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miércoles, 12 de abril de 2017

Reseña:


Resultado de imagen para imágenes libro No lo Conozco CaponnettoPor Dardo Juan Calderón.

“NO LO CONOZCO. Del Iscariotismo a la Apostasía” Antonio Caponnetto. Ed. DETENTE. BsAs 2017.-

  Una persona puede escribir un libro para tratar un tema, y se supone que debe ser versado en ese tema, y se juzga por esa versación, y además, por los dones que tenga o no para exponerlo y concluirlo, hay – podríamos decir- un criterio objetivo de juicio. Pero también puede dedicar un libro a decir “lo que piensa”, no sobre un tema, sino lo que piensa mientras come, camina o anda en micro. Simplemente lo que piensa mientras las cosas pasan. Y este libro que reseñamos es fundamentalmente eso, lo que ha venido cavilando el autor sobre una serie de temas; y entonces, su mérito depende de muchas cosas. Fundamentalmente de que yo piense cosas parecidas y me interese saber cómo piensa otro. Pero no cualquier otro, sino alguien que es hondo en su pensar, que es genuino y que sólo quiere eso, compartir un pensar. Y creo que para mí, todos los requisitos están presentes.


  No sólo comparto gran parte de estas preocupaciones y cavilaciones cuando ando por ahí, sino que me interesa qué piensan otros sobre estas cosas, y en especial qué piensa este personaje que no es nada tonto. Y entonces no se trata de una clase magistral, sino de una “conversación”. Una conversación en el patio de una casa católica, con un poco de queso y vino,  a calzón quitado (sin que esto suponga salir de ningún placar).

  Opiniones, nada más. La más de las veces sin conclusión, pero opiniones que se dan a partir de conclusiones ciertas, totales y compartidas. A partir de coincidir en La Verdad, sino, la charla no tiene sentido. Y esto también lo encuentro.

  No dudo ni por un minuto que se ganaría mucho más teniendo estas conversaciones cara a cara, con la presencia y con los gestos que a veces faltan y se deben suponer. Pero los imagino; ya la corbata aflojada y puestos a decir, “yo veo esto ¿tú que ves?”. Es decir que es un inicio de diálogo que espera una respuesta aunque no interrogue, igual de inconcluyente, ya sin los empaques de una obra científica o polémica.

  Pero también hay algo más, hay por parte del mismo autor un repaso de sus opiniones, vertidas muchas al tambor de los hechos. Una forma de autoexaminación ante el vértigo que produce una historia que ocurre a una velocidad increíble y frente a la que queremos ver si nos siguen acompañando los buenos reflejos, el “sensus catholicus”. Y por eso es una charla fundamentalmente para uno mismo frente a otros.

  En suma, tenemos una obra en la que el autor, “en confianza”, dice lo que le sale a boca de jarro sobre una serie de puntos, partiendo de una buena almacén de conocimientos y experiencias, pero sopesando lo que dice, no en cuanto a la validez de sus conclusiones, sino en cuanto a la espontaneidad de su sentir.

 Él  mismo establece - al final del libro-  este ámbito de “confianza”, esencial, en el que libro se escribe, confianza que nos brinda y que pone a riesgo al saltar a la publicación. Este no es un libro para ser leído por cualquiera, es más, es un libro nada recomendable para quienes no tienen la preocupación por los temas tocados, y mucho menos para quienes busquen el error o el doble sentido de las cosas. No hay error posible ni doble sentido. Es Caponnetto pensando y abriendo su pensamiento a nosotros. Y podemos pensar distinto, en todo o en parte, y puede interesarnos o no, pero en esto puedo vanagloriarme de cierta agudeza que me da el oficio: no busca nada -si por ello se entiende que haya argumentos calculados para un objetivo- simplemente se muestra tal cual es. Y esto, es una locura poco recomendable cuando uno anda todavía en el mundo de los intereses. Una especie de “Ecce Homo” que se adelanta como prueba para aquel juicio que nos mostrará desnudos ante el Padre.

    No es para leer de un tirón, es para compulsarnos en igual medida que él lo hace y con la misma sinceridad, ¿qué veía yo en esos momentos? y aunque la ocasión de verlo al autor al descubierto y sin resguardos, da para tirarle piedras y escupirlo, pues no lo recomiendo si uno es católico – menos en Semana Santa- , y es bien propicia para quienes no lo son, o tienen ojerizas y les gusta el deporte del tiro de la primera piedra.

   Digamos que el libro abarca la alocada vorágine ocurrida en la Iglesia desde el Motu Proprio por el que Benedicto XVI levanta la excomunión a los Obispos Lefebvristas y reinstala la posibilidad de la celebración del Vetus Ordo, pasando por la renuncia del Papa alemán y la llegada del argentino, sorpresiva para muchos en su tono. Y este periplo, lo da en llamar: del Iscariotismo a la Apostasía. El autor nos avisa desde el inicio que será una visión “dolida”, y es esta la primer nota que queremos resaltar. No es historia, es presente, y no es ponderación de causas ni intento de profecía, y aun a pesar de estarse esperando, es, en el mejor sentido de la palabra, perplejidad, pero dolida; sensación de orfandad. Digo en el mejor sentido de la palabra porque en esto compartimos ese estado anímico, no se puede menos que quedar perplejo frente al cómo se han dado los hechos por más explicaciones y avisos que tengamos.

  Lo que puede ser diferente es el carácter de “dolida”, porque este asunto nos puede poner furiosos, cínicos, escépticos, flemáticos o hasta divertidos; e incluso, es muy común que a muchos les ha resultado “sorprendente” y están cobrando conciencia de a poco que había señales más que suficientes. Y por esto hablo de perplejidad, en el sentido de que aun estando prevenido, y por lo tanto no resultando sorprendido, uno resultó azorado por un resultado que prevenía, pero que no alcanzaba a creer que en efecto, se permitiera.

  Este libro no es ni un diagnóstico del tiempo, ni un pronóstico sobre los tiempos. Creo entender que este libro es simplemente un testimonio muy particular frente a un pronóstico que resulta imposible y en cuya pretensión de factura, residen los mayores errores. Me explico: el que cree saber qué va a pasar, como el que entiende perfectamente qué paso,  es el que más errado está. Puedo ver el paso que se dará mañana, más o menos, pero la historia – y soy recurrente – ha cedido su causación a la publicidad (profecía de Meinvielle) y la publicidad, aunque responde a una dinámica maligna, no responde a un plan en el sentido positivo; sino a un alocado ejercicio de demolición que voltea lo que tiene a mano, lo que se deja indefendido, lo que se abandona a la desidia o por temor.

   Sin ninguna duda hemos llegado a lo que decía Bloy, y para saber qué está pasando hay que abandonar los diarios y retomar el Apocalipsis, pero también hay que estar advertidos que el final apocalíptico llegará como un ladrón, y no podemos buscar en él el pronóstico del tiempo que tenemos aquí adelante. ¿Será esto un Signo del Tiempo Final? Pues sin duda, y con duda.

   En esta perspectiva - que compartimos - no está confuso lo que hay que hacer, lo que hay que decir y lo que hay que Esperar, pero si lo que hay que esperar. Es un tiempo de Esperanza casi pura, sin esperas, en actitud vigilante y expectante. Entregada la Nave al ataque pirata cada uno trata de salvar lo que puede con sus fuerzas. Un tiempo que exige una gran apertura al espíritu de donde vienen las únicas certezas. Y esto no era para nadie regularmente conocedor, una sorpresa. La modernidad que creía haber conquistado la historia hoy queda condenada al terror al mañana. La historia – ese dios de Hegel-  se vuelve loca y nos presenta un dios loco. Como debía ser.

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Un contrapunto.

   Hasta aquí, la reseña y la recomendación. Pero abramos un poco la conversación sobre ciertos puntos. De lo dicho más arriba, podemos sacar la conclusión que las posiciones de las que se aleja el autor serán las que dan una explicación “simplista”, para salir del atolladero, en tiempos en que nos toca sufrir – justamente-  el atolladero en toda su complejidad. Y de allí calculo que vendrán las peores reacciones contrarias al libro, de aquellos que saben a ciencia cierta lo que pasa y lo que pasará. Entendemos que nos dice que hay que escuchar el silencio de Dios y no meter bulla. Por ejemplo: uno no puede decir que la Sede no esté Vacante, pero tampoco puede decir lo contrario, ni puede acusar de herejía al Papa, sin descartar que esa posibilidad puede estar presente. Y en esto como en muchas cosas, hay que esperar sin desesperar un desenlace que está en manos del Señor con las armas de una exégesis de buena fe: Mientras tanto aclara, no debemos suponer lo que no podemos concluir. Es decir, si no podemos concluir que la sede está vacante y el Papa es hereje, pues debemos actuar como si no lo fuera, sin que esto impida concluir en lo que sí podemos concluir; como por ejemplo, el Papa actual está demoliendo la fe en los fieles, y el anterior, por distintos modos, también lo hizo. No más.

  Entiendo que esto lo dice Caponnetto, y ahora vamos a lo que a mí me toca. En los primeros capítulos se pondera la acción de Mons. Lefebvre y la FSSPX, acción que queda legitimada por el papa Benedicto XVI con el levantamiento de las excomuniones y la rehabilitación del Vetus Ordo. ¿Se hizo esto con mala intención? ¿De mala forma? Ambas cosas trajeron bienes, y eso se reconoce. A esa jugada el enemigo la salió a anular – lo que demuestra parte de la bondad del hecho - más allá de la intención de los fautores, que vuelvo a repetir, hay que considerar como buena, en la medida que no haya pruebas contundentes de que era mala, y confiar que en este plano, el de la “sobrenaturalidad” – que nos encarece el autor- Dios suele escribir derecho sobre renglones torcidos.

   Todos sabíamos que habría trampas y complots para hacerle pagar este “exabrupto” al Papa. Que iban a producirse hechos que hicieran que la decisión tomada – que no se iba a dar vuelta-  la pague con un buen dolor de cabeza o hasta con la renuncia. Y uno de los mejor avisados, son nuestros “hermanitos mayores”, los Judíos, y con ellos sus socios y alcahuetes, los modernistas. Estos han logrado establecer un hecho publicitario incontrastable: La Shoá, el Holocausto. El Cuco.

  Todo el mundo sabe que es mentira, ellos y nosotros. Pero está establecido que no se puede decir eso porque etc. etc. Tan claro está que es mentira, que han tenido que criminalizar su negación.  Es decir, que ante cada tipo de derecha o católico que sea reivindicado, elevado a un puesto, erigido una pequeña o gran obra,  hay que mandar rápido un periodista y preguntarle qué opina de la Shoá (ahora también está la homosexualidad como consigna). Y listo, al horno con papas.

   Y aquí vendrá el disenso con el autor. Porque el autor de esta obra, eleva la afirmación de esta verdad histórica casi al rango del testimonio de la fe. Es decir, que ese periodista, tiene el camino allanado, y el reporteado está obligado a pisar la trampa en pos de un martirio por la ciencia – que no por la fe- y esto te cuesta todo lo que has hecho hasta ahora.

   Nuestro autor nos muestra el camino por el cual concluye que esta trampa es ineludible como es ineludible el confesar que Cristo es Dios. Y el argumento es más o menos así, la Shoá es la suplantación de la Redención por el sacrificio de Cristo, siendo ahora la redención producto del sacrificio ofrecido por el pueblo Judío a la Humanidad. Y trae citas de judíos que lo expresan de esta forma. Pues bien, tengo la sospecha certera, que esto es parte de la misma trampa y les cuento por qué.

    Se me completa la anécdota con la que trae este libro sobre la revista Memoria, de la cual fui colaborador y que me valió entrar en una lista de “autores antisemitas” que anduvo en internet por un tiempo. Yo no había hablado del tema judío para tener ese honor, así que más tarde escribí en Argentinidad un artículo sobre el holocausto, y así hacerme merecedor del título y, por otra parte, uno no es nacionalista católico ni de derecha hasta que ha hecho público testimonio de negacionismo. La cuestión es que me respondió el artículo un judío, Rabino, padre de nueve hijos, ortodoxo, nieto de un huésped de Treblinca, con trencitas y toda la parafernalia, y me dijo: “Tiene Usted razón, pero sigamos en privado”. Y la seguimos. Y allí, una vez que nos pusimos de acuerdo en cuidarnos en los términos para no caer en blasfemias con respecto al otro (lo que es casi imposible), me explicó: “La sohá es una estafa de los sionistas, que son blasfemos y eso que ustedes llaman herejes. Nuestro mesianismo es triunfal y viene como premio de nuestra conducta frente a Yahvé; si fuimos castigados, fue por nuestra traición, y de eso no hay que vanagloriarse ni sacar partido. Estos tipos, con tal de hacer moneda para su proyecto político voluntarista y falto de fe, usan una argumentación típicamente católica, sabiendo que es falsa, pero que toca la tecla que les suena a los cristianos para que abandonen sus defensas y vacíen sus bolsillos; a tono con ese Mesías derrotado y condenado por su sacrilegio. El cuento del holocausto, es una cristianización del espíritu judío, efectuada por dinero y mesianismo político. Es maquiavelismo puro. Ningún judío piensa de esa manera, es una burla para los cristianos, pero en suma, es una burla para Yahvé.”

  Allí me convenció de que esta hábil maniobra de camaleonismo, estaba pícaramente pergeñada para jodernos, para que sintamos esta necesidad de contrariarla públicamente y nos ensartáramos. En ningún momento quieren reemplazar el sacrificio de Cristo, porque la sola idea de camino “sacrificial”, es ajena a su mesianismo. Su idea es triunfalista. Parecida pirueta en contrario sensu hacen los modernistas como Bouyer con su Misterio Pascual, centrado en el triunfo en la resurrección; es judaizante (de allí su exégesis veterotestamentaria que ilumina el Nuevo Testamento, con la que se explica el sentido de Pascua a partir de la Pascua Judía que ilumina la Nueva Liturgia, y no al revés, como es en católico). El modernismo es la transposición del catolicismo en clave judía. Y también es un timo, una estafa cínica, un acercamiento a las usinas del poder.

   Entiendo que no hay que dar el gusto de caer en trampas cazabobos, y que frente a las preguntas mal intencionadas, hay que hacer mutis, como hizo Cristo varias veces. Puedo estar equivocándome, o no medir bien las consecuencias, pero esta verdad histórica no merece el martirio, ni que le cierren a uno un colegio, ni la uña encarnada de un nieto. Que se vayan a joder con eso a otra parte, y esto lo digo, una vez hecha pública mi posición y documentada  para que sea sacada en cualquier ocasión que yo quiere hacerme el tonto. Pero no se lo exijo a nadie, ni se lo aconsejo.

  Con esto salgo al cruce de una imputación hacia la FSSPX de no haber “reventado” junto con Williamson, y haber “dejado ir” (no expulsado) a este excelente hombre (amigo personal), porque estaba aquejado de una enfermedad que el mismo Caponnetto bien critica, y que los abogados llamamos el “vértigo por un desenlace”; impaciencia que produce las más seguras derrotas y que es la famosa temeridad cristiana ¡Quiero reventar de una vez por todas! ¡Que esto se decida por bien o por mal! No. Mansos como palomas y astutos como serpientes (y no me refiero al Opus, en que la mansedumbre de la paloma es otra de las astucias de la serpiente). Tampoco correspondía malpagarle a Benedicto obligándolo a un testimonio que se sabía no podía dar, la ingratitud es mala cosa y no hay que meter al prójimo en camisa de once varas.

   Les cuento otra anécdota. Poco después de aquel malhadado asunto, un grupo de periodistas pidieron entrar a revisar el Seminario de Êcone, a ver si había cuadros del Fhürer y cruces suásticas, y viendo que sólo había muchachos rezando y jugando al fútbol, revisaron la biblioteca y… ¡Eureka! ¡Las pruebas del antisemitismo aparecieron! Eran las obras del Padre Meinvielle, en especial la de “El Judío en el misterio de la Historia”. Argentina también tiene sus glorias.

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 Un “mea culpa”.

    El académico pomposo jamás reconocerá que cuando camina y va en micro, mira los carteles de propaganda (los de loencería son casi inevitable), ve un pedazo de Tinelli en televisión en un café, ojea la revista Gente en la peluquería y abre cada tanto un blog de opinión; y todo esto forma parte del mundo que considera. Ellos viven en la nube académica y considerar estas cosas rebaja el lustre de sus bronces bien bruñidos por las lenguas de sus lameculos. Cuando más, lo harán a hurtadillas y en forma anónima, como quien mira pornografía por el ojo de la cerradura.

    Antonio Caponnetto está por encima de estas poses y sale del burladero a la arena - teniendo aún más bronces que bruñir que muchos - con el consiguiente peligro de su apostura no por los cuernos del toro, sino por los naranjazos. Pero acá juega un muy mal bicho que se llama “reportaje”. Los reportajes son trampas insidiosas, no quiero dar nombres, pero han sido fatales en varios casos de los que este mismo libro trata. Son siempre una funesta fuente de malos entendidos. Y él pisó y yo pisé. Este libro nos devuelve al autor que el reportaje deformaba. Trento queda bien loado y Pio IX – por poner ejemplos- bien servido. Mea máxima culpa por dejar pasar naranjazos. Le tengo dicho al autor que muerto mi padre y, salvo mi mujer (que es regla universal), sólo acepto reprimendas de él y penitencias de un cura (en ambos casos con escasa voluntad de enmienda).

   Como lo cortés no quita lo caliente, voy a dedicar dos buenos tomates a sus amigos del otro bando, que tampoco se trata de resultar cómodo.

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Un agradecimiento.

    Agradezco a las musas que inspiraron por mi vía un hermoso capítulo del libro. Pero en esto de repasar y repasarse, hemos llegado a un punto un tanto risible. Cuando él hablaba de Francisco yo le recordé de dónde venía la cosa y que se quedaba corto. Luego, que se quedaba largo. Y de allí me ha quedado como un oficio de Procusto del que me gustaría salir de alguna forma. Quizá, como suele suceder muchas veces, el sentido emane de las palabras. Hablamos de Preconcilio y de Posconcilio, puede ser un simplismo, pero no deja de señalar que es el Concilio el punto que explica lo anterior y lo posterior, y sin el cual lo anterior no hubiera sido gran cosa y lo posterior no sería lo que es. Del Iscariotismo a la Apostasía es un acierto de definición, pero yo lo veo ocurrir no de Benedicto a Francisco, sino de Preconcilio a Concilio. Y allí las cosas me cuadran.

   Ha sido un verdadero gusto tener esta charla y saber que no está concluida.    
                    
       
  

  

1 comentario:

  1. ¿Podra ser posible?:
    El Riachuelo desemboco en el Tiber?
    ¡Olor!!

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