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martes, 31 de enero de 2017

EL PADRE DEL MONSTRUO (II)

¿QUÉ ES UNA REVOLUCIÓN?

   Un loco o un tarado en medio de un curso dinástico, o en la misma sucesión papal, se digiere – con problemas más o menos graves- si la “constitución” del sistema sigue siendo sólida; y es sólida en la medida que el mismo poder que detenta el loco o el tarado, se basa en los mismos principios constitutivos que se venían llevando. Simplemente este abusa del poder o gobierna mal. Ya se corregirá si se conservan los principios constitutivos. El asesinato mismo es una medida posible y práctica (que vemos que muchos, más o menos en broma, lo esperan con Francisco para una solución, lo que sería ponderable sino fuera un PROCESO y fuera sólo una cuestión de PERSONA).


   Vemos que una vez instalada la “democracia”, el “sistema” manda, cualquier cambio de hombres dentro del respeto del sistema es anecdótico, y andar matando Presidentes es bastante estúpido (salvo por negocios en concreto para los interesados, como en EEUU) si esto no implica erradicar el sistema.

   La “constitución” del orden social, en una sociedad dada, es una fuerza enormemente modeladora de la mentalidad de sus ciudadanos, o de los pueblos. Es de tal potencia, que el cambio de constitución – y esto nos enseña la historia- aún de un día para el otro, produce un cambio de mentalidad en la generalidad de las gentes, casi de un día para el otro.

    Podemos tener una familia católica, bien constituida, con hijos formados en esa mentalidad, pero de un día para el otro se nos vuelan los pájaros, aparece “el amor apasionado”, el padre o la madre se rajan con otro, cambia esa constitución del orden, y a los dos días la mentalidad de los hijos ha dado un vuelco enorme y, salvo fuerzas más enormes y sólidas colaterales (“familia grande”, parroquia, etc.) esta situación se hace irreversible.

    Esta especie de “principio del cambio”, que podemos tomar como un “principio sociológico”, hace que quienes pretenden llevar a cabo una Revolución, no se amedrenten por las mentalidades instaladas en una sociedad por más firmes que parezcan. Un golpe de mano que cambie la estructura del orden y cuyos efectos se soporten por poco tiempo con una voluntad férrea, provoca de inmediato el cambio de mentalidad en las gentes. La cabeza manda.

  El método “gramsciano” de infiltración y cambio de mentalidad con respeto de la constitución del sistema, ha demostrado su ineficacia; la captación del poder “por la democracia” nunca ha terminado más que en democracia. El comunismo se implementó por tomas de poder violenta, por golpes de mano, por el asesinato de las posibles reacciones, y por la tarea de grupúsculos decididos a todo o nada. Este error gramsciano, que ya es viejo, lo comete por imitación el “entrismo” católico, y demuestra tanto en el caso del italiano como en el del catolicismo, un estado de debilidad, una desvitalización y un derrotismo que nunca fue pagado en la historia con la victoria.

   Es más, esa estructura del orden, que es la constitución, puede cambiar sin cambiar casi nada de las leyes comunes que vigen, ni en las costumbres que parecen que forjan y sostienen  la “mentalidad”, y sin embargo el cambio de mentalidad se produce igual y a gran ritmo. Es el tipo de las revoluciones inglesas.

   Las más nuevas revoluciones que hemos vivido se han hecho sin grandes cambios en las leyes que rigen la vida, leyes que al poco tiempo pueden cambiarse sin mayor violencia a base del cambio de mentalidad que se produjo al alterar el orden constitutivo. Siendo que, las “viejas” revoluciones que además de cambiar la constitución salieron con urgencia y violencia a cambiar en un día las leyes, a pesar de su éxito en general, provocaron violentas resistencias (La Contrarrevolución en Francia, en México, y porque no, en la misma Argentina). Esto lo enseñaron los ingleses con sus revoluciones conservadoras, pacíficas y sin resistencias.

    Es decir, que una Revolución es un cambio rotundo en el orden constituido, dado de un golpe y sostenido con mano hierro por un breve período, produciendo el cambio de mentalidad en poco tiempo, y haciendo aceptable todas las demás modificaciones particulares sin mayor violencia, obteniendo así su solidificación que parecía imposible al principio.

     Haciéndome eco de la opinión del autor más arriba citado, en el siglo XIX, León XIII primero y Pio XI después, cometieron el enorme furcio de invertir el “principio sociológico” que rige las revoluciones. León XIII - que era un diplomático - entendió que era conveniente frente al republicanismo victorioso e impuesto, reconocer el derecho de cada pueblo a darse una constitución por cualquier forma (histórica, tradicional, repentina, violenta, etc.)  y que la Iglesia no debía meterse en esto. Sustentado en la subyacencia de la “mentalidad” católica de los pueblos, firmemente arraigada,  había que dar la batalla en “las leyes” y en las costumbres, sin meterse a dar batalla en ese enorme cambio constitucional que se operaba en el siglo “imbécil”. Así les fue. (El ejemplo más patético es México).

     Para fundamentar esta aseveración que hago, remito a la obra de Philipe Prévost – Le Ralliement -  en la cual se documenta la existencia de este “principio práctico” que rigió a los Papas del XIX, y al que el autor lo llama “dogma político” a todas luces erróneo. Sabemos que en lo práctico no hay dogmas y que será la ideología revolucionaria quien los imponga; la democracia, la representatividad, el contractualismo y otras linduras, serán las verdades infalibles de este nuevo credo. Pero en estos Papas, una regla pragmática sobre política, que nacía del convencimiento de que los cambios constitucionales se habían hecho irreversibles y era inútil combatirlos (lo cual, en ese plano parecía indiscutible, y nunca sabremos si lo era, o si ellos lograron que lo fuera), es que mediante una inadecuada fundamentación en las tradicionales doctrinas sobre las formas políticas (monarquía, aristocracia y democracia) que se mostraban como indistintas en su preferencia para la religión, terminaban aplicando esta indiferencia no ya a las formas que los pueblos podían haberse dado en el curso natural e histórico de sus procesos constitutivos, y se aplicaba la indiferencia  a estas constituciones impuestas del día a la mañana, violentamente, por las ideologías que rompían ese decurso natural e histórico de los pueblos. Este mismo argumento se utiliza hoy por muchos católicos “entristas”, que dado el tiempo pasado y los hechos consumados, ya no se mantiene con la excusa de la ingenuidad política que fue el “ralliement”- con los principios a salvo-  sino como un claro  colaboracionismo que entrega la tropa.
 
     Para mayores males, los revolucionarios modernos tenían claro que la mayor resistencia al cambio constitucional se iba a encontrar en el sector religioso católico, que encontraba el fundamento de las formas tradicionales e históricas en un designio de la Providencia Divina, y por tanto, era primordial para estas obras ideológicas el ataque –en primer lugar- a la Iglesia Católica.
    
        La maniobra del “ralliement” era una finta para esquivar este ataque, si se rompía el principio, si se trocaba por este otro al cual las “constituciones” le eran “indiferentes”, y su combate era por las leyes y costumbres, la Iglesia pensaba no recibir el ataque frontal que entonces iba a ser dirigido hacia los grupos políticos católicos de cada nación. Era una traición en toda la letra y de hecho así se consumó, con el consiguiente debilitamiento de la Iglesia en sus asociados políticos que la dejaron muy a su pesare en una situación de aislamiento que pagaría caro.

   De todas maneras, la “finta” no funcionó. No funcionó porque el bando revolucionario supo siempre que era sólo esto, una argucia; que los principios políticos de la Iglesia permanecían incólumes y que en la práctica la Iglesia una vez penetrado el sistema, pretendía romperlo (Gramsci no inventó nada). El caso austríaco fue señero; Engelbert Dollfuss, delfín del papado, una vez nombrado Canciller, en poco tiempo se cargó el Parlamento, estableció una dictadura católica y se rodeó de la vieja aristocracia y de los descendientes Hohenzoller. Portugal hacía lo mismo y España lo repetía. El primero cayó asesinado, los otros dos fueron desarmados por el Concilio.  La vieja y sabia masonería no se engañaba, la revolución “era un asunto religioso” mientras ella misma no se impusiera en el Vaticano.   

   Es por ello que la revolución ataca en primer término – a pesar de la confusión de los semi-naturalistas (Ayuso y Cia) en este punto – a nuestra religión. La revolución es un asunto primordialmente religioso y la resistencia lo mismo (si Caponnetto tiene diferencias políticas con alguno, es porque las hay religiosas, su política le viene de Arriba). Los mencionados Papas lo entendieron como esencialmente político – al igual que los seminaturalistas mencionados- y que podía ser “digerido” por una Iglesia que, pactando en lo político, mantuviera incólume sus principios.

     Y así se mantuvieron los principios de la Iglesia hasta Pio XII, incólumes - y muy a pesar de una errónea calibración de los momentos históricos y políticos - hasta que el mundo quedó en su totalidad políticamente constituido bajo los principios revolucionarios.
    
      Los fieles católicos pasaron a vivir entre dos mundos, el de la Revolución triunfante en lo político y lo social, y el de su fe en la intimidad, confiados en la “neutralidad” de lo político que se les había vendido, pero cada vez viendo que las leyes y las costumbres se contradecían con su fe y que avanzaban a pasos agigantados, mermando sus tropas y sus fuerzas interiores.  Allí se produjo la tensión enorme del siglo XX en los fieles que vivían una situación de enajenamiento de su fe y de su moral frente a las “mentalidades” que se habían adquirido en la vida social y política como producto de los nuevos esquemas constitutivos de las sociedades modernas.

     La Iglesia quedaba en una encrucijada de hierro: o producía en su interior los cambios que solicitaba la revolución que se había obrado en las naciones y, a las que Ella había dado el “placet” de legitimidad, o les declaraba una guerra espiritual en toda la línea como la que habían comenzado Pio IX y Pio X. Y esto porque en los hechos, los fieles no estaban en una encrucijada de una forma religiosa que no cuajaba en una forma política, sino que las mentalidades que se enfrentaban en la misma persona, era una cristiana, y la otra anticristiana.

    Esta encrucijada no era por un cambio en una doctrina a la que nadie – salvo los herejes modernistas claramente ya condenados por los dos Píos nombrados – se oponía o ponía en dudas; sino por una razón muy humana;  salvar a los fieles de esta tensión, de este enajenamiento y de este sufrimiento (que de alguna manera ya estaba dando algunos frutos en errores doctrinales), es decir, por “misericordia”.
   
     Lanzarlos a la batalla o buscar una fórmula de acuerdo. Era un planteo “pastoral”, fundamentalmente porque no había ningún planteo doctrinal, los fieles y el clero en general  adherían de buena fe a los dogmas y principios doctrinales de la Iglesia que mantenía su autoridad intacta; lo que les pasaba era que sufrían la contradicción en sus propias vidas. Y para esto, decidieron convocar un Concilio.

    Muchos están de acuerdo en entender que al no haber problemas doctrinarios era totalmente inadecuado e inconducente el citar a un Concilio. Gilsón decía que el sólo planteo de un “concilio pastoral”, ya conformaba un error fatal, porque una vez reunidos todos los teólogos, se iban a crear - por razones de oficio -  los problemas doctrinales que no existían. Y así fue, el modernismo que estaba fatalmente condenado en forma expresa, con causa sentenciada y archivada, encontró en aquel Concilio la manera de ser reivindicado.

     Me dirán que lo encontró en formas confusas y no definidas ni terminantes, pero esto es otro error de consideración, pues el modernismo es en esencia “confusión”, y el catolicismo es en esencia “claridad”, por lo que el Concilio coronó sin más al modernismo como la nueva “forma constitutiva” de la Iglesia, una “forma confusa” de pensar lo religioso. En un día.
     De todas maneras, no podía ser otra la solución, porque la “claridad” del pensamiento católico hubiera derivado en un enfrentamiento sin cuartel con el mundo moderno, esa respuesta ya había sido dada por Pio IX y Pio X, y no conformaba. Lo que se proponían en el plano “pastoral” exigía una solución confusa, ambigua, y esta sólo podía darla el modernismo con su lenguaje sibilino que no delataba la herejía.

    Dijimos que una revolución es un cambio en la constitución fundamental de una institución, y pareciera que el Concilio no modificó esta forma; la Iglesia siguió  monárquica - y quizá más que antes en su estructura de gobierno – quedando todas las subestructuras como estaban antes del Concilio. Es más, una fuerte corriente democrática surgió al poco tiempo, especialmente en la Iglesia norteamericana, para elegir los obispos por votos de los fieles, y fue aplastada por Juan Pablo II – siendo la actividad de Ratzinger esencial en esa batalla – por lo que no es caprichoso que muchos no vean en el Concilio una Revolución.

    Entonces, si queremos ser consistentes con los principios que hemos establecido, y una Revolución es un cambio “constitucional”, pues debemos para sostener nuestra aseveración de que el Concilio fue una revolución, acertar en qué se produjo este cambio esencial.

    La Iglesia no cambió su forma de gobierno y hasta – como dijimos- supo contener fuertes intentos democratistas y hasta parlamentaristas. ¿En qué cambió?

     La Iglesia es por definición Mater et Magistra, y su constitución esencial es aquella que asegura la expresión de su Magisterio. Su forma monárquica no atiende tanto a su gobierno como a la seguridad y claridad en su enseñanza. Una cabeza en la cúspide define la Verdad, y esta cabeza está asistida con infalibilidad por el Espíritu Santo, y sus definiciones son regla inmediata de fe para los fieles.

     El Concilio Pastoral, partiendo de un “reclamo de los fieles” para reunirse y responder a sus contradicciones existenciales (no doctrinales, como dijimos), tratando de receptar las inquietudes - pero más acogiendo las soluciones que esos fieles han ido dando en el plano práctico - al hacer de este proceso una forma de obtener soluciones (juicios), y al producirse en este curso de cosas “algunas” conclusiones que rozaban – o más bien daban de lleno, como era de esperarse – con cuestiones doctrinales, invirtió el proceso de expresión magisterial, creando un nuevo magisterio que nace del “sensus fidei”, es decir, de la vox populis, y al que la jerarquía recepta, ordena, sistematiza, pero al que obedece; estableció un nuevo orden que respondía a la mentalidad moderna.

      El trabajo de Romano Amerio,  en su obra Iota Unum, nos muestra que estas incidencias doctrinales no sólo fueron “algunas”, sino muchísimas. Muchos otros trabajos reconocidos demuestran que estas incidencias en lo doctrinal no fueron una receptación de un Sensus Fidei o clamor popular ¡qué no existía! sino que fueron incidencias de un pequeño grupo revolucionario que las disfrazó de tales, apoyados por una enorme tarea mediática que daba la impresión de encontrarse frente a un requerimiento universal (¡qué para nada existía!) y la obra del Padre Calderón (Prometeo, y La Lámpara bajo el Celemín) nos daba la prueba de que se había instituído una nueva  y falsa religión, la Religión del Hombre, y cuyo eje esencial era la demolición del proceso - y hasta del concepto - del Magisterio Eclesiástico.

       Al modo de las revoluciones inglesas que cambiaron la constitución sin derrocar el régimen monárquico, con iguales o peores resultados en la “mentalidad” del pueblo, en la Iglesia y sin tocar un ápice de la monarquía, lo que se cambió es la constitución esencial en la expresión del magisterio. La Verdad ya no era algo que definía el Papa, sino algo que se obtenía desde el sentido de fe del pueblo (sensus fidei), en donde obraba el Espíritu, y el “aparato” eclesiástico iba receptando y organizando esta verdad. Todo se había puesto patas para arriba, y la infalibilidad papal ahora se volcaba sobre la infalibilidad del “sensus fidei”. Escuchemos al Padre Álvaro Calderón:

Hecha esta inversión, el lenguaje conciliar puede permitirse repetir todas las sentencias dogmáticas del Vaticano I  sobre la infalibilidad del magisterio: ahora tienen un nuevo sentido reinterpretadas a la luz de la doctrina del “sensus fidei”.
 “Las consecuencias prácticas son enormes, porque inhibe el ejercicio de la autoridad magisterial de la Jerarquía: en lugar de formar el espíritu de los fieles apoyados en la propia luz que viene de Cristo; el Papa y los obispos se creen obligados a escrutar el corazón de los fieles para descubrir allí lo que el Espíritu dice a la Iglesia”

      Al otro día del Concilio, todo el “pueblo” entraba en un rotundo cambio de mentalidad. Las usinas de “opinión” se ponían a trabajar. No quiero repetir las cifras que existen a granel, pero una enorme parte del clero abandona los hábitos, las vocaciones cesan casi a valor cero, la moral decae en los fieles de forma vertiginosa, el efecto Babel se hace patente en los lenguajes ideológicos, la liturgia se desarma y estalla en mil candongas. Las reconstrucciones de los “conservadores” y hasta de los contrarrevolucionarios, surgen y se deshacen dramáticamente. Los curas que mantienen la ortodoxia son perseguidos y aislados. No asesinan a Tomás Moro, pero excomulgan a Lefebvre (que es lo mismo sub aespecie eternitatis). Los planteos teológicos que no existían un día antes, se multiplican a granel, cada uno tiene una punta de ese sensus fidei que comienza a ser continental y hasta regionalista. El magisterio no se pronuncia más en el sentido tradicional (y cuando digo “nunca más”, es literal) y, cambiada la “constitución”, no hacen falta más cambios ni innovadores, los cambios vendrán solicitados por el “pueblo fiel” en su pendiente anárquica liberal y receptados como “sensus fidei”.
 
      Francisco no es un innovador, esto lo fueron los peritos que impusieron la Revolución en la Iglesia bajo pretexto de un reclamo falsificado. Francisco ya está haciendo funcionar el sistema en su plenitud (al que los anteriores hacían funcionar con freno de mano), todas sus “innovaciones” son reclamos del “pueblo fiel”, que esta vez sí son receptados, y que tienen un amparo claro en el número de reclamos. Francisco es consecuente con el Concilio, y lo puede ser porque ahora sí el reclamo del “sensus fidei” es audible, mesurable y cierto. No es un invento de los “medios”, es real. Hoy “la gente”, en sentido numérico, cree esto que se consagra, mal que les pese a los optimistas del sentir popular.

      Cualquier oposición al sistema pasa por volver a antes del Concilio, o queda apoyar la espalda en muros degradados de poder burocrático, de un poder que se evidencia sin alma, porque su alma fue vendida al diablo. No hay posibilidad de oposición a Francisco sin volver por el camino del viejo y criticado concepto de Magisterio Infalible, concepto que ya se ha borrado de todos lados, que ya no se atreven a sostener ni las “derechas”, y que es más, estas “derechas” intentan salvar en un parlamentarismo de representación indirecta, cuando el camino de la reforma es hacia una democracia cada vez más directa en la conformación del contenido de la fe y la moral católica.

      Benedicto (Ratzinger) renuncia porque se ve sobrepasado por este “sensus fidei”; maniobra en contra de los medios para evitar que este desborde sea producto de una falsificación de la opinión, pone el dedo sobre el platillo de la derecha (antes, en el Concilio de mayoría conservadora,  lo había hecho sobre el de la izquierda), pero termina por convencerse de que esto no es una maniobra, esto que se impone es el “verdadero sensus fidei”,  y es él el que no está a la altura. La revolución se comió otro hijo.

        ¿Qué puede decirles la Iglesia a los que están “recasados” y sienten sin embargo la necesidad y la justicia de estar en regla dentro de la Iglesia? Si son tres… pues embromarse, pero ya no son tres, son miles y miles. Es el mismo principio del Concilio. Se les dio el divorcio exprés (nulidades), pero no basta. Y esto se producirá en mil casos más, porque estos miles son el reposo del Espíritu, y conforman el proceso de construcción de la verdad católica. Lo dice Bouyer expresamente y en consonancia con todos los “padres conciliares”.

          Ustedes dirán que no es tan así, que Francisco manipula las cifras, que no hay establecido un buen sistema de consulta popular y que se falsifica la opinión, porque en el fondo, esos miles, no piensan tan así, sigue siendo una “vanguardia revolucionaria”. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, y esto por otra ley sociológica demostrada que dice que, si establecemos una consulta de opinión, la gente no da su opinión, sino la opinión que entiende que debe dar en un alto grado de madurez social y política; da la que considera que “debe dar” según estándares pre impuestos por la ideología a través de los medios.

          Es cierto que hay “genios” que saben leer la opinión pública, y que en parte, saben modelarla. Benedicto no era uno de ellos, sin duda. Francisco tiene algo de esto, pero, me dirán, no es tan así ya que no acertó con Trump, con el Brexit, con Macri, con el NO Colombiano; bueno, sin duda tiene su corazón a la izquierda, ¡¿pero no me digan que Amoris Laetitia no es una pegada universal?!  Indudablemente no es un buen lector de los vaivenes de la opinión en cuestiones políticas, pero para lo moral no hay que ser un genio: la poliandria y la poligamia sucesiva es una verdad universal instalada. Confíen, a nadie se nos oculta que el mayor genio en esto de captar la opinión pública es Satanás, y que ese sistema que implantó el Concilio, es el Reinado de Satanás a través de los caprichos de la multitud. Argumentar cuál es o no, esa opinión pública, es una imbecilidad maléfica. Es la que Satanás sople por las braguetas del “pueblo”. Este y no otro es el “Espíritu” que invoca el modernismo. Este y no otro es el pentecostés del modernismo.

        La “constitución” de la Iglesia consiste en el “proceso” de definición de la Verdad. Es el Magisterio de la Iglesia, basado en la autoridad papal infalible, su eje constitutivo. El Concilio borró esta noción con principios liberales y trocó la “constitución”. Hoy por hoy, no queda casi nadie de derecha y de izquierda que sostenga el viejo principio magisterial, que ya sin duda alguna estamos muchos convencidos que era el Katejon que ha sido removido. Veamos el último párrafo del libro La lámpara bajo el Celemín, párrafo con que se contesta una contradicción de un sacerdote francés que, sosteniendo la doctrina ortodoxa del magisterio, no aceptaba en creer que esta noción había sido abolida por el Concilio:
  
     “A nosotros mismos no dejan de asustarnos nuestras propias conclusiones, al oírnos afirmar que la autoridad de la Iglesia, a partir del Concilio, se ejerce de un modo tan corrompido. Pero el liberalismo de la jerarquía conciliar no es fantasía nuestra, sino desoladora realidad. Y desde la Pascendi, las nefastas influencias de las doctrinas liberales en la concepción y ejercicio de la autoridad, es doctrina conocida. Sólo hay que atreverse a sacar la evidente conclusión de estas dos premisas. Si Usted, Padre, también lo hiciera, podría entender que entre el vértigo del sedevacantismo y la perplejidad de la obediencia, hay lugar para la lúcida y católica resistencia que nos enseñó Mons. Lefebvre.”

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VOLVEMOS A LA CARTA Y A LA PUGNA.

      Tenemos - y de lo dicho surge - una diferencia con Don Antonio, que surge de la valoración del Concilio Vaticano II. Pero coincidimos en una misma fe y en una misma doctrina. Entiendo que esas diferencias “políticas” que él tiene con mis declarados enemigos, es porque ellos son liberales, y lo son en política tanto como en religión. Es tal el respeto que me inspira el mencionado, que no quiero decir ni creer que tiene un error de valoración de lo ocurrido en el Concilio y con los Papas Conciliares, pero debo señalar las diferencias, y esta diferencia es la misma que señala el Padre Calderón con su contendiente francés. No alcanzan a aceptar ni concebir que tal cosa enorme haya ocurrido en el Vaticano II. Seguro no aceptaría la contundencia de una afirmación tal como que, desde el Vaticano II, no hubo “nunca más” una expresión del magisterio eclesiástico, que dicho Concilio inauguró el “Silencio de Dios” y que Francisco no está haciendo nada nuevo, sino que está cumpliendo el mandato conciliar de representar y traducir el sentimiento de los fieles en estos tiempos en que ha madurado en sus pobres almas, el fruto podrido de la Revolución, revolución consumada por los cuatro Papas anteriores. “Perros mudos”.

    El gran peligro que se corre de entender al Concilio como un peldaño más de una pendiente, como un hecho no definitivo, es el que cometen aquellos otros. No sólo es “corregible” y “comprensible” el Concilio, sino que el defecto es imputable a una deriva que nos lleva mil años atrás, y deja a la Iglesia sin Magisterio seguro desde siempre, borrando y oscureciendo las sabias condenaciones al mundo moderno que se expresaron de forma infalible y segura en los dos siglos pasados -a pesar de sus turbulencias y su “imbecilidad” -  de forma más precisa que nunca en la Iglesia. Nos dejan sin el arma principal que tiene tanto el pensamiento contrarrevolucionario político, como el tradicionalismo integrista religioso en las encíclicas políticas de estos Papas modernos. Nos dejan sin el Santo que la Providencia puso para la época, San Pio X. Que no es otra cosa que el objetivo declarado de la revolución masónica, a la que son funcionales, voluntaria o involuntariamente.

     Ese error no lo comete Antonio Caponnetto, y no lo comete porque es desde la médula un contrarrevolucionario (por lo que choca con ellos en lo político desde las propias vísceras), y como tal, entiendo que no podrá sino que resentir dolorosamente los yerros políticos de la Iglesia de aquellos dos siglos (y yo con él) pero no podrá dejar de receptar la increíble maravilla de los aciertos doctrinarios (cosa que hace expresamente como fiel que es a la Iglesia, en su obra), y a la vez, sufrir esa enorme contradicción que estalla a la vista y al oído, pero que deja sólo dos posibilidades. O estaban locos y disociados; o en el ejercicio de un Magisterio tradicional los asistía milagrosamente el Espíritu Santo y, a pesar de ellos mismos, los hacía escribir derecho con renglones torcidos (esto es patente en Pio IX y casi igual en Pio XI). Y con esto, me mandan al loquero.
     Pero justamente eso, esa fe en una infalibilidad magisterial que puede anular hasta la opinión errada de la persona del Pontífice, en la medida que responde en su estructura mística al concepto del Magisterio,  es en lo que siempre hemos creído los católicos. Fe de la que no podemos desertar en medio de esta prueba que nos pone un Dios que calla mientras su Iglesia camina el Calvario de la apostasía y es traicionada por todos, hasta por el propio Pedro.
 
      UN ÚLTIMO PUNTO INCÓMODO. EL LEFEBVRISMO.

       No dudo del remitente de la carta, porque así me lo ha expresado, con respecto a la valoración positiva de la acción de Mons. Lefebvre; y esta figura del gran Obispo católico, no es una figura que quede apropiada en forma exclusiva por sus seguidores de la FSSPX, como no podría ser Santo Domingo de los suyos, ni San Ignacio de los jesuitas. La influencia de Mons. Lefebvre en nuestros siglos ya pertenece a la historia de la Iglesia. Como bien dice mi hermano, los miembros de la FSSPX ya podrían llamarse “Marcelinos” y, dentro de la defensa de la tradición, que es objeto de combate por muchos buenos y fieles católicos que consideran a su fundador un hito en esta batalla,  esta Fraternidad de Sacerdotes encarna un espíritu especial que expresa la espiritualidad de aquel personaje (yo estoy convencido que se podría decir “de aquel Santo”, esperando que el magisterio alguna vez lo declare así), que se basa sobre la recuperación del Sacerdocio Cristiano y de la Misa Tradicional, y espero no sea la única porque la Iglesia resistente no se agota en la FSSPX.

       Brego porque muchos buenos sacerdotes y fieles, con distintas vocaciones espirituales, que los hay, vayan conformando bastiones de defensa de la Tradición, que reflejen nuevos y variados acentos de espiritualidad de los que la Iglesia fue rica y generosa no hace tanto tiempo, donde diferentes “dones” alcancen su logro místico. Pero para ello, mesen sin aflojar las barbas de los Obispos – que no es mal momento- porque sin la asistencia del grado más perfecto del Orden Sagrado, no hay chances, ya lo había visto Calmel.

       Eso sí… no arrastren nada del Concilio Vaticano II. Nada.


        

19 comentarios:

  1. ¿Si lo del concilio VII fue una revolución, lo de Mons. Fellay con Francisco es un ralliement?

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    1. No Jorge, hay que navegar mares procelosos, llenos de trampas, y no hay que meter la pata. Francisco está bastante ocupado con su pelea interna de poder, La FSSPX no representa para él ningún peligro próximo (siendo además que las cuestiones doctrinarias ni las entiende ni le importan un comino) y nos deja para más tarde, pero, nos tiene cerca, nos hace algunos favores y nos vigila, no quiere ese frente, por lo menos, ahora. Los conservadores quieren llevarnos a una batalla que no es la nuestra, en la que no hay nada para nosotros salvo la segura futura traición - como les pasa a los contrarevolucionarios que se unieron a los conservadores - y con respecto a las diferencias, todas se mantienen en el estado que se plantearon oportunamente. Francisco se contenta con que se lo reconozca como Papa, y se asista para este reconocimiento a las citas establecidas donde no se habla casi de nada, son formales (esto puede molestar a sedevacantistas, pero no a nosotros). A cambio deja bien claro que las Frate no es un cisma, ni nada parecido, lo que molesta mucho a los conservadores que nos quieren cismatizar porque le drenamos público. En los principios no afloja ni uno ni el otro. No veo el problema. El planteo de Francisco en su sermón de Navidad es más que claro Y TIENE RAZÓN, dice en pocas palabras "estos no reconocen el Concilio y lo dejan planteado, listo, están en la vereda de enfrente, se arreglan con su guita y no me arman bardo dentro de la casa. Pero estos otros me impugnan con el Concilio en la mano, siendo que el Concilio SOY YO, mientras comen de lo mío y me arman flor de pedo en casa." Y ES VERDAD. Repito, no veo el problema.

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    2. ENTRAR al "gallinero".
      Disculpe estimado, con el debido respeto:
      -El "ES" el concilio
      _El "NOS" apoya "estrategicamente"
      Con sus debidas disculpas:
      ¿No "ve" Ud.-tan luego Ud.- el "problema".
      Canonicamente digo.Para mayor claridad: lo "juridico-conciliar".
      Con aprecio.

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    3. El artículo suyo es muy bueno, permítame felicitarlo.
      Entiendo, Francisco exige sumisión en lo personal pero en lo doctrinal le importa un bledo (una especie de peronismo que mete a todos los gatos en la bolsa del lider).

      Como estrategia práctica quizás podría funcionar mientras esté Francisco, dispuesto a otorgar ventajas a cambio de sumisión y si la FSSPX logra mantener su identidad y resistir las contradicciones internas que eso genera. Personalmente yo pienso que son mas llevaderas las contradicciones de estar afuera que de estar adentro.

      Siguiendo la analogía, la Iglesia desde el concilio vendría a ser un malentendido como el peronismo (recordé un artículo suyo sobre qué es el peronismo), un día sube uno como Menem y vamos para la derecha, otro día sube uno como Kirchner y vamos para la izquierda dependiendo de como sople el viento, es decir ese sensus fidei del que Ud habla. El toque peronista, que aporta Francisco, es que ese sensus fidei sería algo que interpreta el líder de turno de forma personalisima y al que luego se alinean todos los militantes, haciendo borrón y cuenta nueva de lo que hizo el líder anterior

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    4. Exactamente así lo veo Jorge. Lo más gracioso es que estamos fuera, con las ventajas de estar dentro. No es nada pavo este Fellay. Pero entienda el problema economicista de la época; el secreto es no tocarles la bolsa, ahí se ponen como locos.

      Al amable anónimo de más arriba. Cuando uno arma un safarrancho conceptual, lo juridico no existe, se esfuma, es una herramienta de poder y no de justicia. Era estúpido en los anteriores ese prurito juridico cuando habían volteado el fundamento de lo jurídico, típico de los línea media y fariseos (se los dice Francisco, que es consciente que para el santo - como para el revolucionario- no hay ley) es como organizar el tránsito en una orgía. Tan luego porque soy abogado veo el problema.

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    5. Trato de entender.
      Ahora:esa "herramienta de poder",(injusta),oportunamente sera esgrimida con "autoridad". Exigira "obediencia". Ya lo hace. Con arbitrio y sometimiento.
      A eso me refiero.
      Primero se "manea" y luego se "sacrifica".
      No dudo de lo consciente del apostata.
      Es claro que Fellay no es nada "pavo".
      Es mas: en el acierto o en el error capaz que mejor que "no tocarles la bolsa" sea "no aproximarse a la bolsa". Aunque se "enloquescan" en sus "orgias".
      Sepa Ud. disculpar lo mal escrito.

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  2. Disculpe, amigo saurio:
    en la primera parte del artículo usted dice:
    “La Ciudad de Dios” o la “Summa”, Rousseau, Hegel, o quizá una simple novela, inician un cambio de mentalidad fundamental."

    ¿Podría dar un ejemplo de alguna novela que haya producido un cambio de mentalidad fundamental?

    Juansinruido

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    1. La literatura divulga las ideas y las introduce en las mentes, quizá de mejor y de mayor medida que los ensayos. La Divina Comedia es una de estas, y en España El Quijote, como ejemplos cristianos. Pongamos otros ejemplos; Jean Paul Sartre hizo existencialistas de izquierda a toda una generación casi con efectos mundiales. Gabriel Garcia Márquez hizo imbéciles a todo un continente. Umberto Eco deshizo la idea de lo medieval en todo el mundo con una sóla novela. Moby Dick impuso el pragmatismo norteamericano. Lorca desfondó la moral española con La Casa de Bernarda Alba. Ni que hablar de Dostoievski en Rusia. Hernández hizo más por la Argentina real que mil ensayos. Falcionelli decía que la canción "La vie en rose" le hizo perder la segunda guerra a Francia. Corin Tellado le aflojó la cesera - anque las bombachas- a millones de mujeres. El evolucionismo le debe más a Tarzán que a Darwin. Podríamos hablar de la música. Luego el cine y la televisión. La lista sería enorme.

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    2. Disculpe mi ignorancia, pero no sé cual fue el efecto de Dostoievski en Rusia, si lo puede explicar por favor.

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    3. En realidad, influye en toda la literatura mundial de una manera impresionante. Influye en la teología ortodoxa, en la comprensión del fenómeno revolucionario en su génesis psiquica, en las corrientes filosóficas, en el desarrollo posterior de la psicología en todas partes, de la psicología forense, en fin, la literatura es el grueso de la "cultura", su aspecto de mayor penetración y difusión. Hay buenas y abundantes obras de estudio sobre este autor

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    4. Además de formar parte de la política de su tiempo.
      Lo noto un tanto desconfiado, estimado anónimo.

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  3. Entonces, salvando la cuestión de la "pifiada" ideológica (el análisis desde el marxismo), no estaría tan errado el chileno Dorfman cuando se puso a estudiar la influencia de las historietas de Disney en la "weltanschauung" popular.

    Juansinruido

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    1. Ni lo dude, Hollywood ha hecho más daño en la mentalidad moderna que cien filósofos.

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    2. ¿Escribió o va a escribir algo más extenso sobre esta cuestión en particular -apasionante a mi ver-?. Material puede que haya mucho, pero parece no desde el punto de vista tradi -o yo no lo conozco. ¿Su padre escribió sobre el punto?.

      Juansinruido

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    3. Claro, películas ve todo el mundo en cambio ¿quien lee a un filósofo?. Ni hablar del daño que hacen los dibujos animados en los niños, cuando era chico solo eran golpes entre Tom y Jerry pero ahora póngase a ver un poco de manga japonés, es satánico sin muchos tapujos. No le extrañe que dentro de 10 o 15 años estén todos haciéndose reiki para mover el chacra o el chi o lo que sea.

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    4. A Juan, busque para comenzar Arte Y Subversión de Alberto Boixados.

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  4. En base a varios de los artículos anteriores y haciendo un poco de futurología berreta.

    ¿Sería descabellado pensar que Francisco se mande un escándalo mayor, renuncie y pase a ser otro Papa emérito? Elegirían a un conservador como Papa, pongamos Sarah, los medios comenzarían una ofensiva contra él, (con un relato que aparece a veces en la boca de Francisco "los oscuros intereses que se oponen a mi reforma"). Finalmente el papa conservador debería renunciar y pasaría a emérito y zas la Iglesia demuele el papado y pasa a ser un parlamento de papas eméritos con una "cámara baja" de cardenales, y tal vez obispos luteranos, patriarcas ortodoxos, etc.
    No más papado, no más magisterio, no más fe objetiva y verdadera y la Iglesia integrada por cientos de organizaciones con distintas doctrinas. La FSSPX y los carismáticos todos en la Iglesia.
    Daniel Perez

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    1. Es divertido hacer ciencia ficción, pero tu película es espantosa, deja en la nada la Iglesia Católica, pensemos en algo más dramático, con resistentes heróicos, con catacumbas modernas... Recuerde que los malos al final se joden y quedan grupos fieles.

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  5. No soy lefe, pero este blog y sus comentarios son mas divertidos que el "maravilloso".

    A mi Borges me hizo mucho pero mucho daño...pero Dios me rescato con el Padre Castellani, que "casualmente" nacieron el mismo año y en el mismo mes

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