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martes, 13 de diciembre de 2016

Reseña. LA DESCOMPOSICIÓN DEL CATOLICISMO. Louis Bouyer. Ed Iota. 2016.

Resultado de imagen para imágenes de BouyerPor Dardo Juan Calderón.

Después de haber opinado malamente y sin  haberlo leído, a base de lo sanos prejuicios adquiridos, corresponde reseñar el presente libro que tiene la ventaja de poder ser deglutido en breves horas y que ya en la página diez, uno sabe todo lo que viene por ser un asunto largamente recogido por la más sana crítica católica.

Cuando en las primeras páginas uno tiene la sensación de haber leído todo esto en algún lado y se pierde la curiosidad por leer una novedad, al poco andar salta a la vista de dónde ha salido y se hace evidente a pesar de cierto ocultamiento que pretende el autor. Es más, al repasar la biografía, uno confirma que no podía ser de otra manera.

El pensamiento de Louis Bouyer es Paul Tillich. Y no quiero aburrirlos con las consideraciones de sus raíces ideológicas ya que las mismas están mucho más sabiamente extractadas y ajustadas en el libro de Rubén Calderón Bouchet “La luz que viene del Norte” en su segundo Capítulo. Allí encontrarán el sentido del ecumenismo, de la colegialidad, de la paradoja cuasi dialéctica, del inmanentismo, de la teonomía autónoma, del sentido existencialista de la liturgia, del sentido de tradición viva, del carismatismo inmanentista, de un cierto neotomismo, de una preferencia por las doctrinas de la baja edad media y todas esas bellezas de las que habla el autor. Allí – en la obra de Calderón Bouchet-  están afinados los lazos con el liberalismo protestante y su reacción contra el concepto de autoridad y heteronomía, su historicismo y etc. Todo en una original composición en Tillich, y como una repetición casi a la letra en Bouyer; salvo las diferencias de temperamento y algunos pasos dados en falso por este último.

  Si seriamente alguno quiere indagar en las fuentes del pensamiento de este autor, lea el capítulo mencionado en donde se avisa la enorme influencia que tuvo Tillich en los teólogos del Vaticano II, de los que Bouyer no fue uno de los menores.

Bouyer es un teólogo protestante, de raíz luterana, de la escuela de Tillich, que simplemente dio – para su pesar- el paso de enrolarse (no convertirse) en el catolicismo, cosa que Tillich estuvo a punto de hacer y que para su bien no hizo; pues, por más que los padres conciliares rezumaran de modernismo, la llegada de un protestante crítico y honesto siempre sería la introducción de un cuerpo extraño en un medio que mantenía un cierto savoir faire, no ya producto de sus virtudes católicas, sino a partir de su católicos vicios. Bouyer siempre se sintió un convidado de piedra en una Romanidad y una Catolicidad que no terminó nunca de digerirlo y a la que jamás terminó de comprender, produciendo en él un agrio resentimiento de mosca blanca, resentimiento que exuda por todos los poros de su prosa que se tiñe de reproche lanzado con una violencia y desprecio feminoide e impotente.

Tanto Tillich como Bouyer son protestantes que vienen escapando del caos sectarista  y que buscan una síntesis de lo mejor de la Reforma protestante con el orden católico. Una síntesis de libertad y autoridad, síntesis que más allá de dialéctica es paradójica. Tillich, al no caer en la tentación de cambiarse de bando, pudo expresar con toda honestidad aquellos puntos que entendía eran en la Reforma verdaderos avances y que en aquellos tiempos, no podían confesarse sin más desde el catolicismo. Así que Bouyer, dando el paso con no pocas reticencias, tuvo que centrarse no sobre las alabanzas al espíritu de la reforma, sino concentrarse en la crítica a la contrareforma. Trento será su enemigo declarado y con él, toda la rigidez de una disciplina impuesta a un fiel díscolo al que había que llevar a coscorrones y autoritariamente de vuelta al redil.

  El Concilio Vaticano II vaticinaba este posible encuentro entre reforma y orden y entró en el con todas sus esperanzas abiertas, para darse un chasco que lo llena de amargura. Mucho se habla de su relación con el “maldito” Bugnini, y el mismo detalla cómo, a pesar de coincidir en la letra de la reforma, disentía con repugnancia en el espíritu. Este inmanentista y carismático soñaba con una reforma que calara en la conciencia del fiel, que de allí naciera, para manifestarse en una liturgia que fuera una experiencia de la comunión cristiana toda, ecuménica. Era la promoción de un sensus fidei que venía del pueblo de Dios y que clarificaban los teólogos y se establecía con un orden racional que impidiera el caos dentro de una institución ordenada. Ordenada no ya como una autocracia – defecto tridentino y de la Alta Edad media- sino como un diálogo colegiado que va ordenando los hallazgos que la revelación y la tradición viva va expresando en el sentir del pueblo de Dios.

  Pero Bugnini era un italiano católico y no se andaba con remilgos germanos en cuanto a lo que imponer reformas se refiere. Estas, en el mundo católico y romano se hacían desconfiables y la manera de imponerlas era por medios fraudulentos y autoritarios. Nos iban a hacer liberales a la fuerza y con trampa. El liberalismo católico iba a ser impuesto por la autoridad (¿?). Como había sido impuesto en la política por las monarquías latinas y católicas. El católico sólo podía hacerse liberal a las patadas y por orden de la autoridad.

  Esta idea que los católicos conocemos bien, y entendemos en su aparente contradicción,  no entraba en la cabeza de un “honesto” libre “penseur”. ¡¿Qué sentido tenía?! Cuando la conducta teonómica se hace autónoma (contradicción que nosotros no entendemos y ellos sí), ser honesto es ser honesto con una mismo (lo que supone una buena disposición del juez que resulta amigable). Pero los católicos tenemos reglas externas y por más buena conciencia que argumentemos, tenemos que vérnosla con ellas, y ya los jueces no resultan tan amigables y hay que forzarlos y engañarlos.

  El hecho es que la reforma que suponía Bouyer que terminaría con la tiranía de la autoridad y se expresaría en la autoconciencia de la revelación y la tradición en la inmanencia del espíritu y como producto de una experiencia litúrgica comunitaria, se hacía sin embargo en nombre de la misma autoridad, y para males, producía el mismo caos sectario del que venía huyendo en su anterior iglesia, ya no como efecto de la libre conciencia e interpretación, sino de una guerra de vigencias de leyes y coup de forces autocráticos, que se dan entre integristas y modernistas.

  En suma, lejos de la soñada síntesis de virtudes, el ecumenismo que tomaba fuerza del Concilio era en los hechos una sumatoria de los vicios de una y otra parte. Este es el “increíble báratro en que se ve sumergida” y del que sólo saldremos de la mano de las luces del Norte. Ya que “…si los verdaderos católicos, de derecha o izquierda, se obstinan en retenerla en él, los ortodoxos, y tanto anglicanos o protestantes que no han cesado de amar o que han reaprendido a desear la única Iglesia verdadera, nos ayudarán a sacarla de él, a pesar de aquellos”. Y concluye su obra con esta frase que resume todo su resentimiento anticatólico al que acusa de aferrarse a una forma de ser que de alguna manera no abandonan ni tirios ni troyanos: “Por lo que eso que se llama “el catolicismo” – palabra que, si no me engaño, no apareció hasta el siglo XVII- si por él se entiende el sistema artificial forjado por la contrarreforma y endurecido por la represión, a garrotazos, del modernismo, podemos dejarlo en paz. Hay incluso grandes probabilidades de que haya pasado ya a mejor vida, aunque todavía no nos demos cuenta de ello…” 
      
  En conclusión, si la Iglesia católica no entrega su “orga”, su corpus jurídico - suavemente  modificada desde la monarquía a la colegialidad o parlamentarismo - al espíritu de la reforma, está muerta. Debe dejar de ser católica para ser lo que es Bouyer y una vez que todas las personas tomen autoconciencia, por propio mérito, de pensar igual que él.

  Queda la duda del tenor del título, ya que la “descomposición del catolicismo” suena a veces como un lamento, pero las más como una esperanza.

  Párrafo aparte merece su tono que ya resaltamos. Su desprecio por lo católico, tanto por los vicios que se explican, como por las virtudes que igualmente le repugnan, le producen estilos realmente insultantes, llegando a un modo “ingrato”, en que el huésped resulta grosero en la casa que se lo recibe y que se aqueja encima de que no es bien recibido. En este sentido pronuncia un reproche contra el católico, sobre que a este no le gustan los “conversos”, y pone algunas ejemplares anécdotas. Claro que la acusación es falsa y los católicos, por el contrario, tienen una tendencia peligrosa a amar por demás a  los conversos desde que San Pablo fue lanzado del caballo. Lo que las anécdotas grafican es un cierto humor muy romano –inentendible para un protestante -  con el cual le querían decir a su manera astuta que simula ingenuidad, que no se había convertido y que seguía siendo protestante, y que justamente por esa razón estaba entre los notables del Concilio.

 Resalto una de ellas por resultar desopilante y traerme a la memoria el tipo de respuestas que contra la estolidez solía dar mi padre. Parece que cierto prelado romano, haciéndose el burro, cuando este le explicó que se dedicaba al estudio de las Sagradas Escrituras y la Liturgia, le dijo “claro, eso denota su origen protestante”. ¡Qué barbaridad! ¡Qué brutalidad! ¡Los católicos no leen la Biblia y mucho no les preocupa la experiencia litúrgica! A una la toman por partes, casi siempre de las lecturas del canon y a la otra concurren sin el corazón. Y es verdad. Los católicos no esperamos de la lectura sagrada ninguna inspiración personal, preferimos la previa digestión de la autoridad; ¿y de la liturgia? Sabemos que más allá de nuestra experiencia personal en ella, la “cosa”  se produce por razones bien ajenas a nuestra “vivencia”. Tenemos que cumplir el “precepto” y estamos seguros que el buen cura y el Buen Dios hacen lo suyo aunque el corazón y el cerebro anden en babias, o como decía Quevedo, mirando las muchachas y suspirando un “amor” en vez de un “amén”. Mi viejo, que no era muy sensiblero, decía que todo acto litúrgico que pasara de cuarenta y cinco minutos, lo único que ejercita en nosotros que no somos santos, es la virtud de la paciencia. Como era sordo no podía seguir los textos, que es una forma de que la cabeza no se vuele, y siguiendo un buen consejo de San Leonardo de Porto Maurizio, rezaba su rosario. Y sabía que comulgaba el cuerpo de Cristo como sabía que dos más dos es cuatro y no sentía ninguna comunión especial en su conciencia de sí mismo y de los otros, pero sabía que había recibido la gracia que le ayudaría a domar sus pasiones y esclarecer su entendimiento.  Yo iba a Misa porque la Blanquita Robello, que a la sazón era la Santa Iglesia en mi infante cabeza, me llevaba me guste o no, luego de peinarme con raya firme y un poco de limón y repartir coscorrones cuando no estábamos bien sentados. No se me ocurre faltar a Misa aunque a veces no tengo conciencia ni de que existo yo, porque no me atrevería a desafiar a la Blanquita que me mira con su nariz romana desde lo alto. Así somos los católicos. Y si nos atreviéramos a burlarnos como aquel poeta, de que la vieja Bernarda Alba educaba a las mujeres con hilo y aguja,  y a los hombres con mula y azote, terminaríamos siendo de la retambufa como el profundo Lorca.

   El católico, y como bien dice Calderón Bouchet en la obra recomendada, coincide con el deseo de Bouyer de lograr una teonomía, pero esta es siempre para nosotros una heteronomía, con su consiguiente carga de autoridad y disciplina, y muy por el contrario de lo que cree Bouyer, de que esta autoridad destruye el espíritu, tenemos una sabia adhesión a la norma bien romana que desde fuera constriñe,  instruye y forma.

  De los repugnantes pasajes del libro, que algunos he comentado y a los que podría agregar especialmente (sin olvidar las referencias displicentes a las reacciones tradicionalistas, a la Acción Francesa, a cierto seminario donde había jóvenes de la OAS, a San Pio X y muchos otros de mis “amores”); el de la burla a las “devociones católicas” (¡en plural hablan estos brutos católicos autócratas!) como esas paparruchas del Sagrado Corazón, la tontería de los escapularios y hasta la estupidez inentendible de algo así como ser “devoto de Santa Rita”, surge en mi primario ser católico un rictus de iracundia que si lo tuviera a mano le daría una buena pateadura a ver si se le sale esa cara de estreñido, mimado y quejoso (mientras lo leía tenía sobre mi cabeza un mosaico de San Cayetano al que le pido todos los Domingos que alguna mosca caiga el lunes en mis redes), iracundia que se me ha trasladado a sus cultores a quienes se les ha pegado el “modo” sin reparar que a veces uno no está entre seminaristas, sino entre Camelots de Roi (a los que Bouyer desprecia con nombre y apellido, concretamente en el librejo y en razón de que todos habían sido pasados al cuarto y no podían darle de bastonazos).

  Para terminar, Bouyer es la peor teología modernista,

crasamente protestante, pero encarnada en la buena y estólida fe germánica reformista que reconoce que su peor enemigo es Roma. Es liberalismo sin más, pero del honesto, honesto no con Dios, pero sí con sí mismo. Sin el fraude modernista de nuestros italianos - e italo argentinos – desfachatados, patoteros y estafadores. El que lo compre tendrá que aceptar que el catolicismo es un invento de hace cuatro o cinco siglos, que hicieron unos españolotes obtusos, y que la faena se trata de, rearmar a partir de las piezas rotas de un cristianismo primitivo esparcido en pedazos, como la emoción de la ortodoxia rusa, el corpus romano, la seriedad empírica y parlamentaria del anglicanismo, pero eso sí… el espíritu inmanente de la reforma protestante y,  una liturgia nueva, existencialista y carismática. 
      
  

      

12 comentarios:

  1. Fuira Bouyer y sus seguidores estilo wanderer....jaja

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  2. Volvió con todo el cocodrilo mayor!. Menos mal, pensaba que se había vuelto vegetariano

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    1. Sólo a régimen por un rato, pero conste que se habla sólo de un libro.

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  3. Por la cita se ve que lo que propone ya no es ni siquiera un ecumenismo clásico de convivencia a la norteamericana, sino un ecumenismo sincretista entre las religiones cristianas. ¡Me habían vendido otra cosa! es de lo más modernoso.

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  4. Leí ese librito de Bouyer. Me parece injusto lo que se dice en el artículo. Una recta crítica del catolicismo barroco no es ni tiene por qué ser visto como "modernista". Véase sino este fragmento de "Cristo vuelve o no vuelve", de Castellani: "(...) Por desgracia, la actitud polémica también influyó malamente en el Catolicismo, a pesar de que allí no fue tan exclusiva: hay que ver por ejemplo las pavadas exegéticas en que incurre el gran exegeta Maldonado por su manía de polemizar con los calvinistas. Una gran parte del Catolicismo moderno -sobre todo en España y aledaños- se ha edificado sobre el Concilio de Trento más que sobre el EVANGELIO; es decir, se ha configurado en contra del Protestantismo; lo cual comporta una especie de imitación subconsciente. No se mueve libremente el que esgrime contra otro: depende del otro en sus movimientos.

    El Protestantismo se llevó cautivas una cantidad de nociones –o digamos más bien de esencias- cristianas, que el Catolicismo necesitaba y que el Catolicismo abandonó y aun combatió, viéndolas convertidas en "herejía": como por ejemplo, la lectura y el estudio de la Biblia, tan intensos en los Santos Padres, sustituidos por la lectura de obras de autores devotos de más en más chabacanas y deleznables; y otra lista de cosas excelentes, que por haber vivido en países protestantes, podría yo hacer fácilmente ...

    La Contrarreforma quiso reforzar el celibato eclesiástico -el cual tengo por loable y santo- por medio del rigor, convirtiéndolo en una especie de absoluto; de manera que por eso un hombre es sacerdote, por no estar casado, y basta; es decir, eso es un carisma, que incluso dispensa a veces de la obligación de trabajar; y que tiene por sí solo un poder santificador y perfeccionador de la natura humana: lo cual es un error en teología. La Contrarreforma exteriorizó más la fe, convirtiendo en objeto preponderante de ella a la Santísima Virgen -mi Madre y Señora- e incluso al Papa -al cual acato y obedezco- convertido en más infalible de lo que en realidad él mismo pretende; disolviendo la fe pura de un Dios transcendente en devociones exteriores o "mandatos de hombres".

    La Contrarreforma exaltó la virtud militar de la "obediencia"; y ella considerada más en su cómodo automatismo que en su espíritu; hasta volverla una especie de virtud teologal, que puede sustituir incluso a la conciencia personal. La Contrarreforma defendió y propagó la noción suareciana de "la acción primero que la contemplación", que es una plaga en la Iglesia hoy día, y ha traído el triunfo del mediocre agitado sobre el sabio débil; e incluso la persecución del sabio. Finalmente, la Contrarreforma aumentó el sacramentalismo y disminuyó la predicación; rebajó la contemplación y la caridad en apologética y beneficencia -las cuales no son malas, pero no son sumas-; alejó más y más a los fieles del Poder eclesiástico -lo que llaman "la Jerarquía"- haciendo de la Iglesia la sociedad más totalitaria que existe; y se entregó desaforadamente a la "propaganda"(...).

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    1. Más allá de la crítica a los excesos contrareformistas, Bouyer es claramente protestante y sincretista, lo que es increíble es que alguien vea algo de católico en él. En cuanto a Castellani, siendo claramente católico y siendo su crítica más dirigida a la deriva hispana que a la misma contrareforma, comete los errores que fueron tan comunes en él, y que le impidieron ver todo el mal que se venía con el Concilio Vaticano II. De la misma cita que nos trae, hay gruesos errores de subvaloración que vemos hoy día trabajar en la destrucción. Celibato, Marianismo, magisterio infalible, obediencia, sacramentalismo; se aflojaron y vemos las terribles consecuencias: corrupción de los sacerdotes, abandono de la devoción mariana, no pronunciamiento magisterial, desobediencia y anarquía, pastoralismo y abandono de las fuentes de gracia. Está bien lo del "suarismo", pero a Castellani le gustaba jugar con fuego en tiempos que todos ya iban regados de nafta.

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    2. Yo me quedo con lo que dicen Castellani y Bouyer.

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    3. Hace bien, es conveniente ir haciéndose protestante.

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    4. No, esas son chifladuras suyas. De Bouyer no he leído otros libros, pero "La descomposición del catolicismo" sí, y allí no hay nada de protestantismo ni modernismo, salvo que no entienda bien lo que el autor quiere decir. No sé quién cuernos es Tillich, pero Bouyer era discípulo intelectual del Cardenal Newman.

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    5. Querido amigo, revise lo leído y no haga caso de comentarios, el libro resuma protestantismo por los cuatro costados y no hace falta ser un especialista para darse cuenta, relea la conclusión del libro - que he citado - y si eso no es sincretismo religioso entonces se ha perdido todo criterio. Es de un modernismo evidente y rampante.

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  5. Ahora hay que darle caña a la Srta. Prim

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    1. ¡Ud es un maldito provocador! No he leído el libro, pero la entrevista me dejó con ganas de pelear. Sentí un tufillo a Borges y ciertas concesiones al éxito. Creo que lo mejor es no leerlo.

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