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viernes, 30 de diciembre de 2016

IN MEMORIAM - ALBERTO SOAJE

Por Dardo Juan Calderón.

El lugar común del obituario de un abogado de vieja familia católica argentina, que haya realizado los “arreglos” mínimos y normales con la sociedad liberal, y veladamente masónica, pasa por un repaso prudentemente inflado del curriculum vitae, que se puede encontrar en una prolija carpeta del difunto desde aquella vez que lo armó para obtener algún puesto, algún galardón, un doctorado, un honoris causae o algo por el estilo; y que ahora se usa con algunos golpes de pluma  para dejar a la familia ese desvalorizado honor que otorga el “aporte solidario” que hizo el progenitor a la causa del progreso, la paz, la solidez de las instituciones de la nación, la defensa de los derechos individuales o las libertades públicas.


   Los herederos se sentirán “hijos de alguien” guardando en un álbum de familia el recorte amarillento de la columnita fúnebre del diario más conservador de la provincia,  que fuera redactado en dos minutos por algún plumífero mercenario a base de algún modelo remanido, y tratando de que esa nada de la que se despide y a la que le importa un comino, por un día suene como si hubiera fallecido Don Dalmacio Velez Sarfield o Don Juan Bautista Alberdi.

   Muy por el contrario, y como bien señalara aquel magnífico “excomulgado” que fue Jaques Perret, debería yo tomarme una buena hora para enumerar todos los “honores” del mundo para los que sobraban capacidades, y de los que Alberto, como todos los mejores hombres del catolicismo,  han sido excluídos y autoexcluídos, consistiendo justamente en esto nuestra gloria. Por ejemplo, yo diría con inflamada retórica: ¡nunca ocupó nuestro difunto amigo un escaño en el glorioso Parlamento de la República! ... pero tenía bien ganado un lugarcito en el banco de la pequeña Capilla pueblerina, que era frente a la eternidad, el verdadero pilar humilde y olvidado de la restauración de un mundo,  que día a día se corrompe al sonar de pífanos y tambores que celebran la cohorte de notables que marchan cantando los himnos masónicos, recorriendo con pasos marciales y recibiendo orgullosos una lluvia de laureles por la Avenida de los Campos Eliseos que desciende a los infiernos.

   Pero en Alberto, merece marcar una diferencia este “desprecio” del mundo y esta adhesión a la vida de la fe que - de nuevo y como antaño -  se alumbra desde  los familiares pesebres porque no hay lugar en las posadas de la tierra para ella; en él, repito, a diferencia de la mayor parte de nosotros, no tomó este desprecio aquel tono de un “desplante”. Lo expresó con firmeza, pero lo llevó con bonhomía,  con una perenne sonrisa y quizá con un dejo de ingenuidad de niño. No quiero templar la cuerda de virtudes teologales que toca sólo a Nuestro Señor juzgar; pero probablemente lo hizo con más caridad por aquella turba miserable; más que yo, seguro.

   Nos deja el testimonio de su fidelidad a la Religión, de su resignada y hasta alegre aceptación de esta muerte que resulta un tanto temprana y que debe haber causado en él la desazón de dejar muchachos jóvenes, confiando dejarlos en manos de la Madre del Cielo y en la Madre Iglesia. El ejemplo humilde y apenas perceptible hoy, de una vida sacramental y moral llevada sin esfuerzos, aspavientos ni mohines, consciente de sus debilidades y consciente de la fuerza de la Gracia para que les sean perdonados.

  Alberto perteneció - más adentro del círculo de las amistades que forja el corazón - al círculo de un parentesco espiritual que reúne las almas y que conformó primero el mutuo amor de nuestros padres, para luego y por sus voluntades luminosas, alcanzar el sabor de una misteriosa hermandad profunda en torno al quehacer de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X. Y quiero aclarar que no significa esto que tal institución fuera un grupo o una tribu en la que para buenos o malos intereses se nos aportara una identificación particular, o un rótulo distintivo que nos salvara y distanciara de los “otros”, sino que, para una generación que compartimos,  y con la que sentíamos que la Iglesia Católica era un adorable cadáver con el que cumplíamos nuestra obligación piadosa de culto, nos devolvió la realidad de una familia concreta, de una Iglesia que sigue viva y que palpita amorosa en un Cuerpo escarnecido, pero pleno de virtudes saludables y tangibles. Sin ella, sin esos Curas que rodearon su final con los consuelos sobrenaturales de la Santa Madre Iglesia, aún nuestra religión sería un helénico culto de un tiempo perdido.
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   Cabría el recuerdo de muchas charlas, apuradas por terminar los asuntos que en intereses negociales nos tuvieron, para llegar rápido a “nuestro asunto” - y ganar, perdiendo el tiempo -  a ese común desvelo por las cosas importantes en que coincidíamos y sobre las que sólo volaba la querella de mi furia,  contra la bonanza de tu temperamento.

   Pero ya hoy, me sacas ventaja y en tu muerte me retrucas, penitente o salvado, comenzando  a correr el velo de nubes rayos y tormentas de mi corazón embravecido, oponiendo la mansa razón irrefutable y concluyente de tu cuerpo demolido.

  Besaré en los tuyos la frente que me niega la tierra bendecida, besaré en ellos las de tu estirpe, bien parido. Y dejaré escaparse tu recuerdo en sólo un día  para volver presuroso a mis asuntos. Hasta que lejos, en un tiempo provinciano, cuando me vaya secando como el trigo, quizá,  a la salida de una Misa y entre los críos que corren por el patio, descubra asombrado tu sonrisa y vuelva a mi memoria el ser tu amigo.

  

2 comentarios:

  1. Uno de los entierros más lindos,un sermonaso del prior donde nos recordaba que lo "común" para nosotros era casi un milagro para estos tiempos. Un deber de estado cumplido, una buena muerte ordenada y muy prolija, gracias a los curas en su incansable celo, y una misa de requiem majestuosa, adónde a uno le da casi envidia! Digo casi por lo liberal y apegado que soy; un abrazo y feliz año nuevo!

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  2. Ojalá tuviera un amigo que me escribiera algo así cuando me vaya.

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