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lunes, 4 de julio de 2016

OIGA DAVID ¿Qué ONDA con el DOCUMENTO?


Resultado de imagen para david y goliat imagenes     Tengo un serio reclamo contra mis lectores, ¡no conocía el blog La Honda de David! ¡Siendo que dicho blog se había tomado el trabajo de leernos! Ustedes me tienen que avivar, yo vivo dentro del foso y no sé qué pasa afuera. Para nuestra horrible función,  me es necesario saber: ¿qué onda tienen? Si los vemos rumbeando, ¿los masticamos?, ¿sólo gruñimos? ¿Tienen pase libre?


     El hombre parece ser muy correcto y manejar al extremo los intríngulis legales  (ya dos cosas que nos ponen en alerta), pero a la misma vez, demuestra ser un “lefe”, con lo que nos deja en la duda. No he tenido tiempo de ver todo su derrotero, salvo los últimos artículos. Y por estos, digamos que merece un par de mordiscones y no mucho más. Anárquico pero enmendable.


     Sé que el término anárquico debe resultar a primera vista el más inapropiado para un pensamiento asentado en el respeto a la letra de la legalidad y lo suficientemente armado con las disquisiciones sobre los casos de excepción. Pero cabe recordar que los intríngulis legales y las reglamentaciones interminables de los juristas, fue cosa de fariseos primero y de revolucionarios después. Recuerden el famoso Código Napoleón, en el que una enorme compilación de leyes que buscaban ordenar la temporada del “terror”, en realidad iniciaban la demolición del Ancienne Régime y nos lanzaban a la moderna anarquía del culto a las “leyes”, una vez que estas se habían desprendido del espíritu y del nexo religioso.

      En este mundo de abogados que inicia la etapa revolucionaria, ya nadie se rige por las normas del sentido común del oficio, sino por los reglamentos establecidos. Un médico no cura según la medicina, es decir, su ciencia propia regida por la virtud de prudencia, sino por el  “reglamento”, cosa que nos habilita a que cualquier abogado puede juzgar su conducta y someterlo a un juicio de impericia sin saber un corno de medicina. Es un proceso de reducción para poder ejercer el “control ciudadano”, base de todo este pensamiento y consagrado como dogma esencial por el enciclopedismo.

      De esta manera, los juristas se convierten en los tiranos de todas las religiones, ciencias, oficios, artes, y en fin, de toda la actividad del hombre. El político no debe estar sometido a los principios de su ciencia, sino a los reglamentos constitucionales y legales. Y así, todos. Pareciera que esto es bueno, y con esto juzgamos a tutti cuanti, aun concediendo las excepciones que marca la ley y que salvan de un corset total, pero que esconden un corset mayor.

    Toda esa legislación aparece como la obra del “orden” y sin que aparentemente tenga prevaricaciones ideológicas; pero al poco andar, el avisado encuentra las trampas - que se hacen evidentes - de una construcción pensada para evadir la inteligencia y constituir al “legislador” en el nuevo dios de la creación, dios creador de órdenes (sociales, políticos, filosóficos y de todos los ámbitos) y que sólo declara ilegítimo el orden divino y el natural ordenado por Dios. La primer inteligencia que se evade es la de Dios, y tras de ella, la del hombre.

    La Honda de David forma parte de esta mentalidad. Quiere establecer cuáles son las vías reglamentarias dentro de las cuales las autoridades de la FSSPX deben moverse, y de esta manera hacerse previsibles y “controlables”. Quiere “publicidad” de las decisiones, no tolera el “secreto” como falta inaceptable para el manejo de los gobernados;  hasta llega a usar el neologismo progresista de “transparencia” en las decisiones de gobierno de la querida institución. Y como él maneja al dedillo el reglamento, se encuentra en óptima posición para ser Juez del obrar de las mencionadas autoridades. Digamos que extraña que en dicha institución no haya un “órgano de control”, y se siente llamado a serlo. Lo hace con absoluta buena fe y con los códigos en la mano.

    Si esta batalla no la hubiera dado Cristo con los fariseos, y si San Agustín no hubiera dicho que “para el justo no hay ley”, estaríamos en un problema. Tampoco se nos oculta que tras este espíritu cristiano, de tanta libertad, surgieron las peores anarquías revolucionarias (tenemos a Nietzsche para que nos lo recuerde), pero también tenemos las grandes gestas de la sabiduría cristiana que se armaron en el equilibrio de las virtudes y que constituyeron el tesoro de la cultura occidental, de cuyas migas todavía se vive aquello que merece ser vivido.

   Vamos al caso concreto. La FSSPX, como lo expresa su nombre, es un grupo de “sacerdotes”, que tiene como finalidad esencial, mantener en su vigor sustancial el sacerdocio católico. No tiene componentes laicos. En su obrar, tiene adherentes laicos, simples fieles. No tiene ninguna obligación de dar cuentas de sus actos y decisiones frente a nadie que no sean sus órganos reglamentarios. Tiene todo el derecho del mundo a tener “secretos” (como es necesario en toda institución), a no publicitar nada, y se rige principalmente por la virtud de “caridad”, que es la norma máxima de su oficio religioso, por encima de todo reglamento, como lo es la ciencia médica para el médico. En cuanto a la transparencia, si llevamos el término a su extremo, bien podríamos quejarnos de ese “Dios Oculto” que nos muestra nuestra religión, y que nos exige la obediencia y la humildad. El mismo principio de autoridad, y la misma caridad, exige muchas veces que no se ande “tirando perlas a los chanchos”. Todo ese andamiaje de principios republicanos con el que se enfrenta y se cuestionan sus decisiones de autoridad, es simplemente revolucionario. La violación del secreto es una enorme falta. Cristo escribió una palabra con una vara en el piso, y jamás nos dejó saber lo escrito. El mismo Pedro, que no entendía sus designios, recibió por ello el “apártate de mí satanás”, y fue suficiente explicación.

    No digo que los fieles, arrimados por caridad a las obras de la FSSPX, no tengamos algunas ideas (que es imposible que no se nos ocurran), y que sea más o menos legítimo que las expresemos, si lo hacemos con la debida distancia y respeto, sabidos que no manejamos ni conocemos el “oficio” del cura. Que estas ideas no deben convertirse en una intromisión indebida en asuntos ajenos, ni en poner en tela de juicio lo que no está bajo nuestra jurisdicción.

   Para no resultar esquivo, me atrevo a decir que esas “ideas” se dividen en dos bandos, los que entienden que la FSSPX está “mal gobernada” y que hay que aquejarse públicamente de ello (entiendo que asista derecho -dentro de las reglas internas y de acuerdo a sus formas previstas- a un integrante; pero no a los simples fieles). Esta idea se divide entre los que quieren una ruptura pública y notoria con el Vaticano, y los que quieren un acuerdo público y notorio con él (acuerdistas), ambos hasta ahora insatisfechos. Los primeros hacen impugnaciones de tipo doctrinal, y los segundos de tipo jurídico; impugnaciones que finalmente, y en todos los casos, resultan forzadas en  los argumentos a partir de la finalidad que se propone el impugnante, acordar o no acordar. Resultan “ideológicas”. Esto no quiere decir que cuando alguien se propone un fin, al disponer y condicionar lo medios que sirvan a ese fin, ideologiza toda su visión. Pero sí pasa esto, cuando el fin que se busca, no es el fin correcto.

   Por otra parte están los que creemos que, en lo que respecta a nosotros los fieles, sólo tenemos gratitudes y deudas con esta institución, que ha cumplido con darnos para nuestra vida espiritual excelentes sacerdotes. Que los problemas de gobierno de esa institución no nos incumben (aunque nos “importen”), y que sólo corresponde una “rogativa” cuando entendamos que los sacerdotes que nos ponen para guía, sean malos pastores. En lo otro, ni pio; porque nadie de nosotros sabe cómo cornos se debe formar un sacerdote (aunque parece que hay algunos que también opinan sobre esto, como The Wanderer, que es la típica tía soltera que indica cómo se deben criar los hijos).

   El documento en cuestión, muy oportunamente, nos recuerda que el fin que busca la FSSPX, no es “acordar” ni “no acordar” con el Vaticano. Sino la formación de  Sacerdotes Católicos. Y en busca de este fin, bajo una regla de caridad, harán lo que crean que corresponde con esos tópicos. Muchos no entenderán que este lacónico – y suficiente - documento  es un llamado de atención a los fieles (un reto), y muy enérgico (no se entiende porque es la forma en que retan los suizos, ya que si fuera un francés, el contenido sería el mismo y el modo bastante más brusco). En buen romance, el documento quiere decir que no se anden metiendo las narices dónde no corresponde, y que ellos, en busca del fin que debe quedar bien aclarado, harán lo que sea conveniente según sus criterios, criterios que no tienen por qué andar ventilando. Por ello, nos notifican escuetamente lo que corresponde saber, y no lo que han conversado durante cinco largos días.

   Bastante nos dan con la facultad de, en caridad, poder decirles si los curas que forman, son buenos o malos. Que tampoco debiera importarles mucho nuestra opinión (y que por la experiencia de tantos años como fiel de la Fraternidad, sólo veo resultados llenos de amor hacia los sacerdotes). Pero arrogarse la petulancia de opinar sobre si está mal o no firmar ciertos acuerdos, usar o no tales planes de estudio o lo que corno sea, debería ameritar una respuesta más a la francesa.

  Resulta bastante imbécil andar recordando doctrinas y reglamentos a quiénes se dedican a ellos y, quienes han dado probada cuenta de dedicarse con esmero, buena fe, desinterés personal y mucha caridad. ¿Qué puede haber errores menores? ¿Idas y vueltas? ¿Diferencias de criterios? Es normal. Que privadamente algún fiel muy sabio pueda arrimar alguna idea? Es aceptable. Pero producir desorden para forzar la mano hacia alguna finalidad deseada, es para que lo saquen pitando.

   El documento nos recuerda aquello que buenamente y en un exceso, dejan a nuestro juicio y opinión “¿Os estamos dando buenos sacerdotes y sacramentos válidos y eficaces? En el resto, meteos en vuestros asuntos”.

   ¿Cómo supimos los fieles que el Concilio Vaticano II era un desastre? Porque los curas y monjas se hicieron una porquería y las parroquias y colegios estallaron. Y de allí, atamos conclusiones. Hubo muy pocos que se dieron cuenta antes, que los curas se iban a hacer una porquería. Entre ellos Monseñor. Ayer leímos en el evangelio del domingo, “por los frutos los conoceréis”, y hasta ahora, los frutos de la FSSPX son excelentes.

   El documento último es un llamado a la prudencia a partir de una generosa apertura. Juzgad nuestros frutos en sacerdotes, no temáis por cómo se lleva el timón. Y eso debemos hacer.

    No quiero ocultar que la posibilidad de un acuerdo con el Vaticano me produce nauseas, pero aclaro… no es la firma de un acuerdo lo que me lo produce - eso se juzgará según el acuerdo que se firme y si se firma – lo que realmente me produce nauseas es tener como objetivo el firmar un acuerdo, es decir, ser “acuerdista” como postulado, porque entonces todo se subordina a este resultado. Pero si me dicen que lo quieren es hacer buenos sacerdotes, y que esto primará en la firma o no de un acuerdo, pues me quedo bien tranquilo. Y justamente esto es lo que dice el documento. No están pensando en firmar o no un acuerdo, sino en hacer buenos sacerdotes. No son “acuerdistas”. No vendrán del acuerdo las buenas consecuencias. Acordar o no, puede ser un medio, que prudencialmente se juzgará si sirve o no al fin buscado.

   Para mí, es suficiente.

    Ser “acuerdista” es decir que el acuerdo con el Vaticano es imprescindible para hacer buenos sacerdotes, y este es el argumento que revuela a La Honda de David. Para hacer y ser buenos sacerdotes, corresponde primero estar incardinados de tal o cual manera, o tener jurídicamente solucionado, conforme a leyes vigentes o excepciones previstas, la cuestión jurídica. Pero claro, antes de la aplicación de la ley y sus excepciones, hay que saber cuál es el “estado de cosas”, y lo cierto es que nadie sabe, a ciencia cierta, cuál es, ni puede definirlo o delimitarlo. Pues no es la doctrina del estado de necesidad la que cabe en toda su amplitud, ni la del temor “no sé cuánto”, y quizá sea el misterio de iniquidad lo que está obrando o la misma parusía. Es decir que sea un estado de cosas inédito en la historia, que no prevén las leyes ni aun en sus excepciones, y que debe solucionar el Prudente, al cual le pueden servir - por partes - los institutos ya vistos, o no. Recuerden el sermón esjatológico de Cristo, “cuando se defiendan, no usen los viejos argumentos, yo les diré qué decir”.

   Somos desde esta página “furiosos antiacuerdistas”. No porque entendamos que de ninguna manera hay que firmar un acuerdo, sino porque entendemos que esto es un asunto secundario que no debe transformarse en “objetivo” político. En fin de la acción. Y el documento nos deja muy tranquilos.

   De la misma manera no nos quita el sueño, una vez aclarado el fin principal, que algún tipo de acuerdo se converse y hasta llegue a firmarse, si tiene como premisa el fin indicado con todas las aclaraciones expuestas.

   Concluyendo, la “onda” de David es la de un “acuerdismo”. Cree necesario acordar como objetivo necesario, y necesita ubicarse en un “estatus quo” reglamentado mientras esto no se logre. No soporta estar “en el aire”. Cree que esto es malísimo. Lo peor. Y reprocha a la Fraternidad – y a sus autoridades- que no encasillen su situación, y por supuesto que no la encasillen donde él quiere encasillarla. Quizá es falta de experiencia de lo jurídico.

    Un litigio - y esto es un litigio - lleva muchos años en lograr estos encasillamientos, y en las legislaciones no codificadas, suele solucionarse por novedosos institutos jurisprudenciales. La codificación - buena en algunos aspectos- suele ser traidora cuando inspirada por una ideología, pretende dejar fuera de derecho todo aquello que pueda entorpecer su proyecto de poder.

    La tarea del abogado dentro de un litigio consiste en dar un marco probatorio y argumental a un “estado de cosas”, no necesariamente ajustarse a un instituto legislado ni mucho menos (Iudex curia novit, el Juez cura el derecho; no la parte). Puede ubicarlo o no dentro de un instituto previsto, o de sus excepciones, o en su caso, provocar la creación de un instituto que se acomode a una realidad legítima pero novísima. Si escapa en esta ubicación, pues ha perdido el caso desde el vamos.

   Muchas veces el instituto debe crearse a partir del caso, con aspectos de otros, porque simplemente “es nuevo” el hecho. Y aquí los “tradicionalistas” esquemáticos suelen perderse, porque Mons. Lefebvre concibió algo muy original e inédito, ante una situación inédita, porque a pesar de que era un tradicionalista, no era un esquemático.

    Sumemos otro problema. Un litigio puede ser sobre un hecho que “ha ocurrido”, y es más fácil (y más propio del derecho penal). Pero puede ser sobre un hecho que “está ocurriendo”. Los comercialistas lo vemos frecuentemente, litigamos sobre si un negocio, un contrato atípico, es legítimo y merecedor de amparo jurídico, para lo cual debemos munirnos de argumentos para impedir la simple “prohibición” que surge prima facie de la legislación; poder actuar de hecho demostrando la mayor legitimidad (que no legalidad), y obtener con la demostración de los efectos (de los frutos), el reconocimiento y su acogimiento legal. Así surgieron miles de institutos contractuales y asociativos.

   Juan Pablo II entendió que lo nuestro era un caso penal. Juzgó sobre “lo ocurrido” y nos condenó. Pero esto cambió. El cambio fue que el Vaticano entendió con el tiempo (y con Ratzinger que dudaba y luego existía), que era un hecho atípico, ilegal, pero no ilegítimo (lo que caía de maduro). Permitió la continuación de la conducta hasta ver si cabía ser receptada en su novedad. Y estamos en esa etapa del conflicto. La tarea de nuestros abogados (que puede ser la de la “Abogada Nuestra”) no ha sido nada mala (con momentos felices y otros no tanto, que nos daba hipo) y a pesar de esos momentos.

    El caso se puede llegar a ganar a partir de los frutos. Si en el derecho comercial todo termina en un desastre: estás acabado; pero si resulta bien, pues…

    ¿Son malos nuestros curas? ¿Ladrones, pederastas, escandalosos? Resulta que todos entienden – todavía -  que son unos “buenos tipos” (locos, anacrónicos o lo que sea, pero buenos tipos), y al final, toda legislación se reduce a que seamos “buenos tipos” en el ámbito que nos toca. Por supuesto que estamos “en el aire”. Y lo único que nos sostiene allí es la Bondad de nuestros Curas, que si falla en un ápice, nos caemos. No la legalidad de nuestros curas (que los hay por miles legales y malos bichos, y todos lo saben). Es la “legitimidad” de nuestros curas. Y esto hoy por hoy (no sabemos hasta cuándo), nadie lo pone en duda. Y es el argumento más fuerte y contundente que tiene el litigio. El instituto legal llevará más tiempo o no vendrá nunca. Y si no viene nunca, será por consecuencia de un criterio formalista legal que parta de una concepción ideologizada y nos aplicaran el rigor de la ley, una vez que la ley se haga de piedra y pierda su espíritu. Pero ojo, me atrevo a profetizar, esto se producirá cuando alguien de pie para dudar que son “buenos curas” y se caiga la “situación de hecho” que se lleva ganada. (Puede que se use, como en caso de Cristo, el falso testimonio. Pero siempre tiene que haber un Judas).

    El pretender una definición legal, es la peor estrategia posible. Porque no hay ninguna adecuada al caso. Debemos defender antes que nada el “estatus quo”, que puntualmente es que son curas irreprochables. Y aquí viene mi parte opinativa como abogado. Un apuro en definir el Instituto, nos puede dejar en falta (en orsai) al otro día, porque va a resultar insuficiente para la modalidad que la novedad de la situación impone, y en breve, vamos a cometer faltas punibles. Es atraer la desgracia. O logramos el que acomoda, o mejor nada, seguimos el litigio. Lo que no se puede, es dejar de ser “buenos tipos”. En medio de la tormenta, Mons. Fellay (ya lo conté) lo que dijo a sus seminaristas es que deben dejar de hacer pecados veniales. ¡Y ese es el argumento principal!

    Los que no quieren tener nada que ver con el Vaticano,impulsan a una concepción jurídica de carácter penal. El hecho “ya ocurrió”, se cerró en el Concilio.  Chocamos. Uno de los dos tiene la culpa. Hay víctimas y victimarios. Sanción penal y a otra cosa. “Busco” la excomunión y me saco el problema. Resulta temeraria.

   Y si no. La que queda es sedevacante. Y los jueces de la conducta somos nosotros y los sancionamos con no darles ni tranco de bola. Es un tanto infantil. Porque nos guste o no ¡no somos los jueces! somos partes en litigio.

  En todos los casos no se puede aliviar el litigio con defecciones doctrinarias. Eso es sabido. Y aun los peores detractores no las acusan de haberse producido. Siempre es una hipótesis futura que se asegura ocurrirá en la desconfianza. “Mañana lo harán, seguro, los conozco”. Y levanto campamento porque no quiero ser parte de eso que “va a ocurrir” (aunque no haya ocurrido todavía). Y para peor, quitan el peso de sus opiniones en el juego de la toma de decisiones. Y lo peor de todos los colmos, al poco tiempo tienen que provocar la defección para justificarse. El chiste es sabido. “Van a acordar y nos traicionan”, pasado un tiempo, “¡acuerden! … no nos traicionen!”. Y allí viene el provocar escándalos para producir de hecho la sanción, ya que una vez excomulgados, la cosa es más fácil. Y uno también se tienta. Pero las autoridades no, aunque saben que sería más fácil. Tienen que tomar una opción más difícil para no caer en temeridad ni faltar a la caridad. Tienen que ser “buenos tipos”.

   La onda de David es clara, es acuerdista. Y lo es por poner como fin, o condición “sine qua non”, el acuerdo, y ese acuerdo no sólo implica firmar sobre una forma, sino endemientras, decir en qué excepción regulada nos amparamos, que es lo mismo que un acuerdo. Es anarquista; contradice la autoridad que no considera de esta forma, el acuerdo posible.

   El documento es también claro. Nuestro fin es otro, si debemos enfrentar por consecuencia la posibilidad de un acuerdo, veremos. No es hoy ni hay ninguna premura, y puede que no sea nunca. No convertiremos esto en un óbice de nuestra existencia. Y eso es ser antiacuerdista, aunque se llegue a un acuerdo.

   Si David se asomara al foso, habría que masticarle una pierna al menos; junto con todos los “acuerdistas”, que no son aquellos a los que les “gustaría” un acuerdo (¡en cuestión de gustos…!) , como no somos los antiacuerdistas aquellos a los que no nos gustaría (aunque no nos guste); sino que ser acuerdista –reitero- es poner como condición necesaria para existir legítimamente, la firma de un acuerdo y considerar que estamos en grave falta mientras no reencontremos la legalidad institucional,  o no expresemos claramente en qué excepción prevista por la ley nos amparamos, que es lo mismo. No entiende que ninguna ley, ni excepción prevista, contempla esta situación.  Simplemente estamos en litigio. Lo vivo todos los días de mi vida en mi tarea jurídica. Como diría el viejo Chesterton, sorprende ver un hombre que sabe tanto y entiende tan poco.

     Y lo más gracioso lo dejo para el final. Si se lleva este espíritu que se expresa en el documento, para la firma de un acuerdo, y el Vaticano buscara la fórmula institucional adecuada para receptarlo, y la encontrara, ¡pues se convertirían! (Asunto por el cual, dudo que lleguen). Ya que el Juez se convence de su sentencia y se convierte a su sentencia. Pero la conversación llevada en estos términos, la Litis misma, se convierte por tanto en un acto de caridad. ¡Y cierra el círculo virtuoso! ¿Peligroso? Sin duda alguna. ¿Audaz? Ni qué decir. ¿Que por momentos nos hará temblar? Por supuesto. ¿Aguantarán las tentaciones y sortearán las trampas? Recemos porque así sea. Pero, no les pidamos un alma pequeña, una acción pusilánime y conservadora. Salen a campo abierto.

     Y todo esto… ¿tiene que ver con nosotros? Sí, sin duda. Vamos detrás al éxito y fracaso. Y entonces… ¿nos jugamos sobre bases temblorosas? ¿Nuestras familias, nuestros hijos, nuestros patrimonios? ¡Todo en el aire! ¡Hagamos reaseguros! ¡Preveamos contra el fracaso! Y así vendrá el fracaso.

    De eso se trata la victoria; sin paracaídas, sin airbags, sin cinturón de seguridad. Me dirán que hablo como el caía por el precipicio, “hasta ahora todo bien” (humor negro). “All in” a un siete. He ganado manos peores y perdido mejores. Me ca… en las malas cartas.

    Hasta ahora, todo bien.   
     

               

4 comentarios:

  1. Hay que ver los riesgos y si asumirlos, en función de lo que se pone arriesga, da cuenta de gente valiente o temeraria.

    La FSSPX hace algo -que lo hace bien- y que es lo más alto e importante que puede hacer un hombre con la ayuda de Dios: se ejerce allí el rol de sacerdote como debe ser hecho.

    Cualquier acercamiento a la Santa Sede, dado su estado actual particularmente, pero también el de los anteriores pontificados, pone en riego algo demasiado serio.

    No serían "valientes" los lefes que deseasen un acuerdo (la supuesta valentía de salir al llano "a aguantar lo que venga"). Ni tienen derecho a poner en riesgo algo que a cada uno de los sacerdotes de la FSSPX los excede enormemente.

    Esta no es una película de Tarzán donde el valiente se arriesga a todo y si llegado el momento se acerca un león o una anaconda se la cuchillea con una banda de sonido apropiada para música de fondo.

    Es mucho más delicado, más importante y más sutil: es un chico que entra a un seminario, es formado correctamente, ejerce su sacerdocio, celebra la misa diaria en perfecta soledad, confiesa, bautiza, da los últimos sacramentos y cuida de las almas que la Providencia le encomendó. Y todo esto con unos ritos que al hombre moderno y a la misma Iglesia, a pesar del Motu Proprio, le resultan ajenos, ridículos, estrambóticos y en el mejor de los casos exóticos.

    Esa es la obra diaria de los sacerdotes de la FSSPX, es lo que hacen habitualmente. Sin que nadie se entere, sin que se publique en la web. Sin que lo lleguen -ni puedan- comprender los que no lo han vivido como laicos o sacerdotes.

    Eso que no han visto y no comprenden es lo que hay que cuidar y es lo que hace tan difícil que lo comprendan los católicos de buena voluntad de fuera de la FSSPX.

    Lo que resulta inexplicable es que también algunos desde dentro tampoco lo entiendan

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  2. De como se puede ser acuerdista siendo antiacuerdista http://syllabus-errorum.blogspot.com.ar/2016/07/reconocimiento.html#more

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  3. No jodan. Están calientes. Patearon el tablero antes de tiempo y ahora lo que hacen es un esfuerzo denodado para justificar la postura del obispo sajón y sus seguidores.

    Diferente es el caso de los sedevacantistas que se fueron, ya que desde esa posición eclesiológica poco importa lo que decida la FSSPX de cara a Roma.

    Pero ustedes se adelantaron. Posición adelantada. Banderita arriba. Orsay.

    Tito

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  4. Sólo quería destacar la sinrazón de estos tipos de Syllabus, que hasta utilizan esta entrada para justificar su escape. La ideología todo lo puede, menos reconocer que le errorum

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