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miércoles, 21 de junio de 2017

ICONOCLASTAS II

Resultado de imagen para bandera papal imagenesPor Dardo Juan Calderón.
LA ROMANIDAD
   (Una más de los muchachos wanderianos).
   Sin necesidad de entrar en muchos datos y consideraciones, el carácter de ROMANA de nuestra Iglesia es del primer día de su existencia ocurrida en el seno de aquel Imperio, más efectivamente cuando se instala en Roma, y en cuanto al uso del gentilicio, data de los siglos IV y V y resultaron ser los Vascos quienes agregaron esta nota para diferenciarse de aquellos que no aceptaban la supremacía del Obispo de Roma sobre todos los demás.


   La nota de “Romana” implica la recepción de la verdad dogmática de que el Obispo de Roma tiene la plena Jurisdicción sobre toda la Iglesia y además, que tiene jurisdicción sobre los católicos de todo el mundo en lo que respecta a sus órdenes, aún por encima de la jurisdicción de las respectivas naciones. El Estado Vaticano no es un estado ajeno a todos los católicos, es “nuestro estado” universal por sobre todos los estados, y reconocemos en esta nota que debemos obediencia a su Jefe, el Papa, por sobre nuestros jefes de estado en todo lo que concierne a la religión y la moral. Al punto de que, como Santo Tomás Moro, debemos resistir toda intervención de nuestros estados nacionales en aquellas materias que son propias de la legislación romana, como fueron en su caso las leyes sobre el matrimonio que defendió el mártir. Y que si tuviéramos en suerte que existiera un fuerte Estado Vaticano, pues allí nos refugiaríamos cuando los tiranos se nos vinieran encima.
   No es un capricho ni un invento, Santo Tomás Moro muere mártir de la Iglesia defendiendo nada menos que esta nota de Romanidad, que por otra parte resume y garantiza la catolicidad, la apostolicidad y la unidad.
   Con esta nota le decimos al mundo que el único Gobierno Mundial legítimo es el de la Iglesia con cabeza en Roma, que es el único Estado por sobre todos los Estados, y que todos los demás mundialismos son preparaciones del Anticristo, en especial los inventos de Karl Schmitt, o las Naciones Unidas, o cualquier engendro ideológico inventado para usurpar la Divina Jurisdicción universal de la Iglesia Romana. Esto está bien explicado en el Opúsculo 20 de Santo Tomás, en la Inmortale Dei de León XIII y en la Quas Prima de Pio XI.
   A esto nos referimos cuando gritamos ¡Viva Cristo Rey!, grito con el que morían los mártires cristeros y, cuando Mons Lefebvre nos decía que “Debemos luchar más que nunca por el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo; combate en el que no estamos solos: están con nosotros todos los Papas hasta Pio XII inclusive”.     
   Así y a primera vista, de esto se trata esta nota de Romanidad. Pero también se trata de que quienes somos “Romanos”, somos de “Rito Romano” , y aunque ya nadie sabe qué cornos implica el Rito, que es el eje de un idioma, de un conocimiento, de una teología, de una filosofía, de una cultura, de una historia común y de una tradición común; y que todo esto implica que somos la vanguardia de la Iglesia de Cristo, que toleramos otros ritos por no forzar ajenas y lentas tradiciones nacionales a las que llamamos con paciencia a la unidad (a veces demasiada paciencia) y por eso hay otras Iglesias católicas (uniatas, coptas, maronitas y etc) con cuyas tradiciones no tenemos un corno que ver y que vienen a la zaga mil años de la civilización cristiana (por razones históricas atendibles); pero ahora resulta que hay destruir esos mil años de ventaja y reconocerles que ellos la estaban pegando. La gloria de la Iglesia Romana, es el Rito Romano.
   Somos romanos, romanistas o como quieran llamar, y Roma es nuestra Patria, en cuyas catacumbas están nuestros Padres. No es un estado extranjero. Es nuestra cultura y nuestra tradición, además de ser el centro de nuestra organización política.
   Entiendo que hayan tipos que no son nadie, sin padres, sin hijos y sin mujer, con dos apellidos que no significan nada a los que se podrían agregar otros tantos sin ganar blasón alguno ni sentirse obligado por honor, y que se emocionen visitando Londres. Pero para un católico, llegar a Roma, es llegar a su casa (por ocupada que esté por el enemigo), y no deja de llorar de emoción al pisar sus piedras.
   Entiendo que hoy por hoy las pertenencias no importan, ni las lealtades existen, y como aquel judío del Principito, está lleno de gentes que no son de ningún lugar y andan de turistas por la vida. Me encuentro con gentes de bien que van a Misa con el Rito … X … de alguna nación oriental, porque el romano no les piace, o no les gustó el cura, o porque gustan de los collages y encuentran un montón de cosas atractivas y pintorescas; que sería igual a decir que como no pueden festejar el día de la Patria con los de su Nación, festejan el 4 de Julio en la sede diplomática de EEUU, y con ello cubren la obligación de la pietas.
   Lo más gracioso es que este plumífero que pone la romanidad como una especie de capricho de última hora, no hace mucho escribía un aburrido artículo sobre el Katejon en que decía que este era nada menos que … ¡la Romanidad! (¡póngase de acuerdo!). Claro que en su defensa debo decir que ya allí no entendía qué diferencia había entra la romanidad pagana y la cristiana y se le armaba una ensalada en la que el Corpus Iudex  era más importante que el Magisterio Petrino, y lo cierto es que andando cerca por imitación, nunca llegó por estupidez.
   Cuando uno pone la Bandera Papal al lado derecho del Altar, está diciendo todo esto, pero sin duda a los iconoclastas no les gustan las banderas, e igual asco – o peor -  les debe dar ver a la izquierda la Nacional, porque está mal tener banderas, no vaya a ser que te toque jugarte las pelotas un día. Tener banderas es “idolatría” (parece esos testigos de Jehová que andan por las casas).
   Y ya que nombramos la bandera: segunda pelotudez.
   
LA BANDERA PAPAL.
 Son güevadas que la bandera papal la inventó Pio XI en el 26, se puede salir de este error en Wikipedia. La bandera papal blanca y amarilla data del pontificado del Papa Pío VII que, desde 1808 estableció que los colores del Vaticano fueran el blanco y el amarillo.
En el artículo titulado "El amarillo y el blanco de dos siglos como colores pontificios", su autor – Ceresa -  explica que para hablar del uso de los actuales colores de la bandera vaticana, es necesario referirse a la "ocupación de la urbe por parte de las tropas napoleónicas, ocurrida en febrero de 1808".
"El comandante de las milicias francesas, general Miollis, colocó sobre los muros de la ciudad unos manifiestos, con los que se imponía la incorporación de las fuerzas armadas del Papa a las imperiales. Para los oficiales que seguían siendo fieles al reinante Pío VII se venían arrestos y deportaciones", luego de lo cual "las reacciones no fueron muy notables, incluso también porque se hizo circular la noticia de que el Pontífice estaba al corriente y no generó dificultad. Se rebeló solo un pequeño grupo de oficiales que fue deportado a la cárcel de Mantova".
Para subrayar la unificación, y probablemente también para aumentar la situación de incertidumbre –continúa el experto– se permitió a los militares seguir usando el distintivo amarillo-rojo sobre sus sombreros".
Ceresa señala después, cómo el Papa "no quería que Napoleón sujetara al Estado Pontificio, por lo que el 13 de marzo de 1808 protestó enérgicamente. Ordenó, entre otras cosas, a los cuerpos que aún eran fieles a él que sustituyeran la insignia con los colores romanos, con una blanca y amarilla".
En el diario de un contemporáneo, el abad Luca Antonio Benedettalla escribe en la misma fecha que "el Papa para no confundir a los soldados romanos que están bajo el comandante francés, con los pocos que han quedado a su servicio, ha ordenado la nueva insignia amarilla y blanca. La han adoptado los guardias nobles y los suizos. La cosa es querida".
Ceresa escribe a continuación que tres días después, el 16 de marzo de 1808, Pío VII comunicó "por escrito tal disposición al Cuerpo Diplomático, y el respectivo documento se considera como el acta de nacimiento de los colores de la actual bandera del Estado de la Ciudad del Vaticano".
Este experto también explica que la elección del blanco y amarillo recoge una antigua tradición según la cual, el oro y la plata simbolizan las llaves del Reino que custodia San Pedro (una de plata y otra de oro) y que en la antigüedad eran entregadas al Pontífice cuando este asumía la sede de Roma en "la Archibasílica lateranense".
Tras algunos desencuentros más, que terminan cuando Napoleón exige que quienes están a su mando usen una insignia con los colores de Francia o Italia; el emperador decretó el 17 de mayo de 1809 la unión de Roma y el Estado Pontificio a Francia. Con esta situación, señala Ceresa, "Pío VII excomulgó a quienes perseguían a la Iglesia, y en la noche entre el 5 y 6 de julio de 1809 el Obispo de Roma fue arrestado" y enviado al exilio en Grenoble, Savona y Fontainebleau hasta 1814, cuando pudo volver a la ciudad eterna.
"El Papa Chiaramonti no había olvidado el episodio de seis años atrás, y sobre los sombreros de las tropas romanas apareció nuevamente la insignia blanca y amarilla, signo de lealtad al legítimo soberano".
Ceresa explica luego como durante el siglo XIX distintas representaciones vaticanas comenzaron a usar la bandera con estos colores y precisa que actualmente, ésta se expone en distintas solemnidades religiosas y civiles como NavidadPascuaCorpus Christi, aniversarios del Papa, aniversario de la conciliación entre la Santa Sede e Italia (aquí va cuadro de el Duce); entre otras. "La bandera se iza al alba y se arría a la puesta del sol", indica finalmente el experto italiano.
    Como ustedes verán, esa bandera es el símbolo de todo lo que venimos diciendo más arriba. De un Papa que enfrentó la Revolución, fue encarcelado, torturado y podríamos decir sin exagerar, que martirizado por ella. Esa Bandera simboliza la resistencia al ataque masón y en ella está la sangre de todos los mártires católicos que produjo la masonería en estos últimos siglos. Los Cristeros la enarbolaban y habían redactado unas estrofas bien católicas que agregaban al himno nacional, postrando su católico País a los pies de la Iglesia. Había retratos del Cardenal Primado de México en todas las casas fieles.
    Pero un liberal nada entiende de esto, como menos entenderá que la otra bandera, la celeste y blanca que está al otro costado del altar de la capillita mendocina (a la que muchos criticarán por una u otra causa) y que me trae a la memoria al joven aviador que dejó su vida en Malvinas y con el que departíamos meses antes que cayera por la metralla inglesa; y con él a los otros que murieron. Y la quiero cerca del Altar. Porque para bien y para mal, tengo Patria y le rindo culto, junto a Cristo, a su ladito, para que la cuide; y bajo la amarilla y blanca, para que no se haga masona. Y me importa un carajo las prevenciones iconoclastas de un solterón que no tiene ningún retrato para poner en la billetera y le parece mal que uno lo tenga.
    LOS RETRATOS DEL “LIDER”.
  Hay que ser bien pelotudo y protestante para que esto te moleste. Somos una religión de valores “encarnados”. Tenemos un “líder”, se llama Cristo, y lo pintamos y lo ponemos en todos lados. Y cada vez que esos buenos valores sufren nuevas “encarnaciones”, los ponemos en un cuadro. El del “viejo” de uno, o el presidente que llevó al campeonato el club de fulbol; o moríamos por el Rey tal, o por la Reina tanto. Y el Papa, es el Vicario de Cristo, y si fuera bueno, pues bien puesto en todos lados estaría sin que ningún católico adore a Bergoglio o a Pacelli o a Simón, sino a PEDRO. Debe haber algún esloveno que pueda leerme; vivían entre ortodoxos y musulmanes y toda casa que se merecía tenía un cuadro del Papa reinante, para que se sepa que eran ROMANOS, ¡qué joder!. Y si uno estaba en el Católico Imperio Austro Húngaro, pues tenía un cuadro del Emperador.
  ¡No me vengan con esta parafernalia republicana! “Ayyy… personaliiismos nooo… (con voz aflautada). Tenemos ideas… adherimos a principios, no a personas…” (parece el ruso Leuco) ¡Porque nunca conociste a nadie que valiera un comino ni sos capaz de lealtad ninguna! ¡meafrío! No te digo si volviera el Duce… ¡empapelo la fachada de mi casa! ¡Y si de cuete viniera un Pio XII! ¡Le hago un manolito!
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   Realmente me hacen calentar. No el gordo, sino los que le dan de comer. Entiendo que me destraten por cosas como estas unas buenas viejas que adoran los solterones con poca carga hormonal; son buenos amigos, se pueden hacer viajes sin que los maridos se inquieten, soportan las charlas de costura entre un tema y otro, y hasta se pueden arreglar delante de ellos las arrugas de la medibacha sin correr el riesgo de un mordisco. Pero lo que me cuesta entender es que viejos católicos soporten estas imbecilidades recontraremanidas. ¿O me estoy volviendo loco?, ¿o todo ha cambiado más de lo que suponía? ¿Hemos perdido la comprensión de la bondad de un Estado Vaticano? ¿tenemos que bajar las banderas? ¿No podemos admirar a nuestros jefes?
    Toda esa repulsa y resentimiento es protestante ya de una forma evidente y palmaria. No puedo creer que otros que escriben a su lado no lo vean y no les dé vergüenza ajena (y propia). Puedo entender también que un cura que traicionó sus fidelidades juramentadas lo invite a dar charlas de liturgia, asunto que ha quedado en manos de los más increíbles personajes. El mismo Vaticano encargó a un negro para esto, e intuyo en eso el tipo de jodas que le gustaban a Perón (que nos dejó en el gobierno a una bailarina de can-can con un brujo, para demostrarnos lo que pensaba de nosotros). Francisco lo ha puesto en manos de un pobre africano que hace una generación se trepaba a los árboles, para que exprese la síntesis egregia de la tradición, historia, doctrina y cultura católica occidental, de la que no tiene ni peregrina idea; y le ha dado “total libertad” (socarrona forma de decirnos lo que le calienta el tema).
     El palurdo de marras trabaja para llegar a ser “peritti”, y hasta quizá lo logre. Ese día no habrá banderas ni cuadros, “sólo una cruz” nos dice, con la originalidad de algo que se decía en el siglo XVI por un viejo agustino.
         

     

7 comentarios:

  1. comentadora censurada por enésima vez en wanderer22 de junio de 2017, 6:10

    ....." Realmente me hacen calentar. No el gordo, sino los que le dan de comer"....tal cual. Al tal Walter Kurtz que largó lo de las banderas al lado del Altar les respondí: cabrón, liberal. Por supuesto no lo publicó el wanderer. Tanto caminar para llegar a ningún lado, digo yo.

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    1. Comentadora. No te preocupes, a mí tmpoco me publicó un comentario el cocodrilo. Cuando al blogger lo que decís no le cae bien, no hay tutía.

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    2. ¡Hablá más fuerte que no te escucho!
      Largirucho

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    3. No había leído la regurgitación del Kurtz asustando con la foto de Adolfito y toda la parafernalia antirosista de los comentarios, realmente ... ¿serán todos maricones?.

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  2. Para una persona con limitada formación como la mía, leer un artículo como éste, significa disfrutar. Ni por las tapas tengo esa erudición y nunca la alcanzaré. Pero mi humilde pensamiento, como viejo soldado, es ¿por qué no? ¿Por qué al lado del altar no pueden estar las banderas del Vaticano y la argentina? Ya en el Colegio Militar, en su fea capilla, veíamos las dos enseñas y eran como la síntesis perfecta del ideal: Dios y Patria. No se si teológicamente, protocolarmente o formalmente corresponde, pero es la más perfecta figura del ideal del soldado argentino.
    Antonio Torres

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    1. Querido Antonio: hay que ser muy perro para que te molesten, y muy mal intencionado para decir que el origen de la bandera era de la marina mercante del vaticano, para con eso denigrarla. Una bandera vale por la sangre que la bañó, y uno reconoce como propias esas banderas si fue sangre de hermanos que dieron la vida por nuestros amores, y la Bandera Vaticana tiene millares de muertos católicos, todos aquellos que en estos dos siglos masones murieron por los derechos de la Iglesia en sus naciones católicas; franceses, españoles, belgas, austríacos, mexicanos, polacos, y tantos otros.

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  3. Ah, no hace falta que publique mi comentario anterior. Me basta con que lo lea.

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