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miércoles, 27 de julio de 2016

Final de vacaciones y sus lecturas.

Por Dardo Juan Calderón.                                                                              

Resultado de imagen para en el pais de los ciegos wells     Terminadas las vacaciones invernales, reiniciamos esta 
dulce tarea de ganarnos enemigos. Las vacaciones fueron invertidas en un viaje por la CABA y alrededores a fin de gozar de las bondades de la gran metrópolis y antes de comenzar a vomitar, pegamos la vuelta al retiro mendocino. Sin duda alguna, allí todo es más alto. Lo bueno y lo malo. Uno tiene la oportunidad de hablar con gente que ha leído más de cien libros y hasta en algunos casos, más de mil; cosa que en estos pagos es imposible.


    Nuestros intelectuales vernáculos han citado más de mil libros en uno solo  de sus artículos, tesinas o ensayos;  cuyas listas bibliográficas son más profusas que sus contenidos y que se exhiben como exhiben las cortesanas su lencería. Un gran despliegue de pornografía bibliográfica que promete cielos musulmanes y luego se actualiza en un acto de rutina técnica desprovista de verdaderos entusiasmos por el oficio. Dicen los que saben, que algo parecido pasa en los cabarets, entre los de provincia y los capitalinos.

     La cuestión es que aquí nadie tiene el mal gusto de leerse, pero se cumple con la deferencia de citarse, y una gran corte de mediocres se felicita mutuamente y se otorgan títulos y becas. Todos saben que el rey va desnudo pero se alaban las pompas al punto de que casi parecen verse. Las editoriales hacen talar árboles para ediciones que pagan los propios autores y que se venden a los pocos interesados en tener el libro en la biblioteca por si invitan a cenar al autor. Doctos y masters exhiben sus libros que quedarán vírgenes en las bibliotecas, pero que pasarán a formar parte de sus currículos y de citas obligadas.

   Con sus casas chatas, sus imitaciones de countries, y sus remedos de intelectuales, esta provincia resulta sin embargo un buen lugar para vivir si uno sabe llegar a las montañas, que resultan obviadas por el trajín de los viandantes que llevan sus vidas en este pozo en medio del desierto, pugnando por un chorrito de agua que hay que repartirse, con sisa y con trampa, para inventarse un verde.

   Cada tanto algún capitalino descubre que no es este mal lugar para practicar aquello de que “En el país de los ciegos…”, pero resulta oportuno recordarles la vieja novelita de H.G. Wells y los latigazos que recibió Núñez por andar viendo lo que no debía, así que, o rajan rápido con alguna pena de excomunión sobre sus espaldas, o se cavan los ojos y entran en el juego. Acá nadie ve, pero la vida es bastante confortable. Los libros deben citarse pero no leerse. Los títulos deben poseerse, pero jamás los contenidos.

   ¿A qué viene este excursus? A que la cruel Buenos Aires todavía tiene reductos de tipos que quieren ver, que quieren leer, que saben escribir sin citar, que desean una cultura sin títulos que la evidencie, que evidencian una cultura sin aspavientos, que pueden desnudar el alma sin recurso a la lencería engañosa. Que todavía algún cura sostiene un campanario; aunque…  una lenta y pasmosa penumbra se va adueñando de todo como en aquella otra novela de Jünger – Los acantilados de mármol – luego del paso de una jauría de mastines hambrientos.

   En esto estaba pensando mientras departía con un editor ¡qué leía sus libros! y mientras me hacía de algunos títulos durante una charla más que fructífera, surgieron los dos libros que reafirmaban mis cavilaciones: Hijos de Eva, de J.K. Anders y NOTICIAS de ayer de hoy y de mañana, de Federico Mihura Seeber.

  El primero de ellos era una relectura, y el segundo un descubrimiento (no pongan esa cara, tengo derecho a descubrir lo ya descubierto). Dos libros muy diferentes y muy coincidentes, pero la coincidencia que quiero destacar ahora (por sobre una calma visión apocalíptica), es una en especial y tiene que ver con lo antes dicho.

   Ya casi no se escribe por amor. Por amor a otros digo, que por amor propio es todo lo que se escribe. Uno comienza a hartarse de tanto firulete por mostrarse erudito, por figurar “up to day”, por demostrarse exquisito, original, informado, docto, cum laudes y la madre que los parió tan orondos. Y he allí dos libros escritos por amor. Dos “viejos” que tienen algo que decir y, mucho más, que tienen a alguien de carne y hueso a quién dirigirse. A los que aman. Y así, en pijamas y chancletas, con lo que tienen cavilado y rumiado, con el vago recuerdo de lo que las lecturas y experiencias les han dejado, como quien habla con sus hijos en el calorcito del hogar, sin hacer aspavientos exhibicionistas; nos dicen sin más vueltas lo que les pasa por la cabeza. Importándoles un corno de nada que no sea poner a la defensiva de un mundo perverso a los suyos, nos hacen un desnudo de alma quedando a la intemperie del ludibrio de los académicos; esos tipos que hablan siempre de gabán y sombrero y tienen unas largas y abotonadas braguetas.

    Dos libros que no son para la biblioteca sino para la mesita de luz. Y no estoy diciendo que coincido a cada paso con lo que en ellos se dice ni mucho menos, sino que me alegro que alguien todavía pueda hablar de esa manera en este estúpido mundo de figuradores y acumuladores de antecedentes. Si me preguntan qué tema rondan estos ensayos, pues no dudaría en decirles que son novelas de amor, del amor real de dos padres por sus hijos, por sus mujeres, por sus amigos. Libros al fin que, cuando uno no está de acuerdo con lo que expresan, puede detenerse a contestar con lo que lleva en la cabeza y sin miedo a ofender, porque están “conversando” y uno es un invitado - vino de por medio - a hablar lo que te sale del alma, y ellos te están diciendo lo que sale de la de ellos, mostrándose bastante dispuestos a acomodarse frente a un buen argumento en contra.

   No encontrarán allí la lista mendaz de unas lecturas pour la gallerie, sino que el buen lector descubrirá en el ritmo acelerado de una charla, la sólida almacén de una lectura bien mascada en los tiempos que llevan andar el camino del trabajo a la casa, en las charlas de sobremesa, en esos ratos que parecen puestos en la nada; o mientras uno se ducha y trata de descubrir cuál corno es el champú entre tanto tarro de menjunjes que tiene la vieja, y que al leer en uno de ellos  que tiene efectos “anti-age”, nos viene a la mente entre risa y zozobra que debe ser un signo de este apocalipsis boludo, mientras juegas con la idea de en qué zona del cuerpo te vendría bien la aplicación.

   Evidencias de unos pocos y fundamentales libros leídos mientras se vivía, y no leídos para vivir de ello. Pocos y bien leídos (sólo aquellos mil que exige Senior). De los fundamentales. Pero lo más gracioso, es que la intimidad en que ponen el relato, la de sus casas, no les permite ocultar la vergonzante realidad de que también piensan sobre cosas que vemos todos los días. Sobre una película, sobre un noticiero, sobre un estúpido programa de tv, o sobre la propaganda. Un académico es un tipo que jamás confesaría que piensa mientras está sentado en la letrina,  ni que alguna vez vio el Chavo del 8, ni una película de ciencia ficción. Ellos no tienen “ni idea” de quién es la Viky Chipolitatis. Pero si uno escribe para sus hijos, estos ocultamientos no tienen sentido, para bien o para mal, ellos nos han visto en calzoncillos.

   Si quieren usar los pocos ratos que la ocupación les deja, lean estos libros. No sólo no causarán la molestia de mirar culposos la lista de todos los libros que jamás leeremos (y que está al final de las treinta páginas – que deducidas las citas son cinco - en placas de bronce en el pedestal de papel y tinta que ha formado para sí el palangana erudito), sino que además no necesitarán traducir el lenguaje encriptado del autosatisfecho, ni tener que memorizar un par de frases que demuestren que algo han leído. En estos otros, aún sin saberlo, habrán leído muchos libros difíciles en un lenguaje llano, y sólo les quedará un runrún, una inquietud que los acompañará en el camino de la casa al trabajo, que a veces les hará fruncir el ceño, y otras reírse solos. Y eso, justamente eso que nos pasa después de leer un buen libro que en breve vamos a olvidar en su detalle, es lo que nos comienza a hacer hombres medianamente cultos. Ese ceño que se frunce y esa sonrisa que se esboza cuando leemos que un ungüento es anti-age.

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       De Hijos de Eva ya hablé en el prólogo, y mucho más no puedo hablar porque me comprenden las generales de la ley. A Miura Seeber lo había leído en algunos artículos, pero como me lo recomendó un imbécil, lo descarté. Ahora me lo recomendaron tres buenos lectores y lo agarré, y me gustó más el autor que el libro, pero no adelanto más, porque pienso salirle al cruce en próxima tirada. No porque lo objete, sino porque me dieron ganas de no dejarlo charlando solo. Quizá un peldaño más abajo del mismo atalaya al que él invita, veo yo algunas cosas diferentes, sobre las cosas que él mismo da lugar a verlas diferentes.

     Se acabaron las vacaciones y el buen humor. Tampoco crean que no me voy a poner áspero.        
  
     



2 comentarios:

  1. Muy buen Artículo!!! lo único que un poco contradictorio, pues apunta critica la banalidad y lo superfluo de los "académicos" actuales y del intelectualismo cosmético, pero Ud hace un poco uso y gala de términos y frases resbuscadas a veces, y de alta exclusividad cognitiva en otras. Pero bastante elocuente y gracioso al fin, y por supuesto muy reflexivo.
    Saludos desde Buenos Aires.

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    Respuestas
    1. El academicismo es sujetarse a los requistos de la "academia". Por ejemplo, no afirmar rotundamente. Pero si me pongo pedantón, le ruego me grite. Gracias

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