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miércoles, 19 de octubre de 2016

CONTESTANDO AL PUNTO Y SIN PAPELES

Por Antonio Caponnetto
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Don Dardo:
                   Mucho agradezco y valoro el contrapunto, y esto -al menos- por dos motivos.

                   El primero porque me hace sentir que no he trabajado en vano. Si estas páginas mías pueden suscitar algunas inquietantes reflexiones como las tuyas, quedará justificado el esfuerzo. Si sólo engendraran la indiferencia o ciertos comentarios inevitablemente infelices –que ya se han dejado avizorar- me temo que tendría razones para una cierta pesadumbre. Hasta ahora, y me contenta, van ganando los hombres de buena voluntad. Incluso, hasta se agotó la primera edición del librete. Alivio modesto para la historiografía, pero no menor para las faltriqueras del generoso editor.
 
                   El segundo motivo de mi gratitud es que el modo que has elegido  para el análisis nos convierte, a pesar de nuestros prosaísmos, en dos personajes hernandianos; según aquello que dice Fierro al payar con el moreno: “encontrándose dos juntos/ es deber de los cantores/ el cantar de contrapunto”. Para no andar peleándonos por quién es el negro en este duelo, convengamos en amable armisticio racial que el Martín no era precisamente un ario. Y tengamos la pigmentación epidérmica en paz.

                   La verdad es que si alguna respuesta bien sazonada yo pudiera aportarte, la elaboración de la misma me obligaría a gozar de alguna próxima reencarnación, pues ya la volverá doctrina católica Bergoglio, actual Presidente de la República Peronista en el Exilio. Mientras tanto, se me permitirá hacerte llegar a vuelapluma un par de aclaraciones, que guardan y no guardan relación directa con tu ponderable ensayo. Debes tomar esto como un croquis, y sepultar la fama de que ando repartiendo tomatazos para responder a mis objetores.

                    La primera de estas aclaraciones es que no escribí mi libro contra los carlistas, sino para decirles cordialmente con Chesterton: pongámonos de acuerdo en que no estamos de acuerdo; y en qué no estamos de acuerdo. Conociendo mi proverbial sentido diplomático, de ser prioritariamente confrontativa con ellos esta obra, la pugna hubiera quedado enunciada desde la tapa. Tal vez al modo de esos inocentes pugilatos con que gustaba provocar Esteban Falcionelli, colocando una foto de Don Sixto cabeza abajo.

                   Pero no; la verdad es que estas páginas, se me crea o no, son para que el Carlismo supere el estereotipo injustísimo que se ha fabricado del Nacionalismo Argentino; y para que éste haga un esfuerzo por entender algunas de las mejores razones de aquél. Para que desde Madriz dejen de gritarnos felones, sacándose la viga del ojo y la memez de la calabaza; y para que desde aquí dejemos de acusarlos de maturrangos o de chapetones. Me daría por bien servido si, tras la lectura de mis renglones, Ullate escribiera: “Españoles con pasaporte argentino”, y Ricardo Rojas pidiera perdón por “El santo de la espada”. Tras doscientos años de pleitos, los muchachos de la Fundación Elías de Tejada, por ejemplo, podrían darnos las gracias por haberles defendido a la Hispanidad contra viento y marea, a capa y espada y en solitario; y nosotros, en compensación, podríamos declarar feriado largo el aniversario de Huaqui. O repartir, para la devoción privada, estampitas con la cara del Obispo Lué.

                    La segunda aclaración es que mi libro tiene un prólogo y un Anexo Redundante, que hasta ahora parecen haber pasado inadvertidos. Es una pena, me parece. Porque en el primero hay unos buenos versos de Ridruejo, Jiménez y Molinari que permitirían inteligir mejor el porqué de nuestro amor apasionado a España y a La Argentina; el porqué de nuestra congruencia entre respetar la dolorosa independencia sin renunciar a la cuna.

                     Por el Anexo mentado campean, entre otros, unos sólidos párrafos de tu padre, más criollo que el mate y a la par contrarrevolucionario sin cuento. Pudo haber sido portaestandarte de Valdivia y resero junto a Segundo Sombra, descifrándole el secreto del alma gaucha comparada con la madrina e´tropilla. Si en encarnaduras así, carlistas y nacionalistas no descifran el misterio de la juntura primordial y postrimera de ideales, seguir hablando es logomaquia.

                      Termino con la tercera aclaración, que  puedes tomar por una discrepancia, pero que, en rigor, es un hacer “gemir a la prima y llorar a  la bordona”.

                       Toda la vida he repetido con Aristóteles que conviene mirar al ser en su excelencia, no en sus degradaciones.Y que esto vale en grado eminente para el hombre. Conocer al hombre es conocerlo en su máximo exponente, no en su mínimo común múltiplo, si se me perdona el recurso algebraico. No vale sentirse ontológicamente cómodo en comparación con los vulgares y ramplones. Conviene experimentar la desafiante incomodidad de saberse nada frente a los héroes, los santos, los poetas, los profetas, los artistas.

                        En tal sentido te entiendo y mi adhesión te presto cuando reclamas para los hombres de 1810 a 1816 una estatura y una talla que los haga conmovedoramente imitables, “visceralmente” admirables, egregiamente únicos. Si esa estatura y esa talla no se hacen patentes nos quedamos con las manos vacías, aunque nos quedemos con hombres posibles y reales, con sus virtudes y defectos. No seré yo quien no repita y no haga suya la nostalgia de Rafael García Serrano, al retratar la época “cuando los dioses nacían en Extremadura”. Quiero de nuevo esos “dioses” protagonizando la historia. Y en particular la de mi tierra.

                       Toda la vida asimismo repetí con los clásicos que se podrá decir de alguien que alcanzó la cúspide de la arquetipicidad, cuanto su nombre es cantado por los poetas, abrazado en epinicios, coplas, pareados o sonetos. Una existencia no cantada, ni pintada, ni esculpida ni musicalizada por los genuinos estetas, es una existencia disminuida. Y me repito: en tal sentido puedo entender tu exigencia frente a esos hombres de Mayo-Julio.

                         Pero aquí cesan mis comprensiones y apoyos (aunque no podrás acusarme de manga estrecha). Porque a renglón seguido tomo distancia de ese carácter de meros segundones que repetidamente les adjudicas, sin privar de ese carácter a personajes valiosos y distinguidos como Belgrano y San Martin. No; no lo fueron. Tuvieron nobleza, hidalguía, jefatura y rango. Tuvieron “genealogías, estirpes y oraciones”, diría el Conde de Foxá. Tuvieron patriciado y aristocracia, y una capacidad para poner el pellejo en la primera línea de fuego, que hoy no se estila en ninguna de las orillas del Atlántico.

                  ¿No nos sirven ni te convencen porque no son el Cid, Carlomagno, Roldán, el Amadís y Pelayo? ¿No te edifican ni sostienen porque murieron en sus camas aunque vivieron en batalla? Claro; somos argentinos; ya se sabe. La avenida más ancha, la calle más larga, las mujeres más guapas, los dioses escribiendo la historia y Homero y Virgilio, toditos nuestros para cantar sus proezas impares.

                    Lo que nos ocurre con estos hombres, caro amigo, es lo que Don Quijote le amonesta a Sancho: la mucha familiaridad ha engendrado el menosprecio. Lo completaría con palabras de Jauretche si ya no temiera pecar de populista: ¿Cómo Fulano va a ser importante –se preguntaba el vasco- si vive a la vuelta de mi casa? Nos han familiarizado tanto en la escolaridad laica, gratuita y obligatoria con esos “padres de la patria”; los han abajado tanto en las efemérides; los han abaratado tanto en el celuloide; los han hecho vivir tan a la vuelta de casa, los han patanizado tanto y tanto en los discursos parlamentarios, que nos parecen meros personajes de reparto y no primeros actores. Extras de un mal film, no paladines de una dura travesía. Figuritas del mitrismo, monumentos municipales, cartulinas para el aula de sexto grado.

                   Fueron mucho más que eso, te lo aseguro. Y la seguridad no me brota de un apriorismo nacionalista sino de estudiar sus peripecias. Que no nos pase lo que denuncia Hegel: “para el ayuda de cámara no existe el gran hombre”. Que no nos convirtamos en los ayudantes de cámara, que por ver al señor en taleguillas terminan olvidándose de que igual es el señor. Que no nos pase lo que al Tersites homérico, mirando la grandeza desde nuestras gibas, sesgando la altura, aplanando las cumbres. Que no nos quepa el sayo que lamentara Juan Ramón Jiménez: “lo querían matar los iguales porque era distinto”.

                    No diré yo que estos hombres revisten caracteres homéricos, o que a su vera empalidecen los guerreros de Las Termópilas. Tampoco diré que fueron celebrados por los aedas del Parnaso, ni que las Musas bajaban del Helicón para rimar sus epopeyas. Muchísimo menos diré que no erraron, y a veces de modo fiero. Pero no fueron segundones sin prosapia, coraje, leyendas y bríos. ¡Eran hijos de España y padres o tutores de los gauchos! Se necesita algo más que un segundón para enfrentar la mole andina, o confrontar sable y bandera en mano, en los yermos de Tucumán y de Salta. Un segundón no repite la estrategia de Epaminondas en los Campos de Maipú, ni procesiona ante la Virgen de la Merced para entregarle su bastón de mando. Un segundón no muere en Las Piedras, como lo hizo Manuel Artigas, quedando solo, con un puñado de jinetes armado de boleadoras. Un segundón no alcanza gloria en la derrota, como Pringles en Chancay.

                    Yo, al menos, ante ellos, antes de lesionarlos en su talla, repito con Juan Luis Gallardo:
“Les extiendo a todos esta mano mía,
de buen ciudadano, prudente y cortés,
mientras me pregunto si en su compañía
no hubiera temblado mi pulso burgués”.

                     Por contraste con estos segundones, trazas el merecido elogio del gauchaje, de los caudillos federales, de Don Juan Manuel y de las madrazas antañonas, como Encarnación Ezcurra, paradigmas todas de esa mujer fuerte que “a la hora de parida se va a lavar al río”, como dijera Pemán. ¡Vaya si te sigo en esta red de justicieros encomios. Pero esta raza de “dioses”  no nació ex nihilo. El Facundo y el Juan Manuel que honramos tuvieron amistad con San Martín. Amistad y afinidad política. El Pancho Ramírez que te entusiasma, con su Delfina legendaria a cuestas, peleó en las filas “patriotas” contra los “realistas”; y Güemes – capítulo aparte- sólo existió para que Lugones refundara el castellano cantando su gesta salteña ante el  asombro de Castilla. Quien recorra los cancioneros epocales advertirá que el mester de juglaría se mudó de la campiña aragonesa a estos pagos sureros.

                     Tampoco fueron segundones aquellos a los que tuvieron que enfrentar esos hombres. La guerra era dolorosamente  fratricida, ya lo dijimos, y por las venas de ambos contrincantes ocasionales corría la misma sangre. Te conozco un poco y sé que te gustará recordar la breve arenga del General Lara en vísperas de Ayacucho “¡Zambos del carajo! ¡Al frente están los godos puñeteros! El que manda la batalla es Antonio José de Sucre, que como ustedes saben, no es ningún cabrón, conque así, apretarse los cojones y... ¡a ellos!”. Es un buen reparto de autocrítica y de reconocimientos ajenos, diría hoy algún almidonado psicólogo. Pamplinas. Es la prueba de que eran cuñas de un mismo palo, que –si la historia pudiera haberse elegido- no tendrían que haberse separado nunca, ni mucho menos tendrían que haber llegado a las manos.

                      Cuidado Don Dardo con dejarse atropellar con los complejos de inferioridad y de culpa. Nuestra independencia dolorosa y trágica, necesaria y lícita, derrumbante y fatídica, germinativa y agónica, no fue la obra de segundones. Pero de estos hubo al rolete, y nos coparon la banca, y nos ganaron la partida y nos gobiernan hasta hoy. Y no quiero ni puedo ser el apologeta de esta madita victoria de los secundones.


                   Marechal nos propuso algo en la Didáctica de la Patria, mientras no llegaran tiempos mejores: “tu heroismo ha de ser un caballo de granja, tu santidad una violeta gris”. Tal vez fue sólo esto lo que pudieron desplegar aquellos hombres de Mayo y de Julio. No lo sé, y por lo que acabo de decirte no lo creo.

                  Pero a doscientos años de 1816, no pudiendo modificar el pasado, avergonzado por el presente ominoso que padecemos y puestas las esperanzas del porvenir tan solo en lo que Dios disponga, y en el Cristo que adviene, duermo tranquilo sabiendo que Arriba, en el mismo vivac, tienen que estar acampadas las tropas con las cruces de borgoña y los escuadrones con la celeste y blanca.

                 Católico y nacionalista, argentino e hispanofiliado; con estas cuatro categorías a cuestas sólo me brota un estrambote:   ¡Viva el Imperio!

                 Un abrazo
                  En Cristo y en la Patria
                  Antonio Caponnetto




17 comentarios:

  1. en definitiva: los independentistas tradicionales terminaron siendo funcionales a los emancipadores liberales.

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    1. Sí, pero admintiendo eso no se le quitaría a la Independencia sus buenas intenciones y correcta doctrina de base. Nadie duda que rápidamente esto pasó a ser una bazofia que llega hasta hoy. Lo que se discute es el hecho de la Independencia en sí y sus hombres.
      Lo posterior es posterior.
      Tampoco sabemos cuál hubiese sido el futuro sin Independencia (un futuro en el que Inglaterra hubiese seguido existiendo).

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    2. Estamos de acuerdo. Pero habría que haber evaluado más friamente los pro y los contra antes de querer tirar por el balcón a Cisneros.

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  2. Alguien por amor a la Verdad, señáleme dónde enseña la Iglesia que el derecho a la resistencia contra un tirano justifica la secesión y ruptura de una Patria!!!! Gracias.

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    1. ¡Bueno amigo! ¡Es la historia del mundo! Si fuera pecado de lesa humanidad la secesión de un Imperio, la tarea de recomposición del mapa actual nos devolvería al Imperio Romano, y aún más atrás. No deberían existir los países y la Iglesia nos tendría a todos excomulgados. Por ejemplo, Polonia debería volver a la órbita de Putin, ya que era parte del Imperio Ruso, y no debió salirse de él ni ante Lénin o Stalin, lo mismo con Lituania, Estonia, Georgia y Ucrania (por poner ejemplos recientes). ¿Y la secesión de los Imperios de oriente y occidente? Y también habría que condenar las anexiones, por parecidas razones. Aún la de los Aztecas e Incas. ¿Porqué España se independizó de Roma? Pero también, porqué los reyes católicos anexaron la Navarra y los Franceses se afanaron la mitad de Cataluña y la Vascongada, que eran Naciones Independientes ¿Y todos los países que surgieron del estallido del Imperio Austrohúngaro? Estados Unidos debió ser fiel a Inglaterra, e Irlanda a la Gran Bretaña, junto con Escocia. ¿A que corno juega Portugal? que era tan reino como Castilla, o los otros. ¿Qué carajos hacía España en Nápoles y Génova?. ¿Que pindongas jugaban los germanos en Sicilia? Es la historia... y a la Iglesia lo que le importa es que no se separen de Cristo y su Iglesia, en el resto... ¿Por qué carajos se va uno de la casa de sus padres? ¿Hay que quedarse aunque sea un hijo de puta? Las cosas pasan y no son categorías teológicas, son políticas. Pasan y hay mil explicaciones para ellas, no están codificadas, ni entre los diez mandamientos. A veces son pecados de las naciones, a veces desgracias, a veces carambolas, a veces procesos naturales necesarios y buenos. Los patriarcas veterotestamentarios dividieron varias veces las tribus y los rebaños ¡se jodían las pasturas! ¿Porqué se fue Ismael? Hay un error claro en el hispanismo, creer que España es la Iglesia, que es la catolicidad y que la foto de aquel Imperio divide las aguas de la historia, que es el año 0. ¡Cagó fuego! y como dice el tango "vos rodaste por tu culpa y no fue inocentemente, berretines de bacana que tenías en la mente"

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    2. Ahhh! y le juro que fue por amor a la verdad.

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    3. Margot y Berretines de Bacana son tangos proscriptos por violencia machista, don Dardo.

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    4. ¿Y qué hacemos con el "toalla mojada" que la fajaba a la Yuyito en el Chanteclaire con una toalla mojada?

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    5. solo silbarlos, como le pasó a la Marchita que tanto gusta entonar Antonio. Slds desde el glorioso Viejo Palermo Rosista (ahora denominado Soho o Hollywood o Queens o New p Glam o Freud o la puta madre que los remil parió a los de inmobiliaria Goldstein y Shenk.

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  3. Cabe traer a colación a Memphis La Blusera.... "Si, te vas, no no no no te voy a extrañar....

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  4. yo....no soy un robot23 de octubre de 2016, 14:15

    no vale!!! alguien está usando mi nombre de "no soy un robot". Conste que no soy yo el que ha escrito otras veces ,qué plagio . Ya no se puede confiar en nadie.

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  5. es el cambio de paradigma, estúpido24 de octubre de 2016, 5:10

    Por Mariana Carbajal
    Frente al poder de las mujeres en las calles, del feminismo caminando con decisión por cada rincón del país, visible, corajudo –como siempre–, abriendo cabezas, empujando marcos, márgenes, aparece la reacción machista, esperada. ¡Son tan obvios! “Nadie menos”, es la frase que resume ese ataque para lavar de sentido la convocatoria del miércoles al paro nacional de mujeres: pretenden esconder, ocultar, la especificidad que tienen los femicidios, los asesinatos de mujeres por ser mujeres, el trasfondo económico y de discriminación histórica que sufrimos en la sociedad: en los medios, cosificadas, como adornos, más comentando espectáculos que política o economía; en el Poder Judicial, en la base sin llegar a los puestos más relevantes, donde circula el verdadero poder –las cámaras federales, las cortes provinciales o la nacional–, en las empresas y fábricas, ganando menos que ellos, o cobrando en negro en tantas casas –de esos que hoy dicen “Nadie menos”–; en los hogares, haciéndonos cargo de las tareas del cuidado de nuestrxs hijxs, de las personas enfermas de la familia, de la comida, de pasar el trapo, de lavar la ropa–. La lista sigue. ¿Cómo hay que explicarlo para que lo entiendan también periodistas, mujeres y varones, que focalizaron en el drama de las familias de víctimas de femicidio durante las coberturas del miércoles –a quienes, por cierto, abrazamos en cada grito de #Ni Una Menos– y no en el fondo de la cuestión? Ese fondo fangoso, en el que estamos entrampadas –y ellas, periodistas, también–, ese fondo de la discriminación de las mujeres en todos los ámbitos de nuestras relaciones interpersonales, ese fondo, que es cultural, económico y político –si, el paro fue político, el feminismo es político, lo personal es político. Queremos cambiar el mundo. Queremos cambiar el paradigma sobre el cuál se ha sustentado la historia de la Humanidad. Eso dice nuestro grito. Ni más ni menos.

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    1. ¡Qué divina! ¡Hay que reconocer que esta es linda! ¡Que se enoje con Caponnetto!

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  6. pido perdón. firmaré como "soy un robot" cuando tenga algo para decir. Aunque no vuelva a comentar, seguiré este blog siempre. Vengo desde Argentinidad, y el día que desapareció en Noviembre del año pasado fue muy triste. Gracias a un amigo descubrimos donde se había mudado, luego de varios meses.

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  7. Yo soy un robot y medio25 de octubre de 2016, 8:11

    «El eje de la historia argentina es la pugna entre el liberalismo y la tradición española. Y el liberalismo ha vencido. Eso es todo —dijo el judío—. La francamasonería, que es una creación de nuestra raza, fue su instrumento o brazo derecho; y egregiamente que trabajó, por cierto.»

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    1. Es así, quién lo dijo?

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    2. El mismo que dijo esto: «Los yanquis no rompieron con la tradición inglesa al romper con Inglaterra; mas nosotros echamos por la borda la tradición española, en la esperanza absurda de sustituirla por ¡la yanqui! Hasta la población quería sustituir Alberdi; y Sarmiento hizo todo lo posible por conseguirlo. ¡Hasta la lengua! ¡Hasta la religión! Un demonio estúpido los poseía. Eso lo pagamos caro.»

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