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martes, 1 de noviembre de 2016

EL ANTICLERICALISMO (PARTE II)

  Por Dardo Juan Calderón.
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Hay un anticlericalismo un poco más sesudo, que no pretende usurpar las cuestiones de los clérigos, y que pretende que los clérigos no se metan en las suyas. El problema, como ya adelantamos, es definir cuáles son los límites, las cuestiones de uno y de otro. El problema es quién define esta cuestión, quién fija los límites.


     Ya trajimos a Santo Tomás para solucionar gran parte de este entuerto, Dios ha dispuesto un Orden Sagrado para las cosas sagradas, pero que también está dotado especialmente, por gracias abundantes, para manifestar el orden de las cosas naturales, es decir: el orden que Dios quiere para las cosas naturales. De esta manera, este orden divino, esta ley divina, es el parámetro que rige la correcta reflexión y acción del seglar en el orden natural,  justamente en aquello esencial que es el “orden” de prioridades. Corresponde al clérigo, a la clerecía, manifestar estas prioridades de orden, en los casos concretos,  por razones que provienen de la Ciencia Sacra, y en las que el seglar suele ver bien las “cosas”, pero tiende a desbarrar en el “orden de las cosas”.

    Hilaire Belloc, en su ensayo “Sobrevivientes y recién llegados” (que seguiremos en citas), enfrenta este asunto del anticlericalismo, y luego de definir lo que en su seguimiento hemos hecho en la primera parte, es decir, la existencia de un anticlericalismo que se resume directamente en un anticatolicismo (el protestantismo en especial) y otro que es propio de los católicos y que se da en países católicos, y que forma parte de lo que dicho autor da en llamar, la “oposición principal” al catolicismo.

 En qué consiste este anticlericalismo del que habla Belloc. Este “anticlericalismo no es un ataque doctrinal – nos dice- es algo político y de por sí, no desafía ningún dogma. Profesa – y lo hace sinceramente por parte de aquellos adherentes que son sinceros – no hacer nada más que delimitar la línea más allá de la cual la jerarquía católica excede sus funciones e invade un campo civil en el que no tiene derecho a actuar”. “Puede ser definido como el espíritu que es impulsado a actuar a partir de la invasión del área civil por parte de la acción del clero”.

   Diríamos que es la vieja puja entre la “arcilla y el hierro”, entre el poder y la Iglesia, que como dijimos anteriormente, normalmente será una puja de “prioridades”,  y agrega nuestro autor,  “en este sentido mínimo, el anticlericalismo está siempre potencialmente presente en la masa de la civilización”.  Un viejo chiste irlandés se sinceraba y decía “Nosotros tomaremos nuestra religión de Roma, pero nuestra política del Infierno” y resume para el autor – extremando con humor -  el sentido final de la postura anticlerical mínima, que pasa por, dejen que hagamos algunos pecados y luego que arreglemos las cosas, haremos penitencia. Parece un tanto inocuo, pero,  paso seguido, nos recuerda el inglés  que “las más legítimas protestas que precedieron a la Reforma fueron esencialmente anticlericales, y son un buen ejemplo del peligro que ese espíritu implica”, y de esta manera nos pone sobre aviso de las malas consecuencias que se siguen de un anticlericalismo práctico e inocuo – hasta humorístico - en principio. Por allí se empieza y por acuallí se termina.

    Pero este anticlericalismo mínimo, del que podríamos ejemplificar en actos producidos aún por buenos reyes cristianos, ya no es la medida del actual, los tiempos han pasado. “El anticlericalismo – católico – del que hablamos hoy, excede en mucho esa definición mínima”.

   “El anticlericalismo actual, ya no deriva de una protesta contra una acción clerical extravagante…” nos dice; ya frente al estado liberal, “ese anticlericalismo procede de un reconocimiento, tanto por parte de los católicos como de sus oponentes, de que la vida católica NO ES NORMAL para una sociedad, a menos que la moral y la doctrina católica sean allí supremas”. Veamos que coincide con los planteos de la “libertad religiosa” del Vaticano II; cuando el catolicismo no es la norma, no es lo normal de las sociedades, se procede a retraer y renegar de la vocación católica y de la jurisdicción universal – del Reinado de Cristo en todo el Orbe -  y se solicita un “estatus quo” de subsistencia de lo católico como una forma que sólo pretende subsistir en medio de otras religiones y aún del agnosticismo y del ateísmo, y que tiene a un Estado neutral como garante.

 Este anticlericalismo, aunque no adhiere a la idea de un estado neutral, “concede” frente al estado neutral y laico; ya que si de hecho la Iglesia no es la que rige una sociedad “a su despecho, debe ser regida” por ella. Es una defección ante los hechos (“¡estoy harto de los cultores del hecho cumplido!” Decía Calderón Bouchet), y aun cuando sea planteada como una estrategia de entrismo para la recuperación futura de la posición, en los hechos y dichos, es una defección testimonial, es el uso de un engaño, de una supuesta “treta”, que hasta la fecha no ha dado resultado y siempre implicó un retroceso.

 Ya sea por causa o por consecuencia (y dado que no hay a la fecha ninguna sociedad regida por la Iglesia) Esta está para ser regida entre otras, ser una más en un mosaico de religiones y de morales sociales y por tanto se impone la aceptación del ecumenicismo o ecumenismo como un hecho dado, a aceptar y hasta promover. “Esta posición – ecumenicista – es aceptada a medias por ellos, aunque en sus corazones ellos saben que eso es una mentira” (La “mentira” que consienten, que saben en sus corazones, y de la que habla Caponnetto como esencial condición de la participación democratista).

  Existe en esta postura un obligado ocultamiento de la verdad evangélica, y esta verdad es que: “la línea divisoria no pasa entre los varios grupos, sino entre la Iglesia Católica y todos los demás. ELLA ES ÚNICA Y ESTÁ EN DISPUTA CON EL MUNDO” nos dice sin más vueltas el citado.-

   Este entendimiento con el estado neutral y laico, parte del ocultamiento de una evidencia de tal magnitud, de tal pública y notoria confesión hecha por la Iglesia a lo largo de los siglos,  que obligará al retroceso, a la negación del pasado, al ocultamiento de los testimonios,  o directamente a la apostasía  frente a la posibilidad de actuar en ese mundo neutral, QUE NO QUIEREN, PERO QUE ACEPTAN.

    El testimonio valiente de esta verdad produciría el choque obligado con la mentira moderna.  Y esto porque ellos, la cultura moderna, “no se chupan el dedo” como dijimos antes de los romanos. Porque no hay que olvidar, y aunque nosotros tratamos de hacerlo ellos no lo olvidan y tienen una sartenada de documentos que lo avalan,  que “Ella- la Iglesia- se propone ocupar en las mentes de los hombres  aún más que el lugar ocupado por el patriotismo. Se propone influir sobre TODA la sociedad, no sobre una parte de ella; influir sobre ella de una manera todavía más completa que una lengua común”... “no admite que en este cristianismo que Ella hizo deba tolerar con silencio y con aquiescencia lo que es condenable”. “¡Por eso esta prodigiosa controversia! De aquí surge el hecho – porque es un hecho – de que ella es “sospechosa” dentro de la cultura protestante – podríamos agregar, moderna- y que DENTRO DE TODA EL ÁREA DE LA CULTURA CATÓLICA ESTÁN PRESENTES EN DIVERSO GRADO LOS ELEMENTOS DE UNA GUERRA RELIGIOSA”.  Los Papas conciliares han tratado de disipar – para sobrevivir -  esta sospecha de la sociedad moderna, y entregado y retrocedido lo más que se pueda, pero no lo logran, porque esta sociedad moderna sólo quedará tranquila cuando la vea desaparecida. Sabe que aún Francisco – el gran simulador -  es una velada estrategia, un truco, y a veces nosotros mismos no lo tenemos claro.

    Quienes lo tienen claro son esa llamada “línea media”, que se propone ayudar en la estrategia de la simulación y que espera finalmente la victoria como producto de la mentira y la impostura ¡Justo donde el Otro, les saca la ventaja! Uno sabe que es probable que tengan razón, que los Papas conciliares mantienen un discurso ad extra para sobrevivir y que confían en la disciplina para que este discurso no los deje sin tropa; tropa que debe hacer oídos sordos a sus palabras y aplicar ad intra una hermenéutica de la continuidad. El Padre Castellani ya decía que la mentira y la cobardía serían los pecados de los últimos tiempos.

 La Iglesia dice – hace siglos- nada menos que posee la “autoridad” por una posesión de la verdad absoluta. La única manera de hacerse confiable al mundo moderno, es lisa y llanamente la apostasía,  que comienza con este “anticlericalismo”, este límite a la Iglesia en su vocación determinada por Cristo;  y se pregunta Belloc “¿El anticlericalismo llega pronto a ser anticatolicismo? Sin ninguna duda” se contesta.

   Las veladas formas de este anticlericalismo son el “entrismo”, el “naturalismo de tercer categoría” (según clasificación de Jean Ousset), es decir, aquellas formas que de hecho o de proclama, aceptan el juego dentro del laicismo.

    Pongámonos indiscretos. Vemos estas expresiones en nuestro medio – cuasi tradicionalista-  dentro del nacionalismo argentino defeccionante ( discusión Caponnetto-Hernández), lo vemos en los grupos legitimistas (disenso Ayuso-Devillers), cada uno con sus notas. Como un asunto práctico en los primeros y como un asunto filosófico en los segundos. Ninguno quiere las razones clericales campeando en sus asuntos y, se debe reconocer, que ellos son bien respetuosos de no entrometerse en las cuestiones clericales, pero tan respetuosos, que no secundan  sus mejores combates.

    Expliquemos esto último. Dijimos en anterior artículo que el seglar no debe meterse a opinar y pretender regir en los asuntos de clérigos, lo que no significa que el seglar no es Iglesia también. Pero lo que cuesta al seglar engreído reconocer, cuando reconoce que es Iglesia, es que está al final de la cadena jerárquica, es súbdito. Y justamente está detrás de hombres que según sus criterios “son mucho menos que él” (ver la cita de The Wanderer). Les cuesta horrores tomar conciencia de que se encuentran siendo parte de una institución con una escala jerárquica que jamás lo tendrá en mucha consideración para la decisión, por razón de una diferente consideración, que es mística (o mistérica). Una diferencia que no hace la preparación, ni la formación, ni la inteligencia, ni la experiencia, sino el Sacramento. Y en virtud de este sacramento se establece una diferenciación que no hace sólo al culto y a la impartición de los sacramentos, sino a la posesión de la Ciencia Sagrada. Y aún peor, que la posesión de esta Ciencia Sagrada, para la que el clérigo tiene especiales gracias superabundantes,  rige como criterio de orden para todas las otras ciencias (moral, política, y todas).

    Así que, el seglar que se abruma de este estado de cosas místicas, profesa un anticlericalismo que consiste en que en un momento, en una serie de actividades, él deja de ser Iglesia – apostata parcialmente - y recupera una preminencia que se da con diferentes criterios. Con criterios naturales. Y lo verán en primer lugar descartando la “servidumbre” de la Filosofía con respecto a la Teología, o en su caso (Ayuso en prólogo a Devillers), la de la Política con respecto a la Teología.

    Veremos que estos hombres son bastante respetuosos para con el ámbito clerical, y que hasta con buen criterio tocarán los asuntos concernientes a la crisis modernista en la medida que entran en sus dominios, pero jamás tomarán parte – o partisanía – en las discusiones curiales. Y ¿entonces? Me dirán: ¿En qué quedamos? ¿No era que no había que meterse? No hay que meterse como autoridad, sino como tropa. Detrás de los que tienen esta autoridad. Pero es una obligación meterse y es una cobardía prescindir o neutralizarse en esa batalla. Pelearla con criterios de orden, de Orden Sagrado.

   Calmel lo expresó como nadie, hacía falta un Obispo  - y él no era más que una voz que clamaba en el desierto - hacía falta una tropa con sus oficiales, y eso – hasta ahora - y sería bueno que existieran otras expresiones organizadas de clérigos en todos sus órdenes – solo existe en la Fraternidad San Pio X.  Y no crean que es una anécdota la gran batalla por las consagraciones episcopales que valieron la excomunión. Todos saben que ese es el “centro” de la cuestión. Y por ejemplo, Louis Bouyer, y muchos otros que pretenden estar ejerciendo una resistencia, viven bombardeando la única resistencia real y mística, la resistencia que hace un ordenado – disculpen la redundancia – Orden Clerical en el que deben insertarse los fieles y no seguir actuando desordenadamente y con criterios dispares y seglares, y justamente es a esto a lo que culpan de fijismo o de suicidio político, siendo esta reacción ordenada su principal repulsa. (No es casualidad que verdaderos pensadores católicos, y quizá los más válidos de nuestra época, no dudaron en apoyar abiertamente y en calidad de simples fieles, la obra de Mons. Lefebvre).

   Pero volvamos al cuento. Esta reacción anticlerical, cuando no se transforma en una especie de Apocalipsis individual, sabe que tiene que ordenarse, y lo hace. Pero lo hace desde su visión anticlerical, sin curas, y debe necesariamente conformar una “nueva clerecía”, una nueva jerarquía, que esta vez será profesional e intelectual. Serán las élites que correrán a un lado al clero, para desde el engendro universitario establecer una nueva categoría de autoridades bajo no ya sacramentos, sino, símbolos académicos. ¿Es esto una locura mía? O, como dicen, ¿una fobia? 

   La naturaleza repudia el vacío, y todo anticlerical, ya una vez vaciado el orden sacral, desalojada la clerecía católica de su función de manifestar y establecer el orden de las cosas sacras y naturales, y una vez encerrada en su entorno religioso o exclusivamente sacral como se pretende ( y no se logra, porque ella tenderá a ocuparse de las cosas del hombre, siempre, si ya no cristiana, será socialista o democrática, porque son Hombres y no Ángeles) ¿habrán logrado librarnos de un clero tutorial que nos diga qué hacer y cómo hacerlo? No. El mono de Dios saldrá a usurpar ese lugar.

    Esta cuestión bien la presenta Aníbal D`Angelo Rodríguez en el estudio preliminar de la obra citada de Belloc: “Pues bien, lo primero que hay que entender es que la religión nueva tiene un clero extendido por todo el mundo, con un lenguaje único, una memoria única, unas amistades y enemistades únicas y hasta una vestimenta casi idéntica ¿Qué estamos diciendo? ¿Qué todos los intelectuales del mundo son progresistas, marxistas, izquierdistas, “modernos”?… Las cosas no son, por cierto, tan sencillas. Pero tampoco mucho más complicadas: hay infinidad de matices entre los intelectuales que, precisamente, se distinguen por apreciar los matices. Pero hay un parentesco espiritual suficiente para que no sea exagerado hablar de un “clero” de la modernidad”. Y este clero de la modernidad, prosigue el citado, se funda en dos instrumentos, la extensión de la educación, y la libertad de imprenta (hoy “medios masivos”).

   Agrega nuestro autor “Los clercs de la nueva religión pueden disentir entre sí y hasta denigrarse mutuamente… pero los puntos de coincidencia son mucho más numerosos… lo prueban entre otras cosas, los premios… hoy para ti, mañana para mí” (el acierto es redondo cuando vemos un Ayuso con un Zaffaroni recibiendo un mismo galardón académico de manos de Danilo Castellano y vestidos con iguales galas). A ambos el mundo los signa con sus símbolos y sus sacramentos, para establecerlos como miembros de la nueva clerecía.

    Así que no nos engañemos, no se trata de liberarnos de una clerecía “pacata”, entrometida, beata, formalista, disfrazada e infantilizada, o lo que quieran decirle. Se trata de pasar a responder a otra clerecía de origen seglar, mundano y universitario. Con criterios mucho peores, con otra pacatería,  otra beatería, otras formalidades y otros disfraces,  de un signo de una falsa madurez soberbia. Se trata de una usurpación que se va produciendo con el avieso, retorcido y malintencionado desprecio de nuestros verdaderos “oficiales”, hechos primero por el enemigo declarado, hereje y ateo, y ahora por el mismo católico intelectualizado.

   No perdamos de vista por los cantos orgullosos de la libertad y de la igualdad, que el hombre siempre necesitará de una clase que le indique a la gran mayoría de las personas lo que hay que pensar,  que la más de las veces y en casi todas las cosas, no saben – no sabemos – por sí mismas lo que hay que pensar. Esa clase era la clerecía católica que manifestaba la verdad simple del buen pan de mesa y que había sido instituida por Dios para clarificarnos, y lo hacía en la sencillez y claridad de símbolos abiertos a su significación y en el entendimiento del  catecismo nos decía todas las cosas; y esa clerecía ha sido usurpada, usurpada por una nueva clerecía intelectual que mantiene su preminencia por un lenguaje de simbolismos arcanos, cada vez más arduo e indefinido, que les asegura su necesaria interpretación, su calidad de “Maitres Penseurs”. Tras ellos se oculta la mentira, la mentira de los impostores.
         
    

      

12 comentarios:

  1. El orden natural no se sostiene sin el sobrenatural.

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  2. Es decir, el pecado intelectual, en tanto que pretenda usurpar en lo que al manejo de las cosas sagradas se refiere el lugar que corresponde al clero (en ocasiones intelectualmente más modesto), simula el pecado luciferino de pretender usurpar la gloria que Dios reserva a quien se anonada. Como bien dice el Magníficat.

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  3. ud dice.........." (No es casualidad que verdaderos pensadores católicos, y quizá los más válidos de nuestra época, no dudaron en apoyar abiertamente y en calidad de simples fieles, la obra de Mons. Lefebvre)".... lo apoyaron porque mons. Lefebvre era sacerdote o porque VIERON con su inteligencia que lo que él proponía era la solución??? Ambas cosas seguro,pero, para ser un fiel, fidelis, hay que tener fe y esa fe ilumina la razón y la prudencia para obrar en consecuencia.

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    1. No, no es tan fácil (en realidad debo decir, no es tan difícil). Vuelva a la conferencia de Caponnetto, esa captación del valor del "maestro", del "pastor", es una inteligencia cordis, no cartesiana, es la inteligencia del pescador Pedro, que sabe que Cristo tiene palabras de Vida. Es por esto que trajimos esa conferencia que distingue tan oportunamente esta Pedagogía del Corazón.

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  4. como dice Castellani, "hay que ser un poquito anticlerical para alcanzar la salvación eterna".

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    1. Ese es un chiste de Castellani, que no es bueno repetir si uno no tiene todos los distingos que tiene el Teólogo.

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  5. ¿Jesús era anticlerical?

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  6. Es raro lo que sucede en Wanderer. Los mismos paladines del anticlericalismo se creen parias porque unas monjas y un par de curas mariquitas los miran con mala cara mientras hacen turismo y patean en procesión por las calles de La Loba.

    Me da un poco de cosa eso de considerarse uno mismo dentro de la pusillus grex, de justo estar entre los poquitos perseguidos o detestados por el mundo. Tiene algo de jactancia, además de ser falso, pero suficientemente fogoneado desde el tradicionalismo en la web; y como no hay quien rechace su cuota de épica, nadie dice que son pavadas. Hoy se puede ir a misa tradicional en Roma o desde hace 40 años a muchos y diferentes lugares de la FSSPX, sin que jamás haya pasado naranja.
    En todo caso que lo diga Dios, pero nosotros, jugarlas de desterrados, perseguido o elegidos, no queda lindo ni surte efecto.

    Es como si aquella vez hubiese intentado conquistar a la moza piadosa de rizos dorados que calaba en misa, diciéndole que soy su tipo indicado; cuando, en verdad, fue la parla, el bigote y aquel sombrero panamá que perdí una tarde jugándole a los burros, lo que la trajo a mis brazos.

    Como todo en la vida, sobre nosotros, que el juicio lo haga otro.

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  7. el sentido común fija los límites. Si por anticlerical se entiende en contra del clero, NO. Pero si por anticlerical entendemos en contra del clericalismo ,SÍ. Leer "Cristo y los fariseos" de Castellani para ver cuál es el clericalismo al cual debemos oponernos, no den tantas vueltas.

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  8. El clericalismo beato es así. No vaya a ser que alguien intente señalar algún aspecto negativo de los padres de la Fraternidad a los cuales hay que agradecerles que celebren la Misa y prediquen su sermones.

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