancia de la autoridad, destruimos y falseamos la realidad del conocimiento humano; lo grave del caso es que hoy somos los católicos los que, para acallar nuestra conciencia en una coyuntura, hemos echado mano a estos argumentos que disminuyen al mínimo la verdadera e infalible autoridad de los Jefes de la Iglesia. Me impresionó mucho y para bien como en un artículo de Calderón Bouchet publicado en este sitio, un intelectual de su talla que bien podría haber intentado dar explicación a este tema , decía “…yo me quedé rumiando un poco la angustia de no poder conciliar mi fe con las enseñanzas impartidas por los Papas a partir del Vaticano II.”. Calculo que es justamente esa talla intelectual la que le mostraba los límites de su ciencia, fuera de los cuales, ante la falta de autoridad, sólo queda la angustia, paliada por la Fe en las promesas de Cristo y su Iglesia, a la que en este punto uno se aferra más fuerte que nunca, pensando que, quizás, la prueba que Dios nos pone delante es justamente la de no poder comprender (y, como Abraham, habrá que preparar la cabalgadura, juntar leña, afilar el cuchillo y llevar a Isaac a la montaña a la espera de que un ángel (o un santo) nos de la explicación).
    Caemos en la tentación de simplificar la cosa reduciendo la importancia de la autoridad magisterial del Papa a actos concretos y solemnes que cumplen una serie de requisitos, fuera de los cuales creemos que estamos autorizados a lavarnos el culo con lo que diga el Vicario de Cristo porque no es en eso infalible. Con esa solución sencilla procuramos evitar la angustia y malestar que como católicos debemos sentir por la crisis de la Iglesia, cuyo núcleo es la crisis de la autoridad del Papa (autoridad de la que nos hemos convertido en detractores o cuando menos, controladores ¡¡¡¡¡??????).
    Coco

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    1. Coco... me afanaste el artículo que seguía (lo voy a sacar igual) y ¡no sabés cuanto me alegro de ello!

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  10. O el viejo o el hermano. El Dardo es un endógamo doctrinal.

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    1. Y no cito a los hijos porque son unos boca sucia.

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  11. Jacques Cathelineau8 de junio de 2016, 9:21

    El problema no es la autoridad, sino cuando la autoridad pretende verse como una suerte de fuente productora de la verdad. Protesta el comentarista contra el espíritu racionalista y liberal. Excelente. El problema es que ve la solución en la autoridad más que en la verdad objetiva. Hay que quitarse los lastres scotistas y ockhamistas de encima. Y sí, caro amigo: la infalibilidad debe interpretarse restrictivamente. Eso mismo surge del Vaticano I y es lo que no ven o no quieren ver los ultramontanos. El otro comentarista lo veía mejor: los grados de adhesión al Magisterio. Si se pretende expandir la infalibilidad, no queda otra que hacerse sedevacantista.

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    1. Queda, queda... lea la Lámpara bajo el celemín.

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    2. Ultaramontanos como por ejemplo "Amor a su verdad" con un reciente artículo a propósito de "Tuas libenter" de Pío IX que contiene una cita que lo contradeciría y entonces está mal la traducción...

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    3. Con todo el respeto que me merece quien firma con el nombre de aquel gran general de la Vendee, lo cual denota necesariamente cierta nobleza, creo que incurre en una simplificación por trasposición de conceptos filosóficos a la Teología (Gilsón, que como verá es de mi agrado, tiene un libro excelente sobre este tema que alguna vez leí y n logro encontrar). Primero, decir que la autoridad no es fuente productora de la verdad puede quizás ser valido en muchas ciencias, incluída la filosofía, pues el que enseña trasmite un verdad que puede independizarse de su autoridad, púes el que aprende, llegado un punto, podrá llegar a conocer o verificar en mayor o menor grado eso que se le enseñó. El problema es que en materia teológica, las verdades son tales porque las dice quien las dice, y no porque pueda el que aprende comprobarlas. La Fe no es otra cosa que la adhesión plena a lo que Dios dijo porque Dios lo dijo, no porque me parezca más o menos razonable su contenido (si me pasa una explicación clara de la Trinidad le agradecería porque mis pequeños hijos me están poniendo en aprietos y no me queda otra que apelar a la autoridad del Cura que se lo dijo), y entonces en esta materia la autoridad (empezando por la de Dios) si es fuente productora de verdad. A partir de allí, porque a Cristo se le ocurrió todo este temita de Tu eres Pedro y de aquello de lo que atares y desatares, Cristo dejo a su representante visible en la tierra con la promesa de la asistencia del Espíritu Santo, y resulta que a esos representantes se les ocurrió seguir diciendo cosas, que todo católico, si quiere seguir siendo tal, está obligado a tener por verdad por el hecho de que lo dijeron ellos; entonces, nuevamente, la autoridad de los Papas si es fuente productora de verdad en la medida en que quieran expresar una verdad como tal y proponerla para ser creída por todos los católicos o como norma de conducta. En este campo estamos jodidos, porque la verdad emana de la autoridad, y es verdad objetiva. La Inmaculada Concepción es verdad por que lo dijo Pio IX, no porque sea razonable. ¿Le encuentra ud. una explicación razonable, que no sea una horrible blasfemia, a la Virginidad de la Virgen o a la expresión "parto virginal"? y sin embargo me atrevo a afirmar que, como aquel general, Ud estaría dispuesto a morir por esa verdad.
      Coco

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    4. Coco grande. Por ser tan claro y tranquilo, le doy la solución de la Trinidad. Un sobrino de cinco años llegó a su casa y le dijo a la madre que el Cura les enseñó la Trinidad. "Y, entendiste?" le dijo la madre. "Si es fácil, son tres dioses, pero...(despacito) uno sólo es verdadero". Y otra sobrina (ya es grande) que estudiaba las 99 preguntas (eran tiempos de catacumbas y teniamos Misa en casa de los viejos), el Cura le hizo la pregunta de ¡¿Qué es la Iglesia? contestó de memoria pero al final dijo : "Una insti... (etc) cuya cabeza es el Tata". Jodimos bastante con la idea y debe ser por eso que mi hermano escribió el libro.

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  12. Jacques Cathelineau8 de junio de 2016, 20:16

    Una ensalada tremenda lo suyo, amigo. Gruesos errores y una simplificación absolutamente infantil de lo que es la indefectibilidad de la Iglesia y de la asistencia del Espíritu Santo. "La Inmaculada Concepción es verdad por que (sic) lo dijo Pio IX". No; lo proclamó Pío IX porque era verdad. Y en todo caso, pésimo ejemplo, porque veníamos discutiendo la estrambótica teoría de que toda enseñanza pontificia es infalible. Nadie puso en duda que la declaración dogmática de la Inmaculada, bajo Pío IX, constituye un ejercicio del Magisterio extraordinario y, por lo tanto, infalible. En ningún orden "las verdades son tales porque las dice quien las dice"; quien las dice, las dice porque son verdades. Aquí no se entiende la primacia de la inteligencia por sobre la voluntad. Eso no tiene absolutamente nada que ver con que la verdad no sea comprobable empíricamente o que no sea asequible racionalmente. Eso es precisamente el Misterio.

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    1. Tamos lejos Jacques, y no es mi costumbre lanzar anatemas porque es posible que haya cometido yo una que otra herejía, pero decir que "En ningun orden las verdades son tales porque las dice quien las dice" es negar el fundamento mismo de la Fe católica, que reposa en la autoridad de Dios. Para no generar polémica interminable entre amateurs como nosotros la copio a continuación textualmente el Catecismo Mayor de San Pio X (un ultramontano de aquellos que posiblemente, según su tesis, se pasó de rosca con el tema de la infalibilidad): 864. ¿Qué es Fe? - Fe es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y por la cual, apoyados en la autoridad del mismo Dios, creemos ser verdad cuanto Él ha revelado y por medio de la Iglesia nos propone para creerlo.

      865. ¿Por dónde sabemos las verdades que Dios ha revelado? - Sabemos las verdades que Dios ha revelado por medio de la santa Iglesia, que es infalible: esto es, por medio del Papa, sucesor de San Pedro, y por medio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales fueron, enseñados por el mimo Jesucristo.

      866. ¿Estamos seguros de las cosas que la santa Iglesia nos enseña? - Estamos segurísimos de las cosas que la santa Iglesia nos enseña, porque Jesucristo ha empeñado su palabra de que la Iglesia no será engañada jamás.

      Coco

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