...

...

sábado, 5 de noviembre de 2016

SEREMOS MÁS QUE ELLOS.-

Por Dardo Juan Calderón.
Resultado de imagen para imágenes de familias

El hermoso texto que trae The Wanderer de Natalia Sanmartín de Fenollera, “No somos como ellos”, es un párrafo preñado de bucólica nostalgia y de una muy justificada añoranza de la virilidad en las mujeres hodiernas.


 Pues nos guste o  no, ya sea desde esta visión de una pérdida irreparable, como desde el más grosero feminismo de las autoconvocadas, aunque las actitudes son diferentes, el reclamo obedece a la misma fuente. Ya casi no hay hombres, varones, y el mundo femenino reacciona ante esta realidad como amazonas y viragos que deben terminar con este animal decadente y acobardado que pretende mantener un señorío sin encarnar las razones que justificarían el mismo. O en su caso, como resignadas nurses y tutoras de unos pobres hombres frustrados, apocados, ignorantes, desvirtuados y desvirilizados (que estos dos últimos son sinónimos), a los que hay que apuntalar física, anímica e intelectualmente para poder cumplir la misión maternal de la que nunca podrán renunciar si no es en la propia negación y autodestrucción.

 El divorcio ya hace tiempo que dejó de ser el producto de una reacción animal del varón por mantener a su servicio una hembra joven, sana y en edad de reproducirse, en competencia con los otros machos de la manada, para pasar a ser el recurso de la mujer para asegurarse la viabilidad de su vida y la de su cría frente a un imbécil que ya no quiere poseer, sino masturbarse. (Esto que puede parecer tan grosero, fue dicho con iguales palabras por Pio XII)

 El texto de esta mujer sensible puede ser interpretado como un diagnóstico de los tiempos, pero no se puede ocultar en su tristeza y nostalgia visceral como un diagnóstico sobre los “hombres” de nuestro tiempo, aunque queramos hacernos los tontos.

  El opuesto genérico del sinónimo varón es el sinónimo varona (virago en latín), y la palabra “mujer” viene de mullier (muelle, blando, tierno), y es un adjetivo, adjetivo que hemos sustantivado para nombrarla siempre con este piropo: ternura. Pero para mantener esta cualidad en las hembras, el hombre debe mantener su virilidad, palabra que tiene la misma raíz que virtud, “el que posee las virtudes”. Muy por el contrario de lo que nos legaron los abuelos liberales, no corresponde a las mujeres encarnar todas las virtudes, sino en la medida de un complemento que enternece el vigor de las virtudes masculinas. No corresponde a la mujer ser justa, sino misericordiosa; no corresponde sin más el ser fuerte, como el serlo en la consolación; no corresponde sin más el ser templada a la dureza del acero, sino a la tibieza del pan recién horneado; no corresponde sin más el ser prudentes sino a la respuesta de la generosa providencia viril. Cuando una sociedad decide que las virtudes serán encarnadas por sus mujeres y sus hombres podrán expandir su deseo de excesos en la imprudencia, en la injusticia, en la cobardía y en la lujuria – que no otra cosa fue la sociedad liberal del siglo XIX y parte del XX – en poco tiempo esa mujer virtuosa que sostiene una moral a pesar de sus varones, se va convirtiendo en una virago o un ser lleno de tristeza y añoranza por la ausencia de su complemento, que es nuestra realidad del siglo.

   Ese hombre que se desprendía de las virtudes para conquistar un mundo económico y sacarse las trabas de una moral que lo lastraba en la competencia con los otros, abandonando todas las tareas y las prácticas que hacen a la actividad espiritual; sin embargo pierde la preeminencia moral, la autoridad intelectual y con ello, la consistencia viril. A pesar de la novelada versión de que el mundo de lo económico se asemeja al bélico, versión que nace del equívoco lingüístico que se ha producido por la aplicación de los términos de la guerra a la economía, no se le oculta a quien tiene la experiencia el que esta nueva guerra a la que se dedican los hombres es un combate que, lejos de estar preñado de actitudes nobles, camaradería y desafío valiente (sin estar totalmente exento de ellas) es en realidad y en la mayor parte de su tiempo, un ejercicio de egoísmo, de calculados retrocesos, de postergación del honor, de mentiras y ocultamientos, de alcahueterías y traiciones. Siempre la actividad más lucrativa es el resultar falluto, el fallar a la confianza obtenida con calculada astucia o ya por reflejo adquirido, por hábito vicioso. La economía en su versión moderna y capitalista, hace del hombre un ser dúplice, y esta situación mantenida en el tiempo, lo hace enajenado. Es un ser al que nadie entrega su corazón sin reservas, nunca la total confianza porque él mismo se desconfía, y justamente es esto último lo que hace a la esencia de la disposición femenina, la feliz posibilidad de encontrar a alguien en quien depositar su confianza total, entregar todo su corazón.

  La economía verdadera – ley de la casa- paradojalmente es una actividad femenina. Es la respuesta de administración prudente a la providencia generosa del varón. La Iglesia es madre, y como tal, debe administrar con prudencia el tesoro que ganó para ella su Esposo en un acto desmesurado. La desmesura es viril y sólo tiene cabida en las obras del espíritu, en lo demás es destructiva.

  La Sanmartín de Fenollera no extraña simplemente a un hombre antiguo, extraña como mujer al varón. Y lo da por muerto. Y frente a ello hay dos reacciones que se patentizan en dos respuestas que se dieron en sendas páginas y casi al unísono, ambas – como diría Freud- desde el inconsciente. La de la misma página que la publica que con ella se sienta a observar – desde una virilidad derrotada - una virilidad que dejó de ser; o la de Infocaótica, que en tono “práctico y realista” se burla de aquella nostalgia femenina que reclama del varón la básica capacidad de construir un “hogar”. No todavía una nación o un imperio, sino esta semilla imprescindible para todo aquello, que es un hogar cristiano, y que le resulta una ñoñez plagada de intríngulis pequeños y memeces cotidianas, rodeada de esa pacatez clerical del recurso permanente al curita modesto para el reclamo  de los pequeños milagros que necesita la tarea de un hogar y por la cual la mujer reza día a día para que haya pan en su mesa, fertilidad en su vientre, salud en los suyos y amor en todo.

   El mundo economicista ha destruido las virtudes viriles (repito que es esto una redundancia significativa) y mal que les pese, la virilidad, cuando no se construye desde la relación con Cristo en la vocación religiosa, no tiene otra fuente de construcción sino es desde la relación adecuada con la mujer. Lo que hace fundamentalmente a un varón es el responder a la expectativa amorosa de una mujer, el de colmarla, el de saciarla. Hablé de la vocación religiosa y esta no escapa a esta regla, el religioso se hace viril en la medida que colma lo que de él espera la Iglesia, en la medida en que no es sólo un solterón o un intelectual, sino que conforma todo su ser y su saber para satisfacer esos simples anhelos de hacer de Ella un Hogar donde se cumplen todos los días los milagros cotidianos que gestiona para sus hijos.

   Tengo un buen amigo que frecuenta un escritor argentino y canyengue que suele decir “Todo lo que hace un hombre, lo hace por una mina”, y no está muy alejado de la verdad. Todo lo que hace “a” un hombre, se hace a partir de un requerimiento femenino. La necesaria e imprescindible devoción a María responde a esta necesidad de conformación viril.

   No son los vientos helados de las costas de Yorkshire los que forjan la virilidad, ni las jornadas laboriosas de los viejos pastores ingleses; ellos se enfrentan por una mujer, por un reclamo femenino, de la esposa, de la patria, de la Iglesia, en fin, de María. Por supuesto que el hombre moderno  ha perdido su intelecto y su espíritu en medio de una biblioteca borgiana, como bien señala nuestra autora, pero se ha perdido cuando ha dejado de buscar los libros que le sirven para gobernar su casa, los que tienen esa sabiduría que la reclama su Esposa. Los que traen a la casa una certeza tan contundente como una libra de carne de cordero, o como una canasta de legumbres. También ha perdido el sentido de su religión cuando en ella se abisma en un laberinto de encuestas y lamentaciones de lo que perdió y de por qué lo perdió, y no se ciñe a la búsqueda del pequeño milagro que le reclama su casa: “danos el pan nuestro de cada día”.

   Aquel título de “No somos como ellos”, en realidad, debe ser traducido a “No sois como ellos” y entendido como un reclamo a los varones. Es fácil lamentarse de que ya no somos como ellos como si fuéramos una más de aquellas mujeres extrañadas, porque nos falta el viento helado o porque nos sobran teléfonos y libros. Sobran los vientos helados y las jornadas laboriosas, los combates y las resistencias, y me atrevo a asegurar que es mucho mayor la prueba de hoy que la de ayer, que es mucho más dura la forja de estos tiempos que la de aquellos, que saldrán hoy varones que dejarán al mundo boquiabierto cuando estas cosas se vean desde lo eterno.

   No es tiempo de nostalgias ni de llorar la pérdida de una condición viril que a gritos delata la reacción insatisfecha y desilusionada de nuestras buenas hembras, como si ya nada pueda hacerse, sentados junto a ellas compartiendo la lectura de una novelita que habla de un tiempo que se fue. El varón debe retomar su timón y encarar la empresa desmesurada de permanecer claro en esta tremenda tormenta, de encarnar la confianza en su coraje , de representar esas virtudes que desde lo femenino se le reclaman para poder ajustar las propias,  y sin recurrir al fácil escape de entender como sonseras aquello que constituye el cimiento de todas las empresas.

   La nostalgia de la Fenollera o la acritud endiablada de las autoconvocadas hablan de una misma cosa y no deben responderse desde la perspectiva de una crítica a una época y a una cultura, sino desde la toma de conciencia clara  del lamento – o de la furia- femenino por la pérdida de nuestra condición viril. Es fácil y falso el recurso a impugnar el reclamo desorbitado de la mujer cuando el varón ha dejado de ser ese sol en torno al cual orbita, cuando en el mejor de los casos se ha convertido en un lamentable aporte sin esqueleto moral, de la procreación y el complemento económico. Cuando expresa lamentoso junto a las mujeres su confusión y su temor y pretende temblar junto a ellas y añorar un tiempo de “hombres”.

  Un hombre se construye a partir del hogar colmado, alegre y espiritualmente proyectado, en la confianza de que él es su garantía en medio de cualquier tormenta. Un sacerdote no es un intelectual que llora y observa sentado “la descomposición del catolicismo” en la que lamentablemente ha colaborado por error, sino que se justifica en una feligresía – en una Iglesia – que reconstruye a partir de milagros cotidianos. Y sí, el ser hombre cabal y viril, pasa por atender y solucionar todas esas pequeñas rencillas hogareñas, de satisfacer esos reclamos femeninos  y con ello dar muestra que se encuentra sobrado para atender los reclamos de sus otras mujeres, la patria, la Iglesia y María.
       

11 comentarios:

  1. la mujer porteña burguesa con un mango en la Vuitton solo busca un agente fertilizante, estrictu sensu, que no la ate al hogar. Para todo lo demás, se creen autosuficiente. Las chicas solo quieren divertirse.

    ResponderEliminar
  2. En sentido general, la mujer se conforma al hombre (Gn. 2, 18; Ef. 5, 22). Las mujeres que encuentre caminando por las calles porteñas entonces, serán el resultado de los hombres que las informaron. Su comentario, no hace sino confirmar lo que acaba de leer.

    Aunque creo que también pudo haber otras causas, como la vida en las grandes urbes. Sin caer en romanticismo, creo que el campo favorece que esa complementariedad sea un poco más natural. O dicho de otro modo, creo que ese modo de vida más natural favorece que las cosas sean lo que tienen que ser.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sin caer en bucolismos absurdos, es cierto que vivir en la gran "ubre" hace bosta todo.

      Eliminar
  3. Leí el articulo de The Wanderer y me gustó, pero es cierto que su nostalgia no lleva a buen puerto.
    Las fallas del hombre propician la caída de la mujer, si adán en vez de comer la manzana hubiera reprendido a su mujer, el pecado original no estaría en nosotros. Somos los hombres los que fallamos y dejamos a nuestras mujeres fallar. Sin embargo, no es la dureza de nuestros cuerpos ni lo curtido de nuestra piel lo que nos sostiene, sino el apoyo en Cristo, en su Iglesia, en Dios. Añorar aquellas cosas es quedarse en un romance, es ver un plano muy reducido de la realidad, llorar por simples formas que no tienen valor en si mismas, sería como pretender instaurar una monarquía no católica. Se imaginan una monarquía con la iglesia actual!!!
    Para una restauración necesitamos a cristo, para tener a cristo necesitamos a los hombres de iglesia, los sacerdotes, y después de eso podemos llegar a hablar de verdaderos hombres.
    La perdida de las virtudes del hombre es una consecuencia de la perdida del reino de cristo en sus corazones, no del paso del tiempo.

    ResponderEliminar
  4. andá a cantarle a gardel8 de noviembre de 2016, 7:58

    No está mal lo del artículo de Wanderer. Allí una escritora quiso escribir algo lindo y lo logró, mucho más que transmitir una idea.
    La idea en sí no vale tanto, pero no es lo que importa en ese texto.

    ¿Podemos entrar en psicologismos?, ¿qué subyace en la autora que escribe aquello?
    Bueno, eso es otra cosa y, como han dicho, es probable que haga un reclamo a los hombres para que sean más hombres. Seguramente sea una buena mujer que se quiere casar, vivir en una aldea tradicionalista y cocinar pastelitos, leer griego y hablar francés y no encuentra al leñador que le pueda hacer de media naranja.
    Yo tampoco la encontré a ella en su momento y me casé con una loca que me grita y me caga a patadas.

    ResponderEliminar
  5. Como primera falla de hombre, "digo nomás", le cuento que ni en la biblia ni en la Tradición se habla de que el fruto prohibido fuera una manzana.

    Hombre Fallido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si "Apple" recoge esa tradición, debe haber sido así. Mark Twain decía que habían puesto la manzana porque no conocían los melones de agua de Tenesse, mucho más tentadores.

      Eliminar
  6. En toda la historia sagrada esta la imagen del desposorio. Como lo contrario, como adulterio, para para describir la idolatría del pueblo elegido (por ejemplo en las Lamentaciones); y como perfección, búsqueda, consolación para describir la redención (por ejemplo en el Cantar y en la Parusía). El mismo hecho de la encarnación del Verbo tiene algo de esto. Parece entonces que el símbolo del matrimonio sano y su contrario, es fundamental para entender el tema de la caída, en el sentido que algo de ese patrón debe existir también en este punto. Aunque mejor no pensar en esas cosas como se dice en Si 3,21-23..., no sea que se cocine una herejía.

    ResponderEliminar
  7. Natalia Sanmartin Fenollera. No "de" Fenollera. "Vir": fuerte, fortaleza en algún sentido. "Virtus". Viril. Hombre.
    Natalia Sanmartín Fenollera, "sensible" escritora. Mujer del Opus Dei, apegados a lo sensible. Nostalgias de zapatos charolados, camisas con gemelos, distinción en sus prendas, sus amistades, sus relaciones, sus apeguitos "monetarios". Opus Dei. Desgracias de apologizar los dichos con peroratas y palabrerío interminable, bucólico, excesivo. Sólo superficialmente, "habitar" en el ornato.

    ResponderEliminar
  8. No es del Opus Dei. Pregúntenle a ellos si lo es. Vetus ordo.

    ResponderEliminar

Comentarios con buena intención no serán publicados.