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martes, 5 de septiembre de 2017

DE SODOMA Y EL ENCINAR DE HEBRÓN

Por Dardo Juan Calderón.

 Para decir que este mundo actual es Sodoma no hace falta forzar mucho las interpretaciones. Los parecidos son enormes, basta con desplegar el diario de la mañana o ver algún programa de tele. La satisfacción de toda curiosidad sexual es la gimnasia común de todos sus habitantes (el pobre Don Juan sería hoy un buen muchacho de provincia). Parece que las ideas están destruyendo al hombre, pero es también evidente que estas ideas destructoras, en especial el liberalismo,  calaron más hondo en los vientres que en los caletres. 

Ya Werner Sombart nos había demostrado  con suficiencia  en su obra, que todo este sistema que llamamos capitalismo (hoy asociado con el socialismo, como era de prever) era un asunto nacido en las alcobas de las meretrices que rodeaban su oficio de toda forma de halagos a los sentidos y a la sensualidad (la vista en los caros adornos y cuadros,  el tacto en mármoles maderas y telas, el paladar en el arte culinario y los vinos, el ingenio en la literatura galante y la cultura de espectáculos, y los mimos al cuerpo en sus “baños”) todos preparatorios de la cumbre del placer bien estudiado que se daría entre sábanas de seda y edredones de plumas. Es lo que él llamó el “lujo”, fenómeno que produjo todo un comercio, una producción y hasta la formación de las grandes urbes que transformó el mundo medieval de a poco hasta convertirse en todo por lo que vivimos en estas épocas. Lujo y placer.

    De origen femenino, y como forma de captar los favores de los hombres poderosos por parte de las cortesanas, terminó convirtiéndose por efecto de la lucha en una competencia desleal por los hombres, en la manera femenina normal de ataviar las casas, de vestirse, de comer, de adornar y de pasear y mostrarse en los espectáculos por las comunes amas de casa (demi-mondaines – semimundanas- las llama Sombart). Pero el hombre también compró y por más Don Juan y bravo que fuera, ya se estaba afeminando. Hoy esos gustos hacen parvas de maricones bon vivants y escanciadores.

    Parece que en Sodoma esto se dio de forma vertiginosa, y si nos llama la atención la degeneración producida por el asunto de Lot y los Ángeles que vinieron a buscarlo (los vecinos de Lot, al ver los ángeles tan bellos, los pedían para violarlos) y aún Lot ofreciendo sus hijas mujeres y vírgenes a cambio de esto que buscaban, los infames se negaron  e irrumpieron a la fuerza en la casa (como es de suponer, los ángeles los dejaron ciegos y se acabó). La pederastia no es otra cosa que esto mismo, la necesidad de violar ángeles, costumbrecita que según cuentan tiene varios cultores en la misma Roma Vaticana, y resulta muy del gusto en las altas esferas de poder, siendo que parece que la misma Hillary organizaba orgías con menores en aviones de pasajeros, más allá que la misma práctica en las clases bajas toma como siempre ribetes dramáticos y termina en la cárcel.  El mundo de hoy ha excedido con mucho a Sodoma; pudo con los ángeles.

    La organización Iglesia ha sido penetrada por estos vicios nefandos hasta grados inconcebibles y aunque lo quieran negar y no hagan caso a las estadísticas seguras, esto ha sido desde el Concilio Vaticano II. Por supuesto que algunos sacarán a relucir algún viejo monje maricón que publicitara Eco, para decir que esto estaba antes, pero la impureza del clero en forma vertiginosa es algo que no se puede negar, ni ocultar su producción catastrófica a partir de las reformas  del mencionado Concilio. Los negadores de esta causa-efecto son ciegos porque no quieren ver  y harán las más enormes piruetas para salvar las culpas del Concilio que golpean con su evidencia, tratando de encontrar lo “salvable” en un esfuerzo casi ontológico, porque desde lo moral no hay manera alguna de salvar ni un ápice de este mal árbol que ha dado frutos de perdición. (Lean el libro de Lugones sobre la República jesuítica, y verán a un hombre – que no era de fe en ese momento -  maravillarse que en doscientos años de dicha aventura espiritual no existe registro de un solo caso de mancebía de un cura con una india).

       Hagamos un juego simbólico de números. El Concilio, expresamente y como objetivo declarado, abrió las puertas de la Iglesia al mundo y antes de que entraran las ideas en la pobre cabecita de los fieles comunes, la corrupción de ese mundo entró hasta sus entrañas. El noventa por ciento de los fieles que ansiaba las promesas lujuriosas del mundo moderno para ser vividas sin culpa (pues ya las estaban viviendo a medias y con culpa) y que por esas ansias aceptó un cambio de doctrina (y no al revés esta vez), se perdió sin remedio. El Concilio, en breves conceptos, no fue otra cosa que la permisión del pecado en la vida del católico, y una doctrina baja, superficial y socarrona que justificaría este hecho ante la impotencia del recurso a la disciplina. El Concilio, siguiendo el discurrir de Sombart,  fue un asunto de braguetas  y un pensamiento inspirado desde la picazón del fondillo (Celíne lo anunciaba).

   Esos católicos, ese noventa por ciento, enfangados en el placer más imbécil, buscando un dios que aliente sus orgías de clase media con lencería de confección, o sus resentimientos de clase baja por no lograr en la miseria que el sexo “protegido” no los destruya; es la iglesia de Francisco, y digan lo que digan, el “modernismo” es una religión inspirada por el deseo del placer sexual. Todos esos tratados teológicos tan místicos y simbólicos (como los del mismo Ratzinger, o el de Bouyer), no son otra cosa que justificar al católico en el acceso al placer que promete el mundo y, aquel dios que nunca se ofende y tiende su mano al pecador, no es otra cosa que el girar la cabeza frente a la molicie de la tropa. Ya tenían claro el dicho español de que “si para el sexto no hay perdón, y pal noveno rebaja, ya puede ir San Pedro, llenando el cielo de paja”, y lo sabían por la propia experiencia de sus dislates “culturales”.

    Retrocedamos un poco para ver el efecto. El hombre medieval – aun el poderoso-  llevaba una vida dura en casas incómodas, con mínima sensualidad en sus costumbres, y ni qué hablar de sus leonas mujeres. El trato personal era escueto y sobrio y la cultura consistía en el conocimiento de su religión. Sin embargo, no es que no conocieran una maravillosa arquitectura, objetos preciosos ni obras de arte, ni buenas telas, mejores muebles, ni poesía, ni ceremoniales y músicas refinadas. Sino que todo esto que era precioso, era para el culto y no para la vida diaria. Lo mejor de la materia,  el oro y las piedras, la pompa y el refinamiento, sólo eran propios para el trato cultual con el Dios que no sólo nos había dado toda la tierra con sus bellezas, sino que se había entregado al suplicio por nosotros. Una vida adusta y un culto exuberante.  La una expresaba el valor del hombre, y la otra el de Dios. Existían leyes muy duras que prohibían el uso de los metales preciosos en adornos que no fueran para el culto, leyes que se fueron quitando en el renacimiento.

     La lujuriosa idea que formó al protestantismo como alma y corazón del capitalismo burgués, reprobó con sus caras de calzoncillos puritanos ese lujo de la Iglesia…  y lo transformó en mercancía, en lujo para los hombres. Un culto adusto y una vida exuberante. Quién tenga una mínima sensibilidad para los símbolos notará el cambio de los platos de la balanza. Y quien tenga una mínima sinceridad para con uno mismo, no dejará de notar que un parecido camino, vergonzante e hipócrita,  hemos recorrido los católicos. Hoy hay más mármoles, lozas, bronces y metros cuadrados cubiertos en el baño de nuestras casas que en el baptisterio de nuestras Iglesias. Y creemos que está bien. Hasta el católico más pintado se quejará de la “pompa y ceremonia” de la vieja liturgia, reclamando una sencillez para con Dios, que será todo lo contrario en la fiesta de casamiento de su hija que tiene el “introito” con vieneses valses,  o New York, New York de Frank Sinatra, según el tiempo que lleva la fortuna dentro de la familia.

    Quienes hayan realizado la desagradable tarea de pasar la colecta un domingo en la iglesia, tendrá la prueba de que nadie dedica al culto una suma parecida a la que dedica a su trasero en papel higiénico y pomadas. Encontramos de mal gusto que Celine nos recuerde que nuestro culto primordial es el del culo, pero saquen cuentas.

   Sé que hay algunos que encuentran de mal gusto el exceso rigorista en la liturgia, es decir, en el trato con Dios, y que hasta les parece un tanto refinado el revestimiento de un Obispo a la antigua, con sus zapatitos blancos o rojos, y correrían o han corrido a la zapatería a pagar los zapatitos de su dama sin mirar en gastos. Todos reflejos burgueses. ¡¿Qué necesidad tiene Dios de pompas y alhajas?! Pero yo sí. ¿Cómo podría recibir a mis amistades y relaciones sin mostrar algunos lujos? El baño no puede ser un simple meadero. Gastaré con ellos un trato riguroso, amable y digno, y Dios entenderá que ya voy a su casa sin muchas ganas de gastar ni de tratar.

   Todo al revés y bien justificado. Salame con el Cristo Obrero, y jamón con el Licenciado. No puedo contrariar el curso de la vida.

    ¡Y cuál es la más rebuscada justificación! Esa falsificación que hemos establecido con la palabra “cultura”; que ya no es el culto a Dios, sino el refinamiento en el trato con los hombres.

    Volvamos a las cifras. Dijimos que un noventa por ciento ya tiró la chancleta. El otro diez es “culto”. No dedicado al Culto, sino a la cultura, esa falsa cultura humanista que si nos ponemos freudianos, no es otra cosa que la sublimación de nuestra tendencia al placer ocultada en la sensualidad de las “cosas”.  Una cultura de meretrices, de gobelinos y poltronas, de joyas y relojes, de “comodones” y muebles de estilo, de literatura de pirotecnia, de sabiduría de turistas. Y diez pesos en la colecta pero mil libros leídos.

    Ese diez por ciento que no se revuelca con la sirvienta, se revuelca en su sillón, y como Lot, no queremos abandonar Sodoma. Debe haber todavía cien justos. Tengo que dejar todo. Mi obligación está en mi puesto. Mi patria. Mi gente.

   Esta Iglesia también es de Francisco. Lo increpan, lo niegan, lo ven revolcarse con la chusma y prefieren a Benedicto y sus revolcones con la falsa filosofía, uno se revuelca como un patán, y el otro como un culto caballero, como nosotros al fin. Pero también para ellos hay lugar en Sodoma y también ellos ofrecen sus hijas vírgenes mientras retrasan el llamado de los ángeles (me imagino a la pobre Edith que además dejaba a sus futuros yernos que no querían seguirlos en la locura y que sin duda eran jóvenes y prometedores sodomitas que “ya se convertirían”).

   Francisco es bien consciente de las dos Iglesias que gobierna, y así como les declaró a unos el 24 de agosto – casi “ex cátedra”- que la reforma se mantiene y avanza – que se queden tranquilos -  así nos ha dejado esos “yernos” conservadores para que nos mantengamos en Sodoma porque quedan diez justos. Y ellos y nosotros somos “cultos”, y buscamos un Culto adusto, nada de revolcones con la chusma, pero tampoco aquella exageración medieval. Vamos por el medio, haciendo serio el Novus y disminuyendo los besamanos del Vetus.

   Abraham y los elegidos estaban un poco más lejos al norte, en el encinar del Hebrón, Lot eligió la llanura de Sodoma (que quiere decir tristeza) y aunque Abraham les había dado ya una mano al rescatarlo cuando enemigos de Sodoma los esclavizaron, ya Lot no podía volver con él. Y sigue aquella aventura en que Edith vuelve la vista sobre la ciudad amada y queda convertida en sal. Él no encuentra lugar donde aplacar su nostalgia a pesar de que Dios le indica la ciudad de Zóar (¿tuvo miedo? ¿no quiso ser extranjero?), y haciendo morada en el desierto, sus hijas solteras lo emborrachan y procrean con él a Moab y Ammón, de donde vendrán los moabitas y amonitas que volveremos a encontrar en guerras con el pueblo elegido.

    Estarán ustedes esperando la moraleja del relato, y pensando que hay que escapar de Sodoma, hacer de tripas corazón y no girar la cabeza, de aquella Sodoma que es divertida y que depara tristeza. Pero no. No está allí la moraleja, está un poco más atrás, en el momento que Lot pide separarse de Abraham porque las pasturas ya no dan para los rebaños y el asegura sus riquezas en la división, yendo a las llanuras de Sodoma – ciudad de hombres- y terminando en la miseria y la degradación.

   Más le hubiera valido perder el rebaño y su posición patriarcal, y seguir con Abraham al encinar del Hebrón. ¿Y qué es el “encinar”? … Dice el Génesis: “Y levantó Abraham las tiendas y vino a establecerse en el encinar de Manré, cerca de Hebrón, donde edificó un Altar a Yahvé”. El encinar es el lugar indicado para el culto y no para las cabras, el lugar propicio para levantar el Altar, y esta cualidad es la que elige Abraham sobre la practicidad de Lot que elige las llanuras pastosas. Sigue el Génesis “Y apareciósele  Yahvé a Abraham en el encinar de Manré mientras estaba sentado en la entrada de la tienda durante el calor del día. Alzando los ojos miró, y he aquí que estaban parados delante de él tres varones. Tan pronto como los vio, corrió a su encuentro y postrándose en tierra dijo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego no pases de largo junto a tu siervo, y mientras comían,  Abrahám se quedó junto a ellos de pié bajo el árbol”.  Abraham había elegido el lugar propicio para el culto, había erigido el altar, las encinas son la Iglesia y son el Templo, en ellas se presenta la Trinidad y mientras comen (el sacrificio) el queda de pié bajo la encina.  No es tan difícil de interpretar,  Lot ya estaba perdido tiempo antes en su elección práctica y su destino era la tristeza (Sodoma), dejando en este caso librado a la imaginación el resto del relato para ser aplicado a aquellos que no han elegido “por sobre todo” el culto a Dios. Culto de prosternación en tierra, de recogimiento y apartamiento respetuoso de lo Sagrado, comida a la que recién seríamos convidados con Cristo que develará el misterio de los Tres Varones.


    Estatuas de sal, el desierto, la extrañeza, la tristeza, la soledad,  el incesto y una descendencia enemiga espera a aquellos que amaron a Sodoma y que hoy necesitan abandonarla, porque no supieron adorar  humillados en el piso, en al Altar bajo la Encina.

17 comentarios:

  1. "El lujo es vulgaridaď" (Indio Solari).

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    1. "Todo lo que hacemos, lo hacemos por una mina" Dolina.

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    2. TOUR DE LA NUEVA CASA (VACÍA) - Jackie Hernández
      https://youtu.be/Rti3wQqzn1M
      entonces no hay peor vulgar que los mexicans que se van a vivir a los estáts unís... jaja

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  2. Que braguetas ni nada, fue el odio a la verdadera Misa y a Trento del demonio y sus adláteres. Habrá habido muchos que quisieron los cambios para sentarse tranquilos en sus silloncitos concupiscentes liberaloides pero no por eso se puede decir que NO lo impusieron, fue impuesto aunque muchísimos no lo quisieron.

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  3. en el placer más imbécil...
    y usted de que se asusta si usted tiene la perfecta doctrina de San Pío V en de Salutis DG y no la acepta y no se adhiere a ella y hace gala de que disfruta de ver como lastiman cruelmente por diversión a los pobres animales en este caso los toros.

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  4. Muy bueno. Es tan cierto eso de que para el culto a Dios damos poco menos que lo que nos sobra, y a regañadientes, y en una noche de festichola o en cualquier circunstancia gastamos mucho más. Y lo hacemos con naturalidad, como si eso fuera lo que corresponde.

    Antonio Torres

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    1. En la nueva misa, algunos señalan, que se le da a Dios los frutos de la tierra y el trabajo del hombre, lo que sería una ofrenda cainita, algunos también explican que caín le ofrecía a Dios los frutos de los árboles que se caían al suelo, por eso no era agradables a Dios esa ofrenda, mientras que Abel, que era pastor le ofrecía su mejor res, por eso la nueva misa también de alguna manera mentaliza al hombre a darle lo mínimo a Dios, y eso se ve en casi todo lo que hacen, por la forma de vestir, por la forma de rezar a desgano etc etc etc. Todo se lo ofrecen desde el minimalismo y manchado con el amor propio.... o sea un asquete.

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    2. ...van a la misa no a rendirle culto sino como de igual a igual con Dios, porque los modernistas ya les hicieron creer que son como Dios. Como que Dios en la misa está al servicio del hombre.

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  5. Es terrible, pero me resulta a la vez y en cierta forma tranquilizador. Termina uno por advertir (en mi caso gracias al Prometeo del P. Calderón) que toda la revolución en la Iglesia que significó el CVII no fue más que un esfuerzo por forzar la doctrina católica para que el hombre moderno pudiera aprovechar las "maravillas" y comodidades de la modernidad sin que ello le produjera problemas de conciencia. En ese esfuerzo había un obstáculo a eliminar: la claridad y precisión del Tomismo que no dejaba divagar mucho y a cada rato obligaba a aclarar y definir y por eso dejaba al descubierto que todo se trataba de justificar el regalo y la comodidad del hombre. En la tarea de la remoción de ese obstáculo tuvo un papel preponderante Ratzinger.
    Coco

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    1. Para mejor discernir:
      ¿Que "obstaculo" removio Don Tauber?
      ¿La claridad incuestionable o la "piedrita" que podia llegar a "Obstaculizarle" su Noaquida "nueva" e incuestionable senda conservadora?
      Hoy los "frutos" bergoglianos responden a cabalidad.
      ¡Que no nos plazcan: otro tema.

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    2. qui dicunt videntibus nolite videre et aspicientibus nolite aspicere nobis ea quae recta sunt loquimini nobis placentia videte nobis errore .....

      ¡¡DISPOSICIONES TRANSITORIAS!!
      ..
      Sin embargo, según el Cardenal Ratzinger “no cabe un retorno al Syllabus, que pudo haber señalado la primera fase — pero no la última —del enfrentamiento con el liberalismo.”49 ¿Y cuál es esa “última fase” del enfrentamiento con el Liberalismo? Aparentemente, según la opinión del Cardenal Ratzinger, ¡es la aceptación, por parte de la Iglesia,de las mismas ideas que anteriormente condenó! Enfrentarse al Liberalismo por medio de la reconciliación con él, es una fórmula capciosa. El “enfrentamiento” de Ratzinger con el liberalismo no es otra cosa que una abyecta rendición.
      Además, según la opinión de Ratzinger, al presente no sólo se deben considerar obsoletas las condenaciones al Liberalismo contenidas en el Syllabus del Beato Papa Pío IX, sino también la doctrina antimodernista del Papa San Pío X en la Pascendi. En 1990 la Congregación para la Doctrina de la Fe divulgó una “Instrucción sobre la vocación eclesial del Teólogo”. Al explicarle la Instrucción a la Prensa, el Cardenal Ratzinger declaró que ciertas enseñanzas del Magisterio «no debían considerarse como la última palabra en un asunto como éste, sino más bien servían como una tentativa de captar el problema, y, sobre todo, como una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición transitoria»50 Como ejemplos de estas “disposiciones transitorias”, el Cardenal Ratzinger mencionó «las declaraciones de los Papas durante el último siglo acerca de la libertad religiosa, así como las decisiones antimodernistas de principios de este siglo…»51 — es decir, las enseñanzas antimodernistas de San Pío X en los primeros años del siglo XX
      https://eccechristianus.wordpress.com/2011/05/14/la-ultima-batalla-del-diablo/

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    3. Ratzinger es la línea permanente del Concilio Vaticano II. Es Francisco con mejores modales y más profundas herejías.

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  6. mencheratz y bolcheberg juegan a ver quién rompe más y mejor....jiji
    mencheratz rompe mejor con los neocones y bolcheberg con los ultraprogres.

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  7. 15:21 y según Pío IX esos son los piores, porque con apariencia de ortodoxos convencen a todos de que no son herejes y así meten sus errores por doquier.

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