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lunes, 30 de enero de 2017

EL PADRE DEL MONSTRUO (I)

Resultado de imagen para imagenes del concilio vaticano 2EL CONCILIO.

   En su atenta carta, Don Antonio Caponnetto terminaba con esta frase que dejé incontestada y que prometí contestar con un “ensayo”. Va esta primera parte a modo de introducción y a los efectos de mostrar las diferencias entre las hondas coincidencias. Y si resulta largo el excursus del presente esfuerzo, no lo es en detrimento de los lectores que deberán soportarlo, sino en homenaje a quien me sobrepasa en mérito y sapiencia.


   Decía la carta:

 “-Ignoro al fin cuando se formó y se soltó “el monstruo” en la Iglesia. Pero no advierto en ninguna de las partes que presentas en litigio, que se quiera eximir al Concilio Vaticano II en la gestación de Frankestein. Será cortedad mía, pero más bien me parece que estamos como esos abuelos que, ante un nieto, disputan por acentuar tales o cuales parecidos, para terminar aceptando, a regañadientes, que tiene un poco de cada miembro de la parentela. El monstruo que nos aqueja sabe tener genes del siglo XIV, de otros más próximos, como el estúpido, según llamó Daudet al siglo XIX, del XX que se nos fue de las manos y de cincuentonas esperpénticas como el Vaticano II. Tengamos la fiesta en paz y libremos la guerra –siempre, siempre- pero contra los gigantes reales. Te lo dice alguien que aún le cree a Dorotea si lo llama a la lid contra el urso Pandafilando de la Fosca Vista.”

   El Misterio de Iniquidad obra desde el principio, y sin duda alguna, la crucifixión de Cristo fue su obra, que como siempre –antes y en el futuro-  y para su perdición, cada intento de su malicia termina siendo una Victoria del Señor. De la misma manera la Plenitud del Tiempo abarca todo el tiempo desde Cristo en su primera venida, hasta la segunda. Es el tiempo de la Redención. Durante ese tiempo la Iglesia permanecerá fiel, con todos los errores, pecados y vilezas (herejías) que son propias de su componente humano. Pero un día ocurrirá, según la Profecía, una cosa nueva en el mal, algo mayor que la herejía y que el pecado individual, y será la Apostasía, dentro de la misma Iglesia, y que dejará las cosas en un estado tal que de no ser por la Misericordia, “no quedará fe sobre la tierra”. Desde allí, ocurrirán tiempos inéditos, se removerá el Obstáculo, y parecerá que todo está perdido hasta que llegue la última estafa que engañará aun a los mejores, el gobierno del Anticristo, corto en su duración, y que parecerá para muchos – casi para todos - que es la solución a ese estado nefasto. Aguantarán unos pocos y por la Gracia de Dios.
     No parece que ese estado de cosas llegue con un gradualismo, con un descenso paulatino, porque no es esa la forma de los procesos humanos ni de los divinos, sino como una verdadera Revolución dentro de la Iglesia. Veamos que las formas de la historia humana son así. Sin duda alguna los “hechos revolucionarios” tienen sus antecedentes y sus pendientes evaluables, sus cursos de decadencia y malicia, trazables y distinguibles, pero normalmente hasta que el “hecho” ocurre y torna las cosas irreversibles, siempre existen posibilidades de impedirlo. Hasta que el “golpe de mano” no está dado y corona el complot de los malos, siempre queda en los buenos la posibilidad de impedirlo, los medios y los espíritus están a disposición ejerciendo de “obstáculos”.
  Las grandes revoluciones de la historia no se impusieron hasta que un hecho maligno, extraordinario y violento, produce tal giro en las cosas, que nada puede ser igual ni recuperable. Al ejemplo del Homicida, normalmente una revolución exige la aniquilación de los que pueden reaccionar y de los que pueden representar un símbolo del orden revolucionado.
  Podemos hacer el análisis de todos los hechos e ideas que provocaron la Revolución Francesa o la Rusa, pero hasta último momento la reconducción era posible, las reservas estaban, y había que dar por parte de los malditos – siempre unos pocos-  un paso tal que anulara toda posibilidad de retorno. Y este paso tenía que ser de una contundencia enorme y feroz. Nadie duda que estas revoluciones se dan en “un día”, y al otro, todo amanece distinto. Que sorprenden al hombre y al mundo, más allá que luego los estudiosos – o antes los clarividentes- muestren las causas que llevaban al desastre, pero eso sí, siempre viendo las fuerzas que hasta último momento pudieron revertir el suceso criminal; en el caso del historiador con pena, en el caso del clarividente con angustia e impotencia.
  Es por esto que me atrevo a decir que muy a pesar de los genes del siglo XIV, del “estúpido siglo XIX”y del XX que se nos fue de las manos; la “cincuentona”, es decir, el Concilio Vaticano II, fue una Revolución en la Iglesia, en toda la regla del modelo de las revoluciones, y que sin duda alguna – para algunos-  es el Padre del Monstruo, y creo que esto constituye nuestras diferencias más notables. (Ni qué decir con aquellos que originan estas reflexiones, que son partidarios de una esencial “bondad” en la intención del Concilio).
  Recordemos que la acción redentora de Cristo en la historia posee esta característica; se da en un día, completa, total, terminada y para siempre (no es un “proceso” de concientización, evolutivo o progresivo).
  Cuando armamos la historia, a veces, por llevar el nexo causal del curso de los hechos, se nos pierde esa capacidad de ver esas inflexiones rotundas que se producen en el decurso humano. Nuestras vidas particulares mismas en su historia muestran estos momentos, como hitos, y aunque un biógrafo amesete las curvas sinuosas de esa existencia, el que bien mira sin prejuicios racionalistas, las encuentra. Por ejemplo “la conversión”, o en sus antípodas, ese momento en que se tomó la decisión contraria, que se eligió el otro bando. O simplemente la sorpresa de un amor enorme; el estallido patente de la vocación; la toma de conciencia de que somos llamados a una “empresa” providencial… en fin, rara vez una persona tiene la conciencia de ser una línea de nexos causales mansos y perfectamente explicables, la “sorpresa” nos espera a cada paso, para bien y para mal.
   La historia humana tiene estas mismas inflexiones, de lo contrario, no nos estaríamos rompiendo la cabeza con la Revolución de Mayo, la Francesa, la Rusa, el año 1 en Cristo, la Reforma Protestante, la ruptura de Enrique VIII, las guerras mundiales, la Caída del Imperio Romano y tantos otros hechos que son estallidos de una “novedad”, que como siempre, es de alguna manera “vieja” o “anunciada” (que como en la novelita de García Márquez, no por eso deja de ser una sorpresa). Aquellos “Momentos estelares de la historia” (según el título de Stefan Zweig).
    Ahora bien, hay hechos enormes que no aparecen para el común de las gentes porque ocurren en el espíritu, y su eficiencia sin embargo es enorme para la vida de los hombres: las obras de los “genios”. “La Ciudad de Dios” o la “Summa”, Rousseau, Hegel, o quizá una simple novela, inician un cambio de mentalidad fundamental. Volvemos a lo mismo comparando con la vida particular de los hombres; una de estas obras pueden causar en nuestra vida particular vuelcos y giros copernicanos. Y luego, la combinación entre estos “hechos” y estas “obras”, el nexo que existe y que produce el cambio, la inflexión; que es lo que estudian los historiadores de las ideas.
    Para el pensador católico y aún para el fiel católico común, el Concilio Vaticano II ¿fue una de estas inflexiones? ¿fue una Revolución? ¿fue un antes y un después?

LA “LINEA MEDIA”.

    De cómo se responden estas preguntas depende de qué lado quedamos. Dijimos hace mucho que la Iglesia en casi su totalidad vivió este Concilio como un hecho extraordinario, un “momento estelar”, pero… ¿verdaderamente lo fue? ¿o fue un “bluff” inflado por los “medios”? Ya que cabe reconocer que este hecho – que es a la vez una “obra”- se da en un momento de la historia en que comienza a incidir de manera extraordinaria el estallido de la manipulación de la opinión mediante los medios masivos de publicidad, y estos venden como “momentos estelares” la más estúpida de las pachotadas, que luego resultan ser fugacidades.
   El progresismo lo vivió como un momento de cambio extraordinario y positivo, y los medios lo amplificaron, y esta sensación, esta idea, campó en la enorme mayoría de los fieles que se felicitaban por el encuentro de la Iglesia con el Mundo Moderno que allí se sellaba. El Tradicionalismo lo vivió como una Revolución que cambiaba toda la religión católica, que inauguraba una Apostasía, un cambio constitutivo, un hecho que podríamos llamar “sobrehumano” por demoníaco.
    Pero, allí “en el medio”, habían unos hombres que consideraban que era un hecho y una obra que seguía un derrotero más o menos erróneo o confuso, pero no concluyente en sí mismo, más o menos parecido a otros anteriores y que un bando inflaba mediáticamente para producir el estado de cosas que propiciara la Revolución, y que los otros – los tradicionalistas - exageraban como producto de un espíritu “reaccionario” exacerbado. A estos hombres, muchos los llamaron “línea media”, que como siempre tenía muchas coloraturas y diferencias, pero el esquema ponía a todos en la misma bolsa.
     Esta tendencia a clasificar sin mayores distinciones y poner a todos en un mismo saco, provenía de un eje que se trazaba por los dos bandos claramente antagónicos y que era “la liturgia”. La reforma litúrgica, el “novus ordo”, en su aceptación o en su rechazo, se constituía en la piedra de toque; porque esta era la expresión más notable y simbólica de la “reforma”.
     Pero lo cierto es que había dos bandos perfectamente distinguibles en esta “línea media”, y que pasaban por la adhesión a un conservadorismo más o menos liberal, o el mantenimiento de un pensamiento contrarevolucionario - lo que es una enorme diferencia – y  que llevó a algunos a clasificar entre “línea media” y “línea tres cuartos”; esquematización igualmente injusta, toda vez que las diferencias no eran de grado, sino esenciales (aunque la distinción no sea apreciable a primera vista porque muchas veces estos bandos llevan acciones conjuntas frente a los procesos revolucionarios y por tanto, los hombres y las acciones se mezclan, se influyen y, aunque algunas veces para sus efectos se potencian, la más de las veces se anulan).
     Los “progresistas” con optimismo anunciaban que este Concilio avanzaba inexorable a las novedades que hoy vemos, y el Tradicionalismo decía lo mismo en tono pesimista. Uno se apalancaba en el  Concilio que se transformaba en el año 1 de la Nueva Iglesia, y los otros decían que era el año 1 de la Apostasía, frente al cual sólo había posibilidades declarándolo nulo y volviendo atrás de este “hecho” revolucionario total.
     La “línea media” entendía que no era inexorable ese cambio pero con distinta valoración sobre el mismo; el equipo “conservador liberal” veía un buen camino en el Concilio (sobre todo en lo referente a la entrada del “maritainismo”, la dilución del autoritarismo – dentro de la Iglesia y con respecto al mundo político- asentando la legitimidad del laicismo y la revaloración del concepto de “libertad” que incluía. Laicismo que podía ser a ultranza, o como producto de una separación de los fines religiosos y políticos), y el “contrarevolucionario”, a pesar de mantener su ortodoxia tradicional y considerar que el Concilio era un paso inoportuno repleto de contradicciones (sobre todo para el mundo político, en el que esa legitimación que celebraba el conservadorismo liberal contradecía sus puestas contrarevolucionarias en dicho plano), sin embargo no daba al Concilio la entidad de un “hecho revolucionario definitivo”.
     Ambos coincidían que el elemento progresista, asociado al mundo de los medios, habían aprovechado la coyuntura y, adueñándose de una “adecuación al siglo” mejor o peor lograda - que tenía sus aristas erróneas pero corregibles - la trataban de convertir en una “reforma” en toda la letra, produciendo “hechos” que iban más allá del espíritu y de la letra del Concilio, y que el Concilio no era tan malo ni tan violento, que se podía reconducir el buque – o la Barca – contando con él bajo una óptica interpretativa adecuada, una “hermenéutica de continuidad”, que lo más notable, es que coincidiendo en el término, en cada sector tenía una conceptualización completamente diferente, refiriéndose en un caso a la interpretación bajo la tradición objetiva con la consiguiente carga de necesaria “corrección” y “aclaración” , y en el otro con una carga ideológica historicista y subjetivista. ¿Idoelogismo? ¿Gatopardismo? ¿Ceguera? ¿Pragmatismo? ¿Politicismo? … ¿O evaluación serena?
   El asunto es que con Francisco la Revolución se hace evidente para muchos de ellos - o para todos ellos - y esa diferencia que habían tratado de sobrellevar por razones estratégicas, se hace más honda y notable, debiendo ya aceptar o desechar las “novedades”. El conservadorismo liberal no está dispuesto - muy a pesar de las derivas progresistas que se llevan todo por delante en un desorden y hasta una anarquía - a abandonar las “adquisiciones” liberales logradas. Vendrían a ser los “orleanistas” de después de la Revolución Francesa. El Concilio no debe tocarse. Como siempre, sus cabezas restan en la defensa de la Revolución Burguesa contra la Revolución Marxistoide.
    Para los contrarevolucionarios el asunto se presenta con ribetes de fracaso total; queda la visión apocalíptica, el testimonio final, el endurecimiento de las banderas y, el soportar la traición de aquel bando del que fueran aliados estratégicos que los vomita sin remordimientos. La “cuestión política” ya no tiene esperanzas. Pero, sin embargo, y negando la evidencia de que aquella alianza estratégica coadyuvó en la demolición – asunto que siempre les vaticinó el tradicionalismo – ahora fungen como “bonapartistas”, que visto las glorias embarradas, se vuelven hacia el tradicionalismo (ocurrió con muchos bonapartistas que se enrolaron en la Acción Francesa, cosa que jamás hicieron los orleanistas); pero no dejan por ello del todo la bandera tricolor (el Concilio). En esto influye su mentalidad “política” y “épica”; no pueden reconocer su error de partida, cuentan a su favor la “buena fe” evidente que tuvieron, y soslayan la intensidad del “hecho revolucionario” del que recibirán aportes existenciales irrenunciables. Mantienen las pompas revolucionarias (la liturgia novus ordo), bajo las cuales hicieron hazañas más que ponderables y con las cuales prestaron juramentos veraces y valientes. (Uno entiende estas cosas, cuando bajo una bandera y un himno masónico – como en nuestra Argentina-  la propia Patria libró justas batallas como la de las Malvinas… ¡¿cómo volver atrás y quemar dichas banderas, renegar del himno que cantaron legiones de mártires patrios?! ¡¿Romper los juramentos y los votos?! Enorme sufrimiento que puede verse magníficamente pintado en novelas como las de Anatole France.
    No podemos dejar de ver que esta reacción contrarevolucionaria católica protagonizó empresas heroicas, que aunque fueron anuladas por la sorda fuerza negativa q ue aplicaba en esa alianza estratégica el conservadorismo liberal, no dejan de ser contemplables. Si fueron temeridades y veleidades, o estuvieron cerca de una victoria; si fueron cimientos o construcciones sobre arena,  es algo que no toca a nosotros condenar y sabemos que Dios en su justa ponderación no dejará de valorar esa “buena voluntad” de los hombres que cantaban en un himno los Ángeles sobre el pesebre.
    Pero ¡muchísimo cuidado! Porque de esa mistura o de esa alianza, entre liberales y contrarevolucionarios, hay que saber espigar las intenciones y las consecuencias, ya que una gran cantidad de gentes han quedado a la deriva de la ruptura de esa alianza que no aclaraba los “partidos” – que de buena fe no querían distinguir- y en medio de la cual sí se daban graduaciones de toda especie; sin saber bien qué tienen que hacer ni qué pensar, y ensayando las más increíbles mescolanzas.
     Uno podría decir que el mal de esa estrategia consistió en no declarar las diferencias y hacer una alianza de partidos distinguibles, lo que se hacía para no debilitar la postura frente a los seguidores, o quizá, porque no se alcanzaban a distinguir del todo y, cuando comenzó a quebrarse, las diferencias se fueron haciendo notables para los más advertidos.
    De todas maneras, esta postura que hemos llamado contrarevolucionaria, por no desandar lo comprometido, corre el peligro de entender - y siguiendo en esto al conservadorismo liberal - que Francisco es simplemente un bache humano. Lo que era evidente para los otros dos desde el Concilio, se hace evidente ahora para los “medianos”, pero se hace evidente no en un HECHO REVOLUCIONARIO PROGRAMÁTICO Y SISTEMÁTICO que hay que resistir, si no, en una PERSONA a la que hay que resistir.
     El tradicionalismo es la repulsa total y definitiva contra el hecho revolucionario y,  aunque no existe repulsa contra el contrarevolucionarismo católico que mantuvo su ortodoxia, por más que en la práctica pactó con el conservadorismo por razones estratégicas; en este rompimiento debe cuidarse del “orleanismo”, es decir, de las rémoras liberales que se han adquirido y que frente a una postura que se desprende de toda esperanza política, cuida la certeza de su integridad doctrinaria.
     Dos vallas harán prender la sirena de alarma, Novus Ordo y Concilio Vaticano II. Todo lo que viene de allí es inaceptable. No se puede insistir en el error de “alianzas estratégicas” porque ya no se trata de enfrentar y contrarrestar los efectos de una revolución en ciernes para obtener un buen vivir, sino de enfrentar – con esperanza en el milagro- tras un hecho humano-demoníaco irreversible para sus fuerzas,  el Juicio de Dios después de un buen morir.

      Y en sucesiva tirada, luego de intentar aclarar esta incómoda diferencia entre queridos hermanos – acentuada por la malicia de los rótulos a que obligan las trifulcas-  trataremos de demostrar que el Concilio Vaticano II no fue una “esperpéntica cincuentona” que muestra las huellas de su error de juventud, sino una Revolución en toda la línea, que cambió radicalmente la constitución de la Iglesia Católica y que goza hoy de una vitalidad virulenta.

6 comentarios:

  1. Nuestro Señor Dijo y Repitio una y mil veces:
    "Yo soy la Verdad"
    Felicitaciones por no aceptar las reptes del engaño. Mas aun, cuando esta en "tramite" final la entrega de la Obra Inmensa de Mons. Lefebre sumiendola en el cenegal de "virulenta vitalidad"
    En Cristo y su Santisima Madre sin pecado Concebida

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    1. No veo que esté ninguna entrega en trámite, escuché el reportaje a Fellay de Rorate que se me recomendó más abajo y que parecía tener algo de lo que se hacían eco los wanderer, pero no hay nada nuevo, se repiten las condiciones irrenunciables de la FSSPX contra el concilio.

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  2. No,la "línea 3/4" no la integran los "línea 1/2" con doctrina tradicional.
    La "línea 3/4" la integran los "línea 1/2" que desde el Motu Proprio van a Misa Tradicional.

    Hay entre el "tradicionalismo" y la "línea 3/4" diferencias esenciales. La más marcada es el rechazo de los primeros hacia la Misa Nueva, que no por nada el "línea 3/4" aceptó,toleró o soportó hasta hace apenas cuatro o cinco años atrás.

    El "línea 1/2" con doctrina tradicional, sigue siendo "línea 1/2", sólo que no herético.

    Catalogador al Día.

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    1. Toda clasificación yerra y deja huecos, demostrando más el encono y la mala leche que el acierto. Muchas veces se hacen contemplando alguna persona en particular, y no sirve para el resto.

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  3. La noticia de Mons. Fellay a la que se refiere el post.
    http://www.alianzatex.com/nota.php?nota=N0046758

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  4. Esa es una noticia tendenciosa, con malos entendidos. El reportaje a que se refiere no dice lo que alli se dice, reportaje que está en Francés en el post anterior. Al que sabe entender, Fellay sigue hablando de cuestiones y condiciones "sine qua non" que dejan el asunto en la lontananza. Lo que se afirma es que no hay Cisma, y nada más

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