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martes, 22 de noviembre de 2016

EL CONCEPTO DE NOBLEZA QUE SUBSISTE PARA EL DÍA.

Resultado de imagen para imágenes de Calderón BouchetPor Dardo Juan Calderón.

Se hace en un punto necesario explicarse sobre una especie de traición de “clase” o de "bando", que nos enrostran, que nos hace blanco de acusaciones de resentimiento para dejarnos casi del lado de un pietismo embrutecido que se vuelve contra los suyos, de una rebelión contra lo que debemos ser por cuna y cultura, de un apartamiento de la cosa pública, de un abandono de las bondades culturales, del mismo culto a la patria y a las tradiciones históricas.


  Una crítica que podemos tildar del tipo “estoica”, con la que si bien compartimos nuestra común visceral enemistad contra el espíritu de lascivia burgués y contra la envidia criminal del socialismo - en suma, para la revolución en sus pasos, y principalmente en su paso por la Iglesia – pero crítica acerva al fin, que se levanta en nuestra contra para  mostrarnos unas supuestas derivas deformantes del “tesoro” cultural de la llamada “civilización cristiana” en toda su dilatada libertad expresiva, que estaríamos reduciendo y esclerosando en una reacción rígida de un dogmatismo tridentino y a la vez pietista, de alguna forma “plebeyo”, que defecciona de su posición aristocrática y nos arroja al fondo ignorado del cajón de la historia. Esa tendencia a reaccionar desde comunidades no muy avisadas de “lo que pasa en el mundo”, compuestas en gran medida por personas de escasa “cultura”, reducidas a una actividad litúrgica y devocional y por lo tanto, de gran dependencia clerical.

   Más allá de los comunes enemigos, y de que esa crítica se nos lanza de costado, con cierto desprecio benévolo que intenta dejar en claro que no somos “malos” pero que somos “poco”, y que pretende en buena intención tratar de “elevarnos” por sobre nuestra chatura, se nos ha reprochado que frente a ella reaccionemos con coces de burros y modos de rústicos, asunto que hemos cultivado para propia diversión y en contra del espíritu de caridad por parte de los laicos (no lo oculto), pero que se explica por la imposibilidad de perforar la estulticia de la soberbia académica sino es por cierto temor ante la reacción “militar” frente a las discusiones bizantinas rayanas en la blasfemia, cuando no, directamente blasfemas.

  Parte de este rezongo nos endilga un resentimiento hacia las formaciones universitarias, reductos de este espíritu “estoico” y exquisito donde se mantienen “up to day” en el concierto que forma allí con las ideologías y con las que “disiente” civilizadamente en contra de sus crímenes y sacrilegios pero sin salirse del foro obligado, ni dejar de usar en cuenta gotas cada vez más caudalosas aquellas “palabras” infecciosas que van minando las defensas ; lacras “universitarias” de nuestro tiempo y que bien merecieran las más profundas críticas de grandes sabios como el Cardenal Pie y aún, fuera del ámbito católico y desde un conservadorismo liberal, de por ejemplo, Paul Jhonson (que mal puede ser acusado de rústico y devoto) que nos decía: “De los crímenes del siglo XX, el XXI heredará uno sólo, la Universidad”.

  Un asunto remarcable es que estos grupos “ilustrados” son cada vez más reducidos, encerrados en sus “capillas”, avejentados en su composición, nostálgicos, depresivos y, por el contrario, nuestras Capillas y nuestras familias se llenan de niños, de jóvenes, de proyectos y de alegría. Que en ellos se hace imprescindible el recurso al psiquiatra como en los nuestros al simple “curita” de infantería. Mientras en ellos existe la tristeza de ver morir una Iglesia, en los nuestros se la ve renacer. Mientras en ellos se ve morir una cultura, en los nuestros se ven hacer los palotes de una; los palotes que no son otros que la “gracia”, como lo fue de aquella que ven morir.

   Pero no me hagan caso a mí, escuchemos a un “universitario”, a un culto, al que si bien no seguí en su erudición, capté en su substancia por una razón simple, la razón del amor al calor del hogar.

   Recorramos juntos un pequeño párrafo, escrito casi como al margen de una reflexión y que nos deja como regalo una especie de profecía. La profecía de una nueva clase de nobleza que formará la última nobleza cristiana. La de los simples. La de la gracia.

  En este pasaje de Calderón Bouchet no encontraremos novedades, hasta podemos decir que serán obviedades, pero tan olvidadas que resulta imprescindible repetir.

  Comenzaremos por recordar de dónde viene una civilización y por tanto, a dónde se vuelve a buscar:

 “La civilización latina, en cuanto recibió el influjo de la religión católica, comenzó el largo periplo de una transformación cultural solicitada por la presión misteriosa de la Gracia. Los efectos transfiguradores de la vida sobrenatural no sólo se hacen sentir sobre el alma individual, influyen también en las actividades del espíritu que como la ciencia, la economía, el arte y la política caen bajo la influencia del hombre sobrenaturalmente regenerado.”

  Es decir, una cultura que se transforma en algo diferente y sobrenaturalizado por el influjo de la gracia, y por tanto es esta la Fuente verdadera de toda ella, y si ella ha decaído o hasta podemos decir, que ha “muerto”, sólo se explica por el angostamiento de su fuente, y sólo puede resucitar desde esta fuente que hay que volver a hacer surgir desde la acción sacramental de la Iglesia. Causa y efecto. Si la gracia de la redención es inagotable y no puede perecer, tampoco puede perecer en nosotros la confianza, pero la relación causal no puede ser invertida, no es en el cultivo de los “efectos” que ella renacerá. Sigamos:

    “Los enemigos de la Iglesia atacan su enseñanza desde dos puntos de mira: el estoico pagano y el ideológico moderno. La distinción no significa que el primero de ellos pertenezca al pasado y haya desaparecido de nuestros hábitos mentales. Hoy se puede advertir un recrudecimiento un tanto arqueológico de las acusaciones de Celso, que hallan una fácil excusa en la invasión de la sensiblería llorona que afecta a la jerarquía de la Iglesia”.

   Pusimos en negritas que este “estoicismo” está en NUESTROS hábitos mentales y como reacción frente al sentimentalismo modernista. Recordemos qué fueron las acusaciones de Celso, contestadas por Orígenes: Los cristianos son brutos, plebeyos, atentan contra la tradición cultural, desacralizan la Patria, se desentienden de la cosa pública, debilitan el estado, hacen un culto del sufrimiento, son doloristas, quietistas, etc. El tiempo contradiría estos juicios produciendo la más grande cultura y el mejor poder político de la historia.

   “El plato fuerte de los denuestos estoicos residía en la prédica plebeya y contraria a toda excelencia que atribuían a la Iglesia. Refugio de gente estúpida y sediciosa, alentaba todos los resentimientos de un pueblo esclavo contra lo que podía haber de noble y fuerte en las clases superiores de la civilización greco-latina. A los nuevos corifeos del estoicismo universitario (las negritas son nuestras) no les cuesta nada resucitar estos infundios, creando la versión de un monoteísmo judeo cristiano, fundamentalmente zurdo, anarquizante y apátrida, lanzado con toda la fuerza negativa del resentimiento contra el orden y la jerarquía pagana.”

     Un Louis Bouyer por ejemplo, y una cierta “derecha” lanzan hoy día esta misma acusación contra las reacciones “integristas” y desde una muy parecida perspectiva estoica, de un cristianismo “culto” y si necesidad de “maestritos”, sin necesidad de dogmatismos crudos, ni de expresiones de “culto popular” y sensiblero. Recordemos a Bernard Dumont haciendo bonachona burla a las “procesiones”, “visitaciones”, “peregrinajes”, que, “no están mal”, pero que la acción, es universitaria.

   Sigue nuestro autor “No hace falta a los apologistas cristianos forzar la doctrina para defenderla de una impugnación tan gratuita y contraria a la enseñanza de la Iglesia”… “El estoicismo reprocha al cristianismo la exaltación de la humildad y el socialismo moderno su desdén por la cuestión social. Uno y otro sin ninguna inteligencia para percibir el punto de mira en que se coloca la Iglesia y que permite dar la respuesta cabal a todos los problemas fundamentales de la realidad humana.”

   TODOS los problemas. Y ahora vamos a una frase que nos aleja de esa actitud “distante” del nostálgico culto e intelectual, y llama a la entrega servicial del vigoroso. “La “humilitas” es conciencia de finitud y de dependencia total frente a Dios que descubre el único camino verdadero por el que puede transitar nuestro rencuentro con lo Absoluto. La cuestión social, como se dice hoy, no se podrá resolver jamás sino es en el cuadro de la generosa entrega de los fuertes al servicio de los más débiles. Esto puede parecer una utopía si se tienen en cuenta las flaquezas de nuestra naturaleza caída y su vigorosa inclinación al abuso, pero resulta mucho más difícil esperarla de un cambio que no haya sido auspiciado por la conversión espiritual del apetito”.

   La “cultura” nace de este servicio, entre los fuertes y los débiles, entre los inteligentes y los rústicos. Una élite intelectual, divorciada del simple apostolado de los simples (valga la rebuznancia), no es cristiana ni construye nada. Y no estamos aquí diciendo que es mala en sí misma su existencia, como no es mala en sí la riqueza.

   “El cristianismo, en su acepción romana, nunca negó el valor de la propiedad privada como fundamento económico de la vida familiar, ni predicó una igualdad que desconociera las jerarquías naturales e históricas del orden social”… pero… y esto debe gravarse a quienes desde estas jerarquías intelectuales pretenden imponer sus criterios a la religión… “Una y otra vez enseñó que esas jerarquías no constituyen privilegios válidos para el Reino de Dios. Existen, son buenas y necesarias para fundar la sociedad terrena. Se imponen como la lógica consecuencia de las aptitudes desiguales que poseen los hombres en el ejercicio de las actividades temporales”  pero… “Cuando se trata del Reino de Dios, las condiciones exigidas son otras, otras las desigualdades y otros los parámetros para medir los méritos”.

    Uno no quiere que estas élites intelectuales dejen de existir, y no va contra sus criterios científicos y artísticos propios, aunque les recuerda que la condición de servicio y de expansión hacia abajo es esencial para no terminar viviendo en el limbo, es decir, el carácter “paternal” que necesariamente deben poseer las mismas. Pero lo que sí resulta inaceptable, es que desde estas categorías pretendan imponer criterios a lo religioso, que tan bien señala el autor citado como propios de una realidad que les es completamente ajena y a la que deben con humildad resignarse. Expresen sus criterios literarios, filosóficos, pero… no se salgan del quicio con una ciencia, un arte, y en muchos casos una política, que se pretende hacer “religadora”, se hace religión y usurpa el lugar de la Iglesia.

    “Nunca se sostuvo en la cristiandad que la buena disposición para hacer una excelente carrera de honores cerrara las puertas del cielo, aunque se previno siempre contra la excesiva adhesión a los bienes materiales” y conviene destacar que esta “cultura” es uno de ellos, a pesar de que se lo tilde de espiritual, sino el principal. “De lo que se habló en todo momento fue del desapego y del carácter efímero de tales bienes y de la generosidad que es bueno tener para usarlos en favor de los más débiles. Tampoco se enseñó que la debilidad, la pobreza y la ausencia de dignidad valieran por sí mismas”.

   La Iglesia Católica ha tenido como Pontífices a grandes intelectuales, hijos de la nobleza del mundo, a pescadores y hasta esclavos (San Calixto), y estos constituyen su “nobleza”, su aristocracia. Muy diferente a la nobleza del mundo y sin que esto denigre a la misma. Pero hoy más que nunca, en que la fe casi desaparece, que es una rara “perla” que resulta muy difícil de encontrar, la simple posesión de la misma, el enorme esfuerzo que supone en el alma más simple el mantenerla contra todo el embate de un mundo lleno de alambiques ideológicos y de tentaciones carnales, un mundo en que todas estas cosas han hecho decaer todos los criterios de una nobleza basada en el servicio para serlo ahora en el “disfrute” de sus privilegios y en el desprecio de todos; pues no resulta ocioso ni falto de fundamentos establecer que existe una sola y nueva nobleza, la de tiempos apocalípticos. La Nobleza de la Fe.

   “La fe, la esperanza y la caridad no son virtudes imbéciles y con una exagerada propensión a crecer en terrenos menguados. Requieren ante todo, una buena voluntad y una inteligencia dócil al dato revelado y poco influida por el deseo constante de justificar las malas pasiones y bajos intereses. Si bien se piensa, para ser un buen cristiano se necesita una limpieza de alma poco común y esto, al fin de cuentas, incoa una nobleza.”

   No creo que queden en el mundo criterios ajenos a estas tres virtudes que justifiquen ya una dignidad plausible aún para el mundo mismo y en su mejor acepción. Quienes encuentren sosos, simplones o rústicos a los pocos especímenes que en el mundo conservan todavía estas maravillas, pues, un exquisito plebeyismo los ha cegado.
      
  
     



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