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jueves, 17 de agosto de 2017

La idea del pecado en el existencialismo.

Resultado de imagen para calderón bouchet imagenes(Breve fragmento de una obra inédita de Rubén Calderón Bouchet.)

       De todos los existencialistas, el que ha llevado hasta su punto extremo la paradoja de una ética sin otra norma que aquellas que impone “el proyecto”, es Jean Paul Sartre. Interesa esbozar las líneas generales de “eso” que puede llamarse su sistema, para deducir la responsabilidad de un comportamiento que trata de conciliar el “antojo” con ciertas normas de lealtad y de limpieza en la conducta, que no armonizan muy bien con sus principios.


       Nació en París el 21 de junio de 1905 y nos decía al final de esa suerte de autobiografía que llamó, no sin malicia, “Les Mots”: que fue llevado contra su gusto a pensar sistemáticamente contra sí mismo, al punto de medir la evidencia de una idea, "por la molestia que me causaba.”[1] Confesión, que de ser tomada al pie de la letra, habla mucho en su favor, porque sugiere que ha sentido al exponer sus paradojas el mismo sentimiento de extrañeza que podemos sentir nosotros.

       Jugó siempre con la idea de su impostura y no porque él mismo lo reconozca debe considerarse que no era tan impostor como afirma. Le encantaba salir al encuentro de un insulto anticipándolo como confesión, acaso con el propósito de confundir al adversario que nunca sabía bien si se encontraba frente a un bromista o a un cínico: “Por lo demás, esa vieja construcción ruinosa, mi impostura, es también mi carácter, uno se cura de la neurosis, pero no se puede curar de sí mismo.”[2]

       Esta imposibilidad ponía un límite a su rebeldía de ángel caído, porque en aras de un individualismo puramente angélico, se revolvía contra todo lo que podía ser un obstáculo al crecimiento de su antojo. La naturaleza era el mal y no solo porque sus leyes se oponían a la libertad, sino también porque nos veíamos obligados a tropezar con sus contornos como contra un obstáculo. Sentir la naturaleza como un mal era, al mismo tiempo, suponerla un pecado contra la libertad absoluta que solo podía ejercerse a manera de protesta.

       Es la vieja “Gnósis” que vuelve bajo el ropaje de este profesor de filosofía que aspiraba, a pesar de las resistencias de su cuerpo y tal vez de sus propios recuerdos, a vivir en la más absoluta independencia como si el colmo de la sabiduría fuera descubrir ese lugar santo donde el capricho es rey.

       Un año en Berlín le permitió, entre l933 y l934, beber en sus fuentes la fenomenología de Husserl y observar con cierta inquietud el avance de un proyecto político que lo llenaba de amargo desasosiego: el nazismo. En realidad era un proyecto como cualquier otro, pero a Jean Paul no le gustaba tanta vehemencia puesta en querer ser un héroe, cuando la vida de una rata viscosa resultaba más entretenida y barata.

       Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía 34 años y fue movilizado en la MM 70 División con asiento en Nancy. Capturado en su primer encuentro con los Nibelungos de Hitler, se le ahorró la ignominia de ser un héroe y pudo disfrutar la viscosidad de un campo de concentración en Alsacia del que fue librado a título sanitario y volvió a París, no para combatir en el “maquis”, sino para seguir dando clases en el Liceo Pasteur de la capital de Francia.

       Su situación con los ocupantes alemanes no debe haber sido muy mala, porque entre los años 42 al 44 fue profesor de “Khägne” en el Liceo Condorcet, es decir que figuraba en el elenco de los profesores que preparaban el ingreso a la Escuela Normal Superior. Para ese tiempo culminó su carrera de escritor y pudo librarse de las exigencias magistrales y vivir de su pluma. Terminada la guerra viajó a los EE.UU. en embajada periodística y en 1946 hizo una visita a la Unión Soviética y a otros países bajo férula socialista. Probablemente fue en la U.R.S.S. donde decidió unirse al comunismo bajo reservas y seguir siendo un escritor para la burguesía francesa.

       Su obra filosófica más pretenciosa, “L´Etre et le Néant”, apareció en 1942, en plena ocupación alemana y bajo el peso angustioso de una guerra perdida y de la libertad condicionada por el enemigo. Como si este enorme esfuerzo dialéctico lo hubiera dejado con hambre de expresarse de un modo más libre y literario, le suceden novelas, obras de teatro, ensayos y artículos que edita un poco por todas partes y que forman una de las producciones más copiosas y variadas de su tiempo. No obstante la abundancia y la pluralidad de géneros cultivados, sus ideas giran en el cuadro de unos pocos temas que, bien considerados, constituyen un excelente ejercicio de retórica pseudo filosófica.

       Para él, el hombre carece de esencia y por lo tanto de naturaleza. Se descubre en el mundo como un ser que es, al mismo tiempo, nada. En sus propias palabras: “es un ser, que falto de ser, debe realizarse como ser.” La muda subjetividad de este descubrimiento no le permitiría hacerse ninguna pregunta, porque ésta, necesariamente pasa por el idioma, la nación, la historia, la cultura y pone sobre sus hombros todo el peso de una esencia hereditaria, de la que Sartre, como el clavel del aire, prefiere permanecer libre.

       Esa libertad, Sartre la quiere totalmente libre de todo fin absoluto. Ella es el único y último fin al que el hombre debe aspirar y por lo tanto, si no es un fin absoluto, ¿qué es? Es fácil desligarse verbalmente del peso de la realidad y cuando se cree haber alcanzado el punto en el cual ya no existe más nada de qué desligarse, uno se encuentra atado a su densa finitud humana, como la pierna del galeote a la bola de hierro que la retiene.

       Sartre quiere que su existencia sea un nudo aparecer en el mundo, sin nada que la configure, la determine o la condicione. Su realidad futura dependerá de lo que haga y del proyecto que dirija su acción. Por supuesto, el mundo es eso que emerge frente a la existencia y permite, en alguna medida, la realización del proyecto, sin que se nos ocurra preguntar si existe una previa adecuación entre la viabilidad del proyecto y las posibilidades que el mundo ofrece. Una pregunta de este tipo resucita los siniestros cementerios de las esencias, que Sartre quiere definitivamente sepultados bajo una espesa capa de desprecio.

       Siguiéndolo, estamos en perfecta libertad de improvisar nuestra partitura y de configurar la realidad como nos venga en ganas. No habiendo bien ni mal en sentido estricto, todo cuanto hagamos con autenticidad es bueno. El que niega vivir la plenitud de su libertad y se ata a las reglas que nuestro descubrimiento ha derogado, es un cobarde. Todavía es peor aquel que supone el mundo dependiente de una voluntad divina que castiga y premia en un más allá ficticio. Ese merece el nombre de puerco.

       La autenticidad se la supuso siempre como un acuerdo entre el comportamiento de un hombre y las exigencias de su esencia, como ya no hay esencia, debe pensarse como un acuerdo entre la conducta y el proyecto; pero como el proyecto no dibuja su perfil muy preciso, se impondría el antojo. En cada caso es el antojo el que decide sobre la bondad de los actos humanos. Una excelente norma para abrir juicio sobre un supuesto delito que bien podría ser el resultado de un antojo auténtico.

       No ha sido la intención de Sartre configurar una ética y aunque lo tentaba el papel de maestro, se limitaba, en cada caso, a sugerir a sus candidatos o candidatas a seguir el rumbo de sus preferencias, cualesquiera que éstas fueran, siempre que estuvieran sostenidas por el deseo de librarse de algo. No obstante esta falta de sistema cabal, el pensamiento de Sartre, si no una moral, perfila una ideología.

       ¿Por qué decimos que esboza una suerte de ideología y no se pierde, simplemente, en el absurdo de una paradoja literaria?

       Suponemos, no sin ingenuidad, que las ideologías son edificios conceptuales que confirman y explican el poder político, pero tenemos que recordar también que para alcanzar ese objetivo hay que destruir el orden allí donde queda un retazo y, al mismo tiempo lanzar contra los que lo defienden una agresión permanente que, desde la amenaza hasta la extorsión, pase por todos los grados de una prolija descalificación. Jean Paul Sartre sobrellevó este manejo del anatema y fueron proverbiales el uso y el abuso de los denuestos: puerco, rata viscosa, basura de la historia y otros especialmente indicados para herir las almas sensibles que se atrevían a defender una parcela de la moral demolida.

       Sería inútil decirle que él tampoco pudo resistir el embrujo de ser un cobarde solidario, ni de reservarse cochinamente una modesta esjatología que lo hiciera descansar en un futuro de canciones socialistas.

       En verdad nunca fue miembro del Partido Comunista y como no pertenecía a sus filas, no corría el peligro de ser depurado. Gustaba de mantener con el Partido esa sensación de “bastardía”, que le permitía obrar en todas partes, como un polizón, como un agregado y estaba dispuesto, en su relación con el comunismo a ser, si era necesario, el imprescindible traidor del drama.   

       “La rata viscosa no ha traicionado –escribía en una nota— pero el Partido está seguro que podría hacerlo si la ocasión se le presenta. En pocas palabras, es un término que designa esa categoría de individuos –muy expandida en nuestra sociedad: el culpable a quien nada se le puede reprochar. Estas ratas viscosas son traidores en potencia y la contradicción de nuestro tiempo está instalada en ellos ¡Muchachos, queridas ratas viscosas, corréis a la guerra! Podéis creerme, es una rata viscosa la que os habla.”  [3]

       No se podía ir más lejos en una adhesión que se reservaba el beneficio de la traición y la enorme prerrogativa de mantenerse como una rata viscosa en el seno de la burguesía para disfrutar los beneficios de una libertad y de una prosperidad que el comunismo no podía darle.

       “Me hice traidor y he permanecido en el papel. Aunque me ponga entero en lo que comprendo, me dé sin reservas al trabajo, a la ira, a la amistad, en un instante, me renegaré, lo sé, lo veo y ya me traiciono, en plena pasión, por el presentimiento gozoso de la traición futura.”[4]

       Podemos creerle bajo palabra o tomar sus declaraciones como una trampa en la que este insigne tramposo ha hecho caer a sus lectores más entusiastas. El R.P.Régis Jolivet le dedicó un ensayo, a mi parecer demasiado serio, para hacer la crítica de un pensamiento que, si bien posee un excelente arsenal dialéctico, no tiene ningún propósito efectivo de iluminar el fundamento de la realidad. Llamarlo realismo absoluto o idealismo absoluto es lo mismo que afirmar que es un disparate haberse divertido muchísimo con esas apreciaciones de escuela, hechas por un buen sacerdote al hombre que había colgado todas las sotanas y roto todos los esquemas por donde ha transitado la inteligencia de nuestra civilización.

       No obstante habernos definido como a una pasión sin sentido, Sartre considera que el humanismo existencialista debiera integrarse al marxismo y evitar así que este último cayera en una suerte de esclerosis escolástica. “Porque el marxismo -escribía— lejos de estar agotado es absolutamente joven… Es el humus en el cual deben formarse nuestros pensamientos y el cuadro que deben adoptar so pena de perderse en el vacío y retroceder.”[5]

       ¿Por qué este hombre que no cree que haya esencia ni naturaleza humana, nos pide que seamos fieles a un esquema racional so pena de retroceder … ¿en qué? Es verdad que esa juventud perenne del marxismo se funda en el despojamiento total de la condición humana que sufre el proletariado y que le convierte, gracias al método revolucionario inventado por el marxismo, en el necesario proveedor del futuro proyecto de civilización política.

       En otras palabras: la perfección, la beatitud, el ser… vendría de lo que no es, de la negación absoluta…y esto porque Jean Paul Sartre jugaba con las evidencias y emparvaba humo con las palabras.

       Puestos en la necesidad, por razones de espacio, de poner fin a nuestro boceto de la ética sartriana, nos vemos en la obligación de afirmar, contra sus más caras pretensiones, que fue un pensador burgués en lo más profundo de su inspiración. Eso sí, un burgués químicamente puro y no un burgués que oculta un viejo siervo cristiano, o un caballero o un señor. Tiene del burgués la orientación hedonista de la vida y un individualismo tan exasperado que puede exclamar en un momento de sinceridad “que l´enfer sont les autres…” Es lógico que en esta conciencia crispada por la clausura, donde no hay amor, ni trascendencia, ni historia, ni familia, ni patria, ni honor, haya un cierto deseo de encontrar a los demás por el camino de una entrega burlesca a un movimiento de solidaridad en la abyección. Esto por el solo hecho de que no se aburre en su soledad y en su hartazgo. Hay un texto en “La Nausée” donde expresa con prolija severidad este estado de su ánimo:

       “He aquí lo que hay: muros, entre los muros una pequeña transparencia viva, impersonal. La conciencia existe como un árbol, como una brizna de hierba. Dormita, se aburre…Y he aquí el sentido de su existencia: tiene la conciencia de estar de más. Se diluye, se disuelve y busca perderse sobre el muro oscuro, a lo largo del reverbero y allá lejos en la humareda de la tarde. Pero no se olvida nunca; es conciencia de ser una conciencia que no olvida. Esa es su faena.”

       Si ha hecho un aporte positivo a la ideología marxista ha sido el de despojarse a la burguesía, fascinada por su pensamiento, de sus últimas adhesiones a una realidad y a una ética que se agotaba en los canteros de su pequeñez abrumadora. Reducir el mundo y la conciencia al tamaño de su miseria y proveerlo más tarde con la ulcerada convicción de su absoluta inutilidad, fue una obra de depuración que realizó con mano maestra, aunque sabía, al mismo tiempo, que esa obra de destrucción no tenía ningún sentido y era, en el fondo, una ínfima trampa para ocultar su profundo disgusto de ser.

       Su entrega al comunismo bajo beneficio de inventario no fue nunca sincera. No podía ignorar que la condición proletaria no cambiaría mucho con el advenimiento al poder de una oligarquía comunista. Sabía también que su propia condición de escritor burgués bien pagado no tenía ninguna posibilidad de ejercerse en un estado comunista, pero quería darse el gusto de zaherir a su clientela burguesa diciéndole que su condición inevitable era traicionar su propia causa, su propia realidad y su propia conciencia, si es que le quedaba un resabio del sentimiento de culpa dejado por el cristianismo. Lo que escribió de Baudelaire en su conocido ensayo, vale también como confesión propia:

       “Baudelaire no puede tomar en serio sus empresas; vio muy bien que no hay en ellas nada que no haya sido puesto con anterioridad. Si ha considerado con frecuencia la posibilidad del suicidio, es que se sentía de más… Se aburría y ese tedio es el puro tedio de vivir de que habla Valery, es el disgusto que el hombre tiene necesariamente de su sí mismo, es el sabor de la existencia…”

       Se puede hablar mucho y muy mal de Jean Paul Sartre; hacer   hincapié en su desolado pesimismo o abundar en descripciones de la viscosa voluptuosidad que desplegaba para distraerse. Una sola cosa se puede decir en su elogio: no era un imbécil y se conocía con tremenda lucidez.






[1] SARTRE,Jean Paul, Les Mots, Gallimard, París 1964,p.210
[2] Ibid.p.211
[3] JEANSON,F.,Sartre,ed,du Muid Seuil,París 1955,p.160 cita.
[4] SARTRE,J.P.,Les Mots, ed.cot.p.198
[5] SARTRE,J.P.,Critique de la Raison Dialectique, Gallinard, París 1960,p.29

12 comentarios:

  1. ¿Existe algún tipo de existencialismo aceptable?. Por ejemplo, Marcel o Kierkegaard, que Castellani elogiaba tanto.

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    1. Ese castellani fue un cabezotas y los que lo siguen otro tanto.

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  2. Sí.
    Gabriel Marcel, Kiekegaard, Saint Exupery, Thibon, Gambra, De Corte...
    Los últimos tres fueron tomistas, pero dependiendo de la obra y de lo que quisieron decir en ella, se puede decir que también existencialistas.
    Al no articularse en un sistema, a veces cuesta ver el existencialismo en cada obra particular (en Marcel y Kierkegaard se ve más claro).

    Entre los argentinos, Montejano; tal vez por saintexuperyno (y claramente no deja de ser tomista).

    El tomismo todo lo reflexiona desde las cuatro causas (política, educación, etc). Es más riguroso, pero no siempre llega al nudo, o al menos con la misma facilidad que el existencialismo. Depende el objeto sobre el que se filosofe. Uno de los temás típicos donde el existencialismo hizo mejor papel fue el "arraigo", pero hay otros (la subjetividad en K, etc).

    Otra cuestión será ver si sin "sistema" hay filosofía. Si la filosofía es tal por su fin, por su fin y su medio, o solo por su medio.

    Yo creo que lo es solo por su fin, que filosofa quien, reflexionando sobre un objeto determinado, llega a la verdad del mismo, sin importar el modo.
    De lo contrario sería filósofo Hegel y no Kierkegaard...

    No obstante, a pesar del no-sistema, algo de tomistas tienen todos los buenos existencialistas, al mostrarse firmemente anclados a las cosas sobre las que reflexionan, mientras vemos más arriba que exactamente lo contrario fue Sartre, el demoledor.

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    1. Como buenos existencialistas son unos enredados del demonio. Los existencialistas NO pueden ser tomistas. Pusieron la existencia por encima de Dios y eso es en sí una canallada propia de idiotas.

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  3. No estoy de acuerdo con el parrafo de que el tomismo "no siempre llega al nudo", porque "parte del nudo". Hay un existencialismo que no trasciende la existencia (JPSartre, por ejem) y se quedan orondos en ella, siendo Sartre la conclusión logica de esta opción. Y hay otros que intentan y hasta que logran encontrar la trascendencia (los mencionados anteriormente). Nosotros con la fe, encontramos esos caminos de "búsqueda" de lo trascendente, un tanto estúpidos, pues en Cristo está todo dado, el nudo, el punto, el final. Ecce Hommo. No necesitamos todo ese "filosofar" para llegar al nudo ¡estamos en él!Para que tengas una idea, nosotros ya sabemos "el camino" porque nos fue revelado aun hasta los más simples. Ellos se perdieron y fueron encontrando desde la reflexión sobre la existencia salidas a lo trascendente , es divertido verlos dar todas esas vueltas (para nosotros innecesarias), y tiene algo de mérito y algo de vanidad (según el autor hay mas de uno o o de otra), y en sus derroteros hallan razones que no sirven para confirmarnos, y a veces laberintos que sirven para entretenernos tontamente. En fin, de una camino como flecha hacia el objetivo, hacia el nudo, que nos muestra Cristo, ellos dan un rodeo enorme que a veces termina bien, y oras no. El peligro de estos rodeos turistico-filosóficos, es un cierto orgullo por ser "nosotros" los descubridores de aquello que solo puede ser descubierto por la gracia, que se recibe desde la humilde postura de nuestra "entrega". Ese es Santo Tomás, y si ven en el inteligente comentario anterior, algo de esta vanidad se expresa.

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    1. ¿a ud le resulta entretenido los vericuetos del demonio? esos filosofuchos apestn.

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  4. Por supuesto que no hay tomismo con su sistema y sin el ser. Eso es ideología en clave tomista.
    Esto se ha visto mucho en los últimos años, cuando desde un supuesto tomismo se defendió el participar en democracia.
    Un verdadero tomista no se agarra del "mal menor" olvidando el resto.
    Lo que hace es ver las causas del objeto "nación" sobre el que se debe gobernar.
    Así, la causa material ya no sirve más (la gente a gobernar) y la causa formal (la autoridad), atenta contra el buen gobierno, en tanto el sistema de partidos liberal de masas es el que es.
    Por no decir nada de la causa final, que ya a nadie le importa y es primera en la intención.

    Me expresaré mejor: no es que el existencialismo llegue a nudos que el tomismo no. Sino, que es más fácil pensar ciertas cosas, dependiendo de cuáles sean, por fuera del tomismo.
    Aún más. Hay temas sobre los que se indaga mejor desde ciertos modos de literatura que desde el existencialismo. Esto mismo le sucedió a G. Marcel, quien reservó ciertas cuestiones para sus obras de teatro, por ser allí más fáciles de abordar (ver, en especial, El mundo roto).

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  5. No coincido. Desde el Tomismo se puede reflexionar (filosofar) sobre muchas cosas que no son Cristo y que también siempre han valido la pena pensar. Siempre se hizo lícitamente en autores nada naturalistas. Pensemos, por ejemplo, en las cuestiones físicas (movimiento -acto y potencia-).
    En estos temas que no son teológicos se usa a Aristóteles y a Sto. Tomás en lo que avanzó más que el Filósofo, como también a otros autores tomistas posteriores que aclararon aún más al Aquinate en cuestiones como la analogía y el orden (Fabro y otros muy fieles a Tomás lo hicieron).

    Pablo.

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  6. Excelentes comentarios. Muchas gracias a todos

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