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martes, 8 de agosto de 2017

EL TRADICIONALISMO DE BOUYER

Por Dardo Juan Calderón.
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Y  EL BOUYERISMO 
VERNÁCULO 

  La FSSPX después de largos años pasados en el combate por la Misa, expresó sus conclusiones teológicas y litúrgicas sobre la Misa de Pablo VI y el Concilio Vaticano II, en un opúsculo de factura colectiva que se llamó “El problema de la reforma litúrgica”. Dicho estudio no pretendía ser terminante y total y dejaba abierto a nuevas exploraciones. Entre otras el Padre Álvaro Calderón escribió sobre el “Misterio Pascual”, descubriéndonos en toda su amplitud ese “principio”, que rigió en la reforma y que, como tal principio rector había sido acertadamente señalado en aquella obra colectiva.


   Estas son las guías que nos dan una visión decantada y reflexiva sobre el problema de la liturgia reformada, no a la luz de una técnica litúrgica (que las hay), sino a la luz de consideraciones teológicas. El núcleo del asunto era el extensamente mencionado por los teólogos conciliares  “Misterio Pascual”, traído como una vieja tradición de los Padres de la Iglesia y que venía a reemplazar el término “Redención”, dándole una supuesta mayor amplitud frente a una angostación que habría sufrido en el curso de la historia eclesiástica. Idea que había sido consagrada en los documentos conciliares y que de allí exigía y hacía posible una reforma litúrgica.  Idea que conforma toda la teología de Juan Pablo II.

    Nos dice el opúsculo de la FSSPX que haciendo estudios, esta “expresión Misterio Pascual aparece raras veces en los Padres de la Iglesia” y “hasta el siglo XX no había tenido ningún significado particular entre los teólogos” y sin embargo, “hoy se pone el misterio pascual como fundamento y clave interpretativa de todo el culto cristiano”.  Se puede entender entonces que es una novedosa construcción teológica que no encontraba antecedentes en la doctrina y tradición católica, y ciertamente, lo es. Sin embargo esto se contradice con Bouyer que habla de que sería una restauración de una vieja tradición; y lo más curioso, es que también lo es.

    Lo que debe quedar en claro es que este concepto  viene a suplantar lo que en teología clásica llamamos Redención (nada menos). Dice el opúsculo en el art 50 que venimos citando “A lo que llamamos misterio pascual, la teología clásica llamaba el dogma de la redención. Es fácil ver cómo, grosso modo, redención y misterio pascual, coinciden”. Es decir que se suplanta el término Redención, que se vería angostado en esta definición, para ser asumido por otra designación (misterio pascual), más amplia, menos definida, más ambigua, pero - según sus cultores - más mística y más acorde con la revelación apostólica. Veremos.  

    Sabemos que los creadores de este engendro fueron varios, pero entre ellos se encontraba el genial autor del rótulo “Misterio Pascual”: Louis Bouyer (extensamente citado en el opúsculo). Que no fue de los más destacados por haber quedado “tirado” en el camino de la reforma, pero que cobra su importancia por ser justamente el que defenderá el carácter “tradicional” del término a partir de sus profusos estudios bíblicos, con ellos le dará fundamento tradicional a un asunto que para todos era una novedad, yendo a buscarlo a los orígenes de nuestra religión.  
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   La revolución como siempre se comió a sus hijos y Bouyer no fue extraño a esta ley, quedó relegado al ostracismo por nuevas fuerzas, novadores que no tenían tantos remilgos fundantes en tradiciones y que esta novedad – vieja o nueva- les venía de perillas en su desarrollo para deshacer el concepto clásico de Redención y conformar toda una nueva teología.  Este desanclamiento fontal que tan livianamente hacían los Bugnini  llevaba la reforma a términos para él inaceptables - términos a los que no renunció en los hechos hasta que lo echaron - y a los que se prestó más allá de lo digno y soportable con resignación, pero más con cinismo. Bouyer no quería “esa reforma” que se dio, esa chapucería sin otro fundamento ni raíz que no fuera el alago utópico de las más bajas formas emotivas de un mundo ganado por la publicidad, el facilismo y la desacralización. Desacralización no sólo de la vida cotidiana sino hasta del meollo de lo sagrado, el culto a Dios. Él buscaba una reforma que rompiendo los corsés magisteriales de una Iglesia triunfalista que se adentraba en las cosas del mundo y quería ordenar el mundo -  entendía que esta actitud  era la responsable de esta deriva - nos llevara a una “tradición” pura  que nos devolviera a un ambiente místico primordial, allí donde la “revelación” permanecía intacta sin los agregados posteriores de un Magisterio Papocesarista o Ultramontano.   

    Estos términos lo han vuelto un hombre de culto para tendencias antimodernas que de igual manera se han visto desilusionados por un magisterio que se entrega a las más vulgares de las expresiones de lo religioso, a una desacralización grosera y,  haciendo suyas las críticas de Bouyer, han entendido que la culpa de tal situación es por una necesaria reacción del espíritu contra aquel esquematismo tomista e integrismo tridentino que borraron - en términos autoritarios, normativos y por razones de poder - una libertad y espiritualidad que era la que inspiró a los primeros hombres de la cristiandad. Todos ellos en seguimiento de aquel, buscarán la fuente primera de su fe en una “revelación” que se halla saltando por encima del Magisterio eclesial de los últimos diez siglos – por no exagerar- pero que bien podemos extender aún más.

   El absurdo ecumenismo craso que surgió del Vaticano II pretendiendo una fusión sincrética de “ahora en más” - hacia adelante y con lo andado -  para una unidad con las iglesias protestantes, se lograría sin necesidad de ese forzamiento imposible de doctrinas en pugna, volviendo alegremente a antes de la Reforma Protestante y sus consiguientes reacciones integristas romanistas. Volviendo a comenzar desde cuando “fuimos uno” (pero ojo, que aquí va a entrar OTRO, expandiendo ese ecumenismo a una extensión inconfesable). Hay que borrar la historia del desencuentro, y en esta búsqueda de “buena fe” (bastante utópica), no dejar de ver que ambas partes produjeron fuerzas centrípetas del eje constitutivo del cristianismo. En suma, la Iglesia erró hace mil años, o más. La Reforma protestante partió el tronco en dos ramas por su acción y por su reacción.     

    Hay en ellos una entrega emotiva y romántica “À la “recherche du  temps perdú” (temática muy propia y común de los autores “antimodernos” como Proust), a  un tiempo que habría sido de ingenuidad e inocencia mística, un viejo anhelo muy literario de recuperación de una infancia prometedora perdida a manos de doctrinas políticas y disciplinas formales – morales e intelectuales – llevadas por torpes, mediocres, enconados y envidiosos celadores de instituciones de interinato cuasi penitenciarias, que prohijó la Iglesia en respuesta a la libertad caótica de los protestantes y cuyo objetivo educacional era privativamente reaccionario; más que formar católicos, se trataba de impedir que se hicieran protestantes. De la modernidad quizá salva únicamente ese ámbito de charlatanería que se da en los prados Universitarios y que recuerda a las viejas universidades medievales y a los peripatéticos.  

   Sus vidas, sus héroes, sus temas literarios y sus relatos recorren y reiteran estas sendas lacrimosas del genio incomprendido que exhala una libertad inocente que resulta estrangulada por un disciplina que desconfía de todo; sus demonios serán estos institutos y estos regidores endurecidos e incomprensivos, de los que no cesarán de mostrar una y otra vez a los peores y más viles como prueba de su acierto y, cuándo no, se sumarán al anecdotario publicitario protestante y zurrarán a los jesuitas y otros que blandieron su espada contra la Reforma. Entre estas nieblas románticas se hallan - siempre al borde de acantilados (imagen literaria reiterativa del estado de ánimo) - sin alcanzar en sus derroteros desvitalizados las concreciones de una madurez serena que encuentra la seriedad y alegría en el desarrollo de sus actuales condiciones providenciales;  esas que en su protección te devuelven el gusto por las leyes duras, la disciplina, los sargentos gritones, las lecciones de memoria, los reglazos en la mano, los dogmas indiscutibles, los enemigos declarados, los índices de libros prohibidos, los “nihil obstat” y los  institutos penitenciarios o inquisidores. Esas cosas que te forman para responder en responsabilidad a los amores concretos que conviven con uno, que aferramos, reprendemos y acariciamos con las manos, que defendemos con los puños, que besamos con los labios y protegemos a dentelladas.

   Afirmamos que hay en todos ellos – modernos antimodernos -  un mohín infantil en la ajada cara de un hombre que envejeció sin alcanzar la madurez (así como en el estrictamente moderno hay un culto por la adolescencia). Un deambular del intelecto en un ámbito lúdico ya inoportuno y desencajado, inapropiado, asexuado en alusión a lo viril contra lo bestialmente angélico. Fantasía y desilusión. Una utopía inversa de retorno a un Adán soltero al que se le ha permitido comer manzanas.

    ¿Qué han encontrado en este viaje al corazón inocente de la cristiandad? ¿Qué encontró Bouyer, el incomprendido y frustrado como todos ellos?:  ¿Quizá la mística ingenua y libre de los primeros Padres? O más allá…  ¿La pureza de los pentecostales llenos del Espíritu? No; han ido aún más lejos y más profundo, al mismo centro del corazón atormentado de los lamentosos irredentos que vieron en la Cruz y el látigo el fracaso, los que aún esperan al Mesías que les devuelva aquella plenitud del “Pueblo de Dios”, “en medio del cual Dios se paseaba”, que festeja la Pascua de liberación y que ha sido usurpado por una jerarquía eclesiástica católica de rígida faz, agudo mirar y dedo en alto.

    No han encontrado otra cosa que al Judío. Y han descubierto su gnosis esquiva y amarga. Han encontrado una Pascua Judía. El “misterio pascual” de Bouyer no surge de un hallazgo en la tradición de los Padres de la Iglesia como algunos suponen - cosa que el opúsculo de la FSSPX señala oportunamente - sino que surge de una gnosis judía. Hasta allá han ido. Veamos:

   Bouyer, en su obra “La Biblia y el Evangelio”, (Ed Estela SA 1965) al tratar la relación que encuentra entre “La tradición judía y el cristianismo”, nos dice claramente que hemos perdido la relación con esa tradición talmúdica, con esa gnosis judía y no sólo con la veterotestamentaria, sino con la continuidad medieval y moderna de esa producción teológica, que son imprescindibles para darnos la correcta clave de interpretación de la verdad cristiana; ya que toda esta sabiduría es la fuente y continuidad de aquella y sin ella, no podremos comprender el verdadero significado de nuestro culto y hasta de nuestros sacramentos. Y que es trayendo estas fuentes maravillosas que haremos luz sobre nuestras verdades. Y de esta tarea surge el Misterio Pascual, que es tradición, sí, pero tradición gnóstica y judía.
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   Veamos las citas: “Las más recientes investigaciones neotestamentarias nos han demostrado precisamente que el origen de nuestros sacramentos, y sobre todo de la liturgia eucarística, nos será incomprensible mientras no hayamos meditado la liturgia judía. … Si se trata de la eucaristía en sentido estricto, solamente dentro del cuadro de las plegarias de la mesa que Cristo y los suyos habían practicado (de acuerdo a la ley judía), podremos comprenderla plenamente…” (pág. 320)

  Los libros como “El libro de Enoch, la Ascensión de Isaías, el IV Esdras, para no citar más que estos, han sido en la antigüedad considerados como escritos inspirados, al igual que tal o cual padre apostólico. Si la Iglesia, finalmente no ha canonizado esta opinión, ¿no continúan siendo para nosotros unos testimonios de valor incomparable, los unos al alba del evangelio, los otros a su atardecer sin crepúsculo?”(pág. 320). Entonces vemos de dónde viene el engendro, no de los Primeros Padres, sino de libros judíos – no canónicos- que son “tan inspirados” como los Padres Apostólicos. Libros previos y posteriores al evangelio.

    “Con demasiada facilidad hemos confundido bajo el vocablo peyorativo de “gnosis judía” estas aspiraciones a veces confusas, pero siempre profundamente emocionantes, con las cuales el judaísmo precristiano tiende hacia el nuevo “eón”…” (pág. 321).

    “Sin duda los sabios católicos de hoy día son los primeros en recordarnos estos hechos, y que San Pablo está todo él saturado de rabinismo y de gnosis judía…” (pág. 322).

    “De ello se sigue, de modo inmediato, que es una tarea primordial para la teología católica, determinar con mucha más precisión y, diría, con mucha más simpatía que no se ha hecho hasta ahora, esta nebulosa de la tradición judía última, de la cual ha nacido el universo cristiano y el mismo Cristo”. (pág. 322-323)

   “…la actual tradición sinagogal no prolonga su vida entre nosotros solamente de forma material… en la vida que las anima (a esas tradiciones) persiste todavía algo de la vida que animó a los primeros testigos de la palabra encarnada y que anima la palabra misma. ¿Se ha pensado quién pueda y quién deba nutrir más nuestra simpatía dolorosa hacia nuestros hermanos separados del antiguo Israel de Dios. Para los cuales siguen todavía vigentes las promesas? Ellos mismos, todavía hoy, guardan ciertos rastros de luz que nosotros precisamos totalmente para comprender la luz misma de la gloria celestial que hemos recibido en la palabra de verdad”. (pág. 324)

     Nos aclara Bouyer que el Talmud es interpretación de las Escrituras que no podemos soslayar para tener una visión del todo revelado, que este talmud tiene interpretaciones jurídicas y morales (halakah), pero está la homilética (haggadah) que juntamente con “los apocalipsis antiguos, la literatura judía gnóstica o mística que tuvo tanta prevalencia en la época talmúdica y medieval” son fuentes necesarias e imprescindibles. Pero aún más, hay que contemplar “las dos principales producciones… en el período contemporáneo a los Padres de la Iglesia cristiana, el Sefer Yetzirah (libro de la creación) y, en la época medieval, el Zohar, la obra más importante de la literatura llamada cabalística…” (pág. 327).

    Pero no completamente contento con estos agregados a la “tradición” de la cual surgirá el Misterio Pascual, aconseja consultar “En una época ya moderna, en Polonia, en pleno siglo XVIII… el movimiento espiritual de los Hasidim, especie de pietismo israelita, cuyo heredero más auténtico es nuestro filósofo contemporáneo Martín Buber”. “… cuanto más se remonta uno a las fuentes de las tradiciones judías, más se enriquece el conocimiento de sus documentos antiguos… Todas ellas corresponden a aspectos igualmente fundamentales de la espiritualidad de Israel, tal como la ha vivido el Pueblo de Dios, al menos después del exilio,” (pág. 327).

     No es el lugar para seguir abundando en citas, pero tomemos buena conciencia que cuando estos señores se refieren a “tradición, fuentes de la revelación, primeros Padres y aún Padres Apostólicos”, incluyen las fuentes judías preevangélicas, postevangélicas y aún modernas en igual paridad de valoración a la tradición cristiana; aunque me equivoco, ¡con mayor valoración! dada su calidad de antecedente y fundamento: “Esto equivale a decir que lo que se vivió en la conciencia religiosa del pueblo de Dios, tanto antes como después de Cristo, debe constituir motivo de autoridad para los cristianos” (pág. 317) y como ya vimos, eso es el Talmud, haggadah, el Sefer Yetzirah, el Zohar… y hasta Martín Buber. “No se puede aislar la enseñanza de los profetas, por ejemplo, tal como se nos ha conservado en la biblia escrita, de lo que han retenido y comprendido los israelitas piadosos de su tiempo (del de Cristo. Podría haber puesto Su) y de las generaciones posteriores…” (pág. 318). “… después de la conclusión del canon bíblico del antiguo testamento, sería insostenible concebir la vida religiosa, la conciencia religiosa del pueblo israelita y su evolución, como escapando a las influencias divinas”. (pág. 318)

     El misterio pascual es tradición, pero tradición judía y gnóstica.

    Como verán, no es Cristo el fundador de la Iglesia ni el dador de los sacramentos, son cosas anteriores revalorizadas y resignificadas por Cristo, pero a las que alcanzamos en su verdadero sentido – en su plenitud de sentido-  dentro de un ambiente místico (gnóstico) judío. La misma eucaristía – que no es el sacrificio de Cristo sino la celebración de la Pascua judía - no es una institución que alude a Cristo y su historia “…Jesús no se inventa sino que se limita a aplicar, no prescribe ningún rito nuevo, propiamente hablando. Supone por el contrario, el rito que ya existía y que está destinado a proseguir, por el tiempo más o menos largo, esto no importa, que nos separa de la Parusía. Pero Jesús otorga a ese rito permanente un sentido totalmente nuevo y definitivo. Desde ahora, cuantas veces lo realicen sus discípulos… lo harán en memoria de Jesús”. Pero que quede claro, lo que “hacen”, no es lo que hizo Jesús (el Sacrificio de la Pasión), es lo que siempre hicieron los judíos (la cena eucarística), aquella tradición de la pascua; y “esto” que se hace es la celebración eucarística judía, que en lo único que cambia es que ahora se hace “en memoria de Jesús”.  A ver si Bouyer se los explica mejor: “Dicho en otras palabras, en el texto paulino sobre la institución, el acento debe recaer en el “en memoria mía” que es propiamente la innovación cristiana. En cuanto al “haced esto”, lejos de ser puesto en duda por la crítica, representa el elemento ya tradicional antes de Jesús, y no debe plantear ningún problema” (pág. 337). Es decir, que cuando celebramos la eucaristía, no renovamos el hecho sacrificial de Cristo sino el rito eucarístico judío, pero ahora en “memoria de Jesús” que lo resignifica.    

   Como pudimos ver, la Iglesia es el mismo Pueblo de Dios que sale liberado del exilio, su culto es aquella Pascua, todo lo que alcanza una resignificación universal (católica) con Cristo. La redención es “la toma de conciencia de la filiación”, no ya del pueblo elegido sino de toda la humanidad con Dios Padre. Cristo es el puente, el paso, la Pascua de esta transmisión de la condición judía a toda la humanidad. La Pasión de Cristo no es el centro de la Redención, y es más, no es necesaria para los Judíos que ya son Iglesia desde el exilio; es el paradigma humano del proceso humano de expiación y penitencia por el pecado para los gentiles, que nos abre la puerta para entrar al Pueblo de Dios, que es ese mismo que Moisés saca de Egipto, y que se dará con la llegada del Espíritu a “todos” en Pentecostés. “Sólo hubo un pueblo de Dios, que Dios mismo se esforzó en constituir desde Abel hasta nuestro tiempo y no lo formó para ordenar y explotar este mundo sino para elevarlo desde la tierra al cielo.” (pág. 346).

    Fuera de la Iglesia toda posible misión “ordenadora del mundo” (en esto sigue al sueco luterano Anders Nygren), y claramente está definida la continuidad sin fragmentación de: Pueblo judío con Iglesia.

     Acá vemos que el “ecumenismo” que proclama Bouyer, parte de la inclusión de la religión judía como parte esencial de la cristiana. En realidad, aquel tronco que veíamos partido en dos en la Reforma protestante, ¡ha sido malamente separado de su raíz judía por la Iglesia! Acusa en esto a los católicos de haber sido los primeros protestantes al separarse de su raíz y fuente “Si se quiere, los católicos de hoy son más o menos tradicionales y, por tanto católicos tanto de hecho como de principio, cuando se trata del nuevo testamento. Pero se revelan sordamente protestantes cuando se trata del antiguo testamento” (pág. 316). Y esta separación, producto de la incomprensión de la sabiduría talmúdica y gnóstica y su no recepción como parte de la tradición auténtica cristiana, es la que hace que no podamos reunirnos con nuestros hermanos mayores al presentarles un Mesías que rompe con ellos, siendo que es todo lo contrario. Veamos: “Cualquiera que conozca un poco el mundo del judaísmo tradicional con todas sus almas de buena fe, puede dudar de que para éstas , mientras que el Mesías no les sea presentado por aquellos que le han reconocido de forma que ellas puedan reconocerle también, la espera auténtica de Israel continúa perdurando. Por consiguiente, ¿no vive al menos en ellas una chispa de la antigua tradición del pueblo de Dios? ¿Quién podría negarlo, quién podría dudarlo, después de examinar algunos de los documentos de la mística judía medieval o moderna, estudiados por Abelson, un Scholen, un Buber?” (pág. 323). Nosotros contestaríamos que podría negarlo Meinvielle, pero no queremos ser abruptos con tanta prodigalidad manifestada.

    Seguimos en breve, no sin antes recordarles que habiendo sido acusados de incordia con “los propios” por atacar a los cultores de este hereje judaizante - que nada tienen de propio – no alcanzamos a entender que firmes católicos, de recia condición antijudía en todo lo que concierne a la Patria, se hayan dejado embaucar por esta tremenda judaización de la Santa Religión Católica que fue el Concilio Vaticano II y su reforma litúrgica. 
      
(Quité lo de primera parte, porque me aburrió Bouyer y los vernaculos.)
    

23 comentarios:

  1. "Clericalismo ha habido siempre, y el de hoy no es invisible. Por ejemplo, cuando un Jerarca de la Iglesia se cree más infalible de lo que es, y aun más que el Padre Eterno, eso es alto-clericalismo; cuando un súbdito afecta creerlo, bajo-clericalismo. Hoy día es más castigado el que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó, aunque eso sea patente, que el que dijera que la Santísima Trinidad tiene cuatro personas: Padre, Hijo, Espíritu Santo y el Obispo. A este último son capaces de condecorarlo los Canónigos Lateranenses, como a Constancio Vigil. Tal como anda hoy el mundo, por lo menos en este país, un mínimo de anticlericalismo es necesario para la salvación eterna".
    P. Leonardo Castellani

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    1. Fue necesario en ese momento. Ya no. Y digo que ya no, porque no hay más peligro de estos vicios, sino de todo lo contrario. La autoridad ha sido demolida, ese es el problema de hoy.

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    2. Qué cosa! Castellani dijo eso en tiempos de Pío XII!!! Los tiempos que vos reivindicás.
      Claro que en este momento criticarlo te deja sin lectores.
      Te queda decir que Castellani no conoció a Mons. Fellay, si no no hubiera dicho jamás eso de los obispos.

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    3. Calmel también le dice algo parecido (a lo que dice Castellani), a Jean Madirán. Este último festejaba con entusiasmo la subida de Pio XII que quitaba la sanción a la Acción Francesa y se hacía "super papista". Y el Dominico le decía: "¡Ojo! ¡que lo que viene nos lo van a meter con ese argumento papista!" Y así fue. Pero ya no es más, se pasó del "todo infalible" al "nada infalible", de la autoridad en todos los planos, a ninguna autoridad, del "yo digo" al "¿quién soy yo para juzgar?". El problema no es Castellani sino lo que entienden ustedes de Castellani y de los tiempos y sus particularidades. Les pusieron malos curas, y ahora creen que la solución es ningún cura.

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    4. Creo humildemente que el problema está en erigir en principio lo que son soluciones prudenciales, que no dejan de ser tales por mas calificado e importante que sea la persona que las tomó (en el caso el P. Castellani). En la medida en que los sacerdotes traicionaron su misión no quedó otra que ser un poco "anticlerical" para zafar, pero ello no implica dejar de saber y afirmar como principio que el sacerdocio cumple una misión y una función esencial e irremplazable, por lo cual no se puede prescindir de ellos por mucho tiempo sin que se produzca una debacle. Si mantengo el principio, más allá de la decisión prudencial del momento, nunca perderé de vista que tengo que buscar y pedir al buen sacerdote, y una vez que lo encuentro ponerme bajo su mando.
      Coco

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    5. Coco:

      ahí está el punto, "ponerme bajo su mando". Una locura, por más que el sacerdote sea un santo. Es más, si fuera un santo no aceptaría que se "pongan bajo su mando". Eso es clericalismo. Después le preguntamos al sacerdote cuándo cumplir con nuestra mujer, qué regalarle a los hijos, si X es buen novio para mi hija, etc.
      Está prohibido pedir consejo? ciertamente no. Pero "ponerse bajo su mando"...

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    6. Ufff. Así como se pone bajo la autoridad de su jefe en el trabajo, bajo su capitán en el ejército, bajo su profesor en el estudio, pues se pone con el Sacerdote en lo religioso, en lo que corresponde. Con los otros mencionados hay que ver si tienen autoridad propia, es decir, si "saben"; en el caso del sacerdocio no es sólo esto, pues tiene un agregado sacramental que le ha impreso carácter y tiene gracias especiales para su función. Eso es todo, es el sistema de la autoridad que es normal y común en toda la vida.

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    7. Agrego: así como usted juzga sus autoridades en el mundo social, del trabajo y del estudio, para ver si saben lo que mandan, en el mundo sacerdotal el juicio no pasa por su "ciencia" sino por su "sabiduría", que en suma es "santidad de vida". Con más tiempo le explico la diferencia entre "ciencia" y "sabiduría", siendo esta última un don del Espíritu Santo, que suelen tener los más simples.

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    8. A ud anónimo parece que la función de gobierno sacerdotal le da lo mismo.
      Si alguien es tan nabo como para preguntarle que regalo hay que hacerle a un hijo, allá él. Pero le aseguro que en más de una ocasión se puede necesitar dirección para saber cómo cumplir con la mujer, para saber qué tal es X y muchas otras cuestiones.
      Un buen sacerdote tiene una visión mucho más completa y acabada que nosotros los laicos.
      Le guste o no, ellos ejercen una autoridad sobre nosotros, SON una autoridad y por lo tanto debemos (en muchísimos aspectos) ponernos bajo su mando.

      Bernardo Calabrese

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  2. BASTA DE LLAMAR REFORMA A LA COSA ESA.....!!
    si siguen así los acuso ante Esteban Falcioneli jaja

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    1. ¡¡¡No me hagas eso!!! No encuentro la forma de llamarlo sin decir malas palabras.

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  3. Todo tiene que ver con todo. Da la casualidad que a los que les gusta Bouyer también les gusta Odo Cassel, remixador moderno de aquello del Misterio Pascual...

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  4. Estos liturgos y sus admiradores llegaron al judaísmo y más allá; cayendo en esa espiral judaizante que Nimio de Anquín llamó La Religión Noáquida. Es un hecho.

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  5. Qué bobos son.
    La FSSPX comparte el rito de aquellos tiempos preconciliares, pero no las taras que encontró Castellani por aquel entonces.
    M. Lefebvre, mucho antes del Concilio, estando aún en África, pensaba en formar sacerdotes de otro modo al que entonces imperaba. El modo de los tiempos de su formación, que es la de los obispos y seminarios de la FSSPX actuales.
    Los bouyerianos de internet muchas veces hermanaron sin más a los tiempos preconciliares de la Iglesia y a la FSSPX, sin distinguir ni saber bien de qué hablaban.

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    1. Castellani no miraba sus propias taras, era bastante cabezota.

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    2. ¿van a contraer sida?

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  6. Les gusta Odo Cassel? A Carlos Disandro le gustaba Odo Caseel.

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    1. Odo y Disandro lindas piedras pa la honda jeje

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  7. Es verdad que Peretó y Randle se van a circunsidar???

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    1. En la visión de Bouyer, también sería una tradición católica.

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    2. no, se van a circunzidar...jeje

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