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lunes, 26 de diciembre de 2016

RESEÑA Y REFLEXIÓN.

Resultado de imagen para la contrarrevolución cristera imágenPor Dardo Juan Calderón.

LA CONTRARREVOLUCIÓN CRISTERA. P. Javier Olivera Ravasi. Ed Buen Combate-Katejon Bs As 2016.

Hasta un tiempo atrás uno podía hablar de “oficios nobles”, como la carpintería. Más hábil o menos, la madera era noble y la necesidad de entender sus vetas, sus secretos, su dinámica (aún muerta) y todas esas cosas, hacían que un carpintero se ennobleciera con su trabajo. La sociedad de consumo cambió aquello, ya ni es madera ni es la mano la que trabaja, se puede ser “carpintero” y ser un total chastrín, estafador y mercachifle. Algo muy parecido ha ocurrido con la historia, esa materia que era noble y que ennoblecía a quien la trataba – aún un liberal como Enrique de Gandía nos llenaba de satisfacciones - se fue transformando en un bien de consumo y se hace historia con cualquier porquería. Uno podrá estar o no de acuerdo con el San Martín de Díaz Araujo, pero el oficio se nota ennoblecido y sus ataques a esas historias cuya materia es el tubo digestivo o el aparato reproductor de un personaje, para consumo de una chusma que quiere aparentar tener un “mueble”, que parece serlo por un rato,  y al poco tiempo es una basura desvencijada y sucia que sirve para darse un falso barniz para la galería, y nada más.


Si uno clava dos tablones de nogal, mal que pese, la nobleza de esta madera hará que sea una mesa digna de tal nombre. Por otra parte y viendo esa belleza, esa armonía, esa ductilidad junto a la resistencia, hace que quién clava las dos tablas, se tome un trabajo extra o que por lo menos sienta la culpa y la ausencia de todo lo que le falta para ser un carpintero. Esa madera hace que uno quiera ser mejor.

Un tema histórico como la Gesta Cristera hace este efecto (como muchos otros). Para escribir sobre el Mayo argentino hace falta mucho oficio, es duro, árido, lleno de rugosidades, de nudos, se raja a la menor maniobra, nunca termina de dar forma a la “idea” que guía al artesano. En cambio,  estos temas nobles en sí mismos, con poco de oficio y buen corazón, ennoblecen, la “materia” perfecciona y convierte. Recuerdo de Lugones Las Misiones Jesuíticas, tema al que se tomó para despedazarlo y sin embargo su propia nobleza se impuso a un corazón que no era vil.

  El buen corazón lo delata la elección de la materia, la falta de cálculo comercial y la disposición para sufrir esta distancia entre la grandeza del “material” y la pequeñez que frente a él demostramos. Exceden al artesano. Somos poco para hacerlos dar toda su virtualidad. Recibimos de él mucho más de lo que damos.

  Este libro que con todo énfasis recomendamos, tiene mucho de lo dicho. Aun partiendo de dos puntos que hacen “desconfiar”, y que son: la juventud del autor y,  el ser una “Tesis” que hay que aprobar frente a las horcas caudinas de un jurado (puntos que harían pronosticar una tarea temerosa y encorsetada) pues no hay nada de eso. Las buenas “pasiones” que el tema trae en sí mismo no se desbordan en un entusiasmo literario o “devoto”, pero tampoco se apagan en una “objetividad” academicista y formalista.  Es decir, que en este caso la materia encontró un buen artesano.

   Sería mala crítica endilgarle todas las ausencias, o todas las respuestas a las preguntas que uno quiere saber o que se plantean durante la lectura. Una obra se juzga por lo que tiene y no por lo que podría haber tenido; y mucho menos cuando, como en este caso, se han solucionado con solvencia todos los puntos que se han planteado, y se avisa con honestidad los que podrían existir y para los cuales no se tiene, por ahora, las respuestas.

  Las exigencias formales de la “tesina” se cumplen, pero no se notan como escoria. Las citas no se interponen en la lectura con esa tendencia tan común del exhibicionismo bibliográfico, están para servir y sirven. Aún más, el tema no tiene tanta bibliografía para florearse y, el autor no comete esa falta tan común en otros de pasar a citar todo lo que ha leído en su vida más lo que sale del cortar y pegar del internet.  Es sobrio, pero enamorado. Deja que su amada luzca por sí misma, aun ocultando con cierto pudor un entusiasmo que se supone, que se adivina, pero que se contiene para evitar un protagonismo innecesario.

  Es una excelente obra de historia. Indispensable para quién gusta de la historia. Pero aún más, es un obra indispensable para todos los católicos y esto por las razones que pasaremos a explicar en nuestra “reflexión”, y una vez acabada esta “recomendación” enfática. Es una obra que valdrá siempre y más allá de las circunstancias de su autor. No puede faltar de ninguna manera en ninguna biblioteca católica, y mucho menos en la formación de los jóvenes. Su mérito más destacable como obra histórica es plantearnos con este “hecho del pasado” la tremenda actualidad que posee el mismo, es decir, no hacer alusión a un hecho que se recuerda en la nostalgia, sino que se gana para las preguntas del presente y en esas preguntas, muchas sin respuesta todavía, no denotar ni la más mínima intención vicaria de sacar una “moraleja” interesada.

Noble la materia y noble su autor.

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Vamos ahora a nuestra reflexión obligada, obligada por el mismo autor que en un sereno acto de humildad, nos deja y se deja en la punta de la conciencia.

De esta gesta, y de “su prima hermana” – como la nombra el autor- la Guerra de La Vendée; nos queda un drama personal como católicos. No quizá la superficial pregunta de “¿en qué bando del catolicismo hubiéramos estado? ¿En el de los “·arreglos” o en el del “martirio”?, pregunta un tanto ociosa y que puede ser contestada en un falso entusiasmo que no sufre las consecuencias fatales de lo concreto. Si no, la pregunta más acuciante y actual: “¿En qué bando del catolicismo estamos hoy? ¿En el de los “arreglos” o en el del martirio?  Porque esas mismas actitudes, frente al mismo estado moderno y revolucionario, aunque ya no con toda la violencia física y la concreta expresión de las adhesiones a palabras y conceptos que no habían sufrido - allá -  el retorcimiento ideológico que permitió la estafa lingüística del Concilio Vaticano II;  son las opciones que igualmente tenemos hoy. Los bandos están tan vigentes como antes, aunque disfrazados tras expresiones tibias y mendaces para evitarnos a unos y a otros aquella violencia, aquel heroísmo, aquella expresa malicia, aquella encrucijada de hierro.

 Siguen tan en pie y tan extremos los puntos que causaron aquella reacción  católica frente al estado moderno -  masónico y satánico - como en aquellos tiempos, y si la situación no es tan dramática, es porque hemos adoptado - ambas partes - un lenguaje sibilino que pretende ocultar la evidencia del derrotismo católico e impedir la reacción heroica. 

 Sin embargo, son muy parecidas las pruebas de lealtad y traición a Cristo Rey  o a Satán,  como lo fueron en aquel México en que un profundo drama de sangre y fuego, se convertía en asunto de meros equívocos de la noche a la mañana.

  La respuesta a la pregunta planteada es a todas luces evidente. Somos parte – todos nosotros -  de la Iglesia de los “arreglos”. El recuerdo de aquellos mártires y de sus increíbles actitudes, por más que nos emocionen  y que nos dé una enorme rabia y decepción la “traición” de la Jerarquía, han sido tan traicionados por nosotros como por aquellos. Mantenemos nosotros este asunto de sangre y fuego en un mero tema de equívocos a solucionar en debates. El Padre Javier lo sabe, lo sabe al honestamente no pronunciarse en una – sin más- impugnación indignada contra la Jerarquía, y en dejar en suspenso un juicio que en el fondo sabe que le cabe a él mismo; a todos nosotros.

 Sería muy fácil comprobarlo con sólo recuperar un lenguaje de la fe, unívoco y frontal como el de aquellos campesinos, que nos llevaría a la burla, al INADI, a la soledad, al abandono y probablemente a la cárcel y a la violencia criminal (que no deja de estar presente en todas las partes del mundo actual en que los “confesores” católicos mueren asesinados todos los días).

 Dejo para otro momento un análisis de cuáles fueron las cabriolas - conceptuales primero, e ideológicas luego – que permitieron a la Jerarquía eclesiástica evitarnos la “prueba de las pruebas” de nuestra fidelidad a Cristo, y sé – avergonzado - que bien he aprovechado esas argucias para ser hoy un burguesito acomodado, y que en eso tengo una deuda - que oculto – con los Pio XI o los León XIII, de los cuales puedo hablar mal como se habla mal de un padre que nos ha dejado una suculenta herencia no muy bien adquirida, sin por ello, renunciar a los bienes que se me traspasaron con esta mancha. Este juicio, que parece estar suspendido en la obra que tratamos, está suspendido en un sano reconocimiento de la vergüenza de lo que somos. Traidores a los mártires de la guerra e ingratos con los diplomáticos de la paz. Tan Humanos.

  Hoy tenemos en todos lados un Elías Calle tan infame como antes, pero revestido de una masonería solidaria y ecuménica, un demonio que esconde su ira y propone su lujuria. Todos somos “arreglistas”, ya no hay “Cristeros” (salvo en medio oriente), la diferencia - que no es poca-  estriba en: que algunos conservan la vergüenza y otros la han perdido. Y es por ello que la bibliografía es tan escasa, hay que estar dispuestos a sentir que la vergüenza nos muerde la carne.

  Volver a ver estos “cristeros”, a estos “vandeanos” -  reencontrarnos con la propia vergüenza y la “traición” frente a ellos - se hace una tarea imprescindible a estas generaciones porque no pasará mucho tiempo hasta que desde esa vergüenza tenga que volver a surgir el martirio, o desde esa falta de vergüenza se consume la más horrible Traición.

  No otro es el eje de la discusión Caponnetto- Hernández, y es esta una muestra patética de la actualidad que implica el libro que propongo. Hubiera sido fácil al autor gritar “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo los arreglos!”, cuando uno es ciudadano acomodado e  ilustre del “arreglo”.

El “arreglo” fue una finta pragmatista – nos dice el autor con acertada clave –  en especial producto de la “razón de estado” y la “piedad” por los sufrientes (no por los desfallecimientos ni las desviaciones, que fue un argumento falaz que deshace nuestro autor),  llevadas por encima de la Verdad; y por estas mismas razones con las que no se nos pidió lo heroico ayer, se nos absuelven los más inmundos pecados hoy. Y así se mantiene hoy en muchos medios “tradicionales” la casuística de lo cobarde tornada en doctrina general (lean Infocaótica y la verán patente). Luego, con el Vaticano II se convirtió en ideología.

  Mientras - como dice Juan Luis Gallardo - siga temblando nuestro pulso burgués, conservemos la vergüenza con la lectura de La Pasión, y de la “Pasiones” que los católicos sufrieron frente a estados modernos que no fueron - por brutales - más anticristianos que los nuestros, sino menos.   
   
  
         

  

4 comentarios:

  1. Va al modo de Post-Scriptum: Me alertan sobre si no soy medio bipolar o sobre si he firmado algún pacto extraño, ya que este autor al que tan encomiablemente trato, sería en algunos casos, el mismo al que destrato en "cherto" blog diletante y en el que, según estos dichos, escribe anónimamente.
    A los efectos de explicarme, aclaro: Vivo en la luna de Valencia y nunca sé el "quién es quién" del mundillo porteño. Cuando escribí esta reseña, no había reparado que el autor era "aquel Padre Olivera", vi el libro, me interesó, me gustó, y lo comenté. Nada tengo que agregar ni corregir. No tengo la menor idea si el mencionado colabora en el Blog diletante, pero si así fuera, dejo dos conclusiones: 1.- ¡Esto probaría cuánto mejora el firmar los escritos! y 2.- Muy a pesar de los suceptibles, no tengo enconos personales, cuando leo algo noble, supongo noble a su autor, y cuando leo algo vil, pienso lo mismo; y quizá son la misma persona en la lucha que llevamos por ser una u otra cosa, la ecuación final es de Dios. Evito la amistad con hombres que tambalean, temo por mí, y trato de relacionarme con los que son mejores que yo. No mido las alabanzas cuando corresponden ni las patadas cuando se merecen, y espero que hagan conmigo lo mismo.

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    1. "Evito la amistad con hombres que tambalean, temo por mí, y trato de relacionarme con los que son mejores que yo. No mido las alabanzas cuando corresponden ni las patadas cuando se merecen, y espero que hagan conmigo lo mismo".
      Lo felicito! De corazon y en razon.Estupenda "patada" a ciertos obsecuentes "obedientes" sin medida.
      A los cuales facil les es el "dejar de discernir".
      ¡Si San Atanasio viviera hoy!
      En Cristo y en Maria Santisima

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  2. A Don Dardo Calderón,
    le gustó un libro, Malaya,
    Flores desde su atalaya
    le mandó al Padre Olivera,
    Autor y Obra verdadera
    no son siempre'e misma laya.

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  3. La materia es noble. No diría lo mismo del autor del libro.

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