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miércoles, 3 de mayo de 2017

MODERNO ANTIMODERNO

Resultado de imagen para Louis Ferdinand Celine imágenesPor Dardo Juan Calderón.

    Ningún hombre cabal se siente totalmente en coincidencia con su tiempo, ni siquiera con “el” tiempo,  ningún tiempo puede ser amado sin reparos por un ser que trae en sí mismo eternidad.  Sin embargo, el hombre siempre amó en sus tiempos, en sus épocas, no sólo la voluntad de “los dioses” que en él lo habían puesto para la eternidad, sino también una serie de realidades, físicas y morales que significaban un ya estar en la eternidad y en relación con esos mismos “dioses”. Las antiguas civilizaciones eran “aprobadas” por sus ciudadanos como espacios sagrados, la misma “polis” griega era tenida como un bien que los dioses habían legado al hombre. Roma era Roma, y nadie ponía en duda la bondad de su existencia aún en medio de las más decadentes de sus circunstancias. La misma idea de Patria nos trae este concepto, y sin él, nada queda. Ni qué hablar de las lealtades medievales a los reyes y a la misma Iglesia, que eran el Reino de Dios en la tierra que marcha hacia el cielo.


   Una primer experiencia histórica de total desagrado con la propia realidad, y muy a pesar de toda la publicitada parafernalia indigenista, la podemos encontrar en esas pseudo civilizaciones indígenas de la América de la conquista (y la de algunos pueblos africanos según detallan los etnólogos). Moctezuma encarna una sociedad y una época que piden a gritos ser abolidas, ser destruidas, y sacarse el peso de ser lo que eran. Desintegrarse totalmente para descanso de sus portadores. La razón clara de este deseo perezoso de desaparecer en la repugnancia del propio ser, y a la vez la supervivencia en un regusto maligno de restar de forma decadente, sólo pudo ser explicado por una especie de posesión diabólica que experimentaron estos pueblos y de la que fueron liberados por pocos hombres, en lo que claramente resultó un “exorcismo” si recordamos a Cortés derribando sus ídolos. Una legislación denigrante, opresiva y un culto satánico, sostenían los privilegios de una clase dominante que, no ajena en su conciencia de la maldad que los apuntalaba, sabían que el único camino posible de liberación y aún, de auto liberación, era su propio suicidio, su voluntaria aniquilación, a la que resistían desde sus tripas y ansiaban desde sus almas podridas. Moctezuma pinta de maravillas este drama hasta que la piedra que lanzan sus propios súbditos termina – por fin-  con su vida (el Asterión de Borges). Hay en estos procesos malignos la sospecha de un acto único y decisivo que torna las voluntades al mal, un “sacrilegio”, un “pecado original” que nos lanza en un abismo existencial del que no hay retorno sino es por un milagro que haga “todo nuevo”. Es esa adhesión a la “tradición maligna” de la que habla Meinvielle.

     No fue posible en estos casos la “conversión” de una sociedad como se produjo en Roma; ya que no existían estos elementos “nobles” en los que se sustentaba el poder, que aunque estuvieran ausentes en acto en la decadencia, seguían siendo reconocidos por todos y fungían en potencia, traídos de una revelación y tradición primordial buena. En potencia hacia un acto contrario a aquel sacrilegio primordial, un acto redentor, que de alguna manera estaba previsto en los poemas más lúcidos de estas civilizaciones. El cristianismo se mostró como la forma egregia de llevarlos a cabo en su mejor expresión y por ello no sólo resultaba aceptable y funcional al espíritu de las instituciones, sino que aparecía como el remedio exacto a la decadencia, y el concepto de “purga”, de “redención” se acomodaba a una nostalgia de un tiempo perdido que se podía volver a conseguir con su mediación.

     Esto exige un hombre que todavía no concibe el permanecer y estar asentado en una existencia repugnante como “principio” de vida, en la posibilidad de un heroísmo en el que el “héroe” puede redimir los tiempos y uno puede marchar junto al héroe.     

    Estas sociedades indígenas tuvieron que ser arrasadas en todo lo que respecta a sus fundamentos políticos y sociales para poder ingresar a un proceso humano, donde al que se convirtió es al hombre una vez liberado de esos órdenes malignos. Conquistadas, subyugadas y destruidas por una fuerza que se presentaba a ambos bandos como una expurgación de sus culpas, y que necesariamente tenía que ser en parte sangrienta; sus soluciones fueron apocalípticas (de allí el acierto del título de la película de Mel Gibson).

    La revolución moderna pretendió ser un “hecho”, un “suceso histórico”, que aunque repugnante a la vista y experiencia de todos en su producción y métodos, alumbraría una época nueva, una especie de repetición del pecado original por la gravedad de su sacrilegio y la vana esperanza de sus resultados. Hubo en el regicidio, tal cual lo enseña De Maistre, y más allá de las condiciones del monarca asesinado, un “sacrilegio” por el sentido con el que el mismo se cometía, una apostasía social y un juramento con el mal. Promovido por sus patricios, quienes resultaron tentados por las “luces” que prometía el siglo - “seréis como dioses” repetían estas una vez más - y los notables compraban este sueño conscientes de expresar a escondidas el “non serviam”. Pero… más infames que el pobre Adán, para este “metier ingrato” de traicionar sus promesas, buscaron esbirros y se ocultaron en los salones girando sus cabezas. Así como la cristiandad se había salvado por el sacrificio vicario de un Inocente, estas sociedades permitieron que sus peores hombres fueran los vicarios encargados de la “faena” y, a ellos les dieron un poder que creyeron pasajero y por poco tiempo; lo que en cierta medida sería así con respecto a las personas, estrellas fugaces, pero que se prolongaba en un “tipo” que hasta hoy no se ha podido erradicar. Fue así la Revolución Francesa, la Rusa y el mismo Concilio Vaticano II. Los “notables”, ganados por las nuevas ideas, pero a la vez incapaces de ejecutar la necesaria degollina en forma personal, permitieron el arribo de los Robespierre, de los Lenin o de los Bugnini en cada caso, convencidos que a corto plazo se librarían de ellos. Era un triste momento necesario de pasar.     

    Pero la revolución, como diría De Maistre, no fue “un suceso”, sino que inauguró “una época”: La Modernidad. Y no tanto por la eficacia de un complot judío, masón y protestante; sino por la complicidad y traición de los “mejores” que buscaron la complicidad y el patrocinio de estas asociaciones. Y esta época – a la que nadie quiso en su permanencia y duración, y que tiene como nota fundamental el serlo a disgusto y hasta repugnancia de sus propios sostenedores - sin embargo produjo un “estado de cosas” con una permanencia conflictiva y fratricida, pero permanencia al fin. De Maistre veía en la continuidad del proceso revolucionario, aún en épocas de una supuesta restauración, la peor de las expresiones posibles, en las que “ya las cabezas no rodaban, pero giraban”, se daban vuelta para no ver la ejecución de sus propios mandatos.  

    Permanencia asentada no en el equilibrio y la estabilidad de un sector, sino en un sube baja, en una alternancia (como se dice ahora en términos positivos) de los inmundos, que no deja de significar el homicidio de los salientes (es más, muchas veces lo exige. Sean sinceros de los malos sentimientos que alumbramos al querer ver perdida a Cristina). Pero los notables, que ya serán los notables del dinero y la burguesía burocrática que simbolizó Fouché (el genio tenebroso de Balzac) quedó atada a una serie de “beneficios”, prebendas y posicionamientos que hacen su agosto con este río revuelto.  Logros que una vez adquiridos, sólo pueden sostenerse por el mantenimiento del conflicto, es decir, a costa de una impiedad cruel. 
   Volver a una estabilidad real y a una piedad con las gentes, con el país y con la época, resulta imposible. Y esto porque el grado de la falta cometida, el “sacrilegio” que implica, sólo puede ser purgado y redimido con la entrega de todo lo mal habido y con la vida misma que se ha hecho execrable. Quienes la promovieron, y la desaprueban, no pueden corregirla sino a costa de su propia extinción y condena. Como el buen Moctezuma; mucho mejor que todos ellos.

    No existe un solo fundamento de la revolución que apunte al costado noble de lo humano. Estaba concebida para ser por un día que se entregaba al demonio, y fue así como todos los poderes que concedió a sus guías fueron basados en una selección de sus más abyectos vicios; de su crueldad, de su avaricia, de su lujuria, de su dureza, de su capacidad de odio y por sobre todo, de una envidia por siglos contenida y al fin desatada bajo el lema de la “igualdad”, así se constituyó. No hay una sola nota pasible de “conversión” por donde pueda colarse un poco de sal que de a la vianda su sabor, porque no hay vianda. Ella es fruto podrido, o como diría Céline, “mierda”.

    Lo propiamente moderno, es ser antimoderno. Ser solamente moderno es una vulgaridad de mandingas, es Hollywood, disneylandia, “bailando por un sueño”, la democracia, la partidocracia, el mercado, las revistas de moda, la enciclopedia, el imbécil de Rousseau,  las “cincuenta sombras de Grey”, Trump, Macri, Cristina, el voto universal, los billetes que se pesan, los implantes mamarios, la pastilla para el sexo, el sexo anal, el Amoris Letitia y por fin… la mala sorpresa de la muerte, la eutanasia o el balazo en la cien. Es tumefacto, es podredumbre. Es “Mèrde”. Y pongo todas estas cosas bajo un mismo plano de consideración a fin de que las señoras gordas entiendan que hablar de voto es tan vulgar como hablar de Tinelli con sus promesas de placer sintético.

    La modernidad crasa es la estúpida y perezosa idea del progreso que implica solamente el ideal de una vida de confort y placer, de un “conformismo aberrante” del que no queremos tomar conciencia, al que “giramos la cabeza”, pero que orada el fondo de nuestras conciencias. Es el optimismo inyectado "por debajo y por detrás" que certeramente dibuja el moderno Céline, y que excluye en su materialismo todo concepto de “pietas” por algo que se encarna o se materializa en el propio tiempo, ya ni siquiera el camarada de Saint Exúpery, no digo el prójimo del Evangelio: “Se ha expulsado y abandonado la poca piedad que les queda, cuidadosamente en el fondo del cuerpo como una sucia píldora. Hemos puesto la piedad en el fondo de los intestinos junto a la mierda. Está bien allí, nos hemos dicho”… y en cuanto al erotismo, esa enorme promesa de placer “jamás sobrepasan esos diluvios sentimentales el craso trasero. Eso es todo el malestar” “Reconozco que subsiste en vosotros una pequeñísima curiosidad de reserva por el lado del trasero, y aunque uno se diga que nada nos enseñará este trasero, no hay un minuto que perder para volcarse  a este asunto”. No mucho más que esto es la modernidad concebida en sí misma y como producto de la optimista idea del progreso.

    El moderno Nietzsche nos enseñó que la idea del progreso y el optimismo es una excusa de perezosos, una vulgaridad de desfachatados y estafadores, una mentira publicitaria y electoralista. Si toda irá bien, ¿para qué molestarse? Cualquier pachotada termina bien. El hombre de acción verdadero es pesimista, brega en la desesperación, y por esto es antimoderno, siendo moderno. No hay un solo pensador moderno que valga algo que no sea antimoderno. Los modernos nacionalismos, única nota salvable del pasado siglo, son antimodernos. Este ser moderno antimoderno es lo único que puede producir algo que sobrepase lo estúpido, lo masificante, lo aberrante. Repasen, vean si hay un solo autor que se pueda leer que esté feliz de su tiempo, que no sea pesimistamente crítico, que no quiera la abolición de este tiempo, la finalización de esta época. Con nostalgia de otros tiempos que sabe acabados e imposibles de reeditar, con milenarismos milagrosos, con apocalipsis históricos controlados, o por fin con el cinismo de ir llenando la bolsa mientras todo se pierde - como sea que quieran sortear este tiempo maligno - están profundamente asqueados de esto que somos. Esa es nuestra época, una época que vomita sobre sí misma y que reclama una venganza. Que adora al terrorista asesino colgando su foto en la habitación y recibe al Islam seguro de merecerlo.

   Sin duda la gran masa es moderna en el sentido craso, pero las ideas de la modernidad, aún su poesía (lean a Baudelaire) es antimoderna. A nadie, medianamente humano,  se le ocurre que puede obtener la felicidad – o una partecita de ella -  por un implante de siliconas ni por una victoria de la propaganda electoral, asuntos que responden a la misma raíz. Ambos, la de la silicona y el del voto, volverán a quejarse de la estafa y tras ser calmados, adquirirán un nuevo implante o se entusiasmarán en un nuevo juego electoral.

   Entonces, y más allá del uso de la paradoja, ¿cómo se sostiene la modernidad que se propone autodestruirse, que nació para ser un solo día repulsivo? Se sostiene en una complicidad de situaciones de hecho, como se sostenía esa sociedad Azteca con sus repugnantes ritos y su tiranía satánica. Se sostiene por el impulso de sus tripas, por un amargo instinto de supervivencia individual, por dinero, por estatus,  por la necesidad de seguir engullendo y defecando, y donde toda diferencia la hace la calidad de los sanitarios en donde se depone. Como dice Calmel, sólo puede ser exorsisada, rota desde fuera, aniquilada.

   Todos en el fondo saben que esto tiene que terminar, y que tiene que terminar mal, con un acto punitivo en contra de uno mismo. Pero se aferra a vivir, con desprecio hasta de uno mismo, pero vivir al fin.

    Esto que se hace tan patente con la revolución en el mundo moderno, es igual con la revolución en la Iglesia. Un Nietzsche, un Baudelaire, (ya lo decía Maurras con respecto a Chateaubriand), los mismos posmodernos, odian su tiempo y se aferran a su tiempo, sostienen el tiempo que odian. Los poderosos saben que tienen que soltar las bombas, pero retardan para sus estatus vergonzosos, porque el mundo que saldría de las bombas no los incluye. La curia romana sabe que tiene que destruir todo lo conciliar, incluido ellos. Pero la revolución es el pecado que los explica, y debe ser sostenida para que sea “un día”, un “suceso” malo, fétido, pero que de luz a otra cosa en un proceso de purga y expiación, en “otro” proceso de expiación que no sea el cristiano, y ese día se hace largo, se hace una época. El mal somos todos. Tengo que ir a votar mal que me pese, e ir a la misa revolucionaria aunque me disguste. Mientras brego por un cómodo inodoro. Defecar es imprescindible.

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      A ver si nos entendemos, hay un hormiguero imbecilizado por el deseo de cosas sin valor, descerebrado, descorazonado, impulsado hacia miles de objetos, engañado, estafado y anonadado, que es la modernidad. Y hay un equipo cínico que medra de esta maraña de sensaciones frustradas, que se nutre de la estafa y se desprecia y desprecia a todos, y que es más moderno. Y hay una antimodernidad intelectual, criada como los gusanos en la herida sangrante del tiempo actual, que sabe de todos estos males, y que sabe que perdura “dentro de y gracias a" la herida infestada, haciendo sus poses, sus contorsiones verminosas, y es esta antimodernidad la más moderna de todas. Es esta la que desprecia más profundamente a todos y que si tiene un rasgo de piedad, la tiene allí,  “en los intestinos, junto a la mierda”.

     Ellos alimentan con literatura finamente deprecatoria este tiempo que clama por su destrucción y que bien paga las merecidas burlas, pero mal que les pese, se nutren en la decadencia y viven rechonchos – aún despreciando-  en el seno tibio de sus instituciones podridas.

   Pero nos vivimos engañando, resulta que toda crítica a la modernidad es recibida como una reacción antimoderna, y por tanto, hasta tradicional. El abandono nostálgico de los que observan mientras cobran sueldo con aguinaldo, o el desnudo desprecio imprecante de los que medran con el insulto que todos reclaman para sí mismos y están dispuestos a pagar al tanto por mes mientras sea sólo eso, y hasta la aceptación del “hecho” revolucionario fundante del sacrilegio – aceptado como tal - como necesaria catarsis para el renuevo; todas parecen resultar reacciones saludables.

   El Concilio Vaticano II, como aquellas otras revoluciones, ha sido un Sacrilegio, un cambio de bando, de tradición buena a maligna, y así como aquellas otras revoluciones, encargadas en su ejecución a la peor ralea por los notables. Pero es el ambiente infecto y pestilente que deben conservar para mantener sus existencias despreciables. Críticos por supuesto, pero habitantes de la herida. Y sus oscuros instintos les hacen saber que deben mantenerla abierta, aunque la cabeza les diga que habría que cauterizarla con fuego y cerrarla, debiendo ser ellos mismos quemados con ese hierro.

   No otra cosa son los Cardenales críticos a la “revolución vaticana” pero defensores del Concilio, críticos a la revolución como “época”, pero adheridos a ella como hábitat. Promoviendo soluciones que sostengan la razón del “día” revolucionario, del “suceso”, y procurando esa “nueva época” que se prometía y que saben que es mentira, que es un engaño que los sostiene en esta, que es al fin la que cuenta. Porque nada saldrá, hasta que no se pague con sangre el precio que se debe pagar por tamaña traición.

   Lo moderno se sostiene gracias a lo antimoderno. No se trata de ser críticos con la modernidad. Se trata de aniquilarla, dentro y fuera nuestro. Por lo menos, dentro, para que si viniera el "Heroe" podamos ser de la partida, y no le tengamos que rogar - para el bien de la creación - nuestra propia aniquilación . Se trata de recuperar la piedad para con todo ese mundo perdido al que hay que aprender a perder como propio, de pensar que es este “el mejor de los tiempos” porque es el tiempo que Dios nos pone para nuestra salvación, de reencontrarse con realidades que expresen lo sagrado y lo eterno; que estos espacios se hagan amables y que nos devuelvan un aprecio hacia nosotros mismos.
    Ser verdaderamente antimodernos es reconciliarse con el “tiempo”, al restaurar en este tiempo pequeñas realidades, mínimas instituciones, que ameriten nuestra piedad. Pequeñas patrias que justifiquen el sacrificio, el heroísmo y el “rescoldo humano”, la caridad hacia el prójimo, la camaradería. Ser antimoderno es negarse a vivir en la “herida y por la herida” y buscar un trozo de salud vital.

    La única novedad es Cristo, que inició un tiempo de plenitud, en el que vivimos. Un tiempo íntegro de salud, que hay que cultivar en su integridad. Nuestra idea es ese “Integrismo”.
      
               
 La foto es de Louis Ferdinand Céline      
              

       

22 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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    1. Tuve que eliminar este comentario por un insulto a Juan XXIII, al que detesto, pero no corresponde. Si el anónimo quiere repetir su comentario, que ponga algo más pasable.

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    2. ¿Mas pasable? Mason.
      Aclaro: no soy el autor del comentario borrado

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    3. ¿masón no es un insulto? y aunque no haya sido era funcional a los masones enemigos de Jesucristo así que bien le cabe un buen insulto, y el habernos privado de la verdadera misa es para llenarlo de insultos.

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    4. Daniel Ambrosini5 de mayo de 2017, 17:43

      ¿Qué significará entonces (¿Qué habra querido decirnos Dios?) que el cuerpo esté incorrupto?

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    5. Será verdad?? Yo veo fraudes por todos lados

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    6. También Lenin esta incorrupto

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    7. Por lo que tengo entendido, el cuerpo de Juan XXIII está embalsamado, no incorrupto.

      Juan S

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    8. Daniel Ambrosini6 de mayo de 2017, 19:18

      Cierto. Hoy en día no se puede creer ni en los cuerpos incorruptos!

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    9. A Lenin le sopla el diablo por el culo y lo mantiene inflado.

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    10. Daniel Ambrosini7 de mayo de 2017, 7:31

      Estimados. No confundamos cuerpo incorrupto con cuerpo tratado por técnicas de preservación. Incorrupto es cuándo, sin ninguna intervención humana, el cuerpo no se descompone, milagro que entiendo sólo sucede en la Iglesia Católica. De ningún modo Lenín está incorrupto, sino tratado. Juan XXIII no se sabe con certeza ya que las fuentes que indican que está embalsamado tampoco son muy confiables que digamos. Un abrazo

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    11. El antipapa juan xxiii está momificado por el dr Gennaro Goglia, declarado por el mismo. paso un artículo para quien le interese

      http://www.catolicosalerta.com.ar/roncali/santo-corrupto.html

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  2. Jorge Rodríguez4 de mayo de 2017, 8:59

    El siguiente párrafo se nos aplica siete veces mejor a nosotros que a los indios de Moctezuma:

    "Una legislación denigrante, opresiva y un culto satánico, sostenían los privilegios de una clase dominante que, no ajena en su conciencia de la maldad que los apuntalaba, sabían que el único camino posible de liberación y aún, de auto liberación, era su propio suicidio, su voluntaria aniquilación, a la que resistían desde sus tripas y ansiaban desde sus almas podridas."

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    1. A los masones les cabrá eso, a nosotros no.

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    2. Pero usted no es de la clase dominante

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    3. pero ud nos lo endilga a nosotros...

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  3. Me gustó mucho el artículo, y me gustaría que se atreviera a referirse a aquello que tenemos que aniquilar dentro nuestro para acabar con la modernidad, me late que allí todos tendríamos motivo para avergonzarnos de nosotros mismos. Cada tanto me da en pensar que disfrutamos y usufructuamos muchas "ventajas" de la modernidad que, para peor, hemos incorporado ya como verdaderas "necesidades" de nuestra vida, pero cuando ahondo mucho en estos temas mi mujer me dice que deje de buscar excusas de haragán y me vaya a laburar.
    Coco.

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    1. Los hombres somos cuerpo y alma, y necesitamos de la materialidad (y también de la señora), pero hay que saber poner en caja a ambas. Mientras su trabajo no lo avergüence, siga adelante, sino busque salidas. Y por sobre todo, busque "instituciones", que exijan su colaboración, en las que valga entregar la vida y participar de algo que sea de alguna manera "eterno", que sus objetivos - no sus hombres - sean puros. Hay que recuperar ese fortalecimiento y no quedar en una soledad y nostalgia sin sentido.

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    2. Desde ya, tiene eso en su familia, lo que es mucho en estas épocas, pero ellos necesitan insertarse en algo un poco más grande, que esa tendencia - buena- de la mujer a hacer todo por la "leonera", encuentre otra obra que repercuta en el bien de los hijos. Allí lo apreciará. Capillas, centros de misa, prioratos, colegios... apostolado. Rodee a sus hijos de gente con ese mismo motivo y de a poco, le va a ir cambiando el gusto, va ir percibiendo el mal, lo aberrante, y lo va ir dejando. No es una lista de cosas lo que hay que abandonar, es levantar la mira y esas cosas se van yendo solas.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    1. No sólo eso, sino que trabajamos para que no ocurra. Hay otros que frente a ello tienen vértigo, un vértigo suicida.

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