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martes, 28 de junio de 2016

LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA. John Senior (Ed VÓRTICE 2016). (PARTE V)

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Capítulo 5. El Espíritu de la Regla.

     En este corto capítulo, el autor expresa toda su admiración por la regla Benedictina, y no se oculta al buen lector una cierta tristeza por haber llegado tarde a la fe y no haber tenido la oportunidad de esta opción monacal en su vida. Esta es una de las claves para entender el pensamiento de Senior que él mismo nos deja, el sentirse atraído fuertemente por una vocación monacal que resulta imposible por lo ya transcurrido, y tender hacia una vida que en alguna manera imite o siga el modelo de la regla de San Benito. Con pudor, pero sin retaceos, el autor nos pone al tanto de esta característica de su espíritu con el relato de su visita al monasterio de Fontgombault, donde - a propósito y como pista -  nos cuenta un acto fallido que deja en evidencia otra de las “ausencias” – por subvaloración - que notamos en su propuesta y que, sumadas a las ya mencionadas – sacerdocio seglar y confesión -  es la del matrimonio.


    En aquella ocasión nos cuenta que ya terminando su visita al monasterio, que constituye una “experiencia” que lo marca fuertemente y lo atrae de una especial manera, ya saliendo, se atreve en un movimiento de entusiasmo a pedirle al Padre Abad si a su muerte pudiera ser enterrado allí; a lo que el buen monje, con mirada fija “que los santos dicen que es la mirada de Cristo, y con la ternura y sabiduría de Cristo, me respondió: “Sería imposible ser enterrado junto a su mujer en un cementerio monástico”. Me arrodillé para recibir su bendición. “para usted y para su querida familia” dijo…”.

    Lo que quiere expresar la anécdota es bastante duro de confesar. En realidad, Senior, en medio de ese ambiente monacal ¡se había olvidado de que era casado y tenía familia! y el monje se lo recordaba; este olvido se hace patente en todas las páginas del libro, hermoso sin dudas, pero este acto de olvido se comete más veces de las que da cuenta el autor. No con esto quiero señalar una ausencia culpable, pues si así fuera, él mismo no se hubiera encargado de resaltarla. Avisa con todas las letras. Recuerdo que en la autobiografía de Monseñor Lefebvre, lejos de hacer esos cuentos ejemplares, nos cuenta que la relación de sus padres -perfectos católicos - no era muy armónica, más bien ríspida. Son buenos y sinceros datos.

     No quiero hacer psicoanálisis con el dato, ni concluir que su relación marital no era de la mejor, pero junto con esa vocación monacal trunca, se trasluce una experiencia matrimonial un tanto gravosa y poco armónica. Ese canto a la oración en soledad, no resulta muy apetecible ni aconsejable para quienes la vida matrimonial y de familia, constituye el “elemento natural” por excelencia en que se desenvuelve la vida. La vida religiosa es una asunción eminente de esta vocación amorosa. “Una sola carne” es una experiencia llena de maravillas y, a partir de ella, nuestra vida no se concibe sin el otro. La oración sólo se pretende y se entiende en el grupo, y no existe otro anhelo para nuestros cuerpos, que algún día reposen juntos en el mismo palmo de tierra. El amor conyugal resulta ausente de esta serie de reflexiones y propuestas, y con él, el amor paternal a los hijos que no son mucho más que una extensión de la madre. No quiero decir “misógino”, pero la mujer resulta un poco lejana y abstracta en sus descripciones, que se reducen a un “lo que debe ser”, y no a lo que ES, en una experiencia amorosa imprescindible para comprender el analogado superior que denuncia el Cantar de los Cantares respecto del alma con Dios. Esta impresión se refuerza en el próximo capítulo con una humorada sobre el “parloteo” femenino – de la que vuelve en disculpas rápidamente – y que más que una generalización inadecuada (en lo personal, he estado rodeado toda la vida más de mujeres prudentes y sabias, que de parlanchinas), parece ser un rezongo bien dirigido.

    Si me explayara con este tema me pondría romántico y quiero evitarlo, pero esas comunidades que se proponen, son comunidades basadas en matrimonios, en el amor conyugal antes que nada, en la educación amorosa de los hijos y en el papel fundamental de la mujer cristiana penetrada de amor; asuntos en los que la necesidad primaria es el Sacerdote seglar, y este asunto de los conventos y monasterios puede resultar muy bueno para la “cultura”, pero aquello guarda el carácter de lo urgente y necesario para las comunidades.

   Senior tiene enormes valores universales, y algunas notas muy apropiadas para solteros; él recrimina a los padres y maestros no mostrarles con urgencia a los jóvenes la vía monacal (aún en detrimento de la vocación del cura seglar, que la pone casi a la altura de la opción matrimonial). Podríamos decir que estas vías, que hacen a la acción y al apostolado, no sólo no las aconseja, sino que las considera un tanto inútiles en un mundo al que más le valdría desaparecer bajo un fuego como el de Sodoma, fuego que nos debería encontrar orando en un Monasterio.

   Esta especial particularidad de su pensamiento, hará que muchas de las soluciones resulten un tanto inaceptables en varios puntos.

   En el resto del capítulo hay jugosos juicios sobre el medio educativo universitario que son exactos e imperdibles.

Capítulo 6. La solución final para la educación liberal.

   A pesar de lo dicho más arriba, cuando Senior propone una “solución” para la educación liberal, acierta de cabo a rabo. Sin peros.

   Cuando comenzamos este trabajo, dijimos que el traductor que introducía el tema, resultaba un tanto “traditor” al espíritu del autor, proponiendo un modelo de “gran conversación” o “coloquio”, “que fue la modalidad de clases adoptada”. Dije en su oportunidad que no sabía si esto fue así o no, pero que en este libro, Senior propone justamente lo contrario. Propone la recuperación de la clase magistral que se expresa desde la autoridad con un lenguaje de certezas rotundas y que, esa “gran conversación”, al modo benedictino, es una conversación con Dios en medio de la enseñanza, y es en realidad, una “conversión” hacia Dios, usando las palabras en un juego que por falta de conocimientos de inglés, no capto en su etimología. Pero siendo esto una disputa. Vamos a las citas.

   En las universidades la “religión cristiana puede ser estudiada siempre y cuando no se crea en ella”. En nuestras universidades, agrego yo, se puede ser un profesor católico en la medida que no hagas apostolado ni quieras convertir a nadie, y siempre que expreses un catolicismo defeccionante y naturalizado (para expresar la fe, está la página anónima). El programa de Senior, muy por el contrario de lo dicho, era católico del vamos, y su propuesta de enseñanza tenía como fin primero y último, la conversión de sus alumnos. Así le fue, para bien y para mal.

   Nuestros profesores católicos se atreven cuando más a poner a sus alumnos en la “inquietud” de “buscar” con libertad una verdad, pero jamás se atreverían a afirmar esta última en su carácter de “certeza”. “Su postura” dice Senior “es la del filósofo del mito de Lessing que, invitado por los dioses a elegir entre la verdad y la búsqueda de la verdad ¡eligió la búsqueda! Cualesquiera que sean los beneficios de esta lectura de los clásicos, incluso la de los más geniales, no producirá ningún fruto si no hay un criterio que distinga entre lo verdadero y lo falso”.

    Nos pone en aviso ante esta costumbre de educar en el diálogo o la de transformar la “cuestión disputada” en un macaneo entre los alumnos (me he cansado de avisar que esto es malo en los grupos de jóvenes), y ahora con Senior tenemos una descripción maravillosa:

    “En tanto que medios para enseñar, los debates o controversias pasan por ser un método dialéctico inaugurado por los diálogos de Sócrates. Supongamos por un momento que fuera así – aunque la rápida mirada a un texto de Platón muestra que no es así – y que hubiera estudiantes aptos para aprovecharse de este método – aunque una rápida mirada sobre sus lecturas habituales muestra lo contrario – pero supongamos que se dieran esas dos cualidades: si no hubieran lecciones magistrales y profesores que saben hacer buenas preguntas y dar buenas respuestas, los debates degenerarían rápidamente en una pelea de mastines en la que el más fuerte o más hábil ganaría y si esas sesiones se hicieran habituales, todo terminaría en un escepticismo arrogante…” de esta manera “Los estudiantes aprenden un método crítico con el cual demoler las ideas del adversario sin haber captado previamente la realidad que subyace en esas ideas; y, sobre todo y lo peor de todo, es que si el estudiante durante ese tiempo no fue capaz de dominar sus apetitos y temperamento – si es débil, impaciente, malicioso, sensual o indolente – dotado de esas armas críticas es un candidato seguro a acumular diplomas y certificados y aparecer en la revista Hola.” O en las revistas Verbo, Cathólica, o en otras por el estilo…

     He sido testigo de estos ensayos en mi derredor y hasta con mis hijos, en que un grupo de jóvenes se juntan a discurrir entre principiantes o entre supuestos maestros que no están en condiciones de expresar con certeza, madurez y coraje, una verdad que ilumina, que pide silencio y masticación. Que define sin más. Y mi consejo ha sido que cuando las cosas se ponen muy discutidas recurran a las piñas. Prefiero agresivos a sofistas. Una discusión civilizada es una porquería.

     No se trata solamente de encontrar maestros de alto nivel, sino de encontrar hombres capaces de tener un sector de las ciencias o de las realidades que estén en condiciones de decirnos lo que está bien o mal, sin melindres ni cálculos. Hombres que no estén buscando sus masters o doctorados en el balbuceo académico y en las sinuosidades del pensamiento crítico, sino en la Verdad como alimento. Lejos de el halago de los editores. La experiencia que se busca es esta:

    “… cuando un buen profesor, entusiasmado por la consideración del bien, de lo verdadero y de lo bello, interrumpe repentinamente los recitados de “yo pienso, tú piensas, él piensa”, para profetizar igual que Jeremías, con la fuerza todopoderosa de la certeza que desciende silenciosamente como la paloma sobre todos los que están allí reunidos…

“Esto es verdadero – decimos – esto es realmente verdadero” “Y esto es la experiencia que nunca se olvidará en una verdadera educación liberal, y cuando se ha experimentado una vez, nos permite soportar los fracasos, las estériles horas de discusión, en la esperanza de que el fuego arderá nuevamente. Y si nunca se ha producido es porque nunca has tenido educación en absoluto.”… “suspensión del parloteo”… “no más ensayos, individuales o colectivos, no más discusiones en comisión”… “Si alguien sabe algo, si tiene autoridad, dejémoslo explicar tanto como le parezca y a quiénes él considere apropiados, y todos los demás escuchan y se quedan callados…”.

   Ahora bien, en qué consiste el eje que buscamos en un profesor. En que para ese profesor, Dios sea un HECHO que incide en la comprensión de todas las cosas. Que nada puede ser comprendido sujetados al recurso de que podemos considerar algo prescindiendo de ese HECHO fundamental. No deber haber ni pizca de naturalismo. Nos dice:

   “Supongamos que Dios no es un sentimiento sino un hecho. Si existe, eso hace una diferencia, y no solamente sobre algunas cosas, sino sobre todas las cosas, incluyendo la ética, la política, la ciencia, la literatura, la ingeniería, los negocios y la religión, en una palabra, el cursus completus, el curriculum entero”.

    Y con esto volvamos más atrás, a la discusión Ayuso-Devillers, y repasemos esa política vista “como si Dios no existiera”. Y con ello veamos a los profesores católicos cayendo en la misma falta “… tener una universidad en la cual el conjunto de alumnos y profesores se unen para dejar a Dios fuera, ni implica solamente la privación de una enorme rama del conocimiento: si Dios, que es la causa existencial y actual de todas las cosas, queda fuera, no solamente se permanece en la ignorancia, sino que se comete lo que Santo Tomás llama el pecado intelectual de malicia cierta.”. Una de mis peleas fue que estaban dando a los jóvenes, un curso de política con el libro de Palacios (La prudencia Política) en que el tema se aborda desde esta perspectiva que ha impuesto el medio universitario. Era malicia cierta.

   Sin Dios para poner la certeza, la educación es diálogo crítico, y lo peor ha ocurrido. Sin magisterio, lo mismo.

    Para qué es la enseñanza: “la única finalidad que se ha perdido de vista, puede resumirse en una palabra: conversión. Y esto quiere decir, en primer lugar, que la ficción sofística de la separación de la Iglesia Estado debe ser reemplazada por el franco reconocimiento que todo debe ser realizado AMDG, para mayor gloria de Dios.” Esto es una clase magistral de política, y no toda esa parafernalia de intríngulis sofísticos a la que nos vienen acostumbrando los intelectuales católicos con sus Iglesia y Estado. ¿Qué esto no se puede decir en un instituto moderno de educación, ni en los medios masivos? Ya lo sé. Pues bien, habrá que hacerse echar y no tener masters ni doctorados. A mi padre lo echaron del CONICET por eso, y bien rajado estaba. ¿Pero hay que llegar a tanto? ¿No podemos acercar una parte de la verdad, la natural por lo menos? : “La educación actual no es solamente incompleta sino contraria tanto a Dios cuanto a la naturaleza; es sacrílega y anticientífica” nos dice Senior.

    Y qué decíamos en aquella discusión Ayuso-Devillers, en la que el catedrático opacaba al cura con sus bolsos de galardones académicos y publicaciones refritadas… “Para liderar cualquier ámbito de la vida debemos tener santos, que son hombres y mujeres ordinarios que llevan hasta el heroísmo sus virtudes por amor a Dios.” Y sigue: “La restauración nunca comienza en las cimas que se desmoronan, sino que siempre comienza en las profundidades oscuras de los corazones simples. No nace en los rugidos de los huracanes sino en el soplo de la brisa ligera”.

   Monjes, curas y familias cristianas surgieron de esta prédica. ¿Qué nos dan estos otros? Una serie de catolicuchos mal cocidos, imposibilitados de la vocación religiosa y castrados para el matrimonio, a medias de una discusión mal llevada y llenos de dudas. Una generación que se pierde en el parloteo. Sólo de Dios pueden venir las certezas y necesitamos urgente, frente a la defección del magisterio eclesiástico, un puñado de certezas para enfrentar el momento. Pero de un Dios que sea un HECHO, y no un planteo intelectual sometido a la discusión.

   Nos queda el último capítulo y no molestamos más.
          
          
        

    

1 comentario:

  1. No leí el libro de Senior, pero me gustaron las publicaciones porque sin querer queriendo (ja), echa claridad en estos temas. Me permito comentar (no es una forreada porque me dan asco los adulones) que en todas sus publicaciones, desde que inició el blog, muestra que su pluma tiene en claro que "Dios es un hecho" y eso es mucho mas que muy bueno. Siga molestando.
    Yacaré del norte

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