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jueves, 6 de julio de 2017

¿A QUIEN PERTENECE CASTELLANI?

Resultado de imagen para imagenes del padre  CastellaniPor Dardo Juan Calderón.

   La aparición del segundo tomo del CASTELLANI de Randle nos obliga a repensar nuestra deuda y nuestro crédito con el genial cura argentino. Soy de la generación que leyó a Castellani cuando éramos jóvenes. Muy jóvenes. El cura formaba parte imprescindible del catolicismo argentino nacionalista y, aún quienes no lo habían leído mucho, o nada, eran tributarios en muchas cosas de aquel extraño jesuita expulsado.


   Nuestra forma de ser católicos estaba teñida de sus modos, que en ocasiones resultaban en nosotros no mucho más que “poses”, y que consistían en un chusco y burlón desplante frente a una clerecía mediocre que no había terminado de tirar la chancleta (y simples escupitajos contra los que lo habían hecho).  Esa primer clerecía aludida, había sido educada en manuales estólidos no del todo deleznables, pero en su total falta de espiritualidad profunda ya daban los primeros pasos hacia lo que sería la anarquía posconciliar o la perplejidad personal. Llevados por un entontecimiento que resultaba como producto del abandono premeditado y forzado de la épica antimasónica de las décadas anteriores, de lo que nada quedaba (todo había sido tirado al olvido como si nunca hubiera existido, ¡aquí no ha pasado nada!) y salvo las vanguardias izquierdozas que se teñían de una furia revolucionaria, el catolicismo babeaba – en el mejor de los casos - con las pringosidades de un Cabodeville, un Escribá o un Van der Mersch, o,  en la mayoría de los casos la revista Esquiú y la “vibrante” política de Estrada eran las fuentes intelectuales de los católicos. Los cristeros y la guerra civil española parecían haber ocurrido hace mil años, o no haber existido nunca.

       El “modelo” castellaniano significaba un soplo de libertad y de audacia frente a unos débiles corsés formales corroídos, una deleznable doctrina de manual y una cultura de folleto, la cultura católica desaparecía (Senior escribía “La muerte de la cultura cristiana”, antes de la “Restauración” ahora tan publicitada). El “índex” ya no era un sabio asunto de salud intelectual en conformidad con el más sabio consejo de aquel Director Espiritual que tuviera Castellani y que le aconsejara leer “unos pocos y buenos libros” (por suerte para nosotros y por desgracia para él, no hizo caso), sino que era la excusa de una pereza inedita en la labor intelectual de los curas. Castellani arremetía en toda la literatura y filosofía del momento, sin tapujos, y destrozaba la carcasa de una disciplina vacía de sustancia a costa de su propia estabilidad psíquica y su paz existencial.

    Una de las notas más resaltantes en esta reacción era que nuestra religión ya no era una “cosa de curas”. El cultivo de la doctrina y de la cultura apenas si contaba con algunas maravillosas excepciones sacerdotales, pero estaba en manos de laicos; profesores universitarios a los que una generosa universidad les dio el tiempo y los medios de formarse (no en ella, sino por fuera), sin que existiera un cerco ideológico muy marcado. Ya lo dije en otra parte, esto fue el “nacionalismo argentino” y no me voy a poner a hacer historia ni a referirme a esa doble fuente intelectual que traía de Maurras y de De Maeztu.

     El asunto es que éramos católicos por efecto de laicos y con unos pocos curas, todos bastante cascoteados por las autoridades eclesiásticas, arrumbados, burlados, al borde de la locura muchos de ellos; así que la “jerarquía eclesiástica” no era un tema a tener en cuenta sino más propiamente, un asunto a no tener en cuenta; y el “anticlericalismo” era un lugar común hasta en aquellos mismos sacerdotes.

    En poco tiempo las reformas conciliares hicieron estallar esas formaciones religiosas débiles e inestables. Una “pastoral” reducía el asunto a una sociología de izquierda o a una filosofía existencialista, que reemplazaban la teología. La praxis producía una  falta de espiritualidad verdadera y como siempre que esto pasa, corroía ese resto de disciplina formal y vacua que no encontraba justificación ante la “tarea de campo” donde había que arremangarse la sotana. El celibato – como todo lo moral- era una regla jansenista y,  como aquellos curas que entendieron que debían hacerse obreros, no estaba mal el experimento del sexo como modo de apostolado. En cifras increíbles los curas tiraban las chanclas con alguna fulana y de manera más impresionante, ya por efecto de la primacía de la praxis, caían las vocaciones de los religiosos: hermanos, hermanas y monjes; al punto de que casi desaparecieron dejando enormes edificios vacíos o en manos laicas.

   No podemos dejar de ver que el objetivo de reemplazar una regla formalista vacía por otra con sustancia, que existía en Castellani, admitió en su método ciertos excesos humorísticos con respecto a la disciplina - también la sexual - y con un anticlericalismo que en cabezas no bien asentadas sembró confusiones. Castellani no era para cualquiera, porque todo podía recaer en tirar las formas y junto con ellas, las sustancias.

    Los principios del siglo XX promovieron esa idea del genio incomprendido; la chatura burguesa y economicista de los órdenes masónicos castigaban al destacado y los grandes nombres del antimodernismo eran todos “enfants terribles”, dramáticos y neuróticos, inadaptados. Lo eran, y lo cultivaban; al punto que se formó una idea de que para ser un genio había que ser un anormal, y muchos se contentaron con ser sólo anormales y tomar poses de genio. Del seminarista Castellani que “sufrió” su seminario, hoy tenemos por paradigma al seminarista inconcluso por no soportar a los estúpidos mandando, que aparece como más meritorio que el que se hizo cura por carnero. Algunos de nosotros tuvimos la suerte de conocer genios que no enloquecían ni torturaban a sus familiares y allegados, buscando soluciones prudentes y tranquilas sin necesidad de agitar más las aguas; y la de curas que hicieron sus seminarios sin tantos remilgos, sorteando al estúpido que siempre existe.

  La cuestión es que en aquellos tiempos cada uno se la arreglaba como podía, pero mejor si no había curas cerca. El nacionalismo había producido varios y excelentes maestros laicos que enseñaban la buena doctrina, y luego a Misa con los oídos tapados y con una mueca y un gesto displicente.

   Un desastre de tal magnitud no podía perdurar de esa manera y hubo reacciones. Castellani inspiró una de ellas. La individual. Su prudencia política fue infalible en el desacierto.

   Los grupos nacionalistas produjeron “movimientos” basados en la formación principalmente, lo que era imprescindible y fue muy bueno. La cuestión litúrgica era una molestia pero no era un “tema”, lo que es más o menos normal entre laicos y era bastante normal entre curas. Castellani y el mismo Meinvielle tenían mucho que ver con esto, no fue un tema que entró de lleno en sus preocupaciones ni en la de los curas del nacionalismo. Era una cuestión de “especialistas” en esa especie de “protocolo” litúrgico, tarea de sacristanes y no de teólogos; y con el cura aprendimos a reírnos de todo protocolo y de todo sacristán, entendimos que ello era parte del “fariseísmo” que tanto atacaba ( y no era tan así, la frase de la foto lo ajusta). Estas agrupaciones tenían esa nota de individualismo castellaniano en la mochila,  la pose neurótica y anticlerical que siempre impidió una cohesión. Meinvielle con más teología y menos neurosis, tragaba de mala manera las reformas conciliares, pero tragaba. Y no se tragaba mucho a los “enfants terribles”… (Esta idea de que lo litúrgico era una cuestión protocolar que atendían esa especie de “mayordomos” o “sacristanes” de segundo rango, fue la brecha que permitió a Bugninni avanzar en la revolución haciendo el chancho rengo, sin que nadie lo notara hasta tener el asunto cocinado y la teología agarrada de los fondillos. Hay una reciente biografía de Bugnini de Yves Chiron que lo muestra patente. Era un especialista en “formas”, disfrazado de no tener partisanías doctrinarias como todos los liturgistas que se disponían tras los teólogos, y al que nadie tomó en serio. Más tarde saltaría su afiliación a la masonería y lo desterrarían a la India, pero la faena estaba hecha. Esta picardía se les escapó a TODOS, salvo a Calmel. Bouyer muy por el contrario, formó parte de ella sabiendo que impulsaba un monstruo). 

  No podemos dejar de ver que esta solución individual – como toda solución individual-  era la puerta de entrada de la neurosis, de alguna manera perdonable y explicable en el genio y la soledad de aquellos curas que no la quisieron y la tuvieron que sufrir, pero imposible para fundar familias sanas o movimientos fuertes partiendo de este modelo personal. Menos todavía esa orfandad de “parroquia”, de sacerdotes para formar los críos y establecer una mínima disciplina religiosa. La Iglesia se hacía intangible para los buenos católicos.

  Un esfuerzo de reacción sacerdotal se produjo en el Seminario de Paraná y tuvo sus frutos, y más allá de algunas taras producidas por el hecho de que algunos curas querían ser un Castellani (sin el genio y con el cinturón de cuero y la boina), lo cierto es que el noble proyecto sucumbió bajo las subordinaciones diocesanas y una vez que voló el Obispo que lo sustentó, como pudo y no como quiso: caput.

     Había que lograr organizaciones que tuvieran cierta independencia de los cambios episcopales que eran una lotería y que obligaban a la migración de los seminaristas hacia donde se instalaba por suerte temporaria un Monseñor potable al que le quedaba un resto de energía para soportar el embate conciliar. El Opus daba una de las claves para estar fuera del circo con una fachada laica, y tentaba. El Padre Fosbery comenzaba su acción en Tucumán emulando en parte ese modelo. Ya se habían ensayado los Cursillos de Cristiandad como “lobbie” católico laico y había fracasado por no tener a la cabeza curas. (Ni Escribá ni Fosbery eran tontos, mantenían el buque bien asido en sus manos clericales a pesar de la fachada laica).

   Un Monseñor francés había comenzado algo realmente loco, una “fábrica de curas” por fuera de todas esas influencias destructoras que habían frustrado todos los intentos con subordinación diocesana. Sin “oficiales” no habría reacción y lo que había que hacer eran “curas” con profundidad espiritual, esto se caía de maduro, el catolicismo es sacerdotal. Otros – por ejemplo el Padre Buela- comenzaban tareas parecidas buscando encajes jurídicos de mayor independencia, pero aun lograndola, no soltaba las amarras con Roma y sus venturas dependían del padrinazgo de algún Cardenal que guiñaba para los dos lados, o del humor del Obispo de la diócesis en que se encontraban, que soportaría o sabotearía la tarea. La jurisdicción tiene una fuerza enorme en el orden eclesial.

    La fórmula lefebrista de invocar un “estado de necesidad” que los ponía por encima del derecho canónico positivo, la jurisdicción, y sus injustas sanciones, era la única que permitía avanzar sin el sabotaje constante de los leguleyos y quedando fuera del alcance de los diocesanos.  Hay que reconocer que el grito de alerta sobre la cuestión litúrgica fue más mérito del místico Calmel que influyó sobre el prudente Lefebvre.
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   Cada una de estas puntas se fue llevando parte de esa pequeña – pero no tanto-  grey que había creado y acunado el nacionalismo argentino, que más allá de su influencia política (que naufragó en gran medida en los magros acuerdos con los gobiernos militares o con el peronismo, de los que terminaba siendo furgón de cola – y no ajeno a esto estaba Castellani- y que terminaría de hundirse con los acuerdos democratistas con los que perdería toda justificación doctrinaria), produjo un fructífero trabajo religioso y, esa fue su gloria. Y hablo en pasado dándolo por muerto, quedando de él algunos gloriosos restos de oradores laicos que pregonan en el desierto (Dios los premiará).

   Todos nos llevábamos un poco de Castellani. Un poco. Ya que Castellani se agotaba en Castellani, un “drama” que señalaba un momento, un “enfant terrible” imposible de emular ni de seguir (en lo de ser ese “enfant terrible” fue un hombre de su tiempo), que ardió señalando una luz en medio de la tormenta oscura, imprescindible en ella, pero que nació para arder en un momento en que todo se enfriaba y no para construir en orden. Castellani no era para cocer a fuego lento una reacción. Quizá algunos pocos, muy pocos, pretendieron seguir siendo “Castellanis” contra toda razón de prudencia.

   Confieso sin lamentaciones que quienes tomamos el rumbo del tradicionalismo lefebrista, extrañando al principio toda esa libertad y audacia castellaniana y haciéndonos fuerza para recibir  esa “novedad” de la vieja disciplina y estructura católica: clerical, jerárquica, formal y doctrinal ( y para colmo ¡francesa!); con la serena calma de una vida “normal” y comunitaria, sin neurosis y con más sujeciones que libertades... dejamos ir a Castellani. Pero reconozcamos que audacia no faltaba, ya que finalmente eran los únicos que enfrentaron al “aparato” sin tanto aparato, con un coraje calmoso y ordenado, y que estaban construyendo una Institución ordenada para la restauración; no digo “estable” ni “fuerte”, que ya no es posible en estos tiempos, pero con más posibilidades que todas las otras que no habían dado el “carpetazo” jurídico. Nada de “enfants terribles” ni de dramas; arremangarse y trabajar bajo un orden jerárquico, enfrentando sin perder la cabeza.

    Dejamos ir a Castellani como un recuerdo glorioso de una época que pudo ser fatal sin él, pero que formaba parte de las anécdotas que contábamos en la mesa familiar – junto con las de las asambleas setentistas en el colegio o la facu, o los viajes haciendo “dedo”, o las miles de lecturas poco recomendables que teníamos - con el claro aviso a la prole de que ya no correspondía emularlas.

   Con Castellani no se puede hacer una Institución, se puede sobrevivir cuando se grita ¡sálvese quién pueda! en el medio del zafarrancho. Y con él, y no por su culpa, se puede uno encariñar con una pose que gusta de que el zafarrancho continúe. Y nos atrevemos a asegurar que quienes se mantuvieron “castellanistas” de la primera hora, tienen esa tendencia. Miremos por ejemplo la argumentación de su principal admirador, si biógrafo Sebastián Randle, defendiendo el por qué convenía asistir a la Nueva Misa y no a la Tridentina:

 “Y no hay mal que por bien no venga. Más vale ver una cosa como lo que es, que engañarse. Imponer la costumbre de la comunión en la mano en un contexto donde todo tiende a desacralizarse, es una verdadera desgracia. Pero al menos pone de manifiesto lo que piensan sobre la Eucaristía quienes así proceden.
  Y gracias a todo esto resulta más difícil el fariseísmo para quienes creen de veras. (Ahora vamos a Misa con el corazón pesado, sabemos que nos espera una paraliturgia perfectamente abominable, con esas maestras de ceremonia que nos espetan no sé qué locuciones de un lenguaje a miles de kilómetros del Evangelio, con sus “caminos vocacionales”, “comunidades pastorales”, “peregrinaciones” y “signos de la historia”. Pero vamos igual, fíjense. Porque, al revés de lo que sucede con el fariseísmo, donde una exterioridad rumbosa esconde gusanos y cuerpos descompuestos, ahora se invirtió la cosa: detrás de la fachada de una liturgia mundanizada, detrás de las palabras de predicadores imbecilizados e imbecilizantes, detrás de las rastreras cancioncitas con guitarra y panderetas y la bamboleante locutora que acompaña los compases de moda… detrás de todo eso está Cristo, escondido en la Eucaristía, más callado que nunca, más difícil de reconocer que en ningún otro tiempo . Pero está y a Él vamos, porque creemos que está ahí, a pesar de todo. Así en este contexto, donde la exterioridad resulta repugnante escondiendo realidades divinas, resulta más difícil ser fariseos. Aunque los hay, no vayan a creer, fariseos progresistas… vaya si no.)” (pág. 555 del Ier Tomo).    
         Es decir, ¡qué suerte que a Cristo se lo celebra en un lenocinio! ¡Allí no se puede caer en el fariseísmo de las posturas formales indicadas en las rúbricas tridentinas! ¡Oh felix quilombo! Cuando agrega que “también” hay progresistas fariseos, los que nos quiere decir es que los que son realmente fariseos son los viejos tradicionalistas amantes de la buena, disciplinada y reglada liturgia Tridentina. Es decir… nosotros. Es la defensa a ultranza de la espontaneidad y la libertad frente a la disciplina, no ya la tonta, sino toda.

        Podríamos a fin de no exagerar las puestas, decir que se refiere a “esa” cáscara sin espíritu contra la que reaccionó Castellani, y que fue al ámbito de ausencia y vacío de autoridad real que se venía provocando por efecto de las ideas liberales y el ralliement a la república masónica en la clerecía, y que en el débil Juan XXIII encuentra el Luis XVI “providencial” para desatar en hecho lo que era una intriga,  tiempo propicio en que se desató la Revolución Conciliar. Pero no. En su segundo tomo ya su espíritu caótico nos confirma que es una reacción contra los “mil años anteriores” al hacer concluir su “castellanismo” con las ideas de Bouyer a las que toma como obra segura, y a la guía espiritual de Peretó Rivas al que cita constantemente (no sé en qué obras). Con ellos descubre su verdadero rencor:  el “integrismo”, al que identifica con aquel fariseísmo al que entiende, se dirige la crítica de Castellani.

       ¿Será esta la deriva correcta de las ideas del Cura?

     Yo no soy un especialista como el referido, pero, aunque creo que esta deriva era uno de los “peligros” que se corría en una emulación del personaje (sin el genio del personaje), quiero conservar la idea de que Castellani hubiera sido buen vasallo si hubiera habido buen Señor. Que no lo había. Y que como la frase de arriba, no le repugnaba todo protocolo.  Que al querer ser “libres” como lo era aquel hombre extraordinario, sólo han podido ser liberales.

     Pero de todas maneras, me repliego. Quien se haya tomado el trabajo de escribir mil páginas, tiene derecho a exigir la propiedad. Y de hecho, ese Castellani que ha llevado a Randle a ese puerto, no es para mí recomendable. Y sigo disfrutando el mío.

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      El presente relato lo he efectuado como necesaria explicación a mí mismo por algo que creo que se me imputa y me obligó a revisarme. Sebastián Randle en su segundo tomo dice que “Ahora, en estos días, acabo de leer en un blog que si bien Castellani era un genio, no tiene autoridad. ¿Qué no tiene autoridad? ¿Y el bloggero sí la tiene para decir una cosa así?” y recomienda una buena lapidación del petulante. Creo que se refiere a mí por algo que dije y no me acuerdo bien -no creo haber utilizado la palabra “autoridad” aunque sí la otra – y por esto me explayo,  claro que como soy innombrable y nadie puede confesar que me lee, me queda alguna duda de ser el aludido.

   Repasando el uso de los términos tendría que corregir; si partimos del concepto de “genio” de Max Scheler, Castellani no lo era, y si basamos la autoridad en el conocimiento, sí la tenía. Es decir que era una autoridad sin genio. Pero en esto de arriba he usado el término “genial” por el sentido vulgar y no caben dudas que lo era. Y le he reconocido una gran autoridad junto a su mal genio e inimitable testimonio.

     Espero que nadie entienda que he hablado “mal” de Castellani, al que quiero entrañablemente y cultivo periódicamente, pero también que se entienda que sí he hablado “mal” de un castellanismo más aferrado a sus defectos que a sus virtudes - que de ambos tenía a mares - y que pretenden que sus desemboques anárquicos están avalados por la enseñanza del cura. Creo que la línea Castellani-Bouyer es un disparate que sólo se explica en una cabriola desesperada por no tener que reconocer jerarquía alguna ya nunca más, salvo la propia en el resentimiento de la incomprensión.

   Dice Randle en su flamante obra “Otros críticos de la modernidad empalidecen al lado de Castellani: Gilsón, Maritain, Von Hildebrand, Meinvielle, Lefebvre, Amerio, Fabro, Madirán, Calmel, de Mattei, Ferrara y quizá el mismo Michael Davies, parecen sombras escuálidas al lado de este argentino que casi nadie conoce. Quizá sólo Louis Bouyer, quizá sólo Bruckberger, alcanzaron a ver tanto, tan lejos, tan claramente.”.

   Entiendo el párrafo como una explosión de entusiasmo por su autor preferido y la lista heterogénea de autores y personajes como un juego de impresiones hacia un lector al que se le nombran apellidos que suenan y que se quieren sancionar para dirigir la lectura a sus nuevos descubrimientos.  No quiero extenderme en marcar el “cambalache” que arma y que necesitaría una doscientas páginas para atar cabos de porqué estos están juntos y comparados. De por qué la obra del Padre Julio está en Europa desde hace cuarenta años y las Doce Parábolas Cimarronas será un asunto argentino para siempre, sin que esto implique desmedro ni preeminencia de nadie. No me puedo quejar de que el mundo no conozca el Don Segundo Sombra siendo este superior al Colono de Malata, la razón es simple. Tampoco entiendo la obra de Calmel en esta lista, eminentemente mística aquella, y muy por circunstancias crítica; ni sé que corno hace al lado de de Mattei. Pero en fin, por ganas de embromar le recomendaría leer a Calderón Bouchet que sí se dedicó a ello, pero tengo sabido que no le “piace” (leí unos apuntes dónde dice que Calderón Bouchet no entendió a Maurras; está bien, como dice del bloggero, lo habrá entendido mejor él, y si el viejo no entendió eso, pues no entendió nada). 
   Lo que quiero resaltar en la cita es este caprichoso itinerario intelectual de Castellani a Bouyer. Me haré un tiempo para tratar de entenderlo, no es difícil adivinar la confusión que puede producir el hecho de que todo moderno critica la modernidad, aún los modernistas como Von Hildebrand, Maritain y Bouyer (por nombrar los de la lista). Ya dije en artículo anterior que el único contento con la modernidad es un burgués que acaba de comprar un automóvil o regresa de una playa del Caribe, hasta que choca o se enfrenta a la lencería de la patrona. Pero… hay diferencias, con las que Castellani sabía jugar, como con “Bodeler”; y a estos todos los gatos se les hacen pardos y terminan comprando una mula. ¡Al que fuera alcahuete de Bugnini!

    Queridos jóvenes lectores, “pocos y buenos libros” sigue siendo la regla de la salud intelectual y mental. Y “genio” es el maestro y ejemplo de la “vida buena”, no el atormentado. 

             

4 comentarios:

  1. un especial para los amantes del humor....jajajaja

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    Ja, ja... "Dirección Nacional de Transporte no Motorizado de la Subsecretaría de Movilidad Urbana de la Secretaría de Planificación de Transporte del ministerio de Transporte"....

    http://www.lanacion.com.ar/2040178-el-gobierno-designo-una-directora-nacional-de-movilidad-en-bicicleta

    El Gobierno designó una directora nacional de movilidad en bicicleta
    Una arquitecta asumió el cargo que tiene un presupuesto de 200 millones de pesos para el desarrollo y construcción de ciclovías y bicisendas; cobra cerca de $70.000



    http://www.cronica-tv.com.ar/2017/07/ministerio-de-la-bicicleta-partir-del.html
    A PARTIR DE AGOSTO HAY QUE TENER UN REGISTRO ESPECIAL PARA ANDAR EN BICICLETA POR LA CIUDAD: 400 mangos!!!!




    Buenos Aires,6 de julio de 2017:

    El Jefe de Gabinete decide: Desígnase a partir del día de la fecha al Licenciado Luis Carrillo, DNI 32848720 como Coordinador de la Coordinación de Aplicación de Políticas Transversales de Recursos Humanos de la Dirección Nacional de Coordinación Interministerial de Recursos Humanos de la Subsecretaría de Relaciones Laborales y Fortalecimiento del Servicio Civil del Ministerio de Modernización.

    Les juro que no lo escribió Kafka, está en el Boletín Oficial.
    https://www.boletinoficial.gob.ar/#!DetalleNorma/166025/20170706



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    Lo que NO se entiende y prueba que este asunto es un curro es el hecho de que el cargo es NACIONAL y las bicisensas son MUNICIPALES, por lo que la señorita está de adorno.
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    Buenas, vengo por el trámite de mi bicicleta



    ¿Que rodado es?



    28

    Ahh, no acá es la subsecretaría de rodado 26. 28 es en el piso de arriba.

    Gracias



    Buenas, vengo por el trámite de mi bicicleta



    ¿Que rodado es?



    28

    Bueno, tiene que completar 3 formularios y abonar un timbrado, de 8 a 15 hs.

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    1. siguen los chistosos...pero reales.


      Este gobierno sigue enterrándose más y más, pareciera que hacen campaña para que la loka gane. Kambiemos así vuelve Kris.


      El Director Nacional de Disfraces para carnaval, invita al simposium " la evolución de la capa de batman , una perspectiva histórica" en el salon blanco de la casa rosada.


      efectivamente! El cambio es real, pero... Para ellos: .. El préstamo a 100 años era para poder robar con holgura porque ya no había más de donde robar y la creación de esta dirección nacional es la prueba.

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  2. "leí unos apuntes dónde dice que Calderón Bouchet no entendió a Maurras." jajajajaajajajjajaajjajajaja
    se debe reír de esto el viejo tata en el cielo.

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  3. Sin duda que toda la escena política está programada para una nefasta y disgregadora alternancia política .Recordar la débil queja de Cristina en el recuento de votos por un presunto fraude.Pero después tuvo una reunión con Macri,y aquí no ha pasado nada...Y la señora muy oronda presentándose como candidata,a pesar de todas las denuncias en su contra.

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