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martes, 18 de octubre de 2016

INDEPENDENCIA Y NACIONALISMO CONTRAPUNTOS VISCERALES

AntonioPor Dardo Juan Calderón.

Un contrapunto no es una divergencia, es un Desafío poético entre dos o más payadores o cantores que, acompañados con un instrumento como la guitarra, improvisan versos tratando de superar cada uno la originalidad o el humor del otro”. O, cuando es simplemente musical, el expresar la misma melodía en otro tono o con otras formas que no intentan superarla, sino resaltarla al darle nuevas proyecciones. Como ni Don Antonio ni yo le hacemos a la guitarra, este contrapunto es a puro teclado.

No pretendo en el presente establecer una divergencia con el libro de Antonio Caponnetto con el cual coincido en la melodía, y mucho menos al nivel del conocimiento de la historia argentina del que disto de largas leguas. Pretendo solamente dar unas notas muy personales, emotivas y quizá literarias, que permitan ver un tono que aparece en su obra, pero que merece estar resaltado y del cual, creo entender, se suscitan ciertas rispideces que el calor de las palabras que se arrojan pueden convertir en ofensas. No son cosas que se agreguen ni que se resalten como falta, sino que son ocurrencias que surgen cuando uno está de este lado de la cátedra a la que acepta con gratitud y en reconocimiento de la autoridad que se posee en la materia. 
    De alguna manera se hacen para conceder a sus contradictores ciertos humores que se me explican. Pero de ninguna manera vayan a creer que se pretende intentar un acercamiento de posturas en una síntesis ecléctica para quedar bien con Tirios y Troyanos. Lo normal es quedar mal con ambos, pero me mueve la confianza en que ambas partes me lo van a perdonar y soportar por no darme la razón en aquello de que me jacto de haberme peleado con todo el mundo.

    Los he llamado contrapuntos “viscerales”, pues son argumentos que me nacen no del estudio ni de la erudición, sino en cierto sentir nacional del que me creo autorizado por el sólo hecho de ser cristiano, criollo y argentino viejo, de haber recibido como herencia los relatos, las nostalgias, los vicios y las virtudes de una familia criolla. Y van allí por lo que valgan.

  En anterior artículo resaltaba la paradoja de que al nacionalismo parece más recomendable hoy mirarlo desde afuera, y en esta reflexión me serviré en gran parte de un extranjero, escogiendo por hilachas el ensayo de Vintila Horia (Reconquista del Descubrimiento. Ed Patris), que recomiendo no por ser en todo acertado, sino por tener algunos aciertos al mirar las cosas con distancia y desde otra perspectiva.

   La historia argentina, quizá por ser tan corta te pierde en una multitud de detalles que han sido escrutados hasta debajo de las piedras y sin embargo las claves siguen estando pendientes de la visiones más aéreas e integrales. La obra de Caponnetto, en alzado vuelo atiende desde esta visión sintética, varios problemas y cuestionamientos sobre la “legitimidad” de poder situarse, dentro de La Argentina, en la defensa y promoción de un “nacionalismo” que a la vez nos permita no contradecir nuestro catolicismo, nuestras tradiciones hispanistas y nuestro carácter contrarevolucionario. Parecería para los contradictores que el posicionamiento nacionalista sería una contradictio con los restantes principios enmarcados. Es decir, que defender la existencia de una Nación Argentina implicaría en los hechos una ruptura con la tradición hispánica (y esto, es decir, esto de hacer una Nación sin tradiciones, sí que es una contradicción y una expresión revolucionaria que la hace nacer en un  pacto contractual y en condiciones racionalistas), implica así mismo la continuidad de una acción revolucionaria y, por ende, anticatólica. Existe una razón para sostener esta postura, y la razón es que, de hecho, la Argentina en su decurso histórico fue cumpliendo el derrotero marcado. Es decir, que terminó rompiendo su tradición hispánica y sigue un proceso revolucionario y anticatólico.

   Puestas las cosas en esta lógica lineal pareciera que no hay mucho que decir, salvo que, este proceso también se siguió en la península y en todos los países del mundo, de parecidas formas y con similares resultados. Todo el mundo rompió con sus tradiciones nacionales, siguió un proceso revolucionario y anticatólico. Esta primera reflexión nos lleva a pensar que la dinámica hacia la revolución anticatólica es un proceso mundial que excede con mucho los efectos de la Independencia americana. Es más, podemos afirmar sin duda alguna, que el mismo proceso se hubiera dado sin necesidad de pasar por la Independencia (y de hecho, se estaba dando antes de ella), con lo que tenemos que la Independencia no puede ser puesta como causa eficiente del proceso de caída. La causa eficiente es mucho más grande, más poderosa, más vasta y más compleja. Es tanto más vasta y compleja, que se estaba dando en la misma Iglesia.

    Caponnetto entonces, con buen sentido histórico, pone el affaire de la Independencia americana entre esos hechos, junto a muchos otros, que jalonan la desgraciada decadencia del Imperio Español, que venía ocurriendo desde un siglo antes, y frente a los cuales, los dos bandos en pugna, revolución y pensamiento tradicional (o contrarrevolución) juegan sus puestas para resolverlos en uno o en otro sentido. Estos dos bandos se enfrentarán en cada uno de los hechos que el siglo XVIII y el XIX les vaya poniendo. La revolución Francesa, la difusión de la Revolución por la obra bélica de Napoleón, la expansión del Imperio Inglés, las Independencias de las posesiones americanas tanto para ingleses como para españoles, la caída de los Imperios centrales de Europa, el ascenso y decadencia del Imperio Ruso, etc.

    Pero aparte de esto, de este combate “espiritual”, cada hecho además implica maniobras políticas más o menos eficaces para sortear los efectos y esto ya depende de la pericia política de los actores. Inglaterra supo capear los efectos de la independencia americana una vez que tomó conciencia que era imparable, y España no. Podemos decir que en la primera estaba Burke y que finalmente los intereses económicos, que eran la razón de ser de las posesiones americanas para los ingleses, podían ser servidos de otra forma aprovechable;  siendo que las posesiones americanas de los españoles eran mucho más que un interés económico. Portugal también jugó sus cartas con mejor suerte y mejores ideas.

    España jugó mal, y sin duda alguna jugó mal porque tenía a Napoleón ahorcándola justo en el momento clave, pero no podemos escondernos que jugaba mal desde antes, que hubo hombres (como Don Pedro de Cevallos) que avisaban a gritos que se estaba jugando mal y que proponían alternativas, que señalaban que el destino de España era hacerse de la integridad de la península (contra Portugal) y recuperar el territorio que Brasil había usurpado. Poner una mejor administración en América (define virreinatos más acotados) poner tropas, y en fin, todo aquello que ya sabemos. Pero no se hizo, se dejó estar, Inglaterra efectuó su jugada y salvó al aliado que la ayudaría a volcar el Imperio Español.

   El proceso independentista americano no es la causa del derrotero revolucionario de estos países, es un efecto del mismo proceso dentro del Imperio Español. Efecto que no encontró, para ser evitado, vigor ni en las ideas, ni en el espíritu de la dinastía reinante, ni en el pueblo español, y por sobre todo, pericia política en sus dirigentes.  Ese proceso independentista, en estas tierras, ni siquiera tenía la fuerza y la decisión del proceso que se producía en América del Norte, era débil y dubitativo y tuvo su momento - como siempre sucede a las desgracias - en medio de la anarquía que se produjo en la península invadida. Primero fue una decisión práctica impuesta por la fuerza de los hechos, quedamos al garete y había que tomar decisiones de gobierno, actuar frente a la posibilidad de quedar en manos francesas, también la de quedar en manos españolas revolucionarias, ser independientes o… buscar regencias extranjeras de uno u otro tono, y luego fue derivando en lo que ya sabemos.

    Ahora bien, queda por zanjar el siguiente problema: los dos bandos espirituales en pugna. Parece ser que el bando tradicional, para ser consecuente, debía permanecer fiel a lo que decidiera la dinastía reinante en la península, es decir a su suerte, esto sería la “lealtad exigida”. Todo otro derrotero implica traición y pasar al bando revolucionario. Pero esto no fue así ni en la península, ya que allí la reacción tradicional se levantó contra la casa reinante, o por lo menos, contra los que efectivamente reinaron, y no podemos reducir el levantamiento Carlista a sólo un problema de sucesión dinástica, que fue la excusa, sino a un combate entre estos dos grandes bandos espirituales.

    En fin, que esta independencia, que en principio fue anarquía y que sin muchas ganas de ninguna parte se iba produciendo en América y como carambola de los hechos y de los errores, había que enfrentarla de alguna manera. Y allí se juegan los sucesos de esta etapa en lo que vino a llamarse La Argentina.

    La tesis nacionalista es que, desde el bando “tradicionalista”, hubo hombres que vieron necesario jugar esta carta independentista para salvar “lo tradicional”, es decir, para que esa independencia que se producía con la fuerza de los hechos por una parte, y aún por necesidad de salvar el espíritu tradicional, no cayera en manos revolucionarias. Esto se niega desde los contradictores, parece que no existió tal bando, todos fueron llevados por ideas revolucionarias.

    El esfuerzo del análisis histórico nacionalista será demostrar que hubo una “independencia” de sentido tradicional, contra una independencia revolucionaria; que en ese sentido hubo una pugna entre bandos bastante confusos al principio, y que se desató en una guerra civil de enormes proporciones, que se estudiará en sus momentos, de victoria tradicional con Rosas, y de victoria revolucionaria de Caseros en adelante. El “tono” que resalta Caponnetto es de una independencia que se produce como un hecho desgraciado, sí, pero que se transforma, en un punto, en un hecho “necesario”, necesario para la salvación de lo tradicional. Un hecho necesario que no implica, por el parentesco espiritual, un hecho necesariamente “definitivo”, y en eso descubre en la sabia política de Rosas – y en el bando Federal-  una apertura para el reencuentro, para la Restauración. Reencuentro que no puede ser totalmente expreso por razones obvias de orden interno, pero que se evidencia por la negativa rotunda a tomar formas – el constitucionalismo – irreversibles para una refundación de la tradición. Asunto que le es de graves resultados prácticos al federalismo (Quiroga los hubiera evitado), que le retrasan una solidez política en pos de algo más grande y que sólo se soporta con argumentos finalísticos propios de los grandes políticos como lo fue Don Juan Manuel, y que sin embargo, paradojalmente lo alejan de un reencuentro con la madre patria que ha tomado el curso fácil de la pendiente y a la que Dios le ha negado la redención Carlista con una maldita astilla de cureña.

   En esta melodía coincido y no me convence la lógica lineal de los contrarios. Cuando digo coincido, cometo un grave acto de soberbia porque no estoy a la altura en mis conocimientos de aportar una certeza propia, ya que en realidad debo decir: me convenzo, me convencen los argumentos de la escuela nacionalista, pero  me convenzo fundamentalmente porque yo soy producto de eso, soy uno de esos bichos, tradicionalista y argentino, y siento que el sayo que teje Caponnetto me cabe al dedillo.

     Ahora bien, no encuentro dudas en ese bando Federal que toma el “hecho” de la independencia, desgraciado, pero necesario en un punto, y se lanza a una aventura que merece estar – según los criticados por mí criterios de Mihura Seeber – en el “bando crístico”, pero criterios que al fin, a veces se hacen imprescindibles para expresar una idea sintética. Tendremos que esperar que Cristo haga el juicio y rompa los siete sellos para saberlo con seguridad, pero juego mis apuestas de que aquellos centauros retozarán un día en la gloria del Padre. No crean que pretendo decir que eran “hijos de María” y que olvido que en sus “debe” llevaban pecados de los buenos, como aquellos conquistadores al fin, pero claro, no de los que excusamos los burócratas.

    Y ahora, mal, viene el contrapunto ¿puedo ver este mismo bando, aun con mediana claridad, en los personajes que entran al ruedo histórico en el período de 1810 y hasta el veintipico? ¿Los hombres del 10 y del 16? ¿Los “padres” de la Patria?

¿Qué me dicen las tripas y lo poco que leo? Recapitulemos, miremos qué tipo de hombres estuvieron y conformaron estas etapas de nuestra historia.

   Fuimos tres siglos de la España en la Nueva España y en ello, en la conquista, la expresión de una de las más grandes aventuras materiales y espirituales de ese Imperio, y por qué no, de la historia universal. El “conquistador” fue el resultado de un espíritu entre medieval y barroco, adusto y romántico, que trazó biografías increíbles desde un Colón, un Cortés, un Alvar Núñez, un Pizarro o un Valdivia, pero que no se ven mermadas en la mayoría de sus actores secundarios; biografías que en cada una exceden en su realidad la más loca de las imaginaciones literarias y que se derivan y explican en el espíritu nacido de aquella anterior gesta de la Reconquista. Hombres enclavados en una fe de una hondura medieval, vivieron vidas de aventureros míticos que empardan en la historia real lo que hicieron en su literatura los griegos y que los romanos encargaron a un Virgilio para no ser menos. Siempre en par, el monje y el soldado, que alternativamente iban pariendo aquellas castellanas familias, daba cada uno una nota que el mundo había olvidado en el baúl de las viejas canciones medievales. Quijotes y Donjuanes, cidianos campeadores, trazaron una línea de vidas extraordinarias que opacan a los mismos semidioses.

  Suscitaron lealtades en los suyos que de siglos no se veían. Amores en sus hembras que no sólo cumplen - sino que superan - las fantasías de la novela caballeresca, aún en el barroco erotismo de entregas desmedidas, y que ponen a sus mujeres –legítimas o no- como fuerzas cósmicas a la par del heroísmo y el coraje de los más recios varones. Respeto y temor de sus enemigos al punto que hacía que toda lid era un combate a muerte y no admitía retrocesos ni rendiciones. Sus almas abrasadas en una magnanimidad de titanes paganos que sin embargo recalaban arrodilladas frente al confesor, siguiendo después adelante sus gestas gigantescas sin merma, pero ya como penitentes pecadores.  El rasgo de gloriosa penitencia que tan bien resaltara Anzoátegui en aquel ensayo sobre Don Pedro de Mendoza. Sus hazañas y sus conquistas son el resultado de voluntades definidas hacia un fin claro, en un espíritu expreso, al que se lanzan como flechas encendidas, pero en el que lo barroco ya señala una desproporción, un desequilibrio.

  Nada agrego al comentar esta sabida “desmesura” hispana “consecuencia de la salida del hombre de una época mística y equilibrada y de su entrada en una época profana y desquiciada. El humanismo renacentista, moderado y atento a lo religioso, en una primera etapa, se desbocó en una segunda y no tuvo más remedio que alcanzar unas metas de la que se hubiera asustado en sus principios, pero que no fueron más que una leal conclusión, como todo silogismo.” Nos dice Horia en el trabajo citado.

  A finales del siglo XVII y en aquel lamentable XVIII español, comienza la decadencia que con agudeza marca Ortega, donde abdica la aristocracia en una especie de cansancio y acedia por aquella desmesura. Donde desaparece la ejemplaridad de los nobles capitanes y el canto de los grandes literatos (Cervantes, Calderón, etc.), y en esa otra llamativa nota que suele seguir a la desmesura, y que es la “pereza hispana”, recala toda esa bravura desatada a la intemperie salvaje de la América ahora en el lúdico espacio de la “plaza” de toros, con tonadilleras y toreros que conforman los nuevos paradigmas de un abajamiento general. “Condición patológica”, la llamará el filósofo español citado. De la misma forma, la vieja sabiduría que manaba de las catedrales y conventos y se entrañaba en el ser español, se va transformando, previa dosis de una escolástica contaminada, en esa cultura snob de la enciclopedia, para parloteo cortesano,  que poco antes había enfermado la Francia con parecido virus.

   El XVII español es decadencia y en ella se arrastra - y arrastra a España - aquella vieja dinastía borbónica que diera otrora glorias a la Europa y a la cual tampoco cabe cargársele todas las tintas - ni en todos sus especímenes - por causa del malhadado y esperpéntico Fernando VII. No ajeno a ello es la Nueva España que siente con atraso parecidos humores y que extraña aquella transfusión de sangre gloriosa que provenía de la península, perfilando, en soledad y contrariada, sus propias formas “ Nuevos tipos humanos, como el criollo, el porteño, las tapadas limeñas, el caboclo brasileño, el cuarterón, el bandeirante, el paulista” – podríamos ya agregar el gaucho – “… dieron poco a poco a la sociedad americana un matiz distinto que, a pesar del continuismo político impuesto por los hasburgos, cincelaron no sólo un aspecto exterior diferente, sino también un distingo anímico, engendrador, con el tiempo, de una cultura típicamente criolla y un escenario de rasgos locales sobre el cual se irá forjando la mentalidad de la futura independencia”. La misma literatura hispanoamericana compondrá formas propias e irá expresando una novedad “americana”, Sor Juana Inés expresa la transición.

   Sin embargo, será en esta Nueva España, en el Virreinato del Río de la Plata que con sagaz estrategia dibujó Don Pedro de Cevallos, que con él tiene España y América el último y tardío espécimen de la vieja raza de la Conquista y aún de la Reconquista, y que señala la dirección correcta para el Imperio dirigiendo su proa contra la penetración Inglesa y herética que encontraba en el Brasil y en el Portugal, hijos pródigos de la península y aliados por recelos de vecindad, para su viejo rencor antihispano y anticatólico y, a terminar con los cuales se dirigía la estrategia de Don Pedro para rearmar el Imperio recostado sobre América.  Pero es tarde, el Borbón ya desconfiando de su raza pone al mando de sus ejércitos a un irlandés, y en aquel último viaje a Madrid del último español del imperio, asesina el irlandés (muy probablemente) al Virrey que llega a España a proponer la gesta que la salvaría del oprobio y solicitar el permiso de casamiento con aquella, su dulce juvenil amor de madurez que en Buenos Aires está en cinta y que enviuda sin casarse; cumpliendo de esta manera el ideal a la vez romántico y medieval de los hombres de la conquista. Es él quien deja su impronta en los hombres que más tarde darán las notas mejor templadas. Es Linier y son los Rosas parte de su gente. España dejará de mirar a América a la que considera con ceguera un patio de trastienda seguro, y de la mano de este mercenario irlandés encallará todas sus fuerzas en una aventura africana para perder para siempre, junto con su armada,  la oportunidad de su renacimiento.

   No ver esto es no ver nada. No entender que España, siguiendo una corriente que asolaba a todo el mundo, se quedaba sin aristocracia en una vida de cortesanía y salones como ya le había ocurrido a la Francia. Pero en Francia, lo que en España terminó en sainete, concluía, por lo menos, en un drama con el asesinato de sus reyes.

   Igual proceso de decadencia de la aristocracia había ocurrido medio siglo antes en Francia y la tan mal mentada “monarquía absoluta” (que tanto molesta a los hispanistas y de la que algo deberían haber aprendido) lo capeaba con Luis XIV, que retiraba del juego a aquella aristocracia decadente que proponía instituciones inglesas contra toda su tradición, y se entendía directamente con su pueblo. Aquella dinastía francesa, a pesar de la voluntad puesta hasta Luis XV, no tendrá la energía de liquidar la peste iluminada con Luis XVI, pero tendrá al menos el honor de caer guillotinada. En forma parecida, casi dos siglos después, la dinastía Romanov sufrirá el mismo proceso, tendrá que destrozar un feudalismo que se había trasladado de las fincas a los salones, y convertirse en autocracia y conectarse en forma directa con las íntimas fibras de su pueblo, resistiendo una aristocracia ya degenerada. Vean este proceso y este parangón en la excelente pluma de Alberto Falcionelli en su primer tomo de la Historia de Rusia. Lo que hay que recalcar, es que en todo el mundo, el efecto del renacimiento, el iluminismo y la posterior revolución, terminaban con el fenómeno de una aristocracia católica que no sólo desaparecía para siempre, sino que traicionaba sus ideales y su forma de vida caballeresca y servicial, puesta a vida o muerte en las empresas cristianas.  Antes o después, este proceso se daba en todas partes y las monarquías ya privadas del sustrato de la nobleza, o se convertían a las nuevas ideas para una supervivencia vergonzosa, o se absolutizaban a riesgo de perecer bajo el asesinato mil veces relamido por los infinitos complots de su propias gentes.

   La monarquía Española no tendrá el honor de aquellas. Sobrevivirá en la entrega y la traición a su destino marcado, y ejecutará hasta hoy el papel de monigote de revista que le tenían asignado y que ya avisaba Goya con aquellas pinturas del que hacía cornudo en el atelier. Pero nos estamos yendo y debemos volver.

    El siglo XVIII avisaba a los gritos el desmembramiento y ocaso de aquel Imperio, en sus hombres, en la expresión de su cultura (en su ausencia de cultura), en sus costumbres, en su religión; era una pendiente marcada que anunciaba este desastre y no hay en el mundo historiador válido que no lo haya observado y al que la independencia americana no le resulte el efecto lógico de esta desidia. Buscar las raíces y las razones de esta independencia en los americanos es desconocer lo obvio, ya que la situación de América era la de una nave al garete que comenzó a chapalear en un mar barroso.  En el XIX todos sus dominios quedaban al garete como de la misma manera quedó la península frente al embate napoleónico. 

   ¿A dónde va el espíritu de los pueblos en aquellos momentos en que los que debieron ser sus mejores hombres desertaban? No es mal hallazgo el decir que el espíritu se conservaba en los medios rurales y en los pueblos periféricos a esas capitales infecciosas, en las pocas aristocracias y clero rurales que mantuvieron una fe y un honor hispano. Así ocurrió en Francia poco tiempo antes y produjo La Vendée, también en España que reaccionó en la guerrilla popular – capitaneada por gloriosos perros rabiosos - contra un invasor al que su aristocracia y su dinastía le abrieron la puerta para quedar deshonrada para siempre en el espíritu del pueblo, y más tarde, con toda la nobleza de su conformación popular – en el mejor sentido de esta palabra, es decir como pueblos en su todo orgánico y jerárquico- el Carlismo contra la deriva liberal. Ocurriría en Rusia de parecido modo, con un pueblo que se cerraba con su dinastía autocrática y que pudo, a pesar de la decadencia de sus mandos aristocráticos, ser el Gendarme de Europa y hasta poner tropas altivas llegada la primer gran guerra a pesar del pulular de los Demonios en sus aristocracias, detalle que tan perfectamente nos dejara estampado Dostoievski.

  ¿Qué ocurre en las sociedades? Alejada la aristocracia de sus destinos heroicos, de sus grandes servicios y aún de sus fundos rurales y del comando de sus gentes,  los asuntos quedan en manos de segundones, parvenús, comerciantes, abogados, notarios, policías, milicos profesionales. Hombres de sentido común en los negocios y hasta de algunos principios conservadores heredados, pero fácilmente amedrentados por terroristas, por intelectuales liberales y tentados por capitales líquidos de las empresas foráneas; frente a los cuales no alcanzará la sapiencia de Sancho para poner orden en las distintas baratarias. La propia debilidad de sus convicciones y la inconsistencia de sus virtudes apenas forjadas en el esfuerzo de enriquecerse, los convertían en chalupas agitadas por un mar bravío. En el Gatopardo veremos pintados de la mejor manera el avanzar de estos personajes secundarios y la mixtura obligada que con ellos, se les imponía a los aristócratas que ya eran sólo “conservadores” y aceptaban el cambio para que nada cambie, y sin embargo amanecían en un mundo que resultaba intolerable.

   No otra cosa pasó en estos lares. Se ocultó el espíritu de la conquista en los medios rurales, en “provincia”, resistiendo (en forma muy parecida a hoy) en la única posibilidad de salvación de lo esencial en medio del infierno; en el retiro y la reserva. Hoy mismo nuestras realidades nos muestran que la cosa pública está en manos ya no de los segundones producidos por el comercio y la burocracia, sino ya de la última hez de los pueblos salidas de sus cloacas, y aunque a veces surgen algunos conservadores de buen tino de orden comercial, resultan  a todas luces insuficientes para forjar un “espíritu” y terminan sirviendo a capitales extranjeros que es lo más sensato que se puede hacer desde esta perspectiva economicista. Como allí y allende, perdidos en algún rincón resisten en el más terrible anonimato personalidades íntegras esperando como la semilla, que Dios se acuerde de mandar un agua.

   Y tras esa implosión del Imperio, de la nobleza y de todo lo bueno que había en esa raza, en aquel vacío que habían dejado los hombres que estaban hechos para el comando; los asuntos quedan en manos de los hombres segundones, personajes secundarios de la obra, y hasta menos... farautes, tramoyistas y utileros que caído el telón por un accidente, comienzan a exhibir orondos sus oficios menores y pensar que la obra es de ellos cuando un público ya incapaz de percibir a un Segismundo, los aplaude y se divierte con sus cabriolas. Los hombres del comercio, del contrabando, los del bufete, la notaría, el destacamento policial, la milicia (que ya no mandan los patricios sino sus sargentos),  de los curetes urbanos que surgieron de estos “recién llegados”, que como dije, por lo menos sus intereses menores pero concretos los apuntalan en un sentido común y,  hasta en algunos principios que a todas luces resultan insuficientes para la gravedad del momento y que se tambalean ante la furia del terrorista, o ante una sensación vergonzante de “incultos” frente a la pirotecnia intelectual del  ilustrado,  de las adulaciones de todos ellos para mermarles la bolsa,  y las coimas de los intereses capitalistas que las volvían a llenar. Todo el estado en manos de segundones y la aristocracia durmiendo la siesta con sueños estéticos y lúbricos que los llevarán a la muerte. Los pocos verdaderamente nobles, a los que las circunstancias han dejado en el difícil percance de tener que estar y no poder recluirse en los interiores de la nación, al no poder hacerse entender por ninguno de ellos ni ya existir un bien común apreciable, sólo les resta caer por el honor personal, quedan asesinados por los terroristas que quieren emular las furias revolucionarias que han leído en los pasquines (Liniers, Lue, entre los primeros), terroristas que además, con astucia saben que estos son los que pueden hacer aparecer a ese “pueblo” orgánico un día. Estos parvenús serán Las Cortes en España, (esto será Kerensky un siglo más tarde y en la otra parte del mundo), y estos serán los hombres del Mayo argentino, tomando un poder que se guía por los ensayos de la enciclopedia y que les fuera arrebatado en dos días por los revolucionarios del odio.

  El período de 1810 hasta el 16, desde mis tripas lo veo como esto. No busquen un personaje que amerite una novela, ni siquiera el amor legítimo o ilegítimo de una hembra brava, ningún gesto heroico, ningún mártir, nada de la devoción de sus subalternos y mucho menos el respeto de los enemigos que no saben si lo seguirán siendo en el próximo minuto. No inspirarán ni producirán una obra literaria – ni musical ni pictórica- que valga un comino. Un enorme sainete de equívocos, de contradicciones, de guardar intereses menores y de proyectos en los que se pone el cuerpo pero no el alma. Finalidades expresadas en el progreso de los pueblos, en el libre comercio, en los pesos y medidas. Almas, corazones e intelectos movidos por pasiones y razones de muy escaso calibre. Faltos de verdaderas convicciones dicen y contradicen, marchan y contramarchan, ensayan con pruebas de acierto y error, y en su misma falta de certeza sus voluntades tienen tiros de corto alcance. Ninguna de sus empresas valen sus vidas que en lo posible terminarán en sus camas, o en el mejor de los casos, caerán “en el servicio” por alguna venérea contraída en la juventud con alguna moza de fonda.

   No hay que equivocarse porque a veces sus empresas parezcan grandes (pienso en los llamados “libertadores”). Pues la enormidad de estas empresas delataron con mayor patetismo su falta de envergadura al ejecutarse siempre a la espera de alguien que las encabece. Cuando los dioses pusieron en sus manos el poder no lo reconocieron como “sus” empresas. Todas ellas tomaron rumbos caprichosos, fueron cooptadas por mercaderes y extranjeros, produjeron el sinsabor  de las cosas que se salen de las manos y terminan en algo que no se buscó. La más de las veces porque no se sabía bien que buscar, porque se estaba a la espera de un “sentido” que no se les sabía dar y que aguardaban que llegaría de “algún lado”, de una carambola. Traigo especialmente a colación a Manuel Belgrano, (“infalible en el desacierto”, según Palacios), pero aunque este sea una especie de “paradigma” o caricatura del tendero de buena voluntad  encajado en asuntos que lo exceden con mucho, todos se encuentran en parecida situación (la vez que creaba una bandera, no sabía al otro día si debía izarla o arriarla). Veo a Bolívar, una especie de play boy, hijo de papá (quizá me influye de más Luis Corsi Otálora),  con una enorme ensalada de ideas y lecturas contradictorias, echando a andar una maquinaria que no podría manejar hasta quedar harto de ella con un mohín de capricho denegado.

    De esta constitución personal endeble, de este diletantismo espiritual e intelectual, pueden todos los bandos sacar y espigar frases para justificar las pertenencias más caprichosas. Siempre tendrán una frase o un texto que los haga liberales, otro católico, terrorista, hombre de orden y lo que se quiera encontrar. Sus derroteros está marcados por intereses menores, por añadiduras, y ninguno de ellos logra concitar la concentración de la energía humana que exige el momento de la crisis. Sus mismas acciones serán funcionales a intereses dispares, impensados, no queridos y la más de las veces inesperados.

    Pero entendámonos, el que los hechos nos queden grandes es la condición humana. La historia es casi siempre esta condición humana. Somos pequeños para vivir nuestras vidas y el santo y el héroe serán perlas extrañas. Echar en cara al hombre de ser pequeño y de no estar a la altura de las circunstancias es un argumento que nos cabe a todos en todos los momentos de nuestra vida. Culpar porque comenzamos empresas que nos quedan grandes es casi culparnos por vivir, la sola existencia es una empresa que nos queda grande. En todos los tiempos, todos los hombres se encuentran en estas mismas condiciones y algunos pocos salen airosos de ellas con “la ayuda de Dios”; desde el gobierno de una familia hasta un Imperio. 
     
   Pero a pesar de ello los historiadores están obligados a estudiarlos y sopesar sus conductas, aunque el simple patriota hace un gesto, una mueca, y se va al trote por la pampa desierta, de espaldas a la urbe y como “quién se desangra”.

   Este espacio que llenan actores de segunda y que mueven al olvido del literato y del esteta, de los que tienen hambre de grandeza verdadera, no tiene que hacer retroceder al historiador que está obligado a desentrañarlo sin el recurso fácil al vómito. Encontrará las más disímiles expresiones en cada uno de ellos, las que al vuelo del prejuicioso con una frase lo deja contento para encasillarlo, pero hay otras mil, y hay, de alguna manera tras de toda esa escoria que deja el actuar de los hombres ordinarios, un trayecto. Y eso lo entiendo, aunque me rebele ante el disgusto. Si se tiene el oficio y se desmaleza, puede trazarse entre mil balbuceos el trayecto de un Saavedra, de un Belgrano, y sé que cometo delito de lesa patria, cuando en estos pongo un San Martín y hasta un Bolívar.

   Veo en el primer de los libertadores nombrados a un “profesional” dedicado y poco más, y en el segundo a un “play boy” genial y diletante, no pudiendo ninguno de los dos inspirar ni un poema épico. Tuvo el segundo la suerte de ser recordado con la pluma de García Márquez, pero ni así llegó su estampa al heroísmo y ni siquiera un buen amor – legítimo o ilegítimo – se logró rescatar o elevar al grado de aquellas eróticas leyendas de los conquistadores, pudiendo simplemente satisfacer lo lúbrico que solicita un lector moderno. San Martín… ni que hablar, se rescata del hombre la provocación de un tibio amor filial como todo patrimonio emocional de la figura. Un obrero de la historia, que amerita la devoción del militar profesional que pone los medios pero no los fines, pero que no inspira más que esa construcción de la devoción cívica de los “próceres” hecha a fuerza  de trabajo sobre bronces que no tañen y cementos que se desgranan.

  No pongo en contradicción la versión de los cultores, los que rescatan una línea de orden entre tanto desconcierto. Simplemente no veo a los “hombres extraordinarios” que parió la raza, sólo a buenos segundones en tiempos yermos. Hay plumas que intentan una elevación vibrante que expresan en prosa o en versos, pero el retintín deja sólo la expresión a la que no acompaña el personaje. No ha dado la literatura ni una nota destellante con sus vidas y sus hazañas, porque no ha tenido sustento.  Vendrá a darla luego el “gaucho” que emerge del suelo.

   Es notable que el pazguato de Echeverría que se propuso construir una literatura propia de los hombres de 1810, no encontró en los hombres de la “civilización” más que la apática depresión de Brian que no le llegaba ni a los tobillos a la cautiva y que para mi gusto, hubiera merecido un buen par de cuernos con algún indio bien plantado. Darwin en su paso por estas tierras dejaba el dictamen, “Los gauchos u hombres de campo, son muy superiores a los de las ciudades” con todo lo que significa ese concepto de superioridad en la cabeza de un biólogo, que en el fondo quería decir que no recomendaría su reproducción por deficiente genética (cabe agregar que se había entrevistado en una tienda de campo, con Don Juan Manuel).

   Nada se ha parido en estas épocas de vacío en que toman las riendas de una situación desafortunada y extraordinaria los hombres comunes. Ni en los hechos ni en la cultura. Sus construcciones desgraciadas, mil veces saboteadas por otros peores, quedan truncas e inconclusas, ni redime la derrota el martirio porque no han sido llevadas con la titánica energía del que se sabe victorioso o yerto. (Pienso en el Teniente Esteban, aquel de Malvinas, que ya se sabía muerto cuando sus generales planeaban la rendición).

   Puedo apreciar, sin embargo,  el sentido común del escaso vuelo que soporta las épocas en que Dios no nos da héroes ni santos, y en que estos hombres soportan la carga, ya sea resignados, esforzados, perplejos, dubitativos; dando lo que tienen hasta cierto punto.

   No nació con ellos la Argentina. En el mejor de los casos, no se perdió del todo ni se salvó del todo. No son pífanos y tambores los que señalan su paso. Lo señala el jadeo esforzado de llevar de mala gana, hasta el máximo de la obligación de sus secundarios oficios - en los mejores casos -  a cuestas en un tramo de historia en que el destino deparó que los hombres lo debían hacer sin grandeza y del que aceptaron el ingrato “metier” y lo ejercieron con muy pocas condiciones.

   Es en este aspecto que mi contrapunto hace un “pianísimo” donde otros ponen un enérgico “andato”. Claro, es desconcertante que esto suceda cuando las cargas de infantes y caballería desafían los cañones de la artillería en mil y un combates. También Napoleón trajinó la Europa con estas bravatas que dejan por cientos los emocionantes relatos de los combatientes que cantará Víctor Hugo, pero aquella guerra no es más que el sueño de un hombre ordinario que juega al titán, como sus amores que pretenden proezas no son más que la conquista de una serie de orgasmos bien calculados por parte de cortesanas que templan una cuerda mil veces remanida. Nada queda de todo esto en realidad salvo la experiencia de una gloria fatua que embriaga al francés por generaciones, y ni siquiera esto hay en nuestros pagos en aquel tiempo, donde hasta los vicios fueron mediocres.

   No es que sea eso la guerra de la Independencia, el cruel juego de la vanidad de un desquiciado, pero es una tarea ingrata que porta su Jefe y que se le desbarata porque no se quiere aceptar ni se acierta a creer en la indicación que el dedo de la providencia señala en su dirección, y se mira por sobre los hombros, buscando a “otro”. Quedan en unos la seguridad de su empeño bien intencionado y frustrado, y en otros la idea de que fue un propósito señalado en el final desbaratamiento. En lo personal no concibo en ellos un despliegue de malicia extraordinaria, no concibo nada extraordinario. No será para la tropa razón de fatuidad esta guerra entre hermanos y no resultará infecundo del todo el esfuerzo, que dará algunos resultados de orden, de oficios realizados, de propia confianza… y un capital de sufrimiento que nunca es vano.

   Espero no haber sido injusto y rotundo con estos hombres de un tiempo malhadado, ni con sus cultores, ni mucho menos con los historiadores que con buen oficio deben poner luces en un tiempo oscuro que hace fácil la liviana diatriba de quienes aún somos menos que aquellos si nos probaran.  Claro que es fácil el seguimiento cuando la historia señala la aparición del santo, del héroe o el genio que traza una estela luminosa y tras ella el historiador va recogiendo ese polvo de estrellas. Vuelvo sobre un gran historiador, Alberto Falcionelli, que en aquel trabajo sobre la Rusia muchas veces tiene que exponer a la consideración, con enorme dificultad pero con especial maestría,  lo mucho que ha realizado para el bien común el trabajo firme de personalidades mediocres que fueron burladas y denostadas. Pero hay que tener esta tranquilidad y honestidad de no crear magnificencias donde no las hay, para facilitar la tarea. Los argentinos han tenido la tendencia de hacer monumentos a los mediocres y olvidar los héroes, pero luego no se ha tenido el vigor de poner a esos monumentos en la altura que les corresponde y continuar una costumbre que estaba afincada desde los textos de la primaria, produciendo en las juventudes mejor informadas una desilución que se transforma en desprecio. Uno debe avisarle a sus hijos que es un mediocre que ruega a Dios alcanzar un mínimo de porte.

   Hasta este punto entiendo la reacción de juveniles expectativas que buscan en la historia las acciones gloriosas y puras de los héroes y encuentran en estos personajes un sinnúmero de contradicciones, balbuceos y hasta expresas traiciones que están, y documentadas. Pongo por ejemplo el mal papel de Saavedra en el affaire Liniers, que puede explicarse en ese fastidio que causa el mártir sobre los “prudentes”, y que no ven la hora que desparezca ese testimonio “exagerado” de un hombre que lo tiene que dar porque esa es su naturaleza y su destino, que aún podía evitarlo sin merma de su conciencia y sin poner en tan fatal encrucijada al hombre común que sobrevive tiritando como la caña.

     Entiendo que es un período en que no se van a ver ejemplos para cantar en romances épicos. Pero también entiendo que  a veces, cuando el buque escora, cumplen una importante misión aquellos que no son aptos para llevar la nave en gloriosa misión, y sin saber bien ni para qué ni para dónde, mantienen la nave a flote por reflejo del oficio y aun mascullando que podrá llegar el día que se arrepientan de no haberla mandado a pique. Lo que es mucho. Y vuelvo a repetir, el historiador está obligado a ponderar estas acciones y ponerlas en su sano quicio.

    Presiento que la “independencia”, como tal, no era querida ni buscada por nadie, que aconteció como una desgracia y que con ella nadie sabía bien qué hacer. También entiendo que hubo hombres – segundones – que impidieron mal que bien, que esto terminara en manos de algún pirata, movidos quizá por valores secundarios y hasta pedestres. No entiendo la descalificación rotunda ni la alabanza heroica. Fueron lo que pudieron ser y no más. La Independencia y el alumbramiento de una Nación, fue el intento de otros, de esas fuerzas que se habían guardado en el “interior”, que estuvieron contra las invasiones inglesas, pero que no pudieron estar en aquel momento confuso y falto de nobleza, falto de magnanimidad, porque en él, se habrían degradado o habrían muerto por necesario resguardo de un  honor solamente personal. La independencia fue un desgraciado suceso (Caponnetto no deja de marcarlo) que alguien tenía que tomar en sus manos. Y aquí aparecen para empuñarlas de nuevo las “personalidades” que ameritan un canto con efusiones.

   El siglo XIX fue el “siglo liberal”. Esto ocurrió en todo el mundo y en muy pocos lados hubo reacciones. Donde las hubo, muy pocas fueron coronadas por cierto éxito; los poderes del mundo entero complotaban desde la política, la economía y  la cultura – sin nombrar la responsabilidad de la Iglesia, que salvo excepciones, sufría de la misma enfermedad en sus actores – y ahogaban toda reacción a base de una tiranía económica e intelectual que azolaba el mundo. Tomada conciencia de lo que ocurría en el orbe, en la Argentina, si bien se mira sin prejuicios, hubo una reacción que por su cantidad y calidad constituye una de las reacciones antirrevolucionarias más grande de la época. El movimiento federal fue eso, y en eso tuvo un vigor, un desplazamiento y hasta un enorme éxito al coronar un gobierno eficaz y largamente sostenido en las peores condiciones interiores y exteriores. Tuvo, como se dijo, personalidades que hacían renacer aquellos héroes hispanos, si, con las complicaciones y mutaciones propias del momento, pero capaces de inspirar una cultura claramente nacional con proyección universal. ¿No encajan perfectamente en los arquetipos hispánicos de la Reconquista? Son otros tiempos. Pero las biografías de aquellos hombres vuelven a provocar las lealtades, los amores, las gestas románticas; muchos de ellos hacen de sus vidas novelas inimaginadas; Facundo, el Pancho Ramírez y aquella Delfina, El Chacho Peñaloza, la misma Doña Encarnación que es el ejemplo acabado de la esposa católica; en fin, una literatura argentina, una cultura argentina, nacerá y cuajará en una obra perenne. Y esto lo produce un espíritu de verdad. Martín Fierro, Don Segundo y toda la literatura gauchesca encontrará miles de personajes reales para inspirarse en el canto a esa fuerza que se retenía en el "interior". Hombres. Hombres dispuestos a empresas que tuvieron claras y a las cuales entregaron la vida, que volvieron a luchas a matar o morir. Busquen en los demás países estas reacciones del espíritu tradicional y vean qué hubo. Miren a Chile, y no lo hubo; ¿en el resto de América….? (En Méjico más tarde). Miren en Europa y comparen. En Argentina ocurrió algo extraordinario. ¿No lo quieren ver? ¿No es de todo vuestro agrado? Estos fueron en realidad los padres de esta Patria, si la hubo y si la hay, y si hay una cultura que puede ser reconocida como argentina, de raiz hispana y católica, entonces tiene sustento tradicional el nacionalismo. No los anteriores, que en el mejor de los casos, contuvieron casi sin darse cuenta el barco en flotación, y cuyos menesteres, bien o mal intencionados, muchas veces constituyeron alijes y mayores escoriaciones, funcionales a ajenos designios.

   Don Juan Manuel fue nuestro Luis XIV. Podía pactar con el constitucionalismo y no lo hizo. ¿fue un autócrata popular? No había otra. Y en ese sentido, mucho más respetuoso de los tiempos que necesitaba la naturaleza para forjar una constitución real. La carta de la Hacienda de Figueroa es una reflexión católica que no podían hacer ni sostener ya muy pocas personalidades políticas en el mundo.

   Repito, aunque sea desde el punto de vista estético y cultural, estos hombres inspiraron una cultura que cobraría vigencia mundial y que se prolongaría aún hasta el siglo veinte, influyendo en un modo de ser aún a los partidarios del mal y a la cultura universal. Borges es tributario de aquello en su arte, aunque lo sea de lo otro en su demolido intelecto.

   Quiero ser respetuoso en estos “sentires” de las titánicas tareas de egregios historiadores, cuyas obras no puedo someter a juicio y que entiendo, tratan de horadar tiempos confusos de hombres atacados por inmensos equívocos. Pero la Patria se siente desde las tripas y desde el piso, y eso nació en el gauchaje, y fue el gauchaje el que inspiró una cultura contra la pretensión de Sarmiento, y aún el mismo Sarmiento salva su obra en la referencia a la “barbarie” y no en la defensa de la civilización. 
      Estos fueron los hombres que se preservaron de las lides independentistas – hombres estos últimos que ni siquiera fueron “independentistas” en sus voluntades –  y los que retomaron el timón con una pasión que recuerda y emula a sus ancestros hispanos. Será del espíritu del gauchaje que nos saldrá un Santo, bastante reciente  y al que desmerecen quienes lo elevan a los altares. El nacionalismo, o mejor dicho, mi nacionalismo, no reconoce antecedentes en los hombres de la Independencia, y es más, no los necesita, tiene de sobra con una gesta contrarrevolucionaria que es excepcional en el mundo y en su época y que fue el movimiento Federal Argentino.

  No logro encontrar en aquellos hombres del 10 al 16, nada que valga el rescate de una loa bien tañida. Pero sí en aquellos que salieron de la tierra, del interior, de la barbarie, un día después y para hacerse cargo de un destino que se había dejado en suspenso por hombres mediocres que se perdían en mil ensayos no sostenidos y que se escribía con sangre ajena.

   Como mediocre, puedo entenderlos, pero el reflejo me inclina al retiro y a la reserva que canta esa literatura  para aquellos momentos en que la Providencia vuelve su mirada sobre los pueblos. No busco las gestas de simbólicas entregas individuales en medio de la confusión anarquica que sólo sirven al cultivo de un honor personal y que suicidan al grupo (del que hemos tenido loables ejemplos cercanos y que siguen constituyendo una tentación para el nacionalismo y muchas gentes de bien “Por lo menos, YO muero por algo”). Creo en la sangre, pero creo que la hora de la sangre la marcan desde lo Alto, hoy creo  más en el semen, el del amor y el del apostolado,  creo en los “interiores”. En la idea de Horia: en la “única posibilidad de salvación de lo esencial en medio del infierno”; en el retiro y la reserva; en el claustro y en el hogar, lugares de donde salieron aquellos hombres que hicieron mi Patria, a los que cantó mi mejor cultura y de dónde, si Dios así lo quiere, volverán a salir un día.   

                                                        

18 comentarios:

  1. La historia contra fáctica, como bien dice Caponnetto, no sirve. Son especulaciones de lo que podría haber sido si Fulano hubiese hecho otra cosa. Es ciencia ficción.
    Pero si la hacemos al revés (si en vez de hacerla desde el Carlismo, la hiciésemos desde el Nacionalismo), nos encontraríamos en este Siglo XXI con una España que sin violar la sucesión del Trono hubiese coronado a don Carlos y que él, su sucesor, o el sucesor de su sucesor, hubiese terminado liberal y de allí hasta hoy los siguientes en la misma línea...
    Pues, hoydía, por lo único que puede permanecer anti liberal y tradicionalista un rey es por ser "rey en el exilio", por no ser, o ser sin ejercer, según se lo quiera llamar.
    Desde un escritorio el Carlismo hoy aún puede ser contrarrevolucionario y tal vez pueda seguir así por veinte generaciones más; pero esto no lo hubiese conseguido (quizás tampoco deseado) desde la silla donde el rey ejerce su poder efectivo. Afirmar lo contrario ameritaría antes suponer que no habiendo ni una sola monarquía tradicional y cristiana en el mundo de hoy, la española si fuese la de la rama legítima lo seguiría siendo. No me la creo, que después de don Carlos vino el kelsenianismo, la ONU y el resto de la banda.
    Por eso, queridos carlistas, agradezcan a Dios el hecho de que Fernando VII se haya ciscado solemnemente en la ley sucesoria del reino poniendo de reina a su hijita, a la turrita de regenta y a esa banda de maleantes como ministros, que si no hubiese sido esa la historia, hoy España y América estarían en idéntica situación a la actual, pero sin poder, siquiera, reivindicar un carlismo que de calor a un par de tertulias anuales y que fomente literatura que nos gusta leer.
    Sigo creyendo lo que dije un par de veces antes: el carlismo carece de peligro sí y sólo sí se lo reduce a una reunión de amigos.
    Cuando no es así es porque busca una realización en el presente, que puede ser de dos tipos: boba o boba.
    La primera forma boba es la romántica que anhela inocular a la sociedad moderna de tradicionalismo político.
    La segunda, por parecer más realizable en su intentona, es mucho más peligrosa: es la de considerar al carlismo la christianitas minor, cuando ésta, si existe, existe en las familias que obcecadas se mantienen firmes en la fe, se hayan enterado o no, qué cosa es el Carlismo. Lo único que nos faltaba, - ¡mama mía!- es la de enterarnos que para ser parte de lo que queda de la Cristiandad había que ser un iniciado en cuestiones históricas o haber tenido la suerte de nacer en una familia previamente iniciada.
    Si bien se mira, en este segundo supuesto bobo también hay romanticismo, aunque al calor de las brasas, menos épico y más íntimo, pero de fondo una postura semejante al del primero.

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  2. Es una cuestión de edades (como ser de izquierda). Si desde chiquito hasta los veinte años se pretende restaurar la Monarquía trayendo al rey del exilio, está bien. Luego se te tiene que pasar.

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  3. una cosa es una cosa y otra otra19 de octubre de 2016, 8:45

    La acotación anterior se refiere al carlismo como un tema dinástico y no vinculado con la independencia americana. Me parece correcto. Son cosas distintas.
    Puede considerarse carlista todo el que comprenda que es ilegítima la seguidilla de reyes españoles posteriores a Fernando VII, sin que le importe un belín la independencia.
    Como también, perfectamente, sin ser carlista o importándole un belín aquella cuestión dinástica, se puede estar en contra de las justificaciones que se le puedan dar a la independencia.
    Lo que no entiendo es por qué siempre se mezclaron aquí estos dos asuntos tan distintos, siendo que nada tiene que ver el culo con la autopista.
    No digo que no puedan ir de la mano, pero en ese caso habría que decir que "el señor Pérez es carlista porque admite los argumentos dinásticos del carlismo y además, por otros argumentos, está en contra de la independencia".

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    1. El Carlismo reducido a lo dinástico es nada, es una anécdota hispana. El Carlismo vale por lo de tradicionalista y eso hizo que su mejor cabeza en nuestros día (y a pesar de Ayuso), Don Rafael Gambra, sea Lefebvrista. Mismo derrotero desde el nacionalismo para notables nacionalistas (que no nombro por obvias razones). Pasados los tiempos y las derrotas, la última trinchera en que debemos encontrarnos todos, es el Altar. Ya todo lo demás, es anécdota y va dejando de ser historia. Y es por ello por lo que los vernáculos carlistas, con sus tikismikis, son mis camaradas de trinchera mientras no piensen que el Altar debe venerar al Carlismo y al Hispanismo como su salvación, y entiendan que toda salvación viene del Altar y para ello, haya que abandonar todas las añadiduras: Carlistas, nacionalistas, peronistas, fascistas y todo "ismo" que no provenga de Cristo. A Cristo hay que llegar desnudo, ligero de equipaje, y eso explica este período nefasto cuya prueba es el "desacimiento cristiano": debemos soltar del puño "la cristiandad" , "el templo material" y Cristo en su misericordia nos pega en las manos.

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    2. Hay "que abandonar todas las añadiduras: ... todo 'ismo' que no provenga de Cristo".
      ¿Esto incluye el lefevbrismo?

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    3. ¡Por supuesto! Jamás Mons admitió esa denominación, nos fue puesta por el enemigo y como no nos molesta y rápidamente todos sabemos quién es quién, la hemos terminado usando a fin de evitar confusiones, y en gran parte para no tener que decirle a los otros que profesamos un cristianismo íntegro, y no modernista, o modernista moderado (línea media).

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  4. Siguiendo a G. Rocca "una realización en el presente": El padrino de bautizo del heredero carlista al trono realizado el mes pasado en la Catedral de Parma a cargo del propio obispo, fue su tío segundo, el rey holandés de Orange, miembro de la Iglesia Protestante en los Países Bajos. Ver que dice el Catecismo de Trento: [29] 4º Quién puede ser padrino ...
    http://www.elmundo.es/loc/2016/09/27/57ea6c1e46163f613e8b45cb.html
    http://www.vanitatis.elconfidencial.com/casas-reales/2016-10-05/carlistas-presentacion-heredero-barcelona-catedral_1270365/

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  5. "maldita astilla de cureña". No entiendo la frase. Que significa?. Agradezco la traducción. Notable ensayo.

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    1. Se refiere a la muerte de Zumalacárregui, entiendo yo.

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    2. Acierta. ¡Me he cagado tantas veces en esa astilla! Cuando Dios no quiere, no quiere.

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  6. ¿Cómo que no hubo aquí ni al otro lado del Ande reacción de la tradición?
    ¿Y los Pincheira? ¿y el cura Juan Antonio Ferrebú asesinado por los revolucionarios al no doblegarse?
    ¿Y el chileno Vicente Benavídes??
    ¿Y Fray José Antonio Gómez y los fanciscanos de Chillán?
    6000 habitantes con casi 1000 guerreros formaron sus poblaciones con capilla, párroco, bautizos y casamientos.
    Del 1817 al 32: 15 años.... no duraron tanto los vandeanos 1793 al 96 y no por tener enemigos más feroces, que bien llama "La Guerra a Muerte" a su libro, VICUÑA MACKENNA.
    Ésto es lo que había que haber apoyado, y no el conservadurismo de las formas, soslayando la verdadera "tradición católica y monárquica de las Españas", como dice don Rafael Gambra.

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    1. Todos maravillosos y nobles y cuentan en mi memoria. Muestras personales y reductos de martirio. Notas dramáticas que cuentan para Dios y desaparecen en la historia (lo que está bien y muy bien recordar y alabar). En argentina hubo un movimiento que toma el poder por treinta años, que establece una política, un programa, una cultura y un modo de ser que permite la trascendencia de una corriente de pensamiento contrarrevolucionario de la que probablemente el comentarista sea tributario. Eso sí que fue raro en el mundo. Por algo Argentina era del Eje y Chile fue masón hasta la médula, proinglés, teniendo una resistencia conservadora. Son cosas diferentes, y nadie puede negar que Argentina - y Méjico en la otra punta - son originalidades extrañas. Si Ud es Argentino, tiene que notar la diferencia, el famoso "enano fachista" de la Falaschi, por lo menos era notable hasta hace treinta o cuarenta años, con por ejemplo, una intelectualidad de ideas tradicionales (no tan puras como la suya) de enorme importancia y presencia. Quizá quiera Ud mandarlos al infierno por pasteleros, o porque no la ha leído ni sabe la influencia que tuvieron. Concedo que hoy es más influyente el movimiento gay-lesbianas, y que sólo quedamos restos de aquello en Ud y en mi. Pero hubo en Argentina un movimiento que hizo historia y no anécdota, y no lo entienda mal, no estoy denigrando nada, estoy resaltando un hecho y analizando su raíz histórica. Me atrevo a decirle que si hay monárquicos en Argentina, como Ud, les viene de allí y no de España, donde están mas putos que nosotros (y aunque les pese en el alma hispanista, tienen su deuda con Maurrás).

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  7. Recuerdo en una charla de A. Caponnetto que un oyente le preguntó algo sobre los defectos de los próceres y él dijo: " Si es por eso, nos tendríamos que retrotraer hasta Adán y no se salva nadie"
    Respecto a San Martín tengo mis dudas, por un lado Don José pedía para el que reincidía en blasfemia horadar su lengua (ortodoxia); por el otro, en las máximas a su hija, le aconseja el respeto a todas las religiones (heterodoxia) ni hablar de su cercanía con las logias.
    Díaz Araujo ha escrito tres tomos sobre San Martín, es una excelente trilogía, pero, si hay que escribir tres tomos para desmitificar a una persona o todos están contra San Martín o el correntino se mandó varias y hay que tratar de dejarlo bien parado. En fin somos demasiado humanos.Saludos.
    Lagarto Juancho.

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  8. Che, paren la rotativa que con lo de ayer al mundo terminó de perder el tornillo que le faltaba.
    Leo en Página 12 de hoy unas reflexiones de la Carabajal que ameritan la fusta de Dardo.
    Esta señorita dice cosas como estas (agárrense fuerte):

    No digas “te hago la cama”, cuando tendés la cama en la que dormís con tu pareja; ni “te ayudo” a la hora de cocinar o asumir ocasionalmente alguna de las tareas domésticas. Compartí diariamente ese trabajo invisible y no remunerado del hogar, sobre el cual se sostiene la economía del país.

    (no lo dice en broma, parece que lo dice en serio)

    Regalale a tu hija también una pelota y jugá con ella al fútbol. Y a tu hijo, comprale una muñeca y un juego de cocina, con escoba y palita incluida.

    (juro que no bromea y tengo un problema para aggiornarme: mis niños solitos agarraron la pelota y la niña nunca quiso saber nada, salvo con muñecas)

    No hagas chistes machistas con tus compañeros de oficina.

    (las feministas son amargadas)


    Apoyá que apruebe en el Congreso la interrupción legal de embarazo. La criminalización del aborto pone en riesgo nuestras vidas.

    (con Macri esto puede andar, ya antes de ayer la gobernadora de Buenos Aires aprobó el protocolo de aborto que es más jodido que el de los Sabios de Sion)

    Aceptá que tu novia maneja las riendas de su vida.

    (esta loca nos quiere convertir en unos boludos)


    No pienses que un “no” es un “sí”.

    (si no conocés a mi mujer, no hables, loca)

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    1. Es más, vean el proyecto de la ley antidiscriminatoria, del PRO, y su vigencia - sino fuera porque confío en que esto es la Argentina y ni el mal se hace bien - nos manda a todos en cana, nos quitan los hijos, nos cierran los colegios y prohiben la religión, además de hacer obligatorio que nos rompa el culo un travesti. ¡Pero hay que votopartidar!. Querido Germán, si me pongo a pensar "me baleo en un rincón", ¡cuándo me acuerdo de los chotos que daban razones para votar a Macri!(para los que engancharon curro no va lo de chotos ¿qué dulce es un sueldo con aguinaldo, vacaciones y jubilación asegurada! ¡y yo hablando de Saavedra! ¡pero seré tan choto! Más vale sigo hablando de Belgrano y el pecado de secesión contra Fernandito VII. Sino, me hacés acordar, y me vuelvo a pelear con los entristas ( que están los que les entra y los que no pueden entrarla) y me cagan a pedos por todos lados.

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    2. Y me hiciste calentar, están los que votaron porque iba a mejorar el tratamiento de los milicos presos, a Gustavo Diedrich le acaban de denegar la domiciliaria ¡viejo y enfermo! y como es uno de los de mayor grado que quedan vivos, le hacen una causa por día. Uno no puede decir ¡pero vieron pelotudos! Y ahora resulta que la "gran conchuda" es aliada ( una astucia de Durán Barba) y se le duermen las causas que tanto alegraron a las viejas burguesas boludas y las tuvieron frente al televisor seis meses alabando al grandísimo pelotudo al que se le está yendo todo de la mano (de Macri hablo) y recurre a las leyes del puterío, abortos y todas las mierdas que le hagan falta para evitar la fuga en helicóptero. Y uno tiene que aguantar a estos tartufos que hacen análisis de conciencia burguesa y marcan tempranito tarjeta con los hijos de la remilputa, ¡¡¡Esteban!!! ¡¡¡Cuanto extraño tus puteadas!!!

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  9. Anónimo19 de octubre de 2016, 9:52:

    Si no lo sabe se lo aclaro, ése que Ud señala no es el heredero previsto por don Sixto.
    Podemos reirnos del chiste carlista, pero no creo que haya que falsear las cosas.

    Abrazo

    Pancho

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