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viernes, 16 de diciembre de 2016

De dubias, admoniciones e ilusiones.


Resultado de imagen para imágenes Cardenal Burke Por Dardo Juan Calderón.

Cuando uno nació mal pensado, el asunto no tiene arreglo. Recurrir al argumento de que la historia nos avala en el pronóstico sirve de muy poco, porque nadie ve la historia de igual manera y cada uno la ve como le conviene. Así que lo único que nos queda es asentar nuestros pronósticos sobre un prejuicio de “que todo esto me da mala espina”.


El asunto es que muchos están viendo noticias que hacen avizorar mejoras en todos los planos  y frente a las cuales pareciera, que aunque con cautela, se nos plantea la cuestión de si debemos sumarnos, alegrarnos, ilusionarnos. Debo reconocer que el reflejo de no ilusionarse jamás y esperar siempre lo peor es bastante cómodo, pero debo reconocer que aun combatiendo contra esta tendencia, no dejo de no poder esperar nada bueno.

Me refiero a ciertos derivativos de “orden” que el desastre mundial está mostrando. Una serie de males menores, de reacciones hacia la derecha, frente a las cuales el interrogante es ¿me quedo mirando? ¿las apoyo? O ¿las descarto?  Trump, el Brexit, Colombia, Putin, los Dubia de los cuatro Cardenales con Burke a la cabeza, la prédica de Schneider, en fin…

Como bien dijimos, son reacciones “hacia la derecha”, y no creo que a ninguno de los lectores ya quepa explicarles que siendo este un término relativo al ímpetu revolucionario, siempre ocurre que la derecha de hoy resulta ser la izquierda de ayer. Cuando a estos términos no los referimos a la revolución, sino a Cristo, que pondrá unos a su derecha y otros a su izquierda, recién tenemos un punto fijo  que no permite los equívocos del corrimiento.

Tras esta clarificación que no por obvia resulta inoportuna, pues Don Trump, el Brexit, Putin y todas las movidas políticas que nos causen alguna ilusión, sabemos que siguen estando a la izquierda del Señor y de lo que hay que cuidarse es simplemente si resulta preferible un caos revolucionario o un orden revolucionario. Pero entendámonos, sub aespecie eternitate es siempre malo, y las preferencias de una u otra modalidad en un concierto de mal, siempre es una opción que se resuelve en el nivel de los intereses personales, como el viejo chiste del que pedía un poco de orden en medio de una orgía.  Si uno es abogado, normalmente tiene preferencia por el caos, son mucho más productivos. Pero si uno es un buen comerciante o funcionario, hay mejor negocio con un cierto orden.

  Cuando la revolución busca o adquiere un cierto orden, toma el nombre de conservadorismo, que como reza el viejo refrán, lo que termina conservando es justamente “la revolución”.

Pero por favor, dejemos las hipocresías de lado, el conservador toma esta opción a base de cortitos intereses propios o de grupos, y no digo que esto no deba hacerse ni que sea tan reprochable en la medida que expresa una acción de “defensa propia”. Lo que resulta inaceptable es darle a esta acción el carácter de “heroica” o martirial, más allá de que en los hechos, algunos se encuentren en coyunturas de hierro y tengan que dejar el pellejo.

El heroísmo, decía Calderón Bouchet, es “ver con claridad el orden verdadero en medio de una situación de caos o confusión”; y este puede ser intelectual, militar o religioso. Pero reside en la buena inteligencia de las cosas y no en la cantidad de cojones que se tengan y que pueden ser sólo la expresión de una “rabia”.

Con respecto a los personajes aludidos, les puedo asegurar que ese orden conservador que expresan y defienden, en nada me toca; y, me atrevo a agregar que tampoco a los argentinos en general y mucho menos a los católicos. Es como el cuento de Macri que provocó las adhesiones derechosas y catoliquingas. Chasco tras chasco. El ínfimo interés de no ver rebosantes de envidia a los “negros de mierda” se ahoga al ver rebosantes de torpe soberbia a los “rubios de mierda”. Sólo las meretrises saben con certeza que tienen que cambiar de amantes.

Las batallas bastante absurdas por asuntos como el aborto ni pesan ni posan. Sin conciencia del pecado seguirán abortando en la misma cantidad y de alguna mala manera las que quieren abortar. En realidad la lucha por ley si o ley no, es un combate principalista de grupos extremos que bregan por dejar una bastante farisaica constancia escrita, de que uno ha defendido la ley de Dios y de que el otro ha podido derribarla. En medios latinos, los que quieren abortar lo último que desean es dejar un registro del asunto, los que buscarán dejar constancia en la hoja médica serán tres o cuatro activistas. Como el putinomio. Mejor entre gatos y medianoche, logrando hacer ceder la conciencia de los médicos y a base de reglamentaciones administrativas lo suficientemente confusas y eufemísticas.

 Es decir, que encontrar esperanzas con respecto a estas derivaciones de orden, es un asunto de resorte personal que dejo al arbitrio de cada uno, en la medida que se me acuerde que el curso del drama de la historia sigue su pendiente irregular y sinuosa hacia su tragedia. Ese asunto de ponerlos a la derecha de Cristo mismo, como si ese lado diestro fuera una bolsa de gatos producto de la “buena intención” con respecto al orden del tránsito (que no más que eso es el curso de la historia humana), es una traición al Crucificado de la que hay que abstenerse, es casi convertir al catolicismo en una legión comparable a los pitufos amarillos de la policía ciudadana de la CABA.

 Ahora bien, desde el punto de vista crasamente histórico, este asunto de las reacciones conservadoras dentro de la Iglesia, de los Cardenales y sus Dubias, posibles admoniciones y etcéteras; pues no distaría mucho del análisis ya hecho.

  Quien lea detenidamente los discursos y sermones de esta “heroica” pléyade de Cardenales, que viendo perdida su cuota de poder, reaccionan con argumentos de orden en contra de la orgía francisquista, pues verán ir afirmándose en ellos las puntas esenciales de la revolución “Vaticano II”. Si el Katejon, como lo expresan las mejores cabezas (en esto coincide un Mihura Seeber con un P. Álvaro Calderón) es justamente la expresión dogmática y certera de un Magisterio Eclesiástico basado en la autoridad infalible del Pontífice; la revolución nos pone un tiránico payaso para que terminemos buscando como un bien maravilloso una colegialidad parlamentaria que nos evite esta posibilidad nuevamente. La conclusión de Bouyer de que es el Trento antirreformista y el Vaticano I antirrevolucionario el origen del mal, y un Vaticano II con hermenéutica de la continuidad la salvación,  se hace patente en todos ellos, y como suele suceder, para evitar la posibilidad del mal, hay que evitar la posibilidad del bien.

   No tengo paciencia parta las citas, pero lean a Schneider detenidamente, y verán que dentro de su prédica late con fuerza el argumento de la colegialidad (además de otros lastres modernistas). No corramos más el riesgo de un poder centralizado, aun cuando fue la forma en que la cristiandad dio sus mejores siglos,  un mal monarca deja la enseñanza de que el poder debe atomizarse para siempre. De que la verdad es un diálogo dentro de un colegio de pares y no debe existir una instancia decisiva y terminante.

  La historia nos dice que las revoluciones surgieron de las aristocracias envenenadas por el espíritu liberal y burgués. Ellos debilitaron las monarquías y luego fueron tragados por la furia plebeya. Esto que ocurre es bien parecido, son estos cardenales “ratzingerianos” los que poseían los factores de poder no hace mucho y fueron claramente revolucionarios (véase la reseña que del libro de Roberto De Mattei se hace en The Wanderer, y en la que se anotician con cierta sorpresa de la incidencia relevante que estos hombres tuvieron en aquella revolución, en especial Ratzinger), los que se avinieron a un procedimiento de “renuncia” que permitía el amañamiento de la elección, elección en la que estuvieron y que hoy se los traga. Son ellos los que hace decenas de años no hicieron ni una declaración dogmática ni definitoria como las que hoy le piden a Francisco, los que con su pastoral llevaron a estas situaciones, y los que hoy, haciendo una tardía marcha atrás, le piden al Papa que “defina”, habiendo inventado ellos los millones de entresijos ideológicos para evitar justamente una definición. Bonapartismo.

 Hay que tener siempre claro que el llevar una revolución con un método conservador, es decir con freno de mano puesto, no se garantiza con “ideas”, que aun las más ordenadas dentro de este esquema  llevan consigo la tendencia a la deriva diluyente; sino con “intereses” concretos. El conservadorismo no tiene grandes principios, tiene grandes “cosas”. Y el enemigo mortal es el desposeído, al que nada le importa, el desarraigado. Nietszche no era ciego; el revolucionario es un “santón” y esta deriva mortal es cristiana en cierto sentido. Un desprendimiento evangélico sin una concreta búsqueda del Reino, es una locura anarquizante, y Francisco es un “santón” sin zapatos.

  Francisco se defiende con esto. Estos conservadores no pueden mostrar a la opinión pública el estar siguiendo las huellas del desprendimiento, el perdón y la misericordia. Sólo la defensa de sus intereses que los hace saltar cuando son tocados.

  Como dijimos más arriba, la encrucijada para tomar parte de una reacción conservadora, pasa por el interés cortito y personal, y quizá en este caso, al revés que lo antes aconsejado, le convenga al católico tomar un cierto partido para defender con ellos no el Reino de Cristo, sino algunas “cosas” que todavía nos sirven. Y en esto, muy desde lo personal, debo hacerme violencia contra la repugnancia visceral que he adquirido contra la reacción conservadora.

  Pero eso sí, así como los verdaderos jefes de la revolución cuando la misma se desmadra, recurren al orden conservador para restablecer un cierto equilibrio comercial, eso sí, no sin previo asegurarse la forma en que se los sacarán de encima (véase la masonería con los gobiernos militares, a los que después de poner orden, les tienen preparado un Núremberg), no debe jugar el verdadero tradicionalismo todas sus fichas con estos hombres. No se los debe poner sin más y bajo la urgencia de las pérdidas inmediatas, a la derecha del Señor. Hoy están a la derecha del vórtice de la revolución, pero se debe estar muy atentos contra ese hilo ideológico que los ata a la continuación del proceso revolucionario.

  Juguemos con las ideas y la futurología. Hace tiempo atrás dije en un artículo y muy en contra del espíritu que animaba a queridos hermanos en la fe, que “¡El horror!” no fue Francisco, el horror había sido la “renuncia” (que sin embargo los había llenado de esperanzas). Cuando se acercaba la idea de la muerte a Pio IX dijo que tenía una única intranquilidad en su corazón: que lo sucediera el Cardenal Peci. Y así fue. Y como producto de un desbalance cardenalicio ocurrido a último momento. Desbalance que se podría haber evitado con una renuncia oportuna cuando daban los números. Pero Pio IX sabía que no se podía burlar la providencia con temores humanos. El momento de la elección tenía que darlo la providencia con su muerte.  Este proceso que fuera extraordinarísimo en la Iglesia, tomaba con Benedicto XVI forma procedimental normalizada, y dejaba en la boca de los fieles el amargo gusto de que la providencia dejaba de existir y daba lugar al manejo de los lobbies y de hecho, el papado de Ratzinger tiene como resultado haber dejado a la Iglesia en la peor crisis de partidismos de su historia cuando, paradójicamente, se pretendió lo contrario con su manipulación. La misma validez de la elección deja abierta sus dudas, que se clavan como un puñal en el orden eclesiástico.

   Como en los peores tiempos renacentistas, hoy el Vaticano muestra “partidos” que lo dejan al borde del cisma, y Francisco amenaza con un nuevo uso del sistema de renuncia para perpetuarse y, en esa lucha partidaria, los conservadores intrigan para que los números no den y hasta preparan con cautela (cosa muy improbable) la “destitución” - el “juicio político” - (porque también será “pastoral” y no dogmático). Asunto que de ocurrir, heriría de muerte la sucesión pontificia. (Salvo, eso sí, que la loca idea de Don Federico Mihura no fuera tan loca y fuera cierta, y se repusiera a Benedicto - si para esa época no ha cambiado el fusil de hombro - porque a todos nos llama la atención del porqué Benedicto no pasó a ser Cardenal, sino que es Papa Emérito ¿Otro cálculo lobbistico?). En esta batalla el lenguaje del partido conservador retoma viejas consignas del tradicionalismo, pero sin perder su nexo revolucionario.

  De esta batalla, creo que no van a seguirse sino males peores. Y uno de los que se me ocurre, es que por mucho tiempo se puede llegar a no saber quién es el Papa. Creo en mi más íntima convicción que poner a Francisco en una encrucijada de hierro, como los cuatro Dubia, es un error garrafal. O consagra una “nueva doctrina” o mantiene la vieja definición con una pastoral contradictoria. Pero ¿pensar que como Pedro volverá atrás…? ¿un siglo atrás? No veo en esta reacción una reacción heroica de ver el orden, veo un coraje partidista, una encerrona que puede resultar fatal, inspirada por la rabia.

  Mario Caponnetto al analizar los cuatro dubia, acierta en decir que son “preguntas retóricas”. Quizá muy del modo de las preguntas que hacían los fariseos, que se hacían para Perderlo. No hay que tratar de “perder” al Papa, por más gracia que nos haga, veo más males venirse hacia las almas por este lado. Prefiero con mucho el procedimiento “lefebrista”: no tengo “dubias”, porque no se pueden tener en esos puntos, digo como Príncipe de la Iglesia mis certezas y ruego por que se enmiende la autoridad sin emplazamientos, pero no pongo las cosa en encrucijadas de hierro de las que se tendrá que salir con malos acomodamientos o con tremendos efectos de anarquía. Hay en todo esto una urgencia y un interés partidista que tiene mal tufo. Y hasta entiendo las broncas de Francisco, al que hoy sus compañeros de parranda se le ponen formales porque son unos “interesados”;  entiendo que los encuestadores no tienen las manos limpias (o las mentes, por no decir las almas), y veo que están produciendo una tormenta, echando nafta al incendio.  Hay que primero de todo y de nada, ser “santos”,  y haberse desprendido de todo y haberse asido al Todo.

   No digo que no me dé cierta risa este apuro en que se ha metido a Francisco, pero sé que río como una hiena.

   Pero como dije, todos estos son cálculos humanos, Dios
 tendrá la última Palabra.

                            

9 comentarios:

  1. "Dios tendra la ultima Palabra" Exacto.
    Mas lo suyo no son meros "calculos humanos" No.
    El buen uso del recurso racional alimentado por la Fe, es-sin duda alguna-el sano Libre Albedrio. Herramienta Superior prevista en orden del Discernir. Que luego la Gracia supla las naturales carencias; propio sera del transitar en la Buena Senda.
    No erra Ud. al mostrar la praxis psicopolitica del pendulo revolucionario: desde Roncalli, Montini, el "polaco", Tauber, hasta "don peroncho".
    Honorio fue Arriano; Atanasio su Combatiente: Santo y Doctor. Hoy: el primero seria "santo" y el segundo jamas complice de "renuncia" alguna.
    Dios Provera. Sin "dubias"
    En Cristo y Maria Santisima sin pecado Concebida

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    1. Hay que distinguir lo que es un enfrentamiento doctrinario con razones de fe y llevado en caridad, de lo que es una reyerta partidaria política por razones de poder, en las que se usan "hasta" buenos argumentos. Otro comentarista que borré me insulta porque para él Lefebvre habría hecho lo mismo que estos. De ninguna manera, Mons Lefebvre no era un faccioso ni jamás su actividad se mostró con un interés "destituyente", ni fue provocada para mantener los privilegios que había adquirido legítimamente, los que abandonó antes de todo, ni tampoco para una toma de poder. Lo que hizo lo hizo por las almas. Nunca propuso el "golpe de estado". Digamos que, saltando las enormes diferencias, así como Alfonsín decía que la democracia se salva con más democracia, la postura lefebvrista es que el Papado se salva con más Papado, y no con colegialidad; la autoridad con más autoridad y no con revoluciones. Nunca el lefebrismo le pidió a un Papa que deje de serlo, sino que lo sea más cabalmente.

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  2. Querido Dardo

    No tenía dubia de tu posición respecto de las dubia de los cardenales.
    Coincido con el planteo general del artículo en el sentido en que no hay que esperanzarse en una recuperación, sino más bien esperanzarse en la segunda venida de NSJC como tan bien lo explica el Ing. Federico Mihura Seeber (Yo destaco el título de Federico que más me conviene!). Ciertamente estamos en un tobogán desde hace varios años (los expertos sabrán decirnos desde cuándo). Lo único que pasa a veces es que cambia la pendiente. Cuando la gente se asusta mucho de la velocidad de la caída, se mete el freno conservador (disminuye la pendiente) para que nos alegremos por la “mejora”, pero en realidad seguimos cayendo.

    Por otra parte, me parece válido juzgar por los escritos de los cardenales si ellos son conservadores o tradicionalistas.
    Ciertamente Dardo tiene una división muy clara: TODOS los obispos y cardenales de la “Iglesia conciliar” son modernistas o conservadores (o sea, todos modernistas) y los únicos obispos tradicionalistas serían los 3 o 4 de la FSSPX (Perdón por mi ignorancia, no sé cuántos son, ni si Williamson se cuenta, etc.).
    Esta división me parece una simplificación. Obviamente da para discutir este punto.
    No creo que sea tan válido juzgar las intenciones de los mismos, o sea decir que hacen lo que hacen porque han perdido el poder, por la rabia, porque es una reyerta partidaria, etc. Es temerario juzgar el interior de una persona. Tal vez alguno de ellos (o todos) lo hizo porque le preocupan las almas de las ovejas. Seré muy ingenuo pero es lo que pienso

    Otra cosa temeraria es hacer de exégeta de Mons. Lefevre del siglo XXI. Mons. Lefevre hizo lo que hizo (y muy bien) en un tiempo y circunstancias muy diferentes a las actuales. No sé, ni creo que nadie lo sepa, lo que hubiera hecho en estas circunstancias, ni lo pongamos en ese trance tampoco. Ciertamente Dardo está mil veces más calificado que yo para estimar lo que hubiera hecho, pero puede fallar también. Vuelvo a aclarar, por las dudas, que yo no digo que hubiera presentado las dubia, sino que no sé qué hubiera hecho.
    Tampoco contemos la historia rosa del impecable “procedimiento” lefevrista, ya que a Mons. Lefevre el Papa le prohibió ordenar obispos y lo hizo igual. Que estuvo justificado para hacerlo es otro tema. Pero eso se parece mucho a poner contra las cuerdas al Papa.

    Creo que la situación en que han quedado los innúmeros divorciados vueltos a casar es muy confusa y millares de ellos podrían optar por recibir la Comunión, porque lo dice el Papa, perdiéndose muchísimas almas. También alguno(s) de los cardenales podría haber pensado en ESAS almas y tratar de salvar algunas de ellas. Creo que no sólo Mons. Lefevre hace cosas buenas por las almas (lo pongo en tiempo presente porque creo que las sigue haciendo). Si de esa encrucijada o posible cisma saldrán males peores o no, sólo Dios lo sabe.

    Finalmente, las opciones que plantea el artículo no son todas: “O consagra una “nueva doctrina” o mantiene la vieja definición con una pastoral contradictoria”. Le falta la opción más importante, la que ha hecho hasta ahora y la que seguirá haciendo: Nada. No va a contestar nada y listo.

    Pido perdón de antemano si he sido irrespetuoso en algo.

    Un abrazo

    PD: Se ve que en fin de año estamos todos cansados porque el tema da para que tenga 100 comentarios!

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    1. Estimado Daniel, te voy a responder con un nuevo artículo, pero desde ya concuerdo con tu diagnostico sobre mi "presupuesto", si estuvieron antes en la izquierda, lo seguirán estando. Los comentarios fueron muchos, no los he publicado porque en la mayoría me putean a mansalva y no hubo ni uno de acuerdo. He llegado a uno de esos puntos que me gustan y me son especialmente caros a mis defectos; Tengo a todos en contra ¡Que felicidad! (vocación de "revulsivo", no soporto verlos a todos de acuerdo).

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  3. usted cocodrilo se está transformando cada vez más en una rata de laboratorio. Mire a su alrededor!!! Me da la sensación que Cristo volverá y ud seguirá diciendo nosotros somos los mejores y todos los demás son todos unos boludos.

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    1. No se apure, que ya le va a dar más bronca.

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    2. ud no me da bronca...o mejor dicho no hablo por bronca. Sólo que lo veo muyyyyyyyy ensimismado. Todo es opinable.

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    3. Todo lo que no importa, es opinable. Deme el gusto, agarre bronca, que en este momento es indispensable.

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    4. jeje ...ta bien, agarro.

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