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miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL CARMELO DE NOGOYÁ O LA PATOLOGÍA DE LO RELIGIOSO.

Por Dardo Juan Calderón

Resultado de imagen para carmelo de nogoyá imágenesNo quise tocar el tema de las pobres monjas de Nogoyá porque me parecía suficiente con las dos versiones que había leído y escuchado. La versión de un caballero cristiano que dio Flavio Infante en su página, y la versión del “mundo” que dio el periodista y opinólogo, el infalible Lanata.


 La primera es la visión de un “mundo” enfermo – que sólo se puede curar en Cristo - que odia toda expresión de religiosidad cristiana y que actúa como el vicio o el cáncer, específicamente “contra la salud” y agravando la infección.  Sin ambages; un acto demoníaco que tiene por víctimas a unas pobres monjas abandonadas y perplejas, justo en aquello que tienen de bueno y golpeándolas en su debilidad y desamparo moral, espiritual, psicológico, político y económico. Y la segunda es la visión de un mundo… también enfermo… y sin cura,  que entiende que una de sus peores patologías es la religión.

  Infante, desde el hecho o conflicto, aprovecha para defender la inocencia, la pureza, el sacrificio, etc. Es decir, la salud en Cristo. Y Lanata sabe, con el pesimismo de un “realismo” nihilista, que se trata de defender un estado de enfermedad controlado – o des-controlado- , donde lo peor que puede pasar es que alguien crea que la salud es posible. Tras de estos “ideales” – avisa -  siempre se oculta la tiranía del “hombre por el hombre”, en nombre de Dios.

  Ya cualquier versión que parta de la idea, entre ingenua e imbécil, de que este mundo guarda aun alguna idea de “salud” en algún orden no cristiano, resulta insoportable; esto es el naturalismo naif de nuestros tartufos. Tanto para un hombre cabal y cristiano como Infante, como para un perdulario como Lanata, para ambos el asunto es claro. E igualmente resultan insoportables aquellas ideas de que en un mundo enfermo, ya no puede concebirse ningún estado de salud, todo es sucio y en ello nos movemos como cerdos al mejor estilo del inmundo existencialismo de Sartre.

  La versión del viejo mundo de  “las luces” con respecto al problema de la fe, a la que se atacaba desde el naturalismo ( la “religión natural” de Hume) y en donde la concepción de lo sobrenatural era presentada como una “superstición” , es decir, una desviación de la ignorancia que había que aclarar razonablemente en sus significaciones míticas o simbólicas, ha perimido totalmente luego de la prédica marxista (de Marx, de Nietzsche y de Freud) que claramente establecen una acusación de “perversidad” contra ella; y de aquello otro, sólo queda una minúscula prédica naturalista justamente en ámbitos católicos, que se esfuerza por traducir la fe en términos razonables y a los efectos de demostrar que son “personas normales”, que tratan de volver a “aquellos viejos y buenos tiempos” de la “religión natural”, y ser aceptados con esta “particularidad” que es la fe,  demostrando que ella no entorpece el diálogo con las gentes “como uno”, sino que por el contrario, lo favorece.

   Tarde han llegado. Marx, Nietzsche y Freud han dejado perfectamente asentado en la conciencia moderna de todos los colores, de diestra, centro y siniestra,  que todo comportamiento religioso o de fe, es de base, aberrante. Que no se trata de poner a la fe en los límites de la razón, sino que hay que extirparla. No es un error de educación que puede salvarse al disipar la ignorancia: es una actitud patológica. Es un “síntoma” de otra cosa, de algo malo que se oculta o se disfraza,  de motivaciones secretas que no son para nada “inocentes”, son ocultamientos de insanas pretensiones de poder y sometimiento (social o personales), de mantenimiento de privilegios de clases sociales o castas clericales y  de dominaciones sexuales perversas. Monseñor Aguer les ha dado el gusto de mostrar al “loco furibundo” que llama a los gritos el aporte del psiquiatra, pero las bolsas de dinero en un convento, los abusos sexuales en otro, y las vejaciones y reducción a la servidumbre en otros, y por supuesto, todo esto que se supone en todos los rincones de la vida religiosa, son pruebas al canto de que además, hay que llamar a la policía y reventarles los reductos.

  Por escapar del psiquiatra y de la policía, escaparán muchos de la fe, asunto que no podrán mantener en el limbo de las creencias “inocentes” al que intentan volver a pesar de todo lo andado. Pilatos lo intentó, pero el Sanedrín fue cortante. Aun en el mejor de los casos, nuestros políticos harán las veces de Pilatos (como en el caso de los juicios a los milicos), pero ya no de un Pilatos escéptico y sorprendido, sino de un Pilatos advertido y que simula ser Pilatos.

  A las monjas les queda, ante el proceso iniciado y al no haber quién defienda la fe, el recurso de Aguer. Hacerse el loco expresando una moral católica entre espumarrajos de rabia, diciendo lo que está mal, pero no lo que está bien; o el martirio sereno. Veremos los rumbos que se toman.

    Había en otras épocas un recurso a la originalidad “pintoresca”, a lo Chesterton en medio de la razonable Inglaterra, o con boina, a lo Castellani, aceptado con paciencia por Borges, Sábato y Videla,  (creo que mi padre gozó de esta situación en un primer momento, hasta que comenzaron a echarlo a patadas) y al que todavía algunos recurren pero de  formas ya no más genuinas, como aquellas otras, sino claramente de poses artificiales, calculadas,  en concesiones inaceptables. Unos juegan a Pilatos y otros a pintorescos, y los dos están blufeando.

   Entre estas concesiones está el clamar por la “inocencia” de nuestra “superstición”, superstición que al fin se puede expresar con términos razonables y demostrar que colabora con el poder; por ejemplo, la identificación de los valores cristianos con los derechos humanos (aborto=derecho a la vida, etc.), por una expresión “cuerda” de lo cristiano  (un cierto “open- mind”) y otros camuflajes que ya nadie se traga, y para que no se los traguen, cada tanto muestran a una monja,  un cura o un obispo, que se enriquece, que abusa de las personas o que sirve de apoyatura a un poder infame. ¡Nada de inocentes! Para regusto de ellos,  siempre hay un tarado que salta la térmica, como las monjas de Nogoyá, o el rabioso Mons. Aguer,  y hay que negarlos tres veces, sabiendo, positivamente, a Quién estamos negando. (Flavio Infante se cuida muy bien de negarLo).

  Estos son los muchachos del naturalismo político. También los que reciben premios junto a Zafaronni. En fin, nuestra zoología reculante que quiere escapar de la acusación marxista o nietzscheana presentando un Cristo tolerable en un concierto democrático, de pluralismo académico o de entendimiento entre “civilizaciones”. En el fondo, todas estas gentes, han sido permeables a la idea marxista de que el catolicismo sufre de una cierta “patología” – no del todo inocente -  inaceptable al momento histórico; en lo filosófico y en lo político (le dirán donatismo, papocesarismo, univocismo, etc) .  Pero hay otros peores.       
  Están los que conceden con que en el fondo, la acusación freudiana tiene algo de cierto; que la vida religiosa comporta una cierta patología de represión sexual y que ya, esa vida religiosa, debe tener otro tipo de expresiones abandonando viejos paradigmas. Lo han visto en la “literatura”, Umberto Eco lo hizo famoso. Sospecha de la que fuera preservado el mismo Cristo en su proceso infame, y que recién pudiera expresarse en estos tiempos de desfachatez demoníaca con la novela de Katzansaquis, con un escupitajo que el demonio no pudo lanzar a través de los esbirros en aquella ocasión y que hoy tiene legiones vomitándolo sobre sus sacerdotes. (A veces pienso que esta calumnia sexual no se permitió desde el cielo en aquella ocasión, en atención a Su Madre).

   Para estos últimos, la defensa de las monjas de Nogoyá no quita la sospecha de que “algo” turbio “debe haber”, algo patológico; como “algo turbio” hay en toda expresión de religiosidad al modo “tradicional”, y que hay que esperar a los investigadores para hacer una defensa o no del asunto.

  Si, ya saben más o menos a quiénes me refiero, pero como soy boxeador matriculado tengo la piña prohibida. (He descubierto un repugnante blog que se llama “Sin Doblez” – siendo la expresión misma de la duplicidad - que he venido a conocer por carambola, y en donde se propalan pecados de la curia con imágenes literarias repugnantes). Unos en un tono “exquisito” y otros con un humor propio de los castrati de los serrallos que, conocedores de las perversiones de sus señores se cuchichean divertidos,  aportan combustible a la sospecha de la represión perversa. En fin, para estos tipos, ya las monjas de Nogoyá están arrojadas al ludibrio y la soledad más absoluta, porque la “sospecha” pesa sobre ellas – la expresan en potencial y se atajan en la posibilidad - y desde las propias filas católicas su defensa se hace débil y salvo un milagro, tendrán que correr por los carriles de la “inimputabilidad en la patología de la fe” (es lo que haría un abogado inteligente). Es lo religioso lo que está bajo imputación, no los hombres, que pueden hacer peores cosas en nombre del Marqués de Sade sin  que nadie los moleste. Sin duda complota con esto la falta de reacción de las autoridades para las que ya, “nada de lo humano les es ajeno” y creo que lo han probado todo, hasta lo inhumano.

    Seremos testigos de la demolición de un vórtice de oración penitencial ofrecida para el mundo, no sólo en absoluto silencio y desamparo, sino en oculta complicidad y pública complacencia. Algo parecido, pero peor, al Gulag soviético, ya que aquí, gracias a los medios, nos daremos el gusto de conocer las intimidades humanas y las imperfecciones de aquellas vidas consagradas, a las que consideraremos desde la retorcida “ciencia” psicológica, y festejaremos babeando con un humor chancho. Como esa plebe inmunda que grafica Flavio con una pintura, que más que ver cortar sus cabezas como en “Diálogos de Carmelitas”, lo que se quiere es peor, es poder hurgar la lencería de un convento de clausura. El martirio va llegando, de a poco, a seres muy imperfectos que vivimos estos tiempos, en la burla y la vergüenza de nuestras falencias mostradas a la chusma; pero sigue teniendo su efecto purificador y saludable a pesar de las pocas posibilidades que les queda a los nuevos mártires de escribir páginas gloriosas ante las fauces de las bestias, y ahora tener que morir en el olvido, aplastados por una pila de expedientes con olor a culo de burócratas (pienso ahora en Gustavo Diedrichs). María tendrá en su regazo a las que perseveren en esta locura de la fe.

    El asunto tiene una sola mirada. Se ha producido una violación de la jurisdicción sagrada, un sacrilegio y una profanación, y a nadie le importa un bledo. Mañana muchos irán a una marcha por el derecho a la vida, pero nadie saldrá a dar un peso por esta blasfemia enorme en contra de la vida de oración (que es nuestra última tabla en el naufragio), en el miedo o en la sospecha de que se descubra lencería sucia. ¿O Dimas no la tenía?
   
    Una vez más. O era Flavio Infante, o era Lanata. El resto dan vergüenza o asco.        



6 comentarios:

  1. En nuestro mundo las prácticas de mortificación cristiana o son fruto de una patología o son un delito, y lo peor del caso es que esa es una conclusión lógica del naturalismo que defienden y propagan algunos católicos. Decía Guido Soaje en la cita de la entrada anterior que “… el bien común político es, como se verá más adelante, el principio y la regla de todo derecho.” y creo, humildemente, que allí está una de las claves de la cuestión: una vez que establecí que el bien común político es estrictamente natural y lo separé de toda referencia esencial a lo sobrenatural, la medida del derecho es la sola naturaleza (sin rastro de sobrenaturaleza y con una concepción permeada de filosofía moderna que le quita lo de caída), con lo cual es lógico y claro que encerrarse de por vida en un convento, someterse sin discusión a los mandatos de una madre superiora, usar cilicio o mortificarse de cualquier forma que pueda poner en peligro la salud del cuerpo, son prácticas que atentan contra el bien común y, por tanto, corresponde que el derecho las reprima o encierre a los que las llevan a cabo en instituciones psiquiátricas que traten su patología. La vida de los religiosos sólo puede ser entendida en una sociedad que reconozca un fin sobrenatural, de otra forma o son enfermos víctimas de unos perversos los que obedecen, o son, los que mandan, delincuentes victimarios de unos disminuidos mentales.
    Esa simple frase de Guido explica porque es tan absurdo pretender valerse del derecho positivo con fines “buenos” cuando se ha falseado o aceptado una falsa noción de bien común político.
    Coco.

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    1. Así es, tal cual lo dice. Nada grande o nada importante,puede proteger un derecho del que ha sido desalojado Cristo Muerto y Resucitado, dejando en su lugar un dios lejano que la naturaleza supone.

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  2. ¡Qué de amabilidades, Dardo, estimado en Cristo! Sus palabras me sonrojan, me comprometen y me infunden renovada fuerza, todo en uno. Gracias.

    Sobre el tema en cuestión, le diré que a mí me toca tratar a diario con gente de campo, gente que -no sin sus miserias- tienen al menos la fortuna de estar bastante inmunizados contra la ideologización compulsiva: a ellos no hay del todo cómo entrarles con las modas del pensamiento, pese a la televisión. Cuando Dios (a modo de purgación pasiva) me concede el frecuente disgusto de tratar con el típico progre (que es siempre un producto de las urbes y de las clases menos urgidas), compruebo la endemoniada eficacia póstuma de los tres adalides de aquello que Ricoeur llamó la "escuela de la sospecha". Es cosa obvia que el católico, en tratando de los asuntos de bien público, ya no puede recurrir a las procesiones trinitarias como paradigma celeste de la concordia deseable aquí en la tierra. Pero con estos no se puede abordar ni siquiera racionalmente los asuntos que tocan a la moral, pues las mismas nociones de causalidad, de finalidad, de participación, etc. (que nos llevarían a la aproximación racional al problema de Dios, para desde allí alumbrar las cuestiones de aquí abajo) las han desechado hace tiempo, o las han limitado con trampa a los eslabones más pedestres. Por esto, cualquier amago de remontarse un poco por encima de la viscosidad del humus y del estiércol es tenido por ilícito, y la razón se hace sospechosa de fideísmo.

    De aquí la inoportunidad del entrismo. Sin dudas no tiene nada de reprochable el pertrecharse de silogismos y tecnicismos escolásticos para dilucidar las cuestiones relativas a la vida civil, más bien todo lo contrario. Lo trágico es, estando en posesión de tal bagaje, errar el diagnóstico, el vizcachazo. Contra facta non valent argumenta. Habría que recordar la lección de Lc 12,54 ss., que nos previene contra las distracciones y la simplificación deportiva de la actividad crítica.

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    1. Espero que te encuentres bien y que no muy lejano, en tus llanos o en mis montañas, echemos un galopito para conversar en silencio, tal el uso de nuestros paisanos cuando coinciden en los sentires.(Usté se lo merece)

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    2. Por mis llanos, cuando guste. Tengo una invitación pendiente a Santiago de Chile (¡vaya a saber cuándo se concrete!), lo que me implicaría atravesar aquellas montañas. Lo mantendré al tanto.

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    3. Y si no, gaucho amigo, no diga nada... (pero nos vamos a un shoping center con aire acondicionado)

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