...

...

jueves, 18 de agosto de 2016

De la eutanasia de la polis a la muerte del Honor.

Resultado de imagen para Aristóteles imágenes
Por Dardo Juan Calderón
A nuestros argumentos, Infocaótica responde con un buen artículo de "sentido común", usando una vieja analogía del cuerpo social con el cuerpo humano y estableciendo ciertas diferencias en esta analogía.



Reconocen que el cuerpo social está enfermo y de una enfermedad grave, que no se puede decir "terminal", por cuanto no podemos asegurar que no se recuperará de sus males y podrá salir a flote al saltar por la libertad, de su cerco histórico condicionante. Que en este proceso de "atender" al enfermo se pueden lograr bienes menores o paliativos de la crisis. Que es una actitud negativa el considerar deshauciado el cuerpo social y dedicarse solamente a la familia o cuerpos intermedios. Que corresponde atender e inmiscuírse en los asuntos públicos en la forma en que ellos se presentan en el momento histórico.
  Como toda analogía tiene sus aciertos y sus desaciertos, ya que la primera de las precisiones, es tomar conciencia de que en este caso, más que médicos, nosotros somos órganos de este cuerpo social enfermo. Está bien ponerse en la condición del "filósofo" y pensar, como piensa el médico, cual es la cura para el enfermo, así en abstracto. Pero muy diferente es el saber si uno tiene el "cargo", es decir, si ha sido llamado para tratar al enfermo, o si simplemente está hablando desde lejos y sin tomar contacto ni tener consideración alguna de nadie con respecto a la tarea de curar.
   Ya dijimos hace mucho que lo más importante en este caso es el "diagnóstico". ¿Qué tiene? ¿Qué lo aqueja? Y luego determinar cuál es el tratamiento adecuado, y por último aplicar dicho tratamiento.
    En cuanto al diagnóstico tenemos la tarea de enormes "filósofos" que lo han hecho y que dan el punto de gravedad. Es cierto lo que se dice de que es muy difícil determinar que el enfermo no tiene cura y sólo se puede esperar su muerte, que en el humano es más fácil; pero también es ceguera pensar que el organismo social es eterno, y que siempre irá de una en otra, ya que el católico sabe a ciencia cierta, que en un punto, indefectiblemente morirá, y morirá tras una agonía de una corrupción tremenda. Hay quienes apuestan a que eso está pasando, como vimos a Mihura Seeber, que dan un diagnóstico realmente terminal (y que a muchos nos van convenciendo) y a lo que se responderá que están medio chiflados o lo que quieran. Pero lo que es seguro, es que esto un día, morirá, y que la forma en que debe encararse esa muerte, para el católico, es por el abandono magnánimo de toda esperanza terrena.
   Pero volvamos al caso de que no se puede asegurar que llegó el final, y veamos el diagnóstico. Que es tremendo. Pero lo más tremendo no es la enfermedad, sino quiénes son los médicos y cuál es el tratamiento que se está aplicando. Y allí nos encontramos lo peor del asunto. Los médicos son unos sofistas y el tratamiento es el contrario exacto de lo que hay que hacer. Es más, los que proponen un buen tratamiento son olvidados, silenciados, encarcelados, denostados. Es decir, que no sólo es el mal de la enfermedad, sino que se suma el peor mal que es el tratamiento. Y este tratamiento, como diría el gran médico fallecido Dr Alfonsín, es la democracia liberal, el democratismo. La democracia se cura con más democracia, que es justamente el mal, y entonces democratizamos (enfermamos) todos los órganos, hasta las uñas que también votan. Y ya no hay ejemplo de salud alguna en ninguna parte del cuerpo. Y para terminar los males, el estado de putrefacción, la lepra, aparece como salud, y hemos cambiado el modelo anatómico y fisiológico que dirige la medicina y que sirve como paradigma de salud; como causa ejemplar. Y el que viene a recordarlo, es un maldito exagerado.
  Nuestros grandes autores especialistas en dar diagnósticos, lo que más alertan es justamente esto. La enfermedad es grave, pero los médicos son peores y el tratamiento es un suicidio.
  Ahora bien, yo no soy un gran médico, creo en el diagnóstico de otros que me merecen crédito por su autoridad en la materia. Yo soy un órgano, y afectado por este mal. Lo que propongo desde mi triste condición de parte, es tratar de funcionar lo mejor posible, aunque sea la uña de un dedo. Por supuesto que trato también de gritar que cambien de médico urgente, y de tratamiento, pero nadie escucha a una uña. Y bueno, trataré de que al momento del entierro, venga Cristo y diga: "Esta uñita se portó bien, vamos a salvarla", o que la conducta de la uñita se haga paradigmática y todas las uñas comiencen a curar el pié, y de allí, todo el cuerpo reaccione al ver la bondad de la salud en una de sus partes. 
  Estos otros muchachos quieren entrar a la discusión del equipo médico, y para lo cual no hay que hablar mal de ellos ni del tratamiento, por el contrario, sumarse al mal tratamiento y de a poco reconducirlo si vamos ocupando espacios en la junta médica. Es decir, olvidarse por un buen rato de la salud y salir a copar la parada en la junta médica. Mostrarse como una uñita medio podrida para que me dejen entrar en el conciliábulo, porque las uñitas sanas resaltan y dan asco a los médicos malditos que las extraen con una tenaza. Un tanto de mugre bajo la uña viene bien para camuflarse.
  Repito una vez más, me importa un verdadero carajo que lo hagan, y aunque no soy muy capaz de hacer un diagnóstico universal (y tengo algunos y buenos aprendidos), si sé por experiencia en qué quedan estas uñitas que se dejan crecer con mugre. Que comienzan por disfrazarse de lepra y que terminan leprosas. Sólo me basta con mirar a cada costado y podría ejemplificar esto con nombres y apellidos - que no lo hago porque me retan con eso de que todos somos redimibles - lo que es verdad en términos sobrenaturales, pero no tanto en los naturales, en que el que se chanfleó, que Dios lo cure, pero más vale lejos.
   Y vuelvo a repetir una vez más, la elección de la vía de conducta va sobre dos carrilles de la responsabilidad personal y la conciencia. La buena política la hacen buenos hombres, y lo que hay que tratar, es de ser buenos hombres (uñas sanas) y que se note. Es el carril evangélico del testimonio, del cual poco sé para mi pesar y que se puede buscar en las epístolas sociales de San Pablo. Y el otro carril es el del Honor, que más me incumbe en mi estado, y sobre el que da sabias consejas don Aristóteles. Que luego les cuento.
  Lo que si puedo asegurar, es que este esfuerzo para conservar una vida indigna y repugnante del cuerpo social, con la premisa del miserable "derecho a la vida" que se ha convertido en una consigna pusilánime del catolicismo defeccionante, que teme perder sus "cosas", ha producido la muerte total de las vidas llevadas conforme a las reglas evangélicas, y sobre todo, desde mi pobre atalaya, de las vidas llevadas con Honor. Aquella condición de saber enfrentar las malas circunstancias sin el pesar de las pérdidas materiales.   
  
  
    

1 comentario:

  1. He leído ambos artículos, lo de infocaótica es puro entrismo. A mi ver no es época para héroes políticos serios, sino para mártires. Sólo Dios puede poner orden a este desmadre, alguno podrá tener y poner sus titánicas fuerzas en aportar algo al bien común, pero tiene más sentido emplear ese ahínco por otros cauces:familia, cuerpos intermedios, que son precisamente lo que ellos consideran insuficiente. Lagarto Juancho.

    ResponderEliminar

Comentarios con buena intención no serán publicados.