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miércoles, 15 de junio de 2016

LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA. John Senior (Ed VÓRTICE 2016). (I)


Por Dardo Juan Calderón. 


     Nuestra primera intención con respecto al libro que referimos, era la de hacer una reseña recomendando con énfasis la lectura del mismo; pero, en una segunda lectura nos nació la necesidad de hacer algo más extenso que eso, y descubrir de alguna manera las luces y las sombras de la obra de Senior.
   ¿Por qué? Fundamentalmente porque vemos en esta obra una gran influencia sobre muchas personas en el medio tradicionalista y, aunque las ideas de Senior son sólo luces, traspoladas a nuestro medio, muchas de ellas se transforman en sombras.

  ¿Qué tiene que ver el medio? En este caso, bastante. Senior es una especie de converso (prefiero entenderlo como un “devuelto” a su religión, que es algo diferente) norteamericano y profesor de literatura inglesa. Estas características conllevan algunos problemas, condicionamientos, y hasta “taras”, podríamos decir (las que son honesta y suficientemente avisadas por el autor), y de las que no es conveniente hacerse cargo, ya que si para el autor no hacen más que aumentar su mérito en un proceso ascensional; pues para hispanos y viejos católicos, la imitación lisa y llana implicaría un retroceso. Asunto que se adivina en mucho de sus admiradores.

  
    Es por ello que seremos un poco más minuciosos en la deleitación de la lectura, avisando que esto no conlleva desmedro para el autor, aunque quizá si para algunos seguidores vernáculos. En la tarea iremos capítulo por capítulo sin caer en el análisis diseccional o la crítica meticulosa – cosa que el autor sanciona con razón y ásperamente al respecto de la valoración de una obra en su espíritu – sino como se dijo, tratando de captar el “drama” que todo libro que vale la pena, contiene.
   
     No creo necesario alargarme en la consideración biográfica que suficientemente tratan otros en conocidas páginas. Sin embargo no se puede comenzar sin destacar que su pensamiento, puesto en obra docente, provocó una reacción típicamente católica; es decir, la adhesión fervorosa de unos pocos y buenos, y la repulsa y la vindicta de unos muchos y malos. Así mismo no puede dejar de recordarse que todo esto ocurrió en una Universidad norteamericana, en medio de esa sociedad, y que tiene junto a sus notas universales testimoniadas en la fidelidad católica, otras - no pocas -  bien particulares, de una reacción católica en el medio más protestante, burgués, vulgar y descreído del espacio y el tiempo de este mundo, donde el ser protestante, burgués, vulgar y descreído ha sido todo un éxito. Y donde se reacciona contra los “otros”.
   
     Una de las distancias que tenemos que salvar en el análisis para nuestro provecho, es que nosotros venimos de un mundo católico, aristocrático, culto y creyente, y que ha sido el fracaso más rotundo de este mundo. Nuestra reacción es contra nosotros, como una enfermedad autoinmune que reacciona contra su propio organismo y que corre el riesgo de matarlo si exagera sus fuerzas defensivas.
  
         Siempre es más elegante y llevadero huir de un éxito en la renuncia a sus bienes superfluos,  que rajar de un fracaso en el que uno ha sido birlado de los bienes indispensables. En ambos casos, digo bienes, materiales y espirituales.
    
          El asunto es que si queremos ponernos en la situación del autor de esta obra que comentamos, sería necesario que transformemos nuestro mundo en un verdadero mundo protestante, burgués, vulgar y descreído, a fin de tener algún éxito y luego, elegantemente renunciar a sus vanidades (proceso que parece estar ocurriéndoseles a varios). Pero esto, ni es nuevo ni es posible; por un lado porque una cosa es ser un converso y otra un traidor; y por el otro porque nunca se puede uno desprender del todo de su historia y termina haciendo un mal remedo de lo otro. Una monería ridícula con un éxito engañoso. De nuevo Ramón Doll: tratar de hacer aquello, es como tirar una botella de aguardiente en una jaula de monos.
    
      Senior despliega ante los suyos, en medio de esa sociedad protestante, burguesa, vulgar y exitosa, un maravilloso descubrimiento de lo católico. Es la figura de Chesterton con aquel aviador que ve por primera vez a Londres y ¡lo descubre! Y “nace al asombro”. “Que nazcan en el asombro” es el lema de nuestro autor. Pero claro, nosotros vivimos en Londres desde hace siglos y tenemos penetradas las narices del olor de la basura de sus calles, el asco de sus barrios rojos llenos de piringundines y los baches barrosos de sus calles húmedas. Él ve el fracaso de “ellos” y se asombra de la catolicidad que surge impoluta, y nosotros, vemos el nuestro, el de la catolicidad, que tenemos que sacar del fango.
   
         No quiero decir con esto que no sea bueno el consejo, pero es otro el esfuerzo.
    
      Hechas las advertencias, comencemos por un breve comentario a la Introducción que nos hace el traductor (excelente en su tarea, de traductor).
     
       De esta introducción espigamos tres ideas en tres frases del traductor, que dos resultan inciertas y para nada aconsejables en nuestro caso; y la tercera produce un mal entendido:
  
       “Ellos – Senior y sus colegas profesores-  eran católicos pero su programa de estudio no lo era”        “Se trataba de alguna manera de formar inicialmente buenos paganos para formar luego buenos cristianos”.
     
         Dos pésimos consejos para nosotros.
     
        El mismo Senior avisa – ya lo veremos en detalle- que la cultura de lengua inglesa es protestante, nos guste o no, es un hecho dado. No hay posible programa católico allí, ni con ello. Sin embargo se podían encontrar desde allí los hilos conductores. Y la forma era diluir lo protestante en un sentido pagano de la belleza y la bondad, para luego llevarlos al catolicismo que es quien verdaderamente actualiza en realidades estas ideas. No se puede prescindir de la cultura en la que naciste y de la lengua materna que te formó.
   
       En nuestro caso es al revés. No hay forma de enseñar en lengua castellana una cultura que no sea por los cuatro costados católica. Quién quisiera (y quienes en efecto lo intentaron) en estos lares seguir ese consejo, pues tendría que apostatar de su cultura y de su religión “católicas”. Cuando cualquiera quiere en castellano hablar sin ser católico, lo que le sale es una porquería defeccionante de todo lo que se tiene de bueno, un ataque contra sí mismo, un morderse la cola (escribo en el cumpleaños de Georgie, y es un buen ejemplo). ¿Cómo formar paganos en un idioma y una cultura cargados hasta la médula de catolicismo? Pues, traicionando el idioma y la cultura.
   
        Cierto que el introductor es profesor de literatura inglesa y en ese ámbito la cosa tienta. Tanto Sarmiento como Borges, sabían de este problema y hubieran dado su vida por ser angloparlantes. Pero nadie pudo imponer la “civilización” y prescindir de la “barbarie”, sin poder sacarse el tono de un hideputa al decirlo en castellano. Habría que cambiar el idioma, la cultura, la tradición, la misma memoria y hasta cierta genética; con maestras inglesas y sangre de gauchos. Culturicidio que ha sido intentado muchas veces, y que sólo ha dado frutos podridos y amargos. Nunca podremos ser ni protestantes ni paganos, a lo más, desertores.
    
      Esta constatación es imprescindible para no engañarse con modelos ajenos, ni buenos ni malos, sino inaplicables. La página que preside el traductor sería fenómena si se escribiera en inglés y para protestantes. 
    
       La tercera frase que apuntamos es un malentendido delo dicho por el autor, o una contradicción del mismo:

“Los jóvenes recibieron una sólida dieta de clásicos….Pronto, eran ellos mismos quienes hablaban la “Gran Conversación”, o coloquio, que fue la modalidad de las clases adoptada y que tenía lugar dos veces por semana, durante una hora y media de duración”.

No conozco la historia de aquel grupo, pero cuando el autor se refiere a la "Gran Conversación", no se refiere a un coloquio – se parece mucho más a un silencio en medio del “ruido” -  ni recomienda el debate, sino muy por el contrario, la clase magistral. Lo veremos.
   
    Esta introducción casi me lleva por el camino de abandonar la lectura, pues proponer esto en nuestros pagos es una verdadera burrada. A Deo Gratia, entré en el libro y salí encantado. Los libros tienen una ventaja cuando se los compra; a partir de allí, son “nuestros”, y con ellos pensamos lo que se nos da la regalada gana. El lector juzgará qué lectura se parece más a su idea, que la tendrá, si compra el libro. Lo que es seguro es que corriendo las páginas - que se dejan leer con gusto y facilidad - se le ocurrirán un montón de cosas buenas y bellas que tenemos gracias a la traducción. (Para quienes han hecho trabajos de traducción, les consta el enorme esfuerzo de amor gratuito que se realiza y la especial relación que se traba con el autor).
    
      Y en la próxima comenzamos ya con Senior, que en forma muy diferente a la vía marcada por el introductor, que va de “programa no católico” a  “catolicismo de contrabando” (Abelardo Pithod es un fiel ejemplo de este sistema y de su fracaso en nuestro medio); aún a pesar del idioma y la cultura que lo parió, al que se sobrepone;  arranca desde el vamos - en las primeras frases - de la forma más católica que se pueda pedir: las fuentes de toda cultura digna de llamarse así, y los medios exclusivos de su restauración, son María Virgen y la Misa Tridentina. 
       De esta manera y tras valorar ese coraje de decir lo obvio y verdadero a un mundo mentiroso, sabes que tienes que seguir y que vas bien acompañado. Nada hay en él que vaya de contrabando, sino un testimonio de fe brutal y emocionante, y un alma y un corazón que se abren al lector en una sinceridad “impúdica”. Un Mariano que sabe que nada puede ocultarle a su Madre, y como a Ella, se nos muestra a nosotros, dándonos en esto la explicación de sus múltiples discípulos admirados ante la simplicidad. Haciéndosenos imposible no amarlo, con su luces y sus sombras.

   

1 comentario:

  1. A ver, dale mecha a la segunda parte que quiero ver las luces y las sombras que encontraste en el autor. A mí me pasó algo así al leerlo. A pesar de ello me parece harto recomendable.
    No le conozco la biografía en detalle, pero me da la impresión que el medio (el mundo sajón es una carga jodida para ellos y una tentación ídem para los ajenos), su periplo espiritual y la edad en la que escribió el libro (tal vez haya sido joven y entusiasta al momento de hacerlo - otros, tal vez por jóvenes y entusiastas, luego de leer a Chesterton van por su acre y su vaca...), hayan tenido que ver con las sombras.
    Es muy poco lo que dijo sobre el Concilio y Juan Pablo II, y lo hizo sin acertar. Esto es más difícil de salvar, pues a mediados de los años 80 ya había prescripto el plazo para darse cuenta; pero, insisto, el libro es recomendable y por momentos brillante.
    Por último, hay algo que excede en mucho el libro de Senior, como es el caso de su vida, donde entre otras cosas contribuyó a muchas conversiones.

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