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viernes, 25 de agosto de 2017

ADELANTE LA FE


Resultado de imagen para imágenes de san ignacio de loyolaPor qué no hay que desacreditar a la Compañía de Jesús
Entre las consecuencias más desastrosas del pontificado de Francisco hay dos estrechamente ligadas entre sí: la primera es una interpretación errónea de la virtud típicamente cristiana de la obediencia; la segunda, el descrédito arrojado sobre la Compañía de Jesús y su fundador San Ignacio de Loyola.
La obediencia es una virtud eminentemente reconocida por todos los teólogos y practicada por todos los santos. Tiene su modelo perfecto en Jesucristo, del que San Pablo dice que se hizo «obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Fil. 2, 8). Estar en la obediencia significa estar en Cristo (2 Cor 2, 9) y vivir plenamente el Evangelio (Rom 10, 16; 2 Tes1, 8). Por eso los Padres y Doctores han definido la obediencia como custodia y madre de todas las virtudes (S. Agustín, La ciudad de Dios, Libro XIV, c. 12). El cimiento de la obediencia es la subordinación a los superiores porque representan la autoridad del propio Dios. Ahora bien sólo representan esa autoridad en tanto que custodian y aplican la ley divina.
Esta ley divina es a su vez superior a la autoridad humana de los hombres que tienen el deber de hacerla respetar. Para un religioso, la obediencia constituye la virtud moral más excelsa (Summa theologica 2-2ae, q. 186, aa. 5, 8). Con todo, se peca contra esta virtud no sólo por desobediencia, sino por servilismo, doblegándose ante decisiones de superiores que son claramente injustas.
El malentendido respecto a la obediencia se da, en el pontificado de Francisco, cuando los obispos, o el Papa mismo, abusan de su autoridad exigiendo a los fieles una sumisión servil a documentos que inducen a la herejía o a la inmoralidad. Indicaciones pastorales así no pueden aceptarse. Sin embargo, en esta confusa situación, quien quiere mantenerse firme en la fe puede caer en la tentación de poner en tela de juicio, no el ejercicio abusivo de la autoridad, sino el principio mismo de autoridad. Esto lo fomenta cierta tendencia psicológica al anarquismo que caracteriza a las generaciones nacidas después de 1988. Al devaluar el principio de autoridad se pierde el sentido de la virtud de la obediencia, con grave perjuicio para la vida espiritual.
Desde esta perspectiva tal vez se atribuyen a los jesuitas culpas ajenas, como la de haber introducido en la Iglesia un concepto hipertrófico y voluntarístico de la obediencia religiosa. Con ese fin se cita a la invitación de San Ignacio a la «obediencia ciega», malinterpretando el sentido que da a esta virtud el fundador de la Compañía de Jesús. La palabra ciega evoca ciertamente la irracionalidad, pero si entre los santos hay un campeón de la racionalidad es el propio San Ignacio, cuyos Ejercicios espirituales son una obra maestra de lógica y se basan en la aplicación del principio de no contradicción al ámbito espiritual y moral del ejercitante.
La afirmación de Guillermo de Ockam, según la cual todo lo que Dios manda es justo, pero él puede mandar incluso algo injusto (iustum quia iussum), sienta las bases del voluntarismo luterano, cuya antítesis es el concepto ignaciano. La obediencia ciega a la que se refiere San Ignacio sería irracional si se prescindiese de la razón, la cual, como él mismo explica, es por el contrario su presupuesto, porque es fruto de una atenta y ponderada reflexión (Monumenta Ignatiana (MI), G. López del Horno, Madrid 1903, I, 4, pp. 677-679).
La obediencia ignaciana no tiene nada que ver con el voluntarismo, precisamente porque se basa en la lógica y el respeto a una ley objetiva divina y natural a la cual debe subordinarse el superior. San Ignacio trata de la obediencia en las Constituciones de la Compañía, en la Carta sobre la obediencia dirigida a los jesuitas de Portugal el 26 de marzo de 1553 y en muchas otras cartas, como la que escribió a los escolásticos de Coimbra, a la comunidad de Gandía, a los jesuitas de Roma, a Andrés Oviedo y al padre Urbano Fernández.
En los documentos mencionados deja patente que la obediencia tiene límites precisos: el pecado es evidencia en contrario. En las Constituciones, por ejemplo, san Ignacio afirma que los jesuitas deben obedecer al Superior «en todas cosas donde no se viese pecado» (nº 284); «en todas las cosas que el Superior ordena, donde se pueda determinar que haya alguna especie de pecado» (nº 547), y en «todas aquellas [cosas] donde no hay manifiesto pecado alguno» (n. 549). Por tanto, cuando la orden del superior induce al pecado, hay que negarse a obedecer.
Naturalmente, se trata lo mismo de pecados mortales que veniales, así como de ocasiones de pecar, con tal de que quien se vea ante una orden injusta tenga certeza subjetiva de ello. Aparte la limitación que proviene de la voluntad, que es el pecado, está la que depende del juicio, como se desprende de la carta a los jesuitas de Coimbra del 14 de enero de 1548, en la que el fundador de la Compañía especifica que la obediencia vale en tanto que «no se entre en cosa que sea pecado o que sea conocida como falsa de manera que se imponga necesariamente al juicio» (MI, I, 1, p. 690).
Este límite también está expresado en la Carta sobre la Obediencia, en la cual el jesuita es invitado a obedecer «en muchas cosas en que no le fuerza la evidencia de la verdad conocida» (MI, I, 4, p. 674). El padre Carlos Palmés de Genover S.J., que ha estudiado este tema, comenta: «Está claro, pues, que la evidencia contraria es un límite natural de la obediencia, por imposibilidad psicològica dar el asentimiento a lo que se presenta como evidentemente falso» (La obediencia religiosa ignaciana, Eugenio Subirana, Barcelona 1963, p. 239). Si en el pecado el límite es de orden moral, en el caso de la evidencia es de orden psicológico. La obediencia es por consiguiente ciega a la hora de determinar condiciones y nunca es irracional.
Cuando la evidencia demuestra que un documento pontificio como la Amoris laetitiafomenta el pecado, un verdadero hijo de san Ignacio no puede menos que refutarlo, y que sea precisamente un hijo de San Ignacio el que lo haya promulgado no significa que el papa Bergoglio sea un fruto de la espiritualidad ignaciana; demuestra hasta qué punto es cierto el adagio corruptio optimi pessima. La corrupción intelectual y moral de la Compañía de Jesús en los últimos cincuenta años no debe llevarnos a olvidar sus extraordinarios méritos en el pasado.
Entre la revolución protestante y la Revolución Francesa, los jesuitas constituyeron una inexpugnable muralla levantada por la Providencia contra los enemigos de la Iglesia. El dique se derrumbó en 1773, precisamente cuando un papa, Clemente XIV, disolvió la Compañía de Jesús, privando a la Iglesia de sus mejores defensores. El padre Jacques Terrien ha llevado a cabo una minuciosa investigación histórica sobre una tradición que se remonta a los primeros tiempos de la Compañía, según la cual la perseverancia en la vocación en el seno del instituto fundado por San Ignacio sería prenda segura de salvación (Recherches historiques sur cette tradition que la mort dans la Compagnie de Jésus est un gage certain de prédestination, Oudin, París 1883).
Entre los numerosos testimonios aportados por el religioso, desde los bolandistas hasta santa Teresa de Ávila, reviste particular interés una revelación que tuvo en 1569 san Francisco de Borja, prepósito general de la orden. «Dios me ha revelado –afirmó el santo español– que ninguno de los que han vivido, viven y vivirán en la Compañía y mueran en ella por el espacio de trescientos años se condenará. Es la misma gracia que se le concedió a la Orden de San Benito» (Terrien, op.cit, pp. 21-22).
Como la Compañía se fundó en 1540, el privilegio de la salvación para quienes mueren en el seno de la orden se extiende hasta 1840, excluyendo las generaciones posteriores. Y precisamente a fines del siglo XIX se inicia la decadencia de la orden fundada por San Ignacio, si bien con numerosas excepciones. Esta decadencia se ha manifestado de forma significativa en los años del Concilio Vaticano II, y en ella tuvo un papel decisivo el jesuita Karl Rahner, y sobre todo en los siguientes, cuando, mientras era superior general el padre Arrupe, los jesuitas promovieron de diversas formas la teología de la liberación en Hispanoamérica.
Hoy en día, un papa jesuita, formado en la escuela de la teología de la liberación, fomenta la crisis de la Iglesia. Para resistir a una autoridad ejercida abusivamente, pidamos ayuda a los santos jesuitas que en sus escritos o su testimonio de vida nos señalaron los límites de la obediencia: desde san Roberto Belarmino, que recordaba que la regla de la fe no está en el superior, sino en la Iglesia, al beato Miguel Pro, de cuyo martirio se cumple el nonagésimo aniversario este año. Martirio sufrido por su resistencia al gobierno masónico de México el 23 de noviembre de 1927.
Roberto de Mattei

17 comentarios:

  1. Ahora no me salga con que San Ignacio era santo por montañez. Por favor.

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    1. Ni dudarlo!!! Todos los hechos esenciales de nuestra religión ocurrieron en una montaña, el Sinaí, el Tabor y etc etc. jamás en la pampa y mucho menos en una ciudad!

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    2. No necesito al idiota neocón de De Matei para defender a los verdaderos jesuitas, los de antes del concilio. Lamentablemente no puedo leer el artículo por que no tengo un antiemético a mano... estos neoconsuchos de paco tilla me revuelven el stomach......jaja

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    3. No digo que a mi tampoco, pero si le ocultamos la firma, el artículo venía bien.

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    4. Mas que: ¿Quien lo dice? importa: Lo que dice.
      Comparto.

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  2. Ni siquiera es necesario uno formado por la grotesca teología de la liberación, con el puto wochtila ya tuvimos suficiente, pero para gente como de matei hasta que no viniese un bolche como bergog no se daban por enterados de la demolición posconciliar....ay por favor, basta!!!

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    1. Yo creo que ni siquiera eso, si lo hubiera dejado en Radio María y le hubiese permitido disentir, no tendría tanto problema.

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  3. http://elblogdelbuenamor.blogspot.com.ar/ el blog de un jesuita uruguayo, el padre Bojorge.

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    1. "jesuitas" hoy:
      "buenos" por izquierdosos
      "buenos" por derechosos.
      Uruguayos especialmente.

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    2. No dije que fueran buenos o malos sólo les dejé el link.

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  4. "El jesuitismo es postura defensiva. Síntoma de endeblez de la Iglesia.
    El jesuitismo es el intento de utilizar técnicamente, en provecho de la Iglesia, el prestigio y la eficacia de actividades profanas.
    Simple aprovechamiento externo de objetivos que la llama macilenta de la Iglesia ya no funde en bronce cristiano"
    Nicolás Gómez Dávila

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    1. Ya poco se "diferencian" Franciscos y Balagueres.
      Estan en el "mercado" global.Dificil volver a las fuentes incontaminadas.Casi todo chafalonia modernista.Contradictio in adjectio.

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    2. Eso fue la deriva jesuita en el siglo XX, uno no puede decir eso de maravillas como la República Jesuítica de nuestros pagos. Por eso no me gusta hablar de "jesuitismo", sino de traición al espíritu jesuita.

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    3. No entediste nada. El verdadero jusuita el Jorge Mario Bergoglio, que logró ser la autoridad máxima. Para ellos eso fue siempre importante. El "camuflaje" y la evangelización desde lo alto (ver Mateo Ricci en Oriente).
      El la república jesuítica estaba regulado hasta los tiempos de cumplir el débito matrimonial. Una locura.
      Ahora bien, que haya habido liberales contentos con la supresión en el S XVIII, no caben dudas. Pero basta leer las provinciales de Pascal para ver lo que era la Compañía, al menos desde un siglo antes. Además del libro del P. Mariana "Discurso sobre las cosas de la Compañía" (crítica desde adentro).
      Sobre el S XX no caben dudas. Basta leer las cartas a los religiosos de Castellani, escritas en tiempos no sospechosos del Vaticano II.

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  5. 15:23 anónimo dejá de decir idioteces, bergoglio no es jesuita, sos un ignorante hijo de wochtila, bergoglio es un pobre tipo, un puto modernista. En tiempos no sospechosos...jaja
    ¿sos o te hacés? TODO ESTO comenzó con el movimiento litúrgico desviado y los modernistas que panfleteaban los seminarios a hurtadillas en Europa con errores al estilo Loysi y Lammenais ya en tiempos de PÍO X ...
    la bella dodd cuando se arrepintió de ser comunista y se convirtió reveló como habían llenado los seminarios de EEUU de comunistas que luego en la época del vaticano dos ya estaban en la jerarquía así que no hables sin saber. Y si podés leé la conjuración anticristiana de Henry Delassus. La diferencia es que antes del vaticano dos los papas, que eran verdaderos papas, defendían la Fe, mientras que luego del conciliábulo los okupas de turno no sólo no la defendieron sino que encima PROMISCUARON hasta más no poder con los enemigos de Cristo.

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    1. Como todo improvisado, respondés cualquier huevada. No niego eso que decís, te digo las raíces que tiene.
      Pero sé feliz pensando que desde Lutero hasta Loisy no pasó nada. Por las dudas te aclaro que Lammenais murió unos 50 años antes de San Pío X.
      Estudiá en tema de Clemente XIV. Te va a servir para entender.
      Y si podés, aprendé a leer. En tiempos no sospechosos lo puse sobre el tema Castellani.
      Pero es al ñudo repujar cuando...

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    2. A esta "altura" ¿importa "jesuita" u opus? Van por la misma senda.Destino de cloaca mayor; tal cual se les advirtio.

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