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viernes, 19 de agosto de 2016

HERMANOS- UNA CONDICIÓN HISTÓRICA.

Por Dardo Juan Calderón.

Resultado de imagen para imagenes cain y abelCuando uno quiere significar que tal persona es un gran amigo, suele decir que es “mi hermano”. Y lo más contradictorio, es que muchas veces mi hermano, no es un gran amigo. Sin embargo existe un lazo que nos une con los hermanos que resulta inviolable, indeleble, y del cual no podemos prescindir hasta el día que dejemos este mundo y, también probablemente después de ello.

   Cristo nos dice que no habrá en el cielo marido ni mujer, pero no dice nada con respecto a la fraternidad biológica. Supongo que seremos (ya me doy por salvo) todos hermanos los que seamos salvos, hermanos bajo un mismo Padre. Pero, ¿que es lo que hace al centro de la “fraternidad” un nudo tan cerrado y a la vez, tan conflictivo?

Quiero encontrar las palabras exactas para expresar porqué el ser hermanos forma un nudo que ya nada va a desatar – a veces para bien y a veces para mal- en toda la vida…  como una especie de fatalidad (¡Caín sabía desatar nudos!), que hace que dos personas tengan un vínculo indestructible. Muchos hablan de “la sangre”, de algo genético, de una marca de la naturaleza, de algo atávico.
Quizá sea este último – el de sangre-  el vínculo que crea la maternidad. Ya dijimos en otra parte que la paternidad es un vínculo espiritual, mediante un fenómeno que se llama “autoridad” y que este fenómeno tiene dos puntas que deben ejercerse con igual esmero, pues si uno corta, se corta. De esto da cuenta como analogado principal la Santísima Trinidad, en donde el Padre y el Hijo, en esa mutua relación, engendran -no sé si es el término correcto - al Espíritu. De igual manera el nexo entre un padre y un hijo, es espiritual (debe serlo) y ese espíritu se engendra en una relación entre un superior y un inferior
El nexo de la paternidad es débil - en términos humanos - por el sólo hecho de ser tan espiritual y no tener cadenas carnales, no estar enraizado en las entrañas. El padre es quien enseña al hijo la “verdad” sobre la vida, le entrega algo, una herencia, material y espiritual, y el hijo la recibe o no la recibe. Y con un solo no, el nexo se rompe. Nos pasa con nuestro Padre del Cielo. No hay que confundir que en el caso de las herencias materiales sólo se trata de esto, para nada, aún el patrimonio material que se transmite tiene una carga de “sentido” que se pretende transmitir y que el buen hijo, debe respetar.  Hay - sin duda – malos padres, cuya enseñanza es mala, y se les dice no. Max Scheler dice que la paternidad es un “tipo” de conducta que se nos propone, y cuando la relación es mala, no por eso deja de influir, sino que se convierte en un “tipo contrario”; lo tomo como referencia de lo que “no debo hacer”, en lo que “no debo creer”, reacciono por la contraria. Por ello es que ser ateo es tan difícil (lo dice Gilsón), lo normal es que me vuelva “anti-teo”.
   Hay todo un sector en el que influye la relación paterno filial, sobre todo es el sector de las relaciones de autoridad, pero muy por el contrario a lo que cree Freud, la disfunción con el padre no es una marca tan enorme que llena nuestros días y nuestras psiquis de problemas, el problema no es el padre sino “la herencia”. Lo que se acepta del padre – o no se acepta- no es a él, sino a la “herencia”, a todo eso que viene a condicionarnos para bien o para mal. El corte con el padre produce un efecto tremendo en el plano espiritual, suele cortar la confianza hacia las relaciones de autoridad, y esto nos hace un tanto rebeldes y liberales, nos suele impedir la comprensión del fenómeno “autoridad”. Pero la “historia” de nuestro padre, no es “nuestra historia”, nos nutrimos – o nos repugnamos - con las “conclusiones” de esa historia, pero, mal que les peses a muchos que son un tanto sensibles, padre e hijo tienen historias diferentes. Y es necesario que así sea. Un padre transmite su sabiduría, pero no debe ser un “compañero” de ruta. No debe ser un amigo, ni un hermano, ni una madre. Es una relación crítica, con una necesaria distancia, el padre debe estar de alguna manera en el “sancta sanctórum”, como el Dios Padre, y nos llama desde la responsabilidad y no desde una comprensión tolerante. Un padre conserva sus secretos. Esperamos de él la providencia generosa, pero necesitamos de él el acto de justicia, serena y misericordiosa. Pero sobre todo, él no nos transmite una historia condicionante en todo su transcurso, sino que sintetiza lo mejor de su historia en una herencia positiva (o negativa)   .
     De la misma manera deben comportarse las generaciones de una Nación, que no deben transmitir una historia que condiciona en todas sus circunstancias buenas y malas a la próxima generación, sino que intenta pasar a la otra una síntesis depurada; y el hijo avisado, tiene que tener la astucia buena de tomar justamente eso y no perderse en las circunstancias de su antecesor. La tradición no es una carga histórica insoportable llena de los bultos de un acontecer diario, debe ser un legado espiritual, y las circunstancias son materia de olvido y de perdón, cuando no de simple anecdotario. La historia de los anteriores no debe ser, en un equilibrado sistema de transmisión, el paso de un fardo, sino que debe pasar la criba que separa lo factual con lo espiritual.
Veamos cómo se ajustan estas expectativas a la idea del Dios Padre que nos ha legado nuestra religión. Ese deus oscultus que no nos carga con un peso histórico y que nos pide que conservemos un traditum esencial y positivo. (Hoy los hombres de Iglesia nos quieren cargar de culpas que no son la "herencia" de la Iglesia.)

   La madre es otra cosa. Su historia no es la de nosotros, pero es “para nosotros”, no estamos frente al cumplimiento de una responsabilidad, sino que somos su responsabilidad. La carnalidad de esta relación es enorme y muchas veces, atenta contra la espiritualidad. Resulta muy común, que el padre cela esta relación porque no entiende su función providente. Un padre no se casa para tener una mujer, sino para dar una madre a sus hijos, y el no entender esto provoca innumerables fracasos matrimoniales. (Repito, el padre es providencia generosa, da mucho, pero cuida la herencia, el “patrimonio”, que es justamente lo suyo). La madre no nos da “algo”, se da a sí misma. Toda entera. Su analogado es la Virgen y es la Iglesia, por eso veremos que muchas veces los hombres de Iglesia se carnalizan y en un exceso de misericordia, malcrían a sus hijos desbaratando el patrimonio paterno. La Iglesia Moderna ha prescindido del Padre y dilapidado sus bienes. Sin embargo la madre, tiene como primera obligación y cuidado, proteger para sus hijos el patrimonio del padre, y en eso, hacerse fuerza contra su tendencia.

   En la relación de hermanos se trata de “compartir” una herencia común, y aquí la cosa se pone tremenda. Por una parte porque en ese compartir, la herencia, sí, pero también al padre y a la madre, no hay elección. Se comparte por fuerza, no por elección, y el desafío es terminar compartiendo con amor. El ser hermanos ya si es una cuestión de historia, ya no se trata de un algo que recibo y sobre lo que tengo una responsabilidad (la herencia paterna), ni de algo que “me tiene” y me acuna (la madre), sino de alguien con quien tengo todo en común, durante mucho tiempo. Del hecho de haber vivido la misma historia plagada de circunstancias. Es cierto que hablamos de una historia pequeña… diminuta… perdida en la inmensidad de toda la historia de la humanidad y sin ninguna importancia para nadie, salvo… para esos que viven esa historia y que es TODA la historia.
   
    Yo vivo mi historia con mis contemporáneos, no con los muertos. De los anteriores he recibido – para bien o mal – una herencia (material, emocional, científica o espiritual). Pero mis circunstancias son las actuales. No puedo ni debo perderme en el anecdotario de amores y odios pasados, el animal sano, los descarta. Recibo lo que sirve y deshecho lo que no sirve. No me quedo odiando un viejo enemigo de mi abuelo,  ni convierto esa vieja reyerta en un asunto de Montescos y Capuletos. Los historiadores profesionales suelen hacerlo y los buenos políticos tienen que desarmar esas trifulcas. Es claro que el Obispo Lué fue objeto de traiciones y posible asesinato, pero la Iglesia debía tratar con la Nación Argentina, sin renunciar de los principios espirituales del aquel Obispo ejemplar, y no hacer de aquel hecho una ruptura eterna, en la medida, como dice mi padre en el artículo anterior, en que esa nación no haga del asesinato su razón de ser, como la hizo la Francia de su regicidio, o como lo hace el judío del deicidio. (Es cierto que el 25 de Mayo es una fecha bastante imbécil, pero por lo menos no hemos hecho de la muerte de Liniers una fecha patria, y bastante lamentable es para casi todos). 
   
    Pero los hermanos son los que están en la trifulca de hoy. Los que van realizando esta tarea mientras viven la misma historia. Mientras comparten la historia. Y aquí todas las circunstancias cuentan, porque de esa trifulca, se producirá la herencia para la generación futura. En sus vidas se hará la síntesis espiritual positiva o negativa, se encauzará o se perderá la herencia. Y aquí si valen las piñas. Estamos en política.   

   
    Dijimos que son historia aquellos hechos del pasado que mantienen su incidencia en el presente. Pero hay hechos que inciden más en unos que en otros y viceversa. Hay una historia del mundo, pero la hay de cada nación. Cada historia es UNA historia, y esto depende de condiciones personales que hacen que algunos hechos sean preponderantes para mí y no para el otro. Así como no somos iguales en cuestiones de intelecto, de virtud, de emotividades, de capacidades prácticas, tampoco las historias son iguales en su resonancia, a pesar de que es una misma historia. Es cierto que se comparte un mismo tiempo, unos mismos hechos, una misma geografía y hasta las mismas cosas materiales, y lo más importante, un amor enorme por las mismas personas y hasta odios parecidos. Pero cada uno tiene su historia.
    Chile y Argentina son pueblos hermanos y tienen una misma herencia espiritual (como toda Hispanoamérica), esto es indudable para un español que mira de afuera. Pero no es así en las circunstancias,  y aunque las diferencias parezcan nimias, son enormes para un chileno y un argentino que con una misma herencia y parecidos vicios y virtudes conque enfrentaron las mismas circunstancias, hicieron cosas bastante distintas. Y se miran con cariño y con recelo de cada lado de la cordillera. Pero nos guste o no, estos procesos digestivos cambiaron el sentido de las herencias y constituyeron distintas “familias”.

    Un divorcio de los padres provocará distintas reacciones en los hijos que condicionarán sus historias. Uno se quedará tratando de sanar y consolar y en ello se le irá la vida, y el otro cortará por lo sano y se irá bien lejos, u otro montón de posibilidades. España se divorció de Dios y cada uno tomó un camino, no tan lejano el uno del otro como para no reconocer la condición fraterna, pero tampoco tan coincidente. No dudo que sea ponderable la tarea de hacernos reconstruir ese legado común y permanecer en fraternidad, pero ya cada uno tiene sus circunstancias y no se pueden soslayar. Guste o no, sea bueno o malo, esto se dio, y el analizar las culpas de aquellas viejas circunstancias no sirve si es para para heredar querellas, aunque puede servir para estudiar los procesos internos de ellas y sacar de esto buenas sabidurías. La historia no es para reavivar odios, sino para sacar buenas conclusiones. La historia es ejemplar.

    Y entonces la historia común, que se vivirá con distintas resonancias y provocará diferentes reacciones, nos une y nos distancia. Y por ello ser hermanos es tan difícil y sin embargo, tan imposible de olvidar. Y para colmo, la tarea es “digerir” esa herencia común que nos trae acollarados y que debe resolverse de una u otra manera para ser pasada. Los combates serán olvidados en corto tiempo y en eso parece que no fueran importantes, pero de esos combates saldrá la próxima herencia, y eso ya sí es importante. El historiador de las ideas estudia los resultados de las pujas, las herencias generacionales, y el historiador craso el mecanismo de combate que las logró. El político toma ambas, aprendiendo en el detalle y en lo general.

    ¿A qué vamos con todo esto? A que con los hermanos, a pesar de lo dicho por Martín Fierro, se impone la “pelea”, si fuera posible en el mejor de los sentidos. Porque si entre ellos se toleran, los devoran los de ajuera. Y por qué? Porque la única manera de no tener que pujar entre hermanos es dejar de serlo, tirar la herencia por la ventana, o aún peor, proceder a alijarla, a “repartirse las vestiduras” en jirones, quitarle todo sentido de unidad, no tener un objetivo común, no reconocer un legado espiritual compartido y una tarea de transmisión del mismo que transcurra entre las circunstancias que nos pone hoy la providencia. El abandono de esta voluntad de combate para la cohesión es la peor traición, y mucho de ello hay en quienes optan, en temas de la Iglesia, por entender que en Roma ya no tenemos familia alguna (¿quién no tiene un hermano cràpula?)
    
   Ahora bien, hablo de “pelea” necesaria, y esta pelea necesaria debe ser una pelea por lograr la unidad, por mantener la cohesión, y no una pelea que busca el divorcio. Los casados sabemos muy bien que el matrimonio es una lucha constante por permanecer juntos, bastante parecido a lo que sucede en un cuadrilátero de box. Algo semejante se debe dar – y se da- entre los hermanos. Y esto porque estas realidades “comparten su historia”. En estos ya no se trata de historias separadas que se unen en un espíritu, aquí hay que dividirse la comida, hacerse lugar, defender la herencia, apretar cuando el otro afloja, tironearse, sancionarse. Yo puedo hacer un juicio sobre alguien del pasado, que se murió hace cien años, pero sobre mi hermano debo hacer un juicio ya, cara a cara. Y probablemente desatar una guerra. Lo que llamamos en la historia de los países, guerras civiles.
   ¿Cómo hacemos para que esta trifulca inevitable no termine en un desastre? Pues, la manera de evitarlas en gran parte, es que el legado de los antecesores, dejen un sistema de jerarquías establecidas.  
    Y aquí caemos en el problema de la “igualdad”. Dios nos quiere hermanos, hermanos en Cristo, pero no iguales, y por ello, por respeto a nuestras diferencias, reparte su herencia en razón de nuestras desigualdades y establece que la vida de estos hermanos se debe transitar dentro de una organización cuyas jerarquías se establecen de antemano. No voy a decir nada nuevo si afirmo que la derogación del derecho de testar como se le venga en gana al padre, fue la raíz de los grandes males que desde la Revolución Francesa vienen destruyendo la familia. Pero el peor mal, es que este concepto de igualdad de los hijos, se alojó en la cabeza de los padres. Y aun peor, los padres creyeron que dando una misma historia, los hijos deberían dar resultados parecidos, y que el aspecto material de la herencia, era una caja compensadora de las diferencias. Y se debe dar más cosas al que las pierde que al que las conserva. Y que no se debe exigir más al que puede dar más y menos al que menos, sino exigir por igual, haciendo perezoso al que puede más, o quebrando al que puede menos.
    Con los bienes espirituales pasa lo mismo. Es cierto que la participación material de un bien es una cuestión difícil que se agota en la cantidad. Que por el contrario los bienes espirituales se pueden gozar entre muchos sin desmedro, pero también en ellos la participación es desigual. Goza más un concierto el que aprendió música que el que no, y corresponde al padre sabio, llevar a unos al concierto y a otros a otra clase de beneficios artísticos para los cuales está más preparado o con más claras aptitudes.
    La única solución de que las dificultades de “compartir una misma historia” no terminen en un desastre bélico o en la dilución del cuerpo familiar por una indiferencia que se disfraza de tolerancia (y no creo estar descubriendo américa) es que las generaciones anteriores, dejen un orden jerárquico establecido. Entiendan que esta horrible tarea de hacer este juicio discriminatorio entre los amados hijos, es una de las más importantes de sus responsabilidades. Y esto, no se hace; hay una enorme presión “anti-cultural” que se llama democratismo, que entiende que es bueno y mejor, que cada generación produzca un combate por decidir entre ellos – y en forma periódica- quién manda.
    El derivativo de lo igualitario es que la herencia no existe, porque toda herencia existe (hablo de materiales y espirituales) en la medida que queda resguardada en su “sentido”. Y de la misma manera no existe historia alguna. Ya que la historia que se transmite, no es, como dijimos, un cúmulo de circunstancias, sino un “sentido”, un espíritu; una “empresa”, y no una serie de bienes materiales sin sentido y para ser usados como se nos cuadre. Y no crean que los bienes que componen un activo tienen valor alguno sin ese sentido de “empresa”, porque ante los nuevos y esporádicos sentidos, se transforman en “fardos” de cosas molestas que hay que desguazar, o si somos más prácticos, que simplemente tirar. Algo de esto querían decir los Vikingos con sus entierros, civilización bárbara si las hubo, y a la que estamos emulando cada vez más. Pueblos y familias sin historia, que entierran a sus padres con toda la herencia.
   Si desde esta página hemos dado la sensación de estar atacando a hermanos, pues la sensación es plenamente justificada. Lo estamos haciendo. Y lo estamos haciendo porque es la tarea que corresponde al compartir una historia, pero con un espíritu de mantener una herencia, de buscar una cohesión y de recuperar los órdenes jerárquicos tradicionales. Los del sacerdocio, los de la virilidad, los de la familia patriarcal, los del honor y los de la inteligencia humilde de entender y aceptar el puesto que nos han dejado los anteriores. Y sabemos a ciencia cierta, que nuestros grandes enemigos - nuestros hermanos díscolos - son los que han entrado en la deriva democrática, en la inflamación de las carnalidades femeninas, en el espíritu laico, en la ruptura de la función paterna, en la devoción de las razones de oportunidad por sobre las exigencias del honor, y en la soberbia intelectual de construirnos “nuevos paradigmas”.
  En especial, estamos defendiendo la existencia de Instituciones jerárquicas concretas que nos vengan “dadas”, en su forma, muchas veces incomprensibles, criticables, pero que evidencian la voluntad de nuestros mejores padres; sin perdernos en el anecdotario de aquellos padres y asentándonos en su espíritu para atender esta, nuestra historia. Porque de toda la herencia, la parte más importante, la que demuestra el acto de voluntad más patente y difícil de nuestros antecesores, es el orden jerárquico establecido por él, y así como malos monarcas eran sobrellevables si se defendía la monarquía, lo mismo pasa con el papado, con la supremacía viril, con la paternidad, con la preminencia de la inteligencia. Es en este acto de aceptación de ese orden, y en su defensa a ultranza de una “voluntad ajena”, que se encuentran en equilibrio el sano orgullo del honor y la humildad.    
     
    

      


1 comentario:

  1. curarse es poder empezar a hablar de "aquello" (lo que sea) sin tanto dolor.

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