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lunes, 26 de junio de 2017

NO ESTAR EN LO PROPIO.

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Por Dardo Juan Calderón.

      Infocaótica trae un texto de Emilio Komar (en realidad un fragmento) con el que vamos a disentir. Quede claro que vamos a disentir con el fragmento, no con Komar, al que no hemos leído completo y salvo que lo sabemos de tendencia personalista, no sabemos qué sigue después de lo dicho. Más justamente vamos a disentir con la difusión fragmentaria de los textos que muchas veces hace decir a los mismos lo que los mismos no dicen. O aún más, vamos a disentir con lo “que creemos” que se quiere hacer decir a esos textos, es decir, disentimos contra quién hace el fragmento. Disentir con Komar lo dejo para Meinvielle.


     Para que esto tenga fruto primero hay que leer ese fragmento…. ¿ya está? (¡no me hagan transcribirlo!)… y ahora piensen qué se dice, y que enseñanza extraigo de él.

    Repitamos el último párrafo que viene a modo de conclusión:

     Cuando alguien ya se instaló, se aceptó, no necesita aprobación exterior para sentirse bien, en cambio cuando no está bien ubicado en su interior, necesita el apuntalamiento exterior, que nunca es suficiente. Está siempre a merced de lo que dicen afuera, no tiene verdadera independencia, no puede actuar bien, no puede tomar decisiones porque siempre va a depender de lo que dicen exteriormente. Y aun conformándose a lo que de fuera dicen no puede estar satisfecho porque no eligió lo que de veras le correspondía, no siguió su verdadero interés. No es que haya que independizarse del medio social sino que un conjunto de vínculos de dependencia enfermizos no crea sociedad en sentido verdadero. La primera medida de una «política» social es procurar que haya sanas personalidades». 

     No me caben dudas que el lector sincero, que sepa traspasar el respeto humano y pretenda entender lo que se le dice (es decir, que no se aturda con palabras bonitas y quiera sacar el jugo), se queda con un regusto amargo de la lectura por dos razones obvias.  En primer lugar porque no ha llegado a aprobarse a uno mismo, “uno mismo” es un personaje con el que se tiene un montón de reclamos y muchos más interrogantes sin solución, y en segundo lugar porque no ha adquirido esa “sabiduría” que se propugna de poder prescindir de la “aprobación exterior”, ese “apuntalamiento exterior” del que hay que liberarse, se nos hace imprescindible. Por más que le hagamos fuerza necesitamos que nos amen, y de esta manera estamos a merced de lo que dicen “afuera” nuestro. Esa “independencia” de los otros, ese poder elegir lo que nos corresponde, puede ser un enigma que unos contestarán diciendo: nada; y otros diciendo: todo. La verdad es que siempre tenemos lo que nos corresponde según los otros consideran. La idea que nos deja el texto es que hay que llegar a un estado interior, al que no llegamos ni de pepe, pero que parece que los sabios han llegado, y no decimos que son güevadas porque nos da vergüenza reconocer que ellos han podido y nosotros no. Pero sean atrevidos, no existe tal estado de independencia, ni en nosotros ni en ellos, y somos eternos mendigos de amor y vivimos a las piruetas dependiendo del amor ajeno. Ese “modelo” estoico, no existe en la realidad.
      
¿Cómo hago para elegir “lo que verdaderamente me corresponde” siguiendo “mi verdadero interés”?

    ¿Quién cornos soy yo? ¿Cuál es mi interés? ¿Qué encuentro en mí mismo? Es lindo el famoso “conócete a ti mismo”. Pero… ¿cómo lo hago? En el texto el autor no nos da la clave, dice que tenemos que prescindir de los otros, y estar conformes con nosotros mismos a partir de una definición que hacemos de nosotros mismos, los cuales, una vez definidos y seguros de nosotros mismos, interactuamos con los otros y somos personalidades útiles y sanas para la sociedad. Y entonces adquirimos esa postura satisfecha y oronda de la foto del artículo comentado (pobre Komar, quizá tampoco tiene la culpa de la foto y de mi impresión prejuiciosa).

   Lo cierto es que, salvo aquellos aquejados por una vanidad sin límites (sean totalmente sinceros con ustedes mismos), todos nosotros tenemos enormes dudas sobre nosotros mismos en la soledad de nuestro cuarto, dudas que se acrecientan en la medida que los “otros” nos dicen que somos feos y malos, y que se calman en la medida que los otros nos dicen que somos lindos y buenos. ¿Cómo hago para lograr con mí mismo, y sin otro, esto que nos propone el autor? Saber en forma independiente de los otros quién soy, cuál es mi interés.

   Uno no se hace persona y luego sale a la vida en sociedad, uno entra siendo social y hace su personalidad dentro de una sociedad. Si lo quieren, sale querendón, y si no lo quieren, resentido. Yo no decido si soy bueno o soy generoso, ninguna de estas cualidades se construyen con uno mismo, se puede ser buenísimo y un gran generoso con uno mismo, y ser un perfecto egoísta. Yo soy, me guste o no, lo que los otros dicen que soy. Si me dan las gracias, soy generoso, si me aman, soy amable. Si nadie me dice nada, pues no sé qué cornos soy, y si me tiran verduras podridas al pasar, pues soy un gusano. Aun cuando me encierro en mi cuarto y hago introspección, lo que analizo no es un mí mismo solitario, que no existe, que es la nada, sino que analizo un mí mismo con respecto a los otros. Soy un ser social, está en mi esencia, no puedo prescindir de esto.

     De allí que yo no defino intereses míos y le explico a la sociedad quién soy. La sociedad me trae a la vida en un momento y me pone en un juego en que debo responder a sus condiciones. Yo puedo decidir “independientemente” en mi cuarto que no voy a ser argentino, ni del siglo XXI, pero es inútil. Soy eso, y así con todo.

     Una joven muchacha se planta frente al espejo y se mira bien, y duda, no sabe si es linda o fea, tiene un granito, la boca medio chueca, y el rostro no perfectamente simétrico; pero llega el novio, y la mira embelesado con un hilo de baba que le cae de la boca. Recién allí sabe si es linda o fea.  La personalidad no es un requisito previo a la vida en sociedad, se construye en el reflejo de quienes nos circundan. Se construye en los otros. Y es más fuerte o más débil según la cantidad de aprobación o reprobación que recibe de esa sociedad, de esos otros.

    Sin duda alguna, esos otros suelen ser malos tipos y nos manipulan, y entonces nos hacen ser una especie de locos, que un día estamos bárbaros y al otro somos una porquería. Fingen que nos quieren y nos usan, y luego nos tiran. Esa es la mentira de la que habla Komar, mentira que se hace homicida y que hoy por hoy, es la forma normal de relación social, es la democracia por ejemplo. Pero es también la relación de las “parejas”, esas uniones transitorias que se usan hoy. Y entonces, nos dicen, para estar reforzados ante este monstruo, conócete a ti mismo, en tu mismidad, defínete a ti mismo ¿Lo qué?... yo mismo en mi mismidad soy un tipo inasible, lleno de tormentas, a punto de traicionarme a cada rato.

     No existe el ser “independiente”, no existe el ser sólo. Somos interdependientes. Somos lo que los otros dicen que somos y por ello, tenemos que ser con los otros de tal manera que lo que digan me agrade, porque si no estoy frito. Tengo que lograr relaciones en la vida que hablen bien de mí, porque ellas construyen mi personalidad, sólo sé quién soy por los otros.

   Es más, suelen los otros saber quién soy mucho mejor de lo que yo creo saberlo. Saben que soy más malo de lo que intento ocultar, pero también saben que soy más bueno de lo que yo me creo. Porque ¿quién soy yo?, ese tipo egoísta que se hace una fuerza enorme para ayudar a los otros, y sabe que no le sale de verdad, que no es “espontáneo” ese servicio que presto, pero sin embargo lo presto, y los otros lo agradecen, y ciertamente que soy generoso aunque no me lo crea yo. No soy yo ese que sale de la espontaneidad, ese que eructa en la mesa porque lo siente, soy el que con ganas de eructar se contiene por respeto a los otros, el que se hace fuerza. El que perciben los otros.

   Soy un ser dependiente, y es bueno ser un ser dependiente, lo que puedo elegir con mi conducta, es de quién depender. Y entonces trabajo sobre mi entorno para que esa enorme fragilidad y dependencia quede en manos de buena gente. Que no quiera manipularme, sino que me quiera bien. Para ello no tengo que tener “intereses propios”, sino servir intereses ajenos. Esa gente que me rodea va a decir con sus necesidades, cuáles son mis intereses, que pasan por servir los de ellos. No puedo definir “intereses propios” y ver cómo los acomodo en medio de los otros. Cómo me hago mi lugar. Mi lugar es en medio de los otros, y en ellos y por ellos defino mis intereses.

   Mientras menos YO, más personalidad, más definición. No trates de saber quién eres, eso deben decirlo otros.

   Ahora bien, hay un solo “otro” del que podemos depender sin miedo, ese otro que nos ama bien. Con ese otro recién podemos olvidarnos de andar buscando desnudos con una lámpara nuestro ser. Porque nuestro ser es agradar a ese otro que nos ama, y en ese agrado que obtenemos del otro, nos hacemos. Esa es nuestra verdadera personalidad. Ejemplo: la muchachita de más arriba se da cuenta que ese novio que la mira embelesado la hace sentir muy bella, mucho más de lo que ella misma se ve. Y entonces comienza a hacer todas las cosas que a él le gustan. Se pone el vestidito que a él le gusta, y se pinta como a él le gusta, que probablemente no es como le gustaba a ella. Deja de ser “auténtica”, quiere ser lo que le gusta al amado-amante. Y pareciera que esto está mal. Que hay que ser auténtico y que el amante me debe amar por lo que soy. ¿Pero… qué soy? Sin la referencia al amante, vuelvo a no saber quién soy.

    Si me van siguiendo ya van adivinando el asunto. Mientras no tengamos rostro (título de la novela de Lewis), que es nuestra condición en esta tierra, nuestro rostro se va a ir conformando en la medida de que hagamos todo lo que le agrada a ese OTRO que nos creó, y del que dependemos. ESE que nos ama sin mentiras ni intereses. Yo, para ser yo, debo conformarme a SU voluntad, hacerme súper dependiente de ÉL, anularme en eso que creo mi Yo y mi autenticidad, que es sólo nada y confusión. Y recién sabré quien soy el día que Él me juzgue. Debo vestirme como a Él le gusta, y pintarme como a Él le gusta, porque mi gusto no sé cuál es, ensayo mil pinturas y ninguna me agrada a mí mismo sino viene otro (u OTRO) y me aprueba.

   Con la sociedad pasa lo mismo, he nacido en una sociedad y debo conformarme a sus necesidades, no puedo ser cualquier cosa, debo ser una cosa útil para esos otros que me trajeron a la vida. Porque lo que yo quiero ser es un sueño o una pesadilla, lo que va a hacer de mí una persona con personalidad es el cumplir esa función que se me propone desde fuera. ¿Qué yo no quería eso para mí? No sea pavo, usted no sabe lo que quiere, lo sabe la providencia que lo puso en un lugar. Pero ¿y mis dones particulares? Pues… no se haga tantos rulos, si los tiene y se los dieron, ya los aprovecharán.

   Mi personalidad no es una tarea de construcción en mi mismidad, es una tarea de construcción en el amor y sacrificio de esa mismidad, me viene desde fuera. Me viene de Dios y en la medida que hago aquello que Dios quiere que haga. Me viene de los que amo, y en la medida que entrego mi vida a los que amo. Me viene de mi sociedad y en la medida que soy útil a los requerimientos de esa sociedad.

   Yo sólo sabré quién soy, real y verdaderamente quién soy, el día que Dios pronuncie su sentencia. Y ese que será absuelto y premiado, es quien debo ser, no quien a mí se me ocurre en mi cuarto. Cuando abandono mi voluntad a quién verdaderamente sabe quién soy, es cuando soy. Es una ley externa la que me construye, necesitamos esencialmente una “aprobación externa”. Lo que define si yo soy un buen padre de familia, es la familia que surgió de mi actividad, y nadie que tenga una familia deja de saber que eso se logra prescindiendo del Yo. El cuento de que si yo soy un hombre logrado, si yo soy feliz, entonces lo serán los demás; es un bulo. Una sociedad, una familia y cualquier cosa que se quiera hacer, se logra con el sacrificio permanente de mis propias inclinaciones y tendencias, por más buenas que sean.

   Si ese señor que habla (que ya dije que no lo culpo porque es sólo un fragmento), está diciendo que debemos ser independientes de los demás, que debemos “elegir” y en eso está nuestra construcción (recuerden que la palabra “hereje”, quiere decir “el que elige”), está diciendo una tremenda burrada sin sentido. Lo que va a encontrar en esa “instalación en la que ya no se necesita aprobación exterior”, es la nada misma, o un monstruo. Es afirmar que se puede vivir sin amor, ya que el amor es la aprobación de otro, es la aprobación exterior.

   Una sociedad no procura personalidades sanas dejándolas elegir desde su mismidad, sino proponiéndose que todos hagan la voluntad del Creador, dependiendo de Él en todo, o aún mejor, reconociendo esa dependencia e impidiendo la rebeldía de la supuesta libertad necesaria para la autoconstrucción.  Uno se hace haciéndose fuerza, poniendo su voluntad en las manos de Otro, y de otros. “Que se haga Tu voluntad y no la mía”. Bebiendo un cáliz de amargura y doblegando los reclamos de una mismidad que no es otra cosa que un engaño, el pecado.

   Si quieren buscarse, si quieren entenderse, busquen fuera de ustedes mismos. Busquen en su Creador, busquen en quienes los aman y los necesitan, en su servicio está el secreto de la propia existencia. Yo fui construido y creado “desde fuera”, y desde ese exterior me viene el sentido. Las personalidades sanas no hacen sociedades sanas, sino al revés. El personalismo conduce a estos errores.

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   Reitero que no es esto un cargo contra Don Emilio Komar, no sé si en todo el libro va llevando desde esta conclusión parcial, desolada y vacua, hacia el encuentro con Dios y el abandono en su voluntad. Pero ese fragmento, así, es una estupidez.  

     

4 comentarios:

  1. Tenemos que adherirnos a la Verdad y punto. Que tanta baboseada infocaótica.

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  2. O nos configuramos con Cristo o edificamos sobre arena. Hacerse violencia es dejar mis criterios para adoptar los de Cristo. Además que la libertad es para elegir el bien, o entre dos bienes que nos lleven al fin último, para el cual Dios nos ha creado, que es el cielo, pero nunca para elegir el mal. Elegir el mal es defección.

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    1. últimamente se los ve con muchas defecciones propias de quién no quiere soltar su estúpido criterio humano como la de defender la toreadas y el estúpido humor.

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