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lunes, 5 de septiembre de 2016

INFOCAÓTICA TRAICIONA A SOAJE RAMOS.

Por Dardo Juan Calderón

Resultado de imagen para imágenes Soaje Ramos Guido    Ya sabemos que infocaótica quiere a toda máquina demostrar que el buen pensamiento es un pensamiento amputado porque les gusta andar rengos. Que el orden natural es algo que tiene su plenitud en sí mismo y que la consideración de lo político, el bien común y el derecho natural, son temas en que la sola inteligencia humana abarca la totalidad de su amplitud mediante la consideración filosófica y que nada tiene que hacer allí la Revelación (ya lo decía Ayuso con todas las letras) es algo que nadie serio ha dicho nunca dentro del catolicismo.


    Que el orden político es un asunto terrenal, que se basta con la filosofía política para ser cabalmente comprendido y que tiene un fin propio perfectamente distinguible del fin sobrenatural del hombre, que se llama “bien común temporal”. Que el estado o comunidad organizada buscan un fin estrictamente natural y la Iglesia el sobrenatural, y que es bueno que así sea y que ambos se mantengan en ese plano separado… son otras de las sandeces insostenibles por quienes han tenido una pizca de temor de Dios.
    Reconocemos que agregan que si estos fines se encuentran en un cierto grado de subordinación, bienvenido sea, pero que la reflexión filosófica es suficiente para que nos entendamos con los hombres de todas las layas para el logro de una vida buena, en la medida que esta reposa sobre la aceptación de la vida virtuosa al nivel natural, es decir, en el plano de las virtudes cardinales.
  Repetimos nosotros hasta el cansancio que una cosa es distinguir y otra separar. Y que esto no es así. Que como dice Santo Tomás en su famosa obra: “Pero el hombre viviendo virtuosamente se ordena a un fin ulterior que consiste...en la gozosa posesión de Dios; ahora bien, el fin de la multitud humana es necesariamente el mismo que el del hombre singular. Luego no es la vida virtuosa el último fin de la vida asociada, sino el llegar por la vida virtuosa a la gozosa posesión de Dios"(De Regimine princips).

   Que puede distinguirse un fin intermedio para la sociedad (pero no aislarse), y que este fin intermedio mira una parcialidad de la realidad humana social y que implica para estar calibrado en su justa medida, el concebir y ser deducido desde el fin principal, que es su causa primera, porque ni siquiera la vida virtuosa es concebible de alcanzar, sin la ayuda de la gracia sobrenatural.

   Pero claro, esta inmiscusión de la fe, no les gusta, ya que ellos pretenden hacer política con gentes que no tienen la fe, y entonces reducen el planteo al gusto de los incrédulos de cualquier laya. Pero no sería nada si sólo se limitaran a reducir “la consideración” y lo reconocieran. Sino que de lo reducido hacen un todo y niegan esta verdadera perspectiva.

   Para sentirse acompañados en esta apostasía social – quizá todavía no lo hayan hecho en el plano personal, o no se hayan dado cuenta que lo hicieron - buscan y retuercen textos a fin de ser justificados por autoridades del pensamiento católico. En este caso, el retorcido es nada menos que Don Guido Soaje Ramos que debe estar vociferando desde las nubes y al cual, por ser de la entrañable corte de los penates familiares, debo hacerle de voz. Y en el escrito citado no sólo pone los puntos sobre la íes, sino que les avisa que ese bien personal que acunan en el secreto de sus anónimas devociones, es imposible sin la búsqueda del bien común perfecto y extrínseco de lo social.

    La cita es de muy mala leche y va dirigida a un auditorio en el que confían por su mediocridad. Es más, le avisan que la lectura es difícil y por tanto que ni lo lean; cuando la verdad es que quiere dar una idea errónea, ya que el planteo de Don Guido tiene las observaciones previas necesarias e imprescindibles para no caer en el error y el horror de la apostasía en que caen ellos, y además, en el mal gusto y alcahuetería de tirar margaritas a los chanchos.

    ¿Es posible hacer sólo filosofía sobre el tema del bien común atenidos a lo terrenal? ¿Tiene justificación realizar esta visión “parcial”? y…  ¿En todos los casos?

     Nos dice Don Guido, luego de precisar que hay un fin extrínseco que hace a toda la perfección del bien común – no del particular – es decir del social, que bien puede hacerse una reflexión desde la parcialidad de lo filosófico (siempre teniendo claro que es parcial) a los efectos de obtener una “cierta y parcial” convergencia con los hombres que no profesan la fe. Pero claro, no era Don Guido de andar conversando con pavotes, ni con atorrantes, ni malditos (quien lo conociera lo sabe), así que avisa que no es muy recomendable esta actitud si estamos hablando con gentes que tiene del bien común,  concepciones “enanas”. Ya que esto es pasar de una reducción práctica, a un reduccionismo imbécil e inaceptable. Que es precisamente lo que pretenden hacer estos muchachos.

    Don Guido dice esto en el mismo texto que los caóticos comentan, pero claro, el párrafo es salteado ex profeso. Escuchen:

“Más antes de abordar el tema (del bien común) urge formular dos observaciones: en primer lugar, las precisiones sobre el bien común político pertenecerán al plano de la filosofía y, en particular, al de la filosofía política. Y esto no porque la filosofía sea la única competente para abordar el tema, pues no lo es. Sobre la situación existencial del hombre y sobre su concreto fin último, de índole esencialmente sobrenatural, mucho tiene que decir la revelación judeo-cristiana y la teología católica que de tal acervo toma sus principios. Pero deliberadamente se prescindirá, salvo alguna referencia incidental, de recurrir al aporte teológico, manteniendo la consideración en el plano exclusivamente racional. Los hombres han menester se les muestre la posibilidad de un acuerdo siquiera parcial sobre ciertas verdades objetivas asequibles a la sola razón, las que, además de hacer posible un mínimo de convergencia humana, comportan una base de congruencia con el plano de lo sobrenatural cristiano. La segunda observación responde a la necesidad de disipar un equívoco posible. Ciertamente en el terreno fáctico los hombres han revelado concebir de muy diversas maneras el bien común natural y temporal que ahora interesa perfilar. La historia nos exhibe con frecuencia formas disminuidas, mutiladas, de bien común político, en las que éste aparece despojado de su contenido principal; y, con todo, se las ve  suscitar entusiasmos y hasta sacrificios ingentes, aunque a la postre el hombre, después de una experiencia más o menos prolongada, se percata de que se ha movido tras de sombras o de jirones de su auténtico bien común político. Y para qué hablar de la actualidad política en que es dable observar a comunidades lanzadas por sus dirigentes tras de fines comunes absolutamente enanos, desproporcionados, y hasta antagónicos, con la grandeza y la dignidad del hombre.  La historia no puede cumplir por sí sola el alto magisterio vital que el famoso lugar común le atribuye. La ineludible renuncia de todo historicismo consecuente a la conducción de la vida humana es una prueba irrefragable de este aserto. En rigor, ocurre con la vida pública lo mismo que con la vida privada: hay en el plano fáctico una multiplicidad de metas últimas concretamente perseguidas, pero una sola es la verdadera, porque es la que posee de derecho el privilegio de finalizar la actividad humana, la única que puede conferir al hombre su verdadera perfección. El dinamismo humano en razón de su libertad intrínseca puede apuntar como a su principio perfectivo a varios bienes, pero no todos lo son de verdad. Así p. ej., para recurrir a una analogía, en la esfera de la actividad médica, el comportamiento efectivo del médico puede orientarse definitivamente de muchas maneras, pero hay una finalidad a la que no debe sustraerse y que está exigida objetivamente por el orden delas cosas. Esta finalidad es la única que puede constituir el objetivo auténtico de su tarea concreta. Y es a la vez la única norma fundamental que permite distinguir al médico verdadero, aplicado con pericia y solicitud a la curación del paciente, del chapucero o del mercachifle de la clínica o del bisturí. Y no es una norma exclusivamente formal vaciada de contenido, como quiera que el diagrama nocional de la salud humana (objetivo de la medicina), sin perjuicio delas variaciones tipológicas e individuales, encierra unas constantes que sería necio negar. Lo mismo acontece en otras actividades humanas. ¿Acaso se daría una excepción en el dominio de la praxis humana con relieve ético, sea en su dimensión privada sea en su dimensión política? No Hay tal excepción. Hay en política también un fin verdadero, un fin "recto" por su naturaleza misma y que "rectifica" la actividad política de los miembros de la comunidad política, sean ellos gobernantes o gobernados: es el auténtico bien común político. Es el principio primero de la praxis política y, radicalmente, la norma que permite juzgarla y encauzarla. En contraste con él, todo fin colectivo que no asciende hasta su encumbrado rango deja a la comunidad política a mitad de camino. Y todo objetivo político que se le opone antagónicamente o que repugna a sus exigencias extravía a la comunidad política y la pervierte. Por otra parte, el bien común político es, como se verá más adelante, el principio y la regla de todo derecho. Puede medirse por lo dicho cuánto importa fijar con acierto y con justeza esta noción y cuánto importa también evitar a su respecto los errores de conceptualización, como quiera que "parvus error in principio, magnus est in fine". Habida cuenta de estas dos observaciones y del contexto doctrinal anteriormente referido, procede fijar en unas pocas proposiciones la naturaleza del bien común político y su articulación en la jerarquía de los bienes comunes.”

  Como verán, Don Guido se ponía como filósofo a los pies de la teología, asunto en el que hacía hincapié a cada rato, y jamás se la habría ocurrido que todo su esfuerzo intelectual se volcara hacia una porquería como la democracia liberal hodierna, ya que su esfuerzo iba dirigido a aquellas concepciones que suponen un cierto sacrificio y esfuerzo por bienes comunes parciales ponderables, y no la lisa y llana negación de raíz de tal concepto en una idea groseramente epicureista, como la que profesan los “pendejos” de nuestras democracias actuales. Ni siquiera tragó el bulo del peronismo movimientista y su oportunismo populista, que sin duda alguna, tenía disfraces más dignos que esta cacarela.
   
    Es remarcable su prevención sobre las consideraciones “historicistas” (que ya más que eso, son groseros oportunismos, o cobardes acomodamientos), a las que podemos agregar las existencialistas.

   El argumento – la razón -  que guía a Don Guido para esta reflexión que se permite “parcial” – por ser parcial lo filosófico- es una razón de “caridad”. Caridad que se ejerce frente a los hombres de “buena voluntad”, aún ante Pilatos (que amerita algunas palabras), pero no ante Herodes (“No tiréis perlas a los cerdos”).  Reiteramos parte de la cita: “La historia nos exhibe con frecuencia formas disminuidas, mutiladas, de bien común político, en las que éste aparece despojado de su contenido principal; y, con todo, se las ve  suscitar entusiasmos y hasta sacrificios ingentes, aunque a la postre el hombre, después de una experiencia más o menos prolongada, se percata de que se ha movido tras de sombras o de jirones de su auténtico bien común político.”

   Pero la razón que dirige a estos personajes que retuercen y ocultan al citado, es claramente de pereza y cobardía, es aquella “Dificultad de creer” - de la que hablaba Piepper - la que no quieren enfrentar. Ya que toda argumentación se puede fundar y refutar de una manera u otra, y con las verdades de la fe, aparece tarde o temprano el recurso a aquel elemento decisivo que hoy resulta vergonzante: “el encuentro con la persona del Testigo, que certifica que tal realidad de hecho, es verdadera; junto a la persona del creyente que, admitiendo tal realidad, presta fe a la persona del testigo” (Piepper). Y esto hoy es inadmisible. La respuesta es que Cristo es Rey, porque así lo dijo a Pilatos.

   Este argumento y elemento decisivo, frente a los retorcimientos del intelecto, es el de la “simplicidad evangélica”. Y nadie que no tenga apenas aprendido su catecismo, y crea en ello,  no puede dejar de ver que el fin de la sociedad es la bienaventuranza, único bien común perfecto, personal y social.

    ¿Y por qué no lo ven?  Por la misma razón que no lo ven los incrédulos ¿por argumentos?  No tan así, dice Gabriel Marcel,  “por inatención” (inattention). Marcel entiende que la incredulidad, más allá de las argumentaciones propias de un espíritu crítico abierto a las razones, viene por el contrario de una falta de apertura, de una inatención, que en nuestro tiempo, hace que la fe “sea, sino imposible, por lo menos altamente problemática”, ya que la fe exige una apertura cien veces mayor que el espíritu crítico.
    Esta es la problemática que se quieren evitar; la Fe. Y se quiere evitar porque en esta época – glosamos a Piepper -  tener fe, “para aquellos que “saben”, para el hombre cultivado, el intelectual que desea al mismo tiempo permanecer creyente”  “este hombre que piensa de manera crítica y que al mismo tiempo cree; uno lo compara al mártir, a aquél que testimonia vertiendo su sangre, que se mantiene firme, a pesar de los “contra-argumentos” que le ejercen la violencia, y no abandona al punto la verdad de la fe” . “Lo que caracteriza la situación interna de este creyente, es que la verdad de fe no podrá ser positivamente demostrada por ningún argumento racional. No puede ser más que “defendida”. Aun contra los argumentos de su propia razón.” Y termina Piepper con esta frase: “Y uno puede bien preguntarse, si, como en el caso del mártir, no será inevitable que una vez más, y por un cierto tiempo, esta resistencia tome la forma de un silencioso desarme.”

    Viejo maestro, “requiescat in pace”, fuera del alcance de los cobardes inatentos y junto el Testigo de la Fe.

        


21 comentarios:

  1. Excelente Dardo. En la práctica se trata de un intento más de autojusitficación del entrismo, pero tratando de darle al entrismo una jerarquía que no tiene. Y mire nada más y nada menos quien lo explica con claridad, pero desde otro ángulo:

    Así, la tentación de Jesús en el desierto es tan notable por lo que no es como por lo que es. El Diablo no ofrece a Cristo alimento, ni bebida, ni dinero, ni mujeres. Estamos, pues, muy lejos de las "Tentaciones de San Antonio" imaginadas por los literatos, y tan vulgares, en definitiva; tales tentaciones proceden más de la debilidad animal del hombre que de la malicia del Diablo. Pueden llevar a mucha gente al infierno, pero imagino que el Diablo mira con cierto disgusto entrar en su casa ese rebaño innumerable.
    El Diablo es un puritano, es un refinado. Estoy seguro de que el Anticristo se le parecerá en ese punto: la corte de tal Príncipe será "virtuosa" en el sentido vulgar y corriente de la palabra; allí las mujeres harán punto para sus "obras de caridad", y los hombres beberán leche y no tendrán amantes. Las verdaderas complicidades con el Diablo en persona no están en el plano de los pecados ordinarios. "Tú eres mi Hijo amado." Esas palabras caídas del cielo, en el momento de la teofanía del Jordán, fueron oídas también por el Diablo. Tomará esas palabras de Dios como premisa de su razonamiento. Las dos primeras tentaciones empiezan con esas palabras: "Si eres el hijo de Dios…" "Puesto que eres el hijo de Dios…" La seguridad solemne que ha recibido Cristo se convierte en el punto de apoyo de la tentación: el Diablo sabe que podemos desviar hacia el mal el don mismo de Dios. "Si eres Hijo de Dios, di a esas piedras que se hagan pan." La primera parte de la frase es irrefutable: el papel de un hijo de Dios es dar órdenes a la naturaleza. Dios ha creado al hombre a su imagen como hijo suyo para que domine a la naturaleza. La tentación diabólica, pues, no reside ahí. Se ilumina singularmente por la respuesta dada por Cristo: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Estas palabras pueden considerarse como la carta de una economía política cristiana.
    Sería demasiado sumario pensar que Cristo nos manda elegir entre el pan y la palabra de Dios. Como es imposible al hombre elegir contra su pan cotidiano, sería una bonita excusa para abandonar la palabra divina. Cristo sabe muy bien que, para vivir, el hombre tiene necesidad de pan, y que, si no tiene pan, muere. Sabe muy bien que, en un hombre hambriento, lo que muere ante todo es el espíritu, es decir, lo que puede recibir la palabra de Dios. El hambre no es buena cosa ni para la dignidad del hombre ni para el Reino de Dios; sin pan cotidiano no es posible nada, ni aun el cristianismo, y por eso pedimos nuestro pan cotidiano en el Padrenuestro.
    La economía política es necesaria. Pero no basta. El cuerpo tiene necesidad de pan, el alma tiene necesidad de otro alimento. ¿Cuál? Cristo lo dirá más tarde: "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre". Por el momento dice lo que viene a ser igual: "Todo lo que sale de la boca de Dios". ¿Qué sale de la boca de Dios? Un grito, una llamada, un nombre, una palabra, de que se vive. Toda la historia de Israel resuena con esas llamadas: "Yahvé llegó y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Y Samuel respondió: Habla, Yahvé, que tu servidor escucha". Feliz aquel que, después de oír tal llamada, se levanta y dice: "Aquí estoy, Señor, para hacer vuestra voluntad." (1 hoja)

    Alexander

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  2. Hay una palabra magnífica para designar la llamada de Dios; es, por excelencia, "la vocación". El hombre tiene hambre de pan, es algo físico, natural, es normal, es legítimo, y los que se consagran a saciar esa hambre hacen bien. Pero el hambre más profunda del hombre es de una vocación. Saberse llamado por su nombre, tener la valentía de responder a esa llamada, atarse toda una vida y hasta el último aliento a la tarea para la que se ha sido llamado, esa es una vida digna del hombre, porque responde plenamente a la llamada de Dios, y es como un eco prolongado de esa llamada. Tal es el sentido de esta primera tentación: Cristo, para hacerla olvidar, para apartarle de ella. Cristo responde sencillamente que no ha venido para cambiar las piedras en pan, sino para hacer la voluntad de su Padre, para responder a su vocación.
    La fuerza inicial de Cristo frente a Satanás es definir perfectamente su vocación y atenerse a ella. Igual pasa con todo hombre. Cierto que hay que comer, pero desgraciado del hombre que no sabe por qué está en esta tierra, y nunca se ha oído llamar a una tarea mayor que él, el que no tiene vocación: ese está en la soledad. Más desgraciados aún los que, habiéndose oído llamar por su nombre, no escuchan, no responden, olvidan y se duermen. Desgraciado el que prefiere los alimentos terrestres inmediatos a ese grito suspendido en el cielo y salido de la boca de Dios.
    Es grave injusticia contra los hombres de buena voluntad dejar creer que no hay vocación más que en el orden eclesiástico y religioso. Hay en el mundo una jerarquía de vocaciones. La dignidad suprema de cada una de ellas es ser una llamada de Dios. Todo hombre es llamado a la unión con Dios. Dicho eso, la vocación a lo sagrado, al servicio inmediato de Dios, es la más alta. Pero hay vocaciones temporales más humildes que también proceden de la Providencia divina y que no exigen menor heroísmo. He visto a escritores morir sobre la página medio escrita, compositores morir sobre el pentagrama inacabado, médicos morir a la cabecera de sus enfermos, para no hablar de los soldados que son verdaderos soldados por vocación. No es la disciplina la que hace al soldado, esa es una concepción grosera, y además reciente, sino la obediencia a una vocación. Sólo fuera de ella se es un soldado perdido. No hay mayores desgarros para un hombre que los procedentes de su vocación. La vocación de un hombre es el mismo instrumento de su crucifixión. Verbum Crucis. Para mí, es un signo de la verdad universal del cristianismo, el hecho de que toda vocación auténtica, aun la de un incrédulo, aun la de quien no quiere plantearse el problema religioso, acaba en conflicto y en crucifixión, en descuartizamiento.
    Igual pasa con las naciones. Quizá no todas, pero algunas tienen muy evidentemente una vocación. En realidad, sólo merecen plenamente el nombre de patrias si alcanzan una vocación universal. Eso le pasa a Israel: es evidente en toda su historia. La vocación de un pueblo es lo que se puede llamar su alma. Juana de Arco encarnó el alma de Francia, su vocación. Un hombre de Estado como Abraham Lincoln da la sensación de lo que es el alma y la vocación de la nación americana. Y nadie me hará creer nunca que si la santa Rusia se ha hecho comunista ha sido por convicción de la justeza "científica" de la economía marxista; estoy seguro de que ha sido por una conversión de toda ella al ideal místico y casi religioso de las Revoluciones. Pues las vocaciones también pueden extraviarse; ese extravío, ese delirio místico son mil veces más bellos y sin duda mil veces más fecundos que la calma avara de las naciones prudentes.
    (2da Hoja)
    Alexander

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  3. La legitimidad del jefe de una nación sólo puede estar en haber reconocido la vocación de la nación y llevarla hacia su cumplimiento. Entonces, es vergonzoso que hombres de Estado hablen de su pueblo como un granjero habla de su ganado más bajo: "Con tal que crezca, con tal que engorde, con tal que le aproveche, con tal que aumente de peso". Aún es más triste oír a toda la nación aclamar ese lenguaje como el único que le convenga; tal nación está reducida por sus dueños a la condición animal, y que se glorifique de ello: "Con tal que crezca, con tal que aproveche, con tal que engorde, con tal que aumente de peso". Tal nación reniega de su vocación y su honor; ya no es una patria y merece reventar.
    A eso el hombre de Estado puede responder que él no se ocupa más que de la digestión de la nación, dejando a otros el cuidado de su alma. En ese caso, honremos a ese hombre de Estado como al mejor de los boyeros, pero no merece otro homenaje ni otra fidelidad. Es un modo de ver profundo, en el Apocalipsis, como ha subrayado Simone Weil, comparar a los imperios con horribles monstruos que suben del mar. Verdad es que es preciso que las naciones coman, y la economía política es una carrera honrosa y necesaria, como el oficio de nodriza, pero la preocupación exclusiva por la economía y la prosperidad material es uno de los medios más seguros para que un pueblo pierda su honor, abdique su vocación y pierda su alma.(Bruckberger, Historia de Jesucristo").

    Parece a primera vista que estoy razonando fuera del recipiente, pero no, en lo que dice Bruck termina la falsa consideración del bien común parcial, amputada del fin trascendente.
    (3ra HOja)

    Alexander

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    1. La reflexión es hermosa, y nos devuelve a un lenguaje cristiano. Además, muy oportuna.

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  4. ¿Qué libro de Pieper es el que cita, Dardo?

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    1. Es un artículo de una revista francesa "La Table Ronde" de 197... después miro bien.

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    2. eS EL nRO 239-240 DE 1967-68 EL ARTÍCULO DE pIEPPER SE LLAMA "La difficulte de croire"

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  5. Sería excelente poder hacer una distinción en este tema de la política, y poner en su propio plano lo que el hombre recto puede obrar en ese ámbito, hoy y en estas circunstancias.

    Me parece que estas entradas procuran evitar que se falsifique la doctrina, por parte de quienes tienen razones para obrar en política, y quieren (o piensan que deben) justificarse. Pero no por ello creo que de estas entradas se derive que nada deba hacerse en política, pues ello importaría denegar un ámbito constitutivo de la naturaleza humana. Finalmente, tampoco creo que se quiera insinuar que sólo al grito cristero es legítima la participación política.

    En este sentido pienso que es bueno el trabajo que hacen algunos abogados en defensa, por ejemplo, de los por nacer, de las no quitas de cruces en lugares públicos o en defensa de presos políticos; y usan a tal fin, argumentos digeribles para aquellos que tengan la función de decidir, aunque algunos de estos argumentos tengan fundamento netamente liberal (vgr. el pacto de los derechos del niño; la libertad de cultos y hasta una supuesta confesionalidad constitucional del estado). Sus defensas no son las más excelentes, pero no por no decir todo lo que debería poder decirse, dejan de hacer lo que deben con los elementos a disposición.

    ¿Y en política no pasa lo mismo? Quienes tienen la misión de desempeñarse en ese ámbito, lo harán como puedan. Advertidos sí de que la bienaventuranza que procuraría una política sana es lo más deseable, pero convencidos también de que ello no es posible hoy; y de que, bajo ciertos presupuestos, podrán obrar bienes en el ámbito de aquello que les haya tocado organizar o dirigir. No será una restauración, sino que será algo mucho más pequeño como evitar un mal o mejorar la situación de pocos o de uno solo. Y esto es algo. Y con algo quiero decir que es, que tiene entidad. Y después de todo ¿no se va desde lo menos perfecto a lo más perfecto? ¿O estoy en un constructivismo medio herético?

    En fin, tengo un gran quilombo con este tema. Y muchas peleas de viejos amigos. Y eso que el que anda en política no soy yo.

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    1. Mi estimado Brufuganya. Hay una cosa que se llama "el honor", y este vige aun en la fe. Si alguien quisiera poner un prostíbulo en la casa de su madre- o en la capilla de su pueblo - Usted la parecería noble llevar una transacción para salvar la despensa o en su caso, la sacristía?. Hay una fábula de Anouhill (viejo tradi francés del grupo de Petain) que habla del "roble y la caña", parodiando la famosa fábula de La Fontaine en la que el junco resiste los vientos doblándose y el roble cae. Anouhil, cuando cae el roble, le hace decir: "¡Qué bueno haber vivido como un roble!" mientras la caña tiembla de envidia. José Antonio decía algo así: "No vamos a aceptar las sobras del banquete sucio". Cada vez que defendemos un bien parcial con sus argumentos, lo envilecemos, y el Bien con mayúscula, sólo admite el sacrificio total. Eso es ser Cristiano. No lo dude, es necesario reforzar el sentido del honor personal "no permitas que agregue excusas a mis pecados" reza el canon misae, y eso es honor. El cristianismo es un llamado a "lo grande", al alma grande, deje para los enanos la defensa de lo nimio, y si se lo cargan, que sea por Cristo y no por fruslerías. Nadie muere por el sistema métrico decimal, todas esas causas serán perdidas y encima, dejarán sólo el recuerdo de aquello en que reculaste. Apunte a los héroes y a los santos, a salvar el buque, el castillo, no a los subproductos de la demolición y por razones fingidas. Sea frontal, verídico, integral. Vale la pena vivir como un roble.

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  6. Estimado Dardo: la cuestión me excede y -reconozco- me tiene perplejo desde hace rato. Lo que yo venía entendiendo sobre el tema es que el bien común político amerita una consideración filosófica en cuanto fin; y, en tal sentido, como el fin tiene razón de término, debe considerarse perfecto en su orden, que es lo propio del fin. Tal consideración no excluye la posibilidad de considerarlo, según su ordenación a un Fin Superior, como un fin intermedio (o simple medio); es decir, como subordinado al único Fin al que se ordenan el hombre, en particular, y, en general, la creación toda. Pero este Fin es, propiamente, un Bien Común proporcionado a una sociedad cuya perfección no es natural, en cuanto excede las posibilidades de la naturaleza. Es un fin asequible por virtud de la Gracia. Y quien dispensa la Gracia es la Iglesia, sociedad perfecta en el orden sobrenatural. La Gracia, por exceder del orden natural, es ajena a toda causalidad natural: ni se provoca, ni se merece, ni se "siente", ni -lamentablemente, en muchos casos- se aprecia debidamente. Si quien atenta contra el fin natural de la sociedad política es el peor criminal, el hombre que no se confiesa debiera, por esa sola omisión, pagar un Infierno infinitamente más grave que el que adeuda por el resto de sus pecados. Lo que quiero decir es que la Gracia no puede, en ningún caso, constituir un fin en sentido natural –porque no puede ser causada-; pero incluso en sentido sobrenatural sólo puede ser considerada en cuanto fin impropiamente, porque no nos es asequible sino en razón de la Gracia misma, que obra en nosotros tanto el querer como el obrar. No es un fin “operable”. Según ello, el fin propio y adecuado a la perfección del hombre sería sólo el bien común político. Pero reitero: objetivamente, el Fin Común Trascendente del hombre, considerado en cuanto Fin, subsume todos los fines intermedios y los ordena; no cabe duda. Y como Fin Último, es el único que amerita, propiamente, consideración en tanto que fin. Lo que no quita que, con relación a nosotros, y por razón de proporción, el bien común político constituya fin último natural de nuestra operación.
    Pero ya dije (como si hiciera falta advertirlo) que el tema me excede. Agrego dos cosas: Una, que a estas horas de la noche no estoy muy sobrio que digamos. Vaya esto a modo de descargo por los excesos teóricos. Dos, que el tema no me interesa demasiado. Lo que me movió a escribir es su última cita, porque es una de las dos oraciones que rezo todos los días: “Pone, Dómine, custódiam ori meo, et óstium circumstántiæ lábiis meis: ut non declínet cor meum in verba malítiæ, ad excusándas excusatiónes in peccátis”.
    Abrazo

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    1. Estimado, muchas tortas han sido dadas y recibidas por este tema. Su argumentación es impecable, es una "disección" prolija, pero ahora hay que juntar todos los órganos y ponerlos a vivir. Los "filósofos" suelen cometer el mismo error que los médicos, creer que el hombre es una sumatoria de órganos. Es más, su derrotero es el mejor, un poco de filosofía, y luego oración (previo alcohol). En el hombre que "vive" no hay un sector separable de lo natural y lo sobrenatural. Como no lo hay entre cuerpo y alma. Se pueden distinguir, pero son UNA cosa. ¿Puede un hombre ser sólo natural? ¿Puede tener algún aspecto en que sólo compromete su naturaleza? ¿Es posible una expresión cabal de lo natural sin la gracia? Aunque así lo parezca a veces, no hay hombres que anden con su cuerpo y dejen el alma en su casa. Y ahora viene lo más difícil, ¿hay hombres que pueden ser tales sin la gracia? Y la respuesta en buena teología católica es NO. No hay tal fenómeno. Y Ud me dirá ¿Pero cómo? yo los veo andar. Lo que Ud ve andar es un proyecto fracasado, un "desperdicio" que según el mismo Cristo, será separado a la izquierda y tirado a la gehenna. Algo que no sirve para nada. Algo que se ha mostrado incompetente para llegar a su fin propio. Pero... me dirá, sirvió para algo. Y no, porque lo fines intermedios son iluminados y dirigidos por el fin último. En cuanto al problema de la causa, la causa siempre es sobrenatural, desde el acto mismo de la creación, y siempre es gratuita. Aun fuera de los términos de la gracia santificante, todo acto voluntario que nos hace dirigir y apetecer a las cosas, tiene por causa directa a Dios mismo que mueve la voluntad.
      Así como Aristóteles encarece que al hacer la disección metafísica u ontológica, debemos volver a la realidad; en Teología, una vez desarmada la "máquina" para ver las piezas y entender mejor, hay que volver a armarla y hacerla andar. La tal distinción entre naturaleza y gracia, es una "distinción" sobre un compuesto inescindible, que es el Hombre como proyecto hacia la salvación, y sólo en esta dirección, buscando este fin, en que resulta imprescindible la gracia de Dios, puede hacer cosas "humanas" o "naturales" en forma correcta. Nada sin Dios. Cuentan que en el seminario de Roma, cuando Lefebvre estudiaba, algunos seminaristas estaban locos con este tema y fueron por enésima vez a preguntarle al profesor (ya me va a salir el nombre) y este, ya sacado, comenzó a los gritos: "¡Me tienen harto con el orden natural! ¡No hay ninguno! ¡No hay un maldito rincón de la creación en que no esté Dios!". Pues algo así me pasa a mi. La disección ha producido tantos males, que es hora que la olvidemos por un rato hasta recuperar la idea de la intrínseca unidad de estos dos planos. (Después saldrán con que no es "esencial", sino "accidental" - y etc) Guarde este concepto antropológico cristiano, el hombre después del pecado, es un ser "para la Redención" o para el infierno. Y si este designio divino es cierto, nada hay en el hombre, ningún sector ni realidad, que no deba ser "redimido". La política cristiana es esto, es la redención aplicada al orden social. Y no otra cosa.

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    2. Disculpe Ud. Dardo otra vez la larga cita, pero mire quien viene ahora en su apoyo, y en apoyo del profesor que perdió la paciencia:

      —Ese mismo polvo, tan escasamente desparramado en el Cielo, del que están hechos todos los mundos y los cuerpos que no son mundos, está en el centro. No espera hasta que unos ojos creados lo hayan visto o unas manos lo hayan manipulado para ser en sí fuerza y esplendor de Maleldil. Sólo una pequeña parte ha servido alguna vez, a un animal, a un hombre o a un dios. Pero siempre y más allá de toda distancia, antes de que éstos llegaran y después de que desaparezcan y en los sitios adonde nunca llegaron, él es lo que es y expresa el corazón del Santísimo con su propia voz. Es lo más alejado de El, porque no tiene vida, ni sentimiento, ni razón; es lo más cercano a Él porque sin que medie un alma, así como vuelan las chispas del fuego, expresa en cada uno de sus granos la imagen pura de su energía. Cada grano, si hablara, diría: «Estoy en el centro, para mí fueron hechas todas las cosas». Que ninguna boca se abra para contradecirlo. ¡Bendito sea!

      —Cada grano está en el centro. El polvo está en el centro. Los mundos están en el centro. Los animales están en el centro. Los pueblos antiguos están allí. La raza que pecó está allí. Tor y Tinidril están allí. Los dioses también. ¡Bendito sea!

      —Donde esté Maleldil, allí está el centro. Él está en todas partes. No un poco en un lugar y un poco en otro, sino en cada sitio Maleldil está entero, hasta en la pequeñez que desafía la razón. No hay modo de apartarse del centro salvo dentro de la Voluntad Torcida que se lanza hacia ninguna parte. ¡Bendito sea! —Cada cosa fue hecha para Él. Él está en el centro. Porque estamos con Él, cada uno de nosotros está en el centro. No es como en una ciudad del Mundo Ensombrecido, donde dicen que cada uno ha de vivir para los demás. En su ciudad todas las cosas están hechas para sí. Cuando Él murió en el Mundo Herido no murió por los hombres, sino por cada hombre. Si cada hombre hubiese sido el único hombre creado, Él no habría hecho menos. Cada cosa, desde el grano único de polvo hasta el eldil más poderoso, es la causa final y definitiva de toda la creación, y el espejo en el que el rayo de su brillo llega a descansar y así retorna a El. ¡Bendito sea!

      —En el plan de la Gran Danza se entretejen planes sin fin y cada movimiento se convierte a su debido tiempo en el florecer de toda la estructura hacia lo que todo lo demás había sido encaminado. Así cada cual está igualmente en el centro y nada está allí por ser igual, sino algunos por conceder lugar y otros por recibirlo, las cosas pequeñas por su pequeñez y las grandes por su grandeza, y todos los esquemas se encadenan y se enlazan entre sí mediante las uniones de un arrodillarse y un amor regio. ¡Bendito sea!

      —Él puede darle un uso sin medida a cada cosa creada, de la que su amor y esplendor puedan fluir como un río poderoso que necesita un cauce enorme y llena del mismo modo los pozos profundos y las pequeñas grietas, que son llenadas por igual y siguen desiguales. Y cuando las ha llenado hasta el tope las desborda y crea nuevos canales. Nosotros también necesitamos más allá de toda medida todo lo que Él ha hecho. Amadme, hermanos míos, porque os soy infinitamente necesario y fui hecho para que os deleitarais conmigo. ¡Bendito sea!

      —Él no necesita en absoluto nada de lo creado. Un eldil no es para Él más necesario que un grano de polvo; un mundo habitado no es más necesario que un mundo vacío, pero toda inutilidad se asemeja, y para Él todo llega a sumar nada. Tampoco nosotros necesitamos nada de lo creado. Amadme, hermanos míos, porque soy infinitamente superfluo, y vuestro amor será como el de El, no surgido porque vosotros lo necesitéis ni porque yo lo merezca, sino por una generosidad natural. ¡Bendito sea!

      —Todas las cosas existen por Él y para Él. Él se expresa a sí mismo también para su propio deleite, y ve que Él es bueno. Él es su propio fecundador, y lo que proviene de Él es Él mismo. ¡Bendito sea!

      CSLewis. Perelandra.


      Alexander.

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  7. Hay otro punto.

    ¿Si el Fin es Dios, es buena o mala una mejor gestión en plena apostasía?

    ¿Las dificultades del día a día que se encuentra el apóstata común y corriente (pozos en las calles, hospitales destruidos, falta de cloacas, pésima jubilación y obra social, etc.) le ayudan a mirar al cielo algo más que si viviese en Suecia?

    Para decirlo de otro modo: no podemos asegurar que en Dinamarca (para ir a la excelencia del "estado de bienestar", de "la gestión" y de la mejor política que hoy es posible), o en Chile (para ir a algo mejor que la Argentina en el sentido "político") se vea una más alta posibilidad de salvación de sus ciudadanos que en Paraguay, Bolivia o Argentina (que en definitiva, es el Fin...).

    ¿Y esto, por qué será?

    Respuesta: porque una política que no tiene al Fin como Norte, y nada, son casi lo mismo. Pero como se cree perfecta por sus resultados mundanos, además peca de soberbia, de no necesitar a Dios.

    El argentino, por lo menos, reza para que no lo maten en la esquina.

    Ante la apostasía, es mejor la ascesis que supone vivir entre estos negros.

    Más maricas de la mano, por ejemplo, hay en Europa que en calle Florida.

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    1. Es una buena conclusión y bastante gráfica. Pero agrego, ya dijo Germán Rocca que para esos menesteres son aún más útiles los buenos tecnócratas, los poquitos de nosotros debemos concentrarnos en la defensa del Altar, de las pocas y buenas instituciones que quedan (Colegios, parroquias) y de la Verdad sin tapujos. Lo nuestro es mucho más grande, más hermoso y glorioso, que las cloacas y las jubilaciones. Magnanimidad.

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  8. Ahí se ve cómo, con buenas intenciones pero sin posibilidad del Fin (muchas veces esta posibilidad no existe aunque el actor la desee), se le hace el caldo gordo al demonio cada vez que se abre una salita de primeros auxilios o se asfalta una calle.

    ¿Qué podría ser peor para las almas patrias (en términos sobrenaturales) que Macri y el resto de sus tecnócratas terminen con la inflación y la recesión económica?

    El que no lo vea, tampoco ve una cabra en la bañera.

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    1. A raiz de eso, una sobrina mía que es médica, está en el Hospital Central de Mendoza (¡mire si habrá para hacer allí!), en el que faltan millones de remedios, pero en el que sobran pastillas anticonceptivas provistas a mares desde el estado.

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  9. Es que se llenan la boca hablando del "Bien Comun Posible" sin sabar siquiera en que consiste ese Bien Comun. Y ss que primero hay que saber que es el Hombre, cual es el Bien del Hombre y finalemnte cual es el "Bien Comun del Hombre"....algunos de los entristas esto lo saben, no asi la mayorìa, que terminan imponiendo su visiòn estrictamente materialista. Y reducen los fines del Gobierno a la gestiòn...y en muchos casos ni siquiera se trata de una gestiòn tradicional sino de satisfacer al "vecino" por un puñado de votos para asi poder.....satisfacer al "vecino".

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  10. Un mostro Bruckberger, todo se condensa en la cita: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Como todo lo que sale de la boca de Cristo, tiene un significado inagotable que traspasa incluso los límites de la razón humana.

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    1. La urgente y necesaria recuperación de la perspectiva sobrenatural - que es la de Bruckberger - está cercenada por la educación universitaria y la discursiva académica que se agota en lo natural y tiembla de saltar su cerco ante la burla despectiva de los doctos. Decía Paul Johnson que de los crímenes del siglo XX, el XXI hereda sólo uno: "la universidad".

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  11. Yo siempre siento una incomodidad con el concepto del bien común. Por empezar me parece que no tenemos posibilidad de saber por nosotros mismos que es lo bueno para nosotros (solo lo sabe Dios), menos vamos a poder saber que es lo que produce el bien común. El "bien común" seguramente es una función con demasiadas variables desconocidas como para poder ser maximizada por nosotros. Por otro lado, en muchas bocas, el bien común me suena a fraternidad, y a bálsamo de Fierabrás: con el bien común se cura, se come, se educa...
    Pienso que el bien común vendría a ser algo así como un efecto colateral de buscar la bienaventuranza trascendental, una yapa pero no un fin. Lo que admirablemente dijo nuestro Señor, primero buscar El Reino, luego lo demás (el bien común) se os dará por añadidura.

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    1. Decía, coincidiendo con Ud, Alvaro D Ors, que el problema del concepto de "bien común", no es sólo determinar lo "común" ante el personalismo, sino que para determinar lo que es "bien", necesitamos de Dios y de su Iglesia, ¿o es que hemos probado del árbol del bien y del mal, y podemos definirlo nosotros?.

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