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jueves, 4 de enero de 2018

DE NIETZSCHE A CALMEL.

DÉBILES Y FUERTES.

Por Dardo Juan Calderón.

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     Afirmar sin lugar a duda alguna que nuestra época ha construido un hombre débil, muerto de miedo por nimiedades, apocado, celoso, envidioso, vulgar y resentido, es caer una vez más en un lugar común. Todos lo sabemos y todos de alguna u otra manera estamos aquejados por esto. No necesitamos a Nietzsche para que nos diga con todas las letras su causa próxima: la Democracia. Una democracia a la que no dudó en tildar de “introducción de la imbecilidad parlamentaria” y a la que culpaba de nivelar a los espíritus aristocráticos o superiores con los más adocenados y vulgares, en un proceso que denominó “degeneración fisiológica” (y vaya si esto no se hace evidente en las últimas generaciones). “La democracia no es más que el más funesto de los sistemas políticos, al permitir la decadencia del Estado en pos de conseguir una suerte de igualdad del todo quimérica”.

    Pero podemos analizar en esta deriva la existencia de causas más remotas que se venían anunciando y que combatían para imponerse, constituyendo la posible paradojal situación de que los fuertes han sido vencidos por los débiles una vez que el “número” se impone como criterio (cosa que veremos que no es cierto). Esta victoria no puede menos que hacernos afirmar con el alemán que los fuertes son muy pocos y que los débiles son multitud (pero, sin embargo, por muchos que sean estos, siempre los más fuertes imponen de una u otra manera su prevalencia).
   Nietzsche nos remonta en esta historia hasta los griegos y aboga por una vuelta a la cultura griega más agónica, entendida, precisamente, como cultura trágica. El más odioso de los errores griegos fue el abandono de este ideal trágico: lo plebeyo, lo cotidiano, lo normalizado se impuso sobre lo egregio y distinguido, la mediocridad se aburguesó, se hizo moneda de curso corriente. La introducción del elemento “socrático” no fue, a ojos de Nietzsche, más que el suicidio del ideal trágico, que pujaba, al contrario, por generar lumbreras y hombres de altura en el mundo. Nacía de esta forma el imperio de la masa, el esclavismo propiciado por Sócrates. Así se expresaba el filósofo alemán: “la Humanidad debe siempre trabajar para dar individuos de genio, tal es su misión, sin que tenga ninguna otra”.
    “Ningún hombre tendría inclinación por formarse si supiera lo increíblemente pequeño que es el número de personas que poseen una auténtica formación cultural y que por fuerza tiene que ser así. A pesar de ello, no será posible ni siquiera a ese número pequeño de personas verdaderamente cultas desarrollarse si se dedica la formación cultural a la gran masa, decidida a ello exclusivamente por un engaño seductor y, en el fondo, impulsada a ello contra su propia naturaleza”.
      La gran masa (große Masse) ha terminado por equipararse, de manera cotidiana y sin tapujos, a los espíritus más distinguidos. La educación ha degenerado, se ha corrompido, y quienes se encuentran autenticamente empujados al estudio y la creación deben luchar contra seres que sólo ponen obstáculos y se ven llenos de envidia por la desigualdad natural que media entre ellos y aquéllos. Así, sentencia Nietzsche: “el verdadero secreto de la formación cultural ha de encontrarse […] en el hecho de que un sinnúmero de hombres aspiran a la formación cultural y trabajan con vistas a ella, aparentemente, pero en realidad sólo para hacer posibles a algunos pocos hombres”. Un pensamiento rotundamente elitista y aristocrático.
      Esta decadencia “socrática” se va a ver continuada por el “culto al débil” que hace el cristianismo al pretender objeto de redención a la “humanidad” entera, y es para él, el cristianismo el que va a desembocar en la actual democracia.
      Nietzsche deseaba fundar una nueva Esparta, combativa, brillante intelectualmente y pertinaz, en contraposición a los presuntos valores de la democracia ateniense, donde no sólo parece democratizarse el poder y su ejercicio, sino también y sobre todo la inteligencia… aunque a fuerza de ser dividida. Las grandes personalidades sólo pueden forjarse en el seno de un Estado presidido por un gobierno fuerte y autoritario, un gobierno que defienda, ante todo, la formación y emergencia del genio. El Estado ha de preparar la generación y la comprensión del genio. Las masas no tienen redención posible, estas “las multitudes […] han nacido para servir, para obedecer, y cualquier instante en que se agitan sus pensamientos serviles o débiles o con las alas tullidas, confirma de qué arcilla los ha formado la naturaleza o qué marca de fábrica ha impreso en dicha arcilla”. El objetivo de Nietzsche es pues el de acabar con el imperio de estas multitudes, con la “cultura de masas”, en detrimento de una cultura dirigida a individuos específicos, de “hombres escogidos” que puedan llevar a cabo “obras grandes y duraderas”.
     ¿Para qué entonces hay que tolerar este enorme número de los débiles? El argumento (como muchos otros) tiene una raíz evangélica y nos hace acordar a la parábola de la cizaña y el trigo. La tolerancia reside en que al asegurar la conservación de muchos fracasados, también sean protegidos aquellos pocos hombres en los que culmina la humanidad. De lo contrario no tiene ningún sentido mantener a tantos miserables. La historia de los Estados es la historia del egoísmo de las masas y del ciego deseo de querer vivir: sólo por los genios se justifica en alguna medida esta aspiración, en cuanto que les permite existir.
   Siempre de fondo, observamos una clara raigambre platónica en cuanto a las tesis políticas aristocratizantes de Nietzsche. La pregunta que finalmente se hace el pensador de Röcken no es otra que la de “¿Quién ha de ser el Señor de la Tierra? Esta cuestión es el ritornello de mi filosofía práctica”, leemos en sus fragmentos póstumos. Aunque Platón, a juicio de Nietzsche, fue víctima igualmente del socratismo más dogmático, reconoce al filósofo ateniense su esfuerzo por “convertirse en el supremo legislador filosófico y fundador de Estados”. Y es que fue ya el propio Platón quien reconoció que no existe para la muchedumbre posibilidad de adquirir arte alguno.
   En definitiva, Nietzsche plantea una suerte de Estado presidido por una aristocracia natural, la del genio (o espíritu artístico, expresión que debemos tomar en sentido amplio), en el que la masa queda supeditada a las intenciones y necesidades de aquél, en contra de un Estado democrático concebido para hacer el capricho de las masas.
   “¿Por qué necesita el Estado Democrático ese número excesivo de escuelas y profesores? ¿Con qué objeto son esa “cultura popular” y esa “educación popular” tan ampliamente difundidas? Porque odia al espíritu  auténtico, porque se teme la naturaleza aristocrática de la cultura auténtica, porque propagando y alimentando las pretensiones de formación de la “multitud” se quiere incitar a los grandes líderes a buscar un exilio voluntario, porque se intenta escapar a la severa y dura disciplina, haciendo creer a las “masas” que encontrarán por sí solas el camino, guiadas por el Estado como su auténtica estrella polar”.
     Como planteo teórico, tenemos dos posibles estados, el democrático que persigue la quimera de una igualdad y que en pos de ella, condicionado por una naturaleza desprovista, logra una igualdad en la bajeza y destruye todo intento de superación llevando la humanidad a abismos de decadencia. Y el Estado Fuerte que trabaja para el logro del “genio” y condena a la multitud a establecerse resignada en su mediocre chatura para ver realizada la humanidad en esos pocos genios que darán el sentido a sus existencias subalternas; es decir, una multitud sin posibilidad de sentido propio.
    Pero la experiencia nos dice otra cosa y la diferencia entre ambos estados no es tan grande; la debilidad de los muchos es una evidencia palmaria, y salvo los pocos idealistas absurdos que esperan una reacción desde el “espíritu colectivo” de las masas (como si la sumatoria de los elementos diera como resultado un salto cualitativo, idea que campa en las mentes mejor intencionadas de los populismos, entre nosotros, la idea del “peronismo”),  ambos estados se basan en una idea parecida pero con métodos diferentes.
   El estado democrático “no cree en la quimera” de la igualdad, esta es una “mentira” lisa y llana utilizada en la clara conciencia de que las masas son imbéciles, y en esto coincide con el criterio del Estado Fuerte - la imbecilidad de los muchos es una evidencia insoslayable - lo que tienen, es distintos fines para la “fuerza”, y por ello distintas concepciones del “genio”. Distintos criterios de “¿Quién tiene que ser el Señor de la Tierra?”. Es cierto lo que señala Nietzsche con respecto que esa educación democratizada obliga a la retracción del genio, y esto es un efecto buscado, ya que no es un sentido ascensional la que la inspira, sino que desde las usinas de los “nuevos fuertes”, está concebida como la manera de estupidizar aún más la muchedumbre, alagándola en su orgullo estéril, y a la vez, arrinconando al “genio”. Pero el efecto lo buscan otros fuertes, los “genios de las finanzas”, que tras la pantalla del anonimato democrático siguen moviendo los hilos de esta triste historia.
    El Estado Democrático (no necesitamos abundar en lo abundantemente probado) fue impuesto por el poder del dinero, por una camarilla de “fuertes” y “genios” en lo económico; y el Estado Fuerte era soñado por una camarilla de “fuertes” y “genios” “artísticos” (usando el término en el sentido nietzscheano y platónico).  Sin lugar a dudas, el resultado para el orden social, sí es muy diferente. El segundo exige para sus fines una gran disciplina social, y el primero todo lo contrario.
    Hay quienes confunden “ganancia” con “producción” y afirman que los genios económicos también deben imponer una disciplina social para la abundancia y el progreso, lo que sería cierto hasta cierto punto si no fuera que el “progreso”, ya como como concepto ideologizado,  es un timo; pero no es así. La abundancia es una quimera negada por la misma física, y el progreso es otra negada por la misma realidad. Un desarrollo económico sostenido (como se dice ahora) exige “artistas”, capaces de emprender una obra de gran aliento y largo plazo, sabidos que tendrá caídas que amesetarán las curvas, que habrá progresos y retrocesos (genialidad de José en Egipto- los siete años de vacas gordas y de flacas)  hasta el punto de saber que no hay mejor administración que la que pierde poco conforme a la ley de entropía. Pero el mundo de las finanzas no es el mundo de la economía, el deseo de ganancias abrumadoras exige la destrucción de una sana economía que ralentiza la rentabilidad a resultados hoy inaceptables. Las finanzas deben sembrar la indisciplina, el trabajar sobre el apuro,  la necesidad, la ligereza y la inexperiencia de todos los implicados en la economía (definición de usura) y, el estado democrático - que es una mascarada del estado plutocrático – brega y garantiza estos resultados de desorden e indisciplina social. Es decir que aunque los resultados sociales son muy diferentes, ambos parten de la realidad innegable de que las masas son un ato de imbéciles que nunca ganarán sobre los fuertes cualquiera sea su número. Los fuertes mandarán siempre a las multitudes, los unos para subordinarlas al genio artístico, los otros para esquilmarlas en el cáos controlado.
       Gran parte de estas observaciones del alemán no podemos dejar de aprobarlas, el párrafo sobre la educación es de una dura agudeza innegable, vemos a padres bregar por una educación de “excelencia” a sus pobres párvulos a los que la natura ha lanzado completamente desprovistos para el genio y recibir de todo este celo paternal una educación preparada para la corrupción mental y moral de sus hijos. Pero en esto sí existe una paradoja: esta educación corruptora aniquilará a los débiles que quedarán entregados a sus vicios, pero es una preparación de excelencia para los naturalmente fuertes, que en esta preparación, con una visión cínica y realista, adquirirán los conocimientos necesarios para aprovecharse de esta ralea de imbéciles a los que aprendió a conocer. Es decir, que de alguna manera y con distintas finalidades, la nueva educación cumple para los nuevos fuertes, lo que el alemán desea para sus genios artísticos fuertes. Es decir que no sólo es estúpida, sino que es maligna.  
    El drama del lector, al que supongo no muy proclive a la decadencia democrática,  será entonces ¿En cuál de los bandos me enrolo? ¿Tengo pasta para ser uno de los genios a favor de los cuales tiene que trabajar el estado y la multitud? ¿O soy uno de los débiles elementos que debe transformarse por resentimiento en el guillotinador de toda excelencia?  ¿Estoy llamado a ser uno de los pocos y raros que dará testimonio de lo “humano”, o soy un número del montón? ¿Tengo condiciones para formar parte de la oligarquía plutocrática, o soy de la masa librada a sus vicios que será esquilmada por aquellos?
     No dudo ni por un minuto que el lector siente frente a esto una serie de impresiones ambiguas; salvo que sea un soberbio incurable, no se siente un genio, pero tampoco se siente un número sacrificable en pos del destino de la humanidad, ya sea para que surjan los genios o para que se llenen los bolsillos los plutócratas. Siente desde la más básica experiencia de la existencia de que es una nota extraordinaria. Y esto porque es cristiano y tiene la conciencia de que ha sido creado por Dios en un acto de conciencia perfecta y con un objetivo individual y egregio. Y esta idea complota contra ambos órdenes explicados. Como verán, el espíritu cristiano no se conforma en ninguna de estas ideas, y aunque las mismas son bastante realistas en términos sociológicos, es decir, en que en efecto las masas son preponderantemente imbéciles (y que yo mismo puedo serlo), hay algo que no nos cuadra desde la perspectiva individual (pues me sé “redimible”), y es por ello que ambas concepciones de lo político tienen que ser a la fuerza, anticristianas. El cristianismo siempre será un sabotaje al orden moderno, al elitista y al democrático.
    Por otra parte, y si no ha caído mi lector en la quimera, en el auto engaño, en la envidia y en el resentimiento, sabe que de alguna manera pertenece a una de estas dos categorías sociológicas. En el fondo de su alma, sabe que es más débil o más fuerte, que es más inteligente o más zote, más valiente o más cobarde. Y tiene que lidiar con esto. Con un acto inteligente de sinceridad tras el cual debe evitar tanto la soberbia como el auto desprecio para ubicarse serenamente en el lugar que le deparó la providencia.
   La idea de Nietzsche a coloreado el pensamiento “fascista” y desde este, un cierto cristianismo filo fascista que entiende que si bien ese “genio” que pinta el filósofo debe entenderse con notas de “santidad”, y que de igual manera a lo expresado – cambiando una palabra- se puede entender que “la humanidad existe para que puedan surgir algunos pocos santos” y que los muchos existen y justifican su existir, como la cizaña entre el trigo (algo de esta discusión se cuela en el “por muchos” y el “por todos”, donde pareciera que hay un concepto democrático contra uno aristocrático, y que no es eso)  . En esta clave cristiana filo fascista, la muchedumbre debe ser disciplinada por un estado fuerte para ser llevada al “bien” por medio de una disciplina social, pues por su propia naturaleza están vedados de llegar a ser esos “santos” por sus propios medios. Es decir que este cristianismo entiende que existe una especie de condicionamiento natural en el que unos llegarán a la santidad por su propia capacidad, y los otros serán llevados como carneros por medio del orden político establecido con criterios cristianos. En esta idea, la salvación de unos pocos será como fruto de su capacidad, y la de los muchos, como fruto del orden político, de dónde la función de los pocos - o por decirlo de otra manera, el “apostolado” -  es eminentemente político, pues es de dónde proviene la salvación de esos muchos tarugos, y con esto la política es la tarea eminente del hombre de fe. Por supuesto que está muy por encima de la tarea del “religioso” que tiene un sentido para las elites, pero jamás para las masas, y aún con ellos mismos, esta tarea va a la retaguardia.  La idea nietzscheana ha calado en ellos hasta los huesos, idea que si bien puede ser oportuna en el medio político, de ninguna manera puede ser traspolada al ámbito religioso.
   Volvamos a pedirle al lector cristiano que piense si en esta idea cristiana filo fascista, ¿De qué lado se pone? Y aquí veremos que todos los creyentes se sienten del lado elitista,  y por tanto obligados a guiar la muchedumbre a la que llevarán mediante el orden social al bien. Todos se sienten llamados a ser de esa élite porque saben que su adhesión a la fe es un logro personal y espiritual que sobrepasa a cualquier disciplina social y que resistiría aún en contra de un orden social maligno, lo que entienden que no pasa a la muchedumbre que caería sin ese orden social y sólo se salvaría por ese orden social. Pero lo más gracioso, es que –con frío análisis - probablemente ninguno de ellos tenga pasta para encabezar ningún orden social (probablemente ni familiar) y si los conociera Nietzsche, pues los tiraría al foso de los imbéciles con sobradas razones y sanos criterios, y es más, declararía que esa idea cristiana rompe todos los cánones del buen gobierno, pues hace creer a los zotes que por tener fe pueden gobernar, siendo que muchísimos hombres de probada fe, han dado muestras suficientes de que son unos pavos en esa materia.
     Todas las posturas analizadas propugnan un estado fuerte, ya sea para hacer surgir los genios que darán sentido a la humanidad (aunque la mayoría nunca lo entienda), o ya sea para conformar un poder económico enorme mediante la ficción de dar cabida a los débiles en una falsa quimera, o ya sea para “salvar” a los tontos llevándolos al cielo por mantener a la fuerza las “buenas costumbres” (y en esto se azoran de Francisco que las tira por la borda). Y todos ellos encuentran su enemigo en un cristianismo que desde la Iglesia nunca permitió, toleró, ni propugnó un estado fuerte (tampoco un estado débil),  que nunca quiso que el estado se creyera ni el productor de los genios, ni el liberador de las miserias, ni el promotor de la salvación. Porque eso era Ella. Nos guste o no, la Iglesia siempre “desinfló” al estado fuerte, y aún en la actual deriva plebeya y democrática, sigue respondiendo a una tendencia que tiene desde su origen y que causa enormes dolores de cabeza a los promotores del estado fuerte y horribles reproches a los que extrañan los que pudieron ser. (La actual repugnancia del Papa Francisco a un gobierno plutocrático como el de Macri, aun obedeciendo a una deriva plebeya e izquierdosa, no deja de ser un reflejo católico, ahora emponzoñado por la quimera conciliar, pero no exento de alguna saludable experiencia).
     Para la Iglesia, que se propone como fin que los hombres se “salven”, esa salvación debe ocurrir - en cada uno de los que lo logren - de esa manera individual y consciente, ya sea fuerte o débil- y que en el fondo constituye la madera del genio. Y no quiere ni deja que el Estado se proponga ese mismo fin por sus medios, porque son medios propios para el orden social, pero no lo son para el orden de la salvación. Nietzsche entenderá entonces que la Iglesia propone una “igualdad” irreal que destroza el orden social, pero no es así, porque la Iglesia no tiene gran problema en que el orden social se guíe por otros criterios y tenga que distinguir entre una aristocracia fuerte, y un pueblo débil. Pero el débil puede ser más santo que el fuerte y tener muchos mejores criterios de santidad que aquel. Por tanto no podemos dejar que los fuertes manden en “todo” sobre el débil, y es más, los fuertes deben restringirse a mandar en aquello que es de menor importancia, de importancia subalterna, dejando y facilitando la tarea de la Iglesia, porque, por más fuertes y genios, hay un enorme espacio de la existencia que no comprenden ni pueden por sus medios obtener, ni para sí, ni para los otros, y que es “sobrenatural”.
    Las observaciones del filósofo alemán no son tontas ni desacertadas para lo político, el problema es que se sobredimensiona el ámbito de jurisdicción de lo político. Estos criterios llevan a muchos cristianos a confundirse, y creer que la fe que buenamente profesan y a veces hasta el estado próximo a la santidad, los convierten en aptos para lo político, es decir que ella los califica como los “genios” que promueve el filósofo, cuando para nada es así.
   Este equilibrio inestable entre lo religioso y lo político, del que podríamos decir que lo religioso siempre impide que lo político se haga “el fuerte” y por ello “El Señor de la Tierra” (aun cuando esté encarnado lo político en un Santo), y en que lo religioso defiende una cierta “debilidad” que da espacio a la respuesta individual tomada en conciencia; es la que nos pinta Rubén Calderón Bouchet en su obra “La Arcilla y el Hierro”. Pero es también lo que lleva a conclusiones falaces que entienden que son ámbitos distintos, con distintos fines y distintos criterios. No. Es el mismo ámbito de nuestra existencia única y el criterio político debe ceder ante el criterio religioso, aun a pesar de sus tendencias. Y ello porque el fin de la existencia es uno, y es de carácter religioso, no siendo el orden político más que un medio, un medio útil, pero no imprescindible para nadie, por más que parezca que lo es para los débiles.
   Pero volvamos a lo nuestro, que aquello es viejo, aun sabiendo que hemos dejado muchas puntas tiradas y sin cerrar. Lo que nos importa ahora es precisar ¿En dónde nos debemos ubicar cada uno de nosotros? Corresponde a cada uno de nosotros el ubicarnos correctamente en esta diferenciación que hace el alemán sin temor ni temblor. Hay fuertes y débiles para el orden social, y nosotros estamos en alguna de esas categorías, y debemos en consciencia tomar clara posición. Y nada de esto tiene que ver con la salvación de nuestras almas. Y entiendo que debe haber una aristocracia a la que debe subordinarse el pueblo para el buen orden, y que esta aristocracia se decanta en los “fuertes”, pero los fuertes no serán necesariamente los santos ni los salvos.
   Una errónea – y entendible- traspolación de los planos ha llevado al cristianismo a concluir en democratismo y desde esta perspectiva no es infundada la culpa que nos arroja en la cara el alemán. Si todos hemos sido llamados a la salvación, si todos podemos ser redimidos, si todos podemos hacer un proceso de ascenso hacia la santidad, pues para todos parece habilitado el camino a la “genialidad”. Todos podemos ser intelectuales y políticos, y por tanto, la fe sería ese paso que nos saca del condicionamiento de la masa y nos transporta al mundo de los genios, la “virtud” parece que corregirá la “natura” y nos igualará en una misma condición.
   Pero nada de esto es así. La gracia no borra la naturaleza. Sin duda alguna no sería prudente haber encargado a Santa Teresita el gobierno de una provincia, ni aún una actividad de promoción de reformas políticas sobre las que nada sabía y para las cuales no tenía ninguna capacidad. Sin embargo esta provincia podría ser sabiamente encargada a un Fernando El Católico, con todos sus vicios y pecados. Pero a la vez, mal podría gobernar el tal Fernando sino supiera que su gobierno tiene como principal objetivo el permitir que los hombres vivan de acuerdo a las reglas de una Santa Teresita, y que estas están por sobre sus criterios, y frente a las cuales debe resignar muchas veces la dureza de su poder. Y nadie puede dudar ni por un momento que el uno era un “fuerte” y la otra una “débil”. Aquella hermosa niña nunca dejó de recordarlo, como “magníficamente” lo cantó nuestra Madre, María, y se puso sin lugar a dudas del bando de los “débiles” y no de los “sabios” y esto no por una falsa modestia, sino con el peso de su veracidad incondicionada por el pecado, por su condición de “Llena de Gracia”. No dijo Cristo a María al morir “¡Comanda esa tropa!”, sino que la dejó a cargo de uno de sus discípulos, y nombró a otro de ellos a la cabeza. ¡Y no había nadie más Santo que Ella!
   Esta visión nietzscheana de la élite genial y fuerte, y la muchedumbre débil e incapaz de grandeza alguna, debe ser aceptada en la rotundidad de su evidencia como regalos o privaciones de la naturaleza, situaciones dadas por la providencia en nuestra creación y desde las cuales se nos pide una respuesta y una nota. Irreversibles como tales. Como la estatura “¿Quién puede agregar un codo a su estatura?” Y desde la asunción humilde y realista de nuestras condiciones, evitar el pecado que cada una de ellas preanuncian.
    Es cierto que por el pecado en todos nosotros habita la miseria, pero hay una conformación natural que nos pone desde la cuna en un bando o en el otro. Fuerte o Débil. (Caerán sobre mí las maldiciones al agregar estotro… “varón o mujer”, y en ello comprendemos que el feminismo se rebela contra la naturaleza deformándose en un orgullo falso y quimérico que hace que su “miseria” natural, se haga miseria moral, es decir, miseria en todo el sentido del término).
Resultado de imagen para imágenes de roger calmel    Nos dice Calmel respecto a esta condición natural:
    “Allí donde el fuerte está de pié, el débil tiembla angustiado de temor. Donde el fuerte entra en cólera y olvida, el débil calla y nunca deja de alimentar su sorda cólera. Allí donde el fuerte es libre y se ocupa, el débil está acaparado, preocupado penosamente sin poder hacer otra cosa. En fin, donde el débil se siente dudoso, busca darse coraje en sueños de vanidad y orgullo, corriendo el riesgo de sentirse celoso de aquellos que adivina con más capacidad de adaptación o de mejor suerte. Pero estos resentimientos, este temor, estas torturas causadas por preocupaciones ínfimas, esta vanidad, estos celos; qué son en realidad? Son miseria psicológica y… a la vez pecados. Miseria en el sentido más propio del término: es decir, algo fatal, insoslayable. Y la seguridad, la generosidad, la disponibilidad del fuerte, que son? Pueden y deben ser virtud. Pero no son adquiridas “después”, son un regalo de la naturaleza, se tuvo la suerte de ser así.”       
     Pero “La debilidad no está más aquejada de faltas que la misma fuerza “pues todos han pecado y están vacíos de la gloria de Dios”. Solamente lo que importa, es ver con exactitud: la falta de los débiles no es la miseria, sino la ausencia de fe y de amor en esa miseria; el rechazo de ofrecer esa miseria, por lasitud y cobardía, y sin duda, en el fondo, por orgullo; el rechazo de mostrar “El espectáculo vivo de su triste miseria”.  (No trae la cita, pero creo que es Bloy).
    En una sociedad como la nuestra, el fuerte que tiene objetivos nobles, tal cual lo anuncia el alemán, ha quedado relegado y arrinconado, y su fortaleza sólo puede expresar y ofrecer su impotencia con la reserva de la nobleza y la santidad, pues el salir al “ruedo” que plantea la nueva sociedad lo pervierte hacia los pecados propios de la fuerza, lo aleja  tanto de la genialidad pagana, como de la santidad cristiana, entregándolo a la violencia prepotente y astuciosa. Y aún en la medida que la enorme astucia de los nuevos fuertes de la plutocracia no se ha hecho carne en sus reflejos, queda en la posibilidad de hacer el papel de tonto (y podríamos ejemplificar sobradamente esta deriva). Pero existe la enorme tentación de entrar en sus ámbitos y competir en sus “excelencias”, descreyendo de la educación para la santidad que es una educación que hoy por hoy, implica estar del lado de los débiles, del lado de Santa Teresita y de María, porque nos priva de toda la astucia que se necesita para medrar en este mundo perverso. Y esto ocurre porque el débil, que no soporta esta humillación íntima e irrecusable de su condición dada, muy frecuentemente tiende a reforzarse en el pecado al que esta condición débil lo arrastra, cometiendo dos graves faltas, el pecado de estar contra la voluntad de Dios que le ha dado esa condición, más los pecados propios de esa condición.
    “La gracia no hace obligatoriamente milagros. Solamente, y hay que gritarlo en voz bien alta, en la medida que la gracia libra al débil de los pecados intrincados en su miseria… hace que él se adapte a Dios: y el débil entra en la libertad del Amor, que es desde ya la debilidad y la fuerza”, nos dice Calmel.
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     Reitero entonces la pregunta ¿De qué lado considera el lector estar? ¿De los débiles o de los fuertes? Pregunta que resulta bastante ociosa ante la condición de los tiempos en que la misma fuerza del carácter hoy impone el aceptar la miseria de la relegación social y política en pos de mantener como legado la nobleza y la santidad de esos pocos fuertes que se hacen miserablemente débiles (aquel exilio voluntario del que hablaba Nietzsche y del que se debía huir), y en que los débiles ya no lloran su condición sino que se pavonean orondos con su orgullo saboreando la hiel del resentimiento. ¿Pero es tan extraño esto? ¿O no es esto el Evangelio de Cristo? El Fuerte que se hizo Débil, y los débiles asesinos. Por otra parte ¿ameríta el que nos consideremos fuertes esta terrible situación en que la fuerza de los malos se impone de una manera atenazante y tenebrosa? ¿No será que aquellos fuertes que fueron invitados a las bodas han ido a otros quehaceres y el Rey ha dicho “Id presurosos, por las plazas y los caminos, y traed aquí a los pobres, los estropeados y los tullidos? (Luc. XIV 21.). Y aquí estamos… no muy seguros de nuestros vestidos nupciales.
        Los tiempos han simplificado las respuestas, pero…   “Aun si marcho por el valle de las sombras de la muerte, nada temeré, Señor, porque estás conmigo”. (Salmo 22) Y nosotros, mejor que el filósofo, sabemos a ciencia cierta quien debe ser el Señor de la Tierra.

  

23 comentarios:

  1. Jorge Rodríguez5 de enero de 2018, 9:36

    En mi opinión no existen dos bandos. Esta separación de la sociedad propuesta por Nietzsche es tan artificial como la lucha de clases marxista, en vez de Proletarios y Burgeses póngase Debiles y Fuertes. Es una especie de materialismo histórico donde en vez de ser la producción y el intercambio de productos la base de todo orden social; aquí es la inteligencia, nobleza o genialidad de los supuestos fuertes lo que ordenaría el gallinero de abajo hacia arriba.

    En el plano religioso también surgen estas pretensiones clasistas, el ejemplo histórico típico es la separación de la sociedad entre los Fariseos (casualmente significa “separados”) y la basurilla de la plebe pecadora. Lo cierto es que la predicación y ejemplo de Jesucristo es totalmente anticlasista, todos somos débiles ya que la fuerza es el poder y “sin mí nada podeis” es decir que aquello que nos da algo de fuerza es la gracia. No me gusta lo que dice Calmel “Allí donde el fuerte está de pié, el débil tiembla angustiado de temor...” ¿El que estaba de pie no era el fariseo, y el que temblaba no era el publicano? ¿;Me parece a mí o dice que la virtud es un regalo de la naturaleza pero otros tuvieron la mala suerte de nacer miserables psicológicamente? Creo que viene bien leer 1 Corintios 1:26-29.

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    1. Si se niega usted a ver las diferencias, y con ello niega la existencia y necesidad de una aristocracia para lo político, ha caído en el democratismo. Justamente es esta deriva, desde lo religioso aplicado a lo social, que hace al democratismo modernista. Vea sin preconceptos, hay mejores y peores, más capaces y menos, más valientes y cobardes, autoridades y subordinados... Siempre habrá fuertes y débiles y para cada uno hay un camino de salvación, pero hasta en el cielo hay jerarquías.

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    2. Hay mejores y peores y los mejores son los que nacen de padres piadosos obedientes a Dios pues no nacen según el querer del hombre sino siguiendo la inspiración de Dios, los que así nacen son más dóciles a la voluntas Dei.

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    3. ¿para cada uno hay un camino de salvación? eso es un invento suyo, el camino es Jesucristo EN SUS EJEMPLOS. Cada uno lo seguirá según su capacidad que es otro tema pero lo concreto es que el camino es estrecho y son pocos los que dan con ÉL.

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    4. Solo en el cielo hay una jerarquía justa, yo creo que Dios puede formar a todos los creados en una fila india del mayor al menor, y todos saben que es en justicia ya que el que esta arriba es mejor que el que está abajo. Aquí en el mundo lo que hay es apariencia de mejores y peores.

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    5. Don Jorge... conozco cientos de tipos que sin dudar son mejores que yo (y también algunos peores)

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    6. Al de las 13,36. He visto salir maravillas de padres malos y porquerías de padres buenos.
      Al de las 13,39. Le parece el mismo camino el de Santa Teresita y el de Isabel la Católica?

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    7. ¿Donde viste a la mujer maravilla? jaja, andaaa...dejá de boletear ¡naboleti!

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  2. Que traducción horrible la del salmo 22.

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  3. Don Dardo: me ha gustado mucho su reflexión; concuerdo en su fondo. Y más me ha gustado al leer los comentarios, el de Jorge Rodríguez y los anónimos. En estos puede verse lo hondo que ha calado entre católicos la herejía pelagiana y sus extravíos democrático-igualitaristas.

    Su Antipático Búho.

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    1. Jorge Rodríguez8 de enero de 2018, 8:09

      Menos mal que todavía quedan algunos que no se han contaminado. Deo gratias.

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    2. No se me ofenda, don Jorge. Me recuerda a mi hija más pequeña, que cuando recibe un reto suele contestar diciendo: “¿Y ustedes se creen perfectos?”. Todos estamos contaminados en más o en menos, en esto o en aquello y a todos, de modo distinto, nos afecta el pecado y el error. Tal vez si consultara, aprendería que sí, que es la inteligencia, la nobleza, la excelencia las que deben ordenar la sociedad política; y que la desigualdad natural es uno de los principios que explican la existencia de la sociedad y su jerarquía. El igualitarismo es, en el fondo, la fuente mayor de los conflictos actuales, el motor de eso que ud., con toda razón, desprecia: la actual lucha de clases. El problema no reside en la existencia de clases, sino en el espíritu de rebeldía de la revolución, que se niega a reconocer las jerarquías naturales queridas por el Creador.
      El Búho Antipático.

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  4. Yo digo que no lo he leído entero y ya lo terminaré, pero me atrevo a opinar que ya le he pillado el espíritu. Me ha gustado mucho y me ha divertido más. Lo voy a compartir en feisbuc, con permiso o sin él. De acuerdo con el trigo y la cizaña y la necesidad de preservar ésta para proteger aquél. Y como también se ha dicho y coincido que no siempre se da de tal palo tal astilla, no habrá más remedio que democratizar la instrucción. De esta forma nos libramos de la pérdida de trigos de nacimiento humilde y posibilitamos que con la competencia con las cizañas el trigo emerja más fetén. A sufrir y ganárselo que no lo dan gratis.

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    1. http://www.catolicosalerta.com.ar/libros/modernismo.pdf

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  5. Una presa posconciliar para alimentar crocos jua jua....
    https://youtu.be/7PLKljdbVe8
    Nuestra Fe en Vivo—Patricia Bainberg de Zapatero • 8 | Enero | 2018
    EWTNespanol



    ¿nos denunciará a la ADL si le mandamos info sobre la religión noáquida?? para mi que si. No confío del todo en esa amabilidad melosa cuasi-bergogliana.

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  6. Dos posiciones frente al islam:
    - Convertirlos a la tradición católica: http://lesalonbeige.blogs.com/my_weblog/2018/01/lislam-ressemble-au-colosse-aux-pieds-dargile.html#comments
    - ó ... "Il y a portant une convergence évidente, dans la foi, entre ces deux religions" (Entretien avec Sixte Henri de Bourbon Parme - Publié le dimanche 16 octobre 2016 ) https://www.egaliteetreconciliation.fr/Le-synode-de-Grozny-contre-la-strategie-du-choc-des-civilisations-42030.html

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  7. Link en español: https://www.geopolitica.ru/es/article/el-sinodo-de-grozni-contra-la-estrategia-del-choque-de-civilizaciones-entrevista-con-sar-don
    Respuesta católica a esa herejía de Ruben Calderón Bouchet: http://www.libroesoterico.com/biblioteca/islam/Calderon%20Bouchet%20El%20Islam%20Una%20Ideologia%20Religiosa.pdf

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    1. ¡Me encantó el dato! (y más la acusación de hereje al viejo) Ya me olía yo que el Carlismo estaba desbarrando de lo lindo. Lo voy a publicar.

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    2. ¿en que parte lo acusan a R.C.B de hereje?

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    3. Lea el comentario del anónima de arriba,

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    4. Ahhh¡ ¡Me falló la interpretación del texto! Faltan comas, quiso decir: Esta es la respuesta de RCB a esa herejía, parecía decir : esa es la respuesta a esa herejía de RCB. Disculpe.

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    5. jajajajajaja. Por eso la pregunta. Estás perdonado

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  8. Más allá que indirectamente está acusado en toda la nota

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