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martes, 25 de abril de 2017

REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN EN LA IGLESIA


Según el Padre Calmel.      Por Dardo Juan Calderón.
     
Resultado de imagen para imágenes Padre Calmel    El Padre Calmel vivió y fue testigo de primera fila de la preparación y ejecución de la revolución que implicó el Concilio Vaticano II en la Iglesia. Gran parte del cual se produjo dentro de la Orden Dominicana a la que pertenecía y que enfrentó desde su prédica y sus escritos, pagando este coraje con la pena que él llamó la “relegación sociológica”; la soledad, el apartamiento y el desprecio de su Orden y de las autoridades Vaticanas. Honrosos y parecidos ejemplos hemos tenido en estas tierras con venerables sacerdotes que sufrieron parecida persecución, que los llevó al aislamiento y hasta el borde de la locura misma.


   Toda revolución tiene su historia y sus preparativos, y estos nunca son producto de hombres solitarios, sino de organizaciones ocultas y anónimas que van tejiendo su telaraña al amparo de la demolición de las costumbres que había producido en los pueblos católicos la revolución política a la que la Iglesia respondió con debilidad. Intrincada confabulación de personas organizadas en la oscuridad y generosamente financiados por poderes contrarios a la Iglesia. Muy especialmente en la Iglesia y como órganos de recepción de las “ideas del pueblo”, se fueron estableciendo las “Comisiones”, de uno y otro tema, que ejercían a la par de introductores de las novaciones, como factores de presión a los reaccionarios, de forma colectiva y un tanto anónima, evitando las oposiciones personales.

   Enormes esfuerzos editoriales propagaban las ideas novadoras y retiraban todo apoyo a la propalación de las ideas tradicionales. Entre ellas, en Francia, se destacaba “Les Editions Du Cerf”, punta de lanza de la propalación de la ideas de los liturgistas modernistas (editor de las obras de Mounier, Congar, Bouyer, y otros) que alcanzaban tiradas increíbles, que llegaban de forma gratuita a los seminarios y diócesis,  y cuyos fondos no se sabía de dónde provenían. Más tarde se encontraría el hilo que llevaba a los fondos de la Rusia Soviética, en una trama parecida a la que nos describiera fenomenalmente Vladimir Volkoff en su famosa novela “El Montaje”.

  Simplificando, el método de la revolución en la Iglesia tuvo los pasos ya designados por Agustín Cochin para la revolución en general: 1.- El gran objetivo principal: Transformar la verdad en una opinión. Opinión de teólogos que cobran notoriedad por sus publicaciones. El dogma se “desarrolla”.- 2.- Con el esfuerzo y fondos “enemigos”, hacer de estas opiniones privadas, por su publicidad y difusión, una “opinión pública”, dentro de la curia y dentro de la intelectualidad católica. Frossard y Maritain serán grandes caballitos de batalla. Luego se llevaba a Roma toda esta opinión pública, pero ya con ese halo de “sentir de los fieles”  y la teoría manipulada del “sensus fidei” tradicional. Se logró convertir la novedad en “lo que el pueblo cristiano piensa” y no sólo los teólogos. 3.- Luego pasar a la acción. El ataque a los recalcitrantes, desconocidos por la opinión pública, sin brillo, sin ediciones, sin novedad, esclerosados, vilipendiados desde las usinas publicitarias. 4.- Ir escalando en los puestos claves a través de los Obispos liberales que dejó el Ralliement, engrosando las “comisiones”.- 5.- Ir adaptando las estructuras eclesiales al pensamiento republicano y colegial. 6.- Introducir estas ideas en los seminarios y desde los jóvenes curas, ya más socialistas que católicos,  con ellos cambiar las costumbres del pueblo.

    El cambio fundamental fue el socavamiento de la vieja idea de que la Iglesia tiene enemigos mortales. En la nueva Pax Americana, el ecumenismo borraba esta idea: “La Iglesia ya no tiene enemigos”. Una gran apertura a las “conversiones”, que se publicitarán desde los ejemplos del mundo literario, con Bloy, Raisa Maritain y el mundo anglocatólico, dando cabida de importancia a estos conversos y abriendo una puerta enorme a la infiltración. (Lo que anteriormente sufría una sabia discriminación).

   Cuando la curia universal creía asistir a una “reforma”, se encontraron con una Revolución en toda la línea. Decía Calmel “A partir del Vaticano II, por este Concilio y por obstinación de los Papas en imponerlo, penetró en la Iglesia una legislación revolucionaria”, “Este Concilio es extranjero a nuestra historia”. Ya en su momento, las tropas conservadoras alababan a Juan XXIII por su conservación de la moral católica y él les respondía: “El Papa ha cometido faltas enormes en lo que toca al gobierno de la Iglesia y mayores con respecto a la relación con el gobierno temporal; faltas que serán desastrosas en la vida espiritual…”

   En el 69, y haciéndose obligatoria la Nueva Misa, el Padre y algunos otros resisten irreductibles a la reforma. El grupo conservador, organizado por Pierre Debray, bajo la influencia del Cardenal Danielou, inician el movimiento de los “Silenciosos de la Iglesia” (¿?), que intentan salvar lo mejor del Concilio, las reformas “sin los excesos”; una “buena Misa”, el rosario, un buen catecismo. No eran revolucionarios, y ya Roma aceptando la novedad, pretendían en silencio ajustarla por carriles de normalidad. Habían olvidado la vieja sentencia del socialista Clemenceau “La revolución es un bloque”, del cual uno no puede salvarse si no es por la fuga de todos sus tentáculos; siendo su mayor y poderoso brazo, el de la “cooperación”, el proponer una obra común en aspectos aparentemente neutros, donde el colaboracionista aprehende los “principios” de la praxis revolucionaria. En una carta a un amigo, el Padre Calmel, refiriéndose a estos conservadores decía: “Esta buenas gentes y aquellos que los imitan, son nuestros peores enemigos, porque tienen un color de tradición, pero no van hasta el meollo.”

    El problema central a todos ellos era ¿cómo huir de la Revolución en la Iglesia, sin huir de la Iglesia? El Padre Calmel veía la trampa en la concepción sociológica de Iglesia y oponía la visión teológica y sobrenatural de la misma. Mientras más nos oponemos a la revolución, “más somos Iglesia”. Por otra parte la actitud de rechazo, como ya dijimos, de aquellos que se negaron a colaborar y entrar en complicidades “con una revolución que era seguramente modernista”, producía la inmediata “relegación sociológica”, con consecuencias sociales de apartamiento y de pobreza en el plano material.

    Para el padre Calmel, las armas que el enemigo usaba contra los reaccionarios eran fundamentalmente cuatro:

    1.- La relegación sociológica, es decir, la humillación, la burla, la marginalización, el empobrecimiento, el retiro de todos los honores, cargos y cátedras. Y aunque todas están penas se sufran desde un espíritu un tanto mundano, no podemos olvidar que somos seres sociales, que en una sana naturaleza se busca la compañía y repugna la soledad.

   2.- No podemos dejar de ver que ese espíritu mundano, ese confort, nos juega a todos en la sociedad moderna.

    3.- La falsa noción de la “obediencia”, que pasa de ser obediencia a lo sobrenatural que hay en la autoridad, para ser humana, absoluta e indiscutible. Argumento retorcido y pícaro, que sólo funciona con los “buenos”. Los revolucionarios no “pican” desde su liberalismo, pero lo usan para atormentar las conciencias de los hombres de orden. Se trata de poner en contradicción al enemigo con sus propios principios, al tergiversar esos principios. Las gentes buenas entienden que hay que obedecer al Papa y ya no tienen idea de los que es el Magisterio.

    4.- La falsa noción de “prudencia”,  que pasa de ser una virtud a ser “una habilidad ejercitada, una astucia carnal y pragmática”. No se trata de negar los principios, sino de “ponerlos entre paréntesis”. De volver la espalda a esa prudencia que “exige la locura de la cruz y el heroísmo de la caridad”.

   “Es en nombre del amor a Dios y de la fe, en nombre de la misma obediencia que debemos desobedecer. Es la romanidad que nos obliga a separarnos de Roma. Cuando la autoridad desfallece, no hay que hacerse cómplice de su desfallecimiento. No se trata de tomar el poder, sino de permanecer en nuestro sitio. Nosotros estamos con Roma, pero ¿Está Roma consigo mismo?” “Este delicado dilema ¿no es acaso la manifestación contemporánea del misterio de iniquidad obrando en el mundo?”

    Es el “Golpe maestro de Satanás”, como decía Mons. Lefebvre. Y para mejor entender la profundidad de este golpe, es imprescindible leer la Teología de la Historia del Padre Calmel.

   Ahora bien, ¿qué hacer? ¿Cómo enfrentar esta revolución? ¿Cuál es la acción contrarrevolucionaria?

   Esta violencia brutal descargada contra los fieles, lleva a la tentación fuerte de bajar los brazos, de encerrarse en fortalezas, materiales o morales y dejar que el mundo siga su curso. O por otra parte, la reacción alocada, bullir sin cocer, gritar, resentirse. Imitar al enemigo desde el rechazo y el odio, mentir con los mentirosos, aullar con los que aúllan, buscar el renombre mundano como ellos lo buscan, posicionarse entre ellos para devolver el golpe. Todas actitudes que aumentan el mal.

   Recordemos a De Maistre, “La contrarrevolución no es una revolución en sentido contrario, sino lo contrario a una revolución”. Y esto nos recuerda el Padre Calmel.

   Contra la bajada de brazos, hay que trabajar más que nunca, escribir, publicar, atacar el error. No admitir el “evitar el conflicto por una paz negociada”. El concepto del abandono cristiano no es la pasividad, sino que “es adhesión en la noche a una voluntad divina, por la cual uno prefiere sufrir la muerte que consentir a renegar”. Nos dirán que “Dios no quiere las Cruzadas, dejad hacer a los Moros; pero es la voz de la pereza”.

   Sin embargo esta reacción no debe ser anarquía, y para el Padre Calmel, consiste en tres pasos:

    1.- El deber de la santidad.  No puede enfrentarse la revolución si no es con las armas de la Luz. La Revolución es Satánica, no es neutral, y "la contrarrevolución o es un exorcismo, o no será nada".

          Las armas contra la repulsa, la “relegación sociológica” que nos hacen, pasan por abandonar el espíritu mundano. Por mantener esa humillación y apartamiento dentro de un espíritu alegre y sereno, que no extrañe los bienes devaluados del confort y la molicie, de los honores y renombres, y sepa saborear los consuelos de la vida buena, de los bienes naturales y sobrenaturales, y no del “artefacto”, material o ideológico. La vida de oración, de contemplación, la gratitud de vivir de una manera equilibrada y de vivir en la gracia de Dios. Vivir mucho mejor que ellos y no envidiar sus suertes. Con esto ya hemos anulado una de sus más terribles armas que apuntan contra nosotros.

    2.- El testimonio de la fe.   Este es el centro del combate contrarrevolucionario. Frente a la amañada neutralidad de la revolución, el testimonio y proclamación pública de la fe y de la Verdad. La pública condenación de los errores.

         “La cuestión no es el saber si con ello obtenemos alguna cosa, porque sabemos de partida que el Señor hará fructificar el testimonio de fe de aquellos que lo aman. Esta pregunta ni se hace. La única pregunta es: ¿cómo, desde mi lugar, puedo rendir el testimonio que debo rendir?”  Esta reacción nos deja fuera del colaboracionismo, nos saca, nos hace huir de la tentación de la praxis revolucionaria. Estamos en la hora de la simplicidad del Evangelio, sin cálculos, sin estrategias, en la hora de la alegría de los mártires.

    3.- Los fortines de cristiandad.  La contemplación no nos relega a la soledad, sino que hace más fuerte la predicación, predicación que será más débil si es la de un solo hombre. La revolución cobra su fuerza en sus organizaciones secretas que apalancan al revolucionario, "organizaciones que pulverizan los cuerpos naturales de la ciudad para desolar los hombres, marginalizarlos y anonadarlos". El Padre Calmel encuentra el remedio contra esa desolación conque nos atacan - haciendo resentirse el ser social de nuestra naturaleza - en la construcción de “microsociedades” donde uno pueda vivir en plenitud y compartir los dos anteriores principios expuestos: La contemplación, y el testimonio de la fe con el combate a los errores.

      Pequeñas sociedades que rezan en forma habitual y común. “una restauración de pequeños islotes de civilización antes del fin del tiempo”- “Pequeñas comunidades cristianas fervientes, fuera de la dependencia directa del estatismo saturado de laicismo y de neomodernismo, en un clima de veleidad y de lujuria”. “Dominios exiguos que puedan ser sostenidos en nuestro poder, lo más netamente cristianas que sea posible, que aceptando un cierto retraimiento del mundo como ley esencial, permitan la existencia y el apostolado”.

    Es para ello que el Padre Calmel solicitó a toda voz la intervención de Mons. Lefebvre, que sería la autoridad moral que envalentonaría estas iniciativas particulares y les acordaría sacerdotes y templos propios.

   Fue especialmente contrario a la formación de superestructuras o colectivos tradicionalistas, esas especies de “partidos”, que serían artificiales y estériles. Que esos fortines se conozcan y se comuniquen, pero cada uno restando en su respectivo lugar y con sus formas propias. No imitar la revolución, sino la naturaleza y la ley de Dios puesta en ella. “Que cada uno se circunscriba a la medida de su gracia”, con fuerza y modestia.

    “Que cada uno de esos fortines, protegido, defendido, hecho entrañable, dirigido en su oración y sus cantos por una autoridad real, devenga en lo posible un bastión de santidad; ved que con ello tenemos asegurado la continuidad certera de la verdadera Iglesia, que preparará eficazmente los renuevos para el día que Dios lo solicite”. “Estos fortines parecerán débiles, irrisorios, y frente a la Iglesia ocupada se mostraran como una defensa débil. No importa. La gracia de Dios no se mide por lo aparente. Está en nuestras manos el formar modestas obras de resistencia y sostenerlas”.-

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     No otra cosa ha sido el plan de la FSSPX, yendo a apoyar focos de resistencia, cubriendo sus necesidades espirituales y de a poco, conformando y aportando con sus Sacerdotes esas autoridades reales de las que habla el santo dominicano. Extrayendo de cada una de ellas las vocaciones que sostienen nuevos “fortines”. Evitando construir un partido abstracto y volcando sus apostolados sobre los entornos geográficos y parentales de esos lugares. Vemos la coincidencia con el dominico en la retracción de formar un “colectivo” tradicionalista, ni un grupo de presión. Conjuntos testimoniales.     
     

    

8 comentarios:

  1. La referencia a Augustin Cochin es anacrónica.

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    1. Todo esto es anacrónico, y esa es una de sus mayores virtudes. Como enseña el Prof. Calderón Bouchet uno de los rasgos de la revolución es la cronolatría. Chesterton decía que a cada época la salvan un puñado de hombres que tiene el coraje de ser inactuales.
      Coco

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    2. Y agrega Gómez Dávila, en consonancia con el programa en tres pasos del padre Calmel: «volvimos a caer en una de aquellas épocas en las que del filósofo no debemos esperar ni una explicación del mundo, ni su transformación, sino poder construir un refugio cualquiera contra la inclemencia del tiempo». Puede sustituirse filósofo por «católico contrarrevolucionario», «paria de la modernidad», etc., sin que el sentido se resienta en lo más mínimo.

      Muy, muy bueno, sin atenuantes, el plan de reacción. Bienaventurado aquel que, comprometiendo su conducta según los dos primeros pasos prescritos, alcance a integrar uno de esos islotes que salvan y enaltecen el talante comunitario del hombre.

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    3. Espero sumar a este programa una cuota de optimismo con Thibón, estimado amigo.

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  2. Augustin Cochin muere antes de la revolución bolchevique.
    Mal pudo haber escrito sobre los hilos que se movían por detrás del telón en Rusia.
    Si lo que se quiso decir es que Cochin describió el modus operandi de la Revolución por medio de las societés de pensée, a referencia es válida. Pero no es lo que se entiende de la primera lectura.

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    1. Vió porqué pregunté ¿¿por qué??, le veía buena leche a la intervención. Touché!, ha sido un salto en las citas que venían entrelazadas en una revista de Editions Chiré, el Padre Jean Domique Favre viene citando a Cochin, extraído de una cita de Itineraires, y esta afirmación es, por lo que veo, del autor del artículo de la recista, del que no tengo el dato. Agradecido.

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    2. De hecho, tampoco podría haber escrito en la Revista Itineraires, sino que ha sido citado. Hemos corregido. Nuevamente gracias.

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