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viernes, 26 de enero de 2018

DE POETAS Y POESÍA.-

Por Dardo Juan Calderón.

Resultado de imagen para el cuervo edgar allan poe imagenes   A raíz de la publicación del poema de Antonio Caponnetto (Regreso a Jauja) - y mi propio comentario al mismo - surgieron algunas preguntas   que entiendo hacen oportuna una reflexión sobre ¿qué hace a un poeta y qué a un poema?  Hay que partir de que es toda una rareza crear una obra poética, que una cosa es hacer rimas y versos y muy otra lograr un poema. Intentaremos una reflexión muy pedestre,  ajena a los criterios académicos de los literatos y  más propias del simple lector, a los efectos de tener algún parámetro de juicio sobre una poesía.

    En los asuntos artísticos y técnicos  la palabra “crear” se usa abusivamente  con toda una carga de vanidad, cuando en realidad  en estos campos siempre estamos más cerca del plagio que de la originalidad y, en la medida que se pierde la distancia de la analogía con esa virtud divina que es la única que realmente  “crea” se cae en abismos de infundada soberbia.  No podemos los hombres “crear” de la nada ni ser tan “creativos” como creemos,  sino que partimos de un enorme universo dado y en nuestras creaciones  normalmente lo que hacemos es “componer”, armar una obra con toda una serie de elementos dados por Dios y por los hombres que nos precedieron: el idioma, los hechos, los colores, las materias, la naturaleza… y todos ellos con su belleza propia a la que el hombre resalta en una visión singular (que la más de las veces es más lo que resta que lo que suma) y en la que nos conformamos si hemos ayudado un poco a resaltar lo que el Buen Dios hizo. (Hay aquí un cocodrilo que cada vez que se le ocurre una idea original, se pone a revisar las lecturas hasta acordarse de dónde la sacó).
   Partamos de que en todo arte hay un imprescindible  componente de trabajo, disciplina y preparación “técnica” que hace posible que la obra artística,  saliendo del espíritu subjetivo,   se convierta en algo “objetivo”. No hace falta decir que es necesario saber escribir,  haber adquirido un léxico lo suficientemente rico y una gramática perfeccionada,  para expresar de la mejor manera una obra literaria. Y en otros casos, como en la pintura y la música, de igual manera. Pero lo esencial de estas actividades es que lo que se expresa es algo que la inteligencia del artista  ha conocido de una forma especial - poética-  y que gracias a su trabajo, puede expresarlo poéticamente. Al decir inteligencia queremos resaltar el acto principal, pero no descartar todas las emociones y sentimientos que con ella se dan y aun las imágenes – imaginación- que se usan para expresarlo.
  Podemos hacer un bello relato, y aún en buena y prolija rima con buen ritmo; cómo podemos pintar un cuadro que resalte la belleza de las cosas que vemos, olemos o sentimos y lo mismo con la música. Describir con buena pluma o pintar un paisaje, o los sonidos que inspiran un paisaje. Pero esto no es poesía, ni pintura ni verdadera música en el estricto sentido del término. No es “creación”, sino “recreación”, en que la inteligencia capta a partir de los sentidos la belleza de las cosas y la expresa de una manera especial y aún egregia. En esto lo que importa por sobre todo es el arte - o la técnica – que nos permite trasladar a otros el contenido de lo que captamos, de esa belleza que hay en las cosas (en esto suelen ser muy buenos los ingleses, describiendo y pintando).  La belleza técnica de la composición es necesaria en la medida que se exige para transmitir aquello que se ha captado. Pero esto es necesario en toda obra, no sólo artística, ya que no otros criterios existen para transmitir de buena manera un texto histórico o filosófico. (Un horrible manual de historia o de filosofía, mal escrito, sin ingenio, no sirve ni para enseñar la cronología)
  El mayor o menor valor que tendrán estas obras es claramente objetivo, es decir que podemos juzgar a partir de aquella cosa que se ha querido observar y trasladar, la mejor o peor inteligencia que tuvo de ella el autor, la capacidad de captarla en su veracidad, en su unidad o en su belleza, y la buena técnica que se ha tenido para transmitir el objeto (estoy en mi oficina y miro un cuadro de un paisaje campero que tengo enfrente, y me traslado a él en la imaginación. Allí está el objeto para juzgar la obra y criticarla a gusto en su mayor o menor acierto. El cuadro de un paisaje, la más de las veces le quita belleza al original, pero algunas veces – muy pocas - nos descubre una visión más profunda del mismo.
  En estos casos ; pongamos un paisaje que se pinta, un hecho histórico que se relata y aún una relación amorosa o sentimental que se describe: podríamos decir que si yo experimento en forma directa dicho paisaje o dicho hecho, estoy mucho mejor relacionado con él y es más profundo mi entendimiento; pero no, si la obra proviene de una inteligencia superior, la preparación y los recursos técnicos del autor  me harán ver mil nuevas cosas de ese objeto de análisis que enriquecerán mi visión apocada o inexperta, y de esa manera, mejor preparado  vuelvo al objeto para observarlo  ganando en hondura de percepción. El autor agregó algo, me hizo ganar algo, para observar el objeto. Siempre el objeto será lo esencial y la obra del experto una herramienta con la que observo o considero ese objeto. Eso es un maestro.
  En un poema esto no es tan así. El “objeto” que observamos es la misma obra. No está fuera de ella. Se ha “creado” (siempre salvando las analogías) un “objeto”. No se trata de algo que resalta la belleza de otro objeto, sino de algo que constituye en sí mismo un objeto bello de factura humana. Esa “nueva belleza”, ese nuevo objeto, nace del espíritu del artista, y por tanto es el espíritu del poeta lo que en gran medida hace al objeto mediante la técnica lograda en ese arte, es un objeto que nos refiere a un sujeto, como la Creación nos refiere al Creador, aunque ya sabemos que muchos permanecen ciegos a pesar de la evidencia y se quedan sólo en la “obra” sin penetrar en el diálogo del espíritu.
     Pero, aunque el poema nos lleva a la observación del autor, como sujeto al que se refiere la obra, adquiere su propia objetividad, y por tanto no es a Baudelaire, a Juan Ramón, a Rubén Darío, a Castellani o a Antonio Caponnetto a quien va dirigida toda mi atención de conocimiento, sino a esa expresión de “hombre”, o del “alma del hombre”, en el más cabal sentido del término (sin que esto signifique que el poeta desaparece, pues sigue siendo la otra punta de este diálogo, aún si fuera anónimo y no lo conociéramos).
    La cultura – y con ello las artes- surgen del “culto” (no vamos a alargarnos en demostrar este origen y lo suponemos aceptado), él nos habla de los dioses porque el objeto que finalmente quiere mostrarnos es a Dios o a los dioses que hacen fundamento de todas las actividades humanas, “objeto” que permanece oculto a nuestros sentidos, pero al que la cultura hace visible en el espíritu. Este es el sentido más claro del arte religiosa, descubrirnos los misterios de Dios.  Cuando vamos a Misa, que es sin duda una obra de arte (salvo esta nueva porquería reformada que está pensada para abortar el contacto con Dios y devolvernos a nosotros mismos en nuestra chatura), podemos apreciarla como a una obra cualquiera, en sí misma. Pero no es eso lo que más importa, esa obra nos habla de Dios, del Dios trinitario en el curso de su aventura creadora y redentora del hombre. A Él vamos a conocer, ese “objeto artístico”  nos refiere a Dios, a veces de maneras adecuadas y hasta egregias, y otras con cierta torpeza por parte de los oficiantes, pero como en cierto momento es Dios mismo el que oficia - es Él mismo el que ejecuta la obra redentora - y allí sí se produce un acto de “creación” total y divina,  por tanto siempre es apta para tomar contacto con el Objeto. Sin duda alguna todo lo que rodea a ese “Acto” de Dios (Opus Dei) que allí ocurre, es preparatorio, es aclaratorio, es el regalo de los sabios de la Iglesia que nos preparan para “observar”  y “compenetrarnos”  con   el “objeto”, con ganancia en la hondura. Los maestros nos guían.  Pero digamos que el cuadro se pinta para referirnos al paisaje real, para que volvamos a él ganando en conocimiento y por fin tengamos nuestra propia percepción de ese “objeto”.  Pero ese “objeto”, la Hostia Consagrada y el acto mismo de la Consagración (con la gracia que de él fluye), no es un símbolo – o una metáfora- que nos refiere a Aquel otro objeto que es Dios. Es Dios mismo. Porque en Dios no hay diferencia entre Él y sus actos. Se acaba la distancia, lo artístico nos prepara para este encuentro cara a cara, y el encuentro se produce mediante un símbolo que es a la misma vez, la “cosa”: un Sacramento.
  Podríamos decir,  de esta manera análoga,  que la Misa es la poesía de Dios, en que Dios usando de lo material y simbólico, lo hace realidad de Sí mismo en un objeto – la Hostia- que no es diferente a Él mismo sino que es Él mismo. Y queda “objetivamente” en nuestras manos, se entrega en un acto increíble a nuestra voluntad. Pudiendo nosotros recibir Su Presencia con todo el amor y devoción que se debe para “ponernos en sus manos”, o realmente cometer la atrocidad de “tomarlo en nuestra manos”, como aquella primera vez que se hizo Hostia – se encarnó-  y fue torturado y asesinado.  (El asunto de la comunión en la mano no es sólo una profanación, sino que es una inversión del sentido del símbolo, ya no significa – con el acto de aprehensión humana-  el dejarnos tomar por Cristo, para significar ahora lo contrario:  el apropiarnos de Cristo).
   Si este encuentro con Dios necesita de la inteligencia de todo el acto preparatorio que la anuncia, sin embargo se realiza en un acto de compenetración en el Amor, en la Caridad. Y esto porque la inteligencia de Dios, es Amor y Caridad creadora. Esta percepción de la Caridad Divina se hace mediante el “espíritu místico”, que es sin duda un don de Dios. Es decir que puedo valorar la Misa como hecho humano poético y con espíritu poético (cosa que ocurre a muchos católicos “tilingos” y allí se quedan). Pero lo que se busca es dar este salto místico y entonces ambas cosas se complementan en un acto humano y divino.  
    El poeta hace en la poesía algo parecido,  pero sólo parecido. El poeta entrega su alma hecha verso. Muchas veces la poesía se convierte en blasfemia al pretender hacer el hombre lo que sólo Dios puede hacer. Wagner lo expresó  con todas las letras en su intención de lograr una “experiencia” en que lo “humano” se haga presente transubstancialmente  en su obra, de la misma manera que Dios lo hace en la consagración y obtener de esa manera un acto de compenetración espiritual entre los humanos (por eso discutí con Mons. Williamson, que mirando juntos un paisaje, a él se le ocurría tararear Wagner y a mi Vivaldi, pero no llegamos a los trompis; era una cuestión de latinos contra sajones). El hombre no puede lograr “sacramentos”, y la entrega de su alma es a través de un símbolo poético, pero no directamente ni transubstancializada. Aquí son dos cosas diferentes y por ello, no podemos juzgar ni “aprehender” al poeta a través de su poesía. El poema de Caponnetto o de Baudelaire, no es ni Caponnetto ni Baudelaire, es una partecita de sus almas entregada.
   Más allá de la blasfemia en ese falso intento de endiosarse y hacer milagros, el poeta no pretende referirnos a “otra cosa” en su poesía, su poesía es él mismo, es su espíritu, que se pone en nuestras manos;  no para darnos una mejor inteligencia de las cosas o de los hechos, sino para testimoniar en ese “objeto” que es el poema, su propia alma humana tal como es.  Y como dijimos para la Misa, la poesía puede tener un “ensamble” artístico preparatorio, pero sólo es poesía si en un momento él nos entrega su alma en nuestras manos, para que hagamos con ella lo que queramos. Hay en la poesía un cierto acto sacrificial, una largarse en total desamparo, un no precaverse de nada y darse desnudo. Sin lugar a dudas es un acto de temeridad rayano en la locura y que la más de las veces lleva a destinos trágicos.
   Podríamos decir a la altura de esta reflexión que la poesía es mejor o peor según sea el alma del poeta, pero no referido a si es bueno o malo en categorías morales, sino considerando la hondura y sinceridad  con que expresa su tragedia humana. No me llena de amor el alma de Neruda o de Borges y todas sus fachadas de estucos, decorados y emociones más o menos fingidas, y no porque fueran ateos, agnósticos o comunistas; que sí me embarga de poesía un Miguel Hernández en su Elegía desesperada que llora por el amigo.  La poesía no sólo es poesía cuando surge de un alma llena de santidad, es más, no es muy probable que un santo haga poesía en el estricto sentido del término, pues estará por sobre su “espíritu poético”, el “espíritu místico”  del que hablamos más arriba. Hay poesía verdadera  en un Villón, en Verlaine, en un Baudelaire , en un Machado, en un Rimbaud, en un Lorca y la encuentro ¡hasta en Bufano! (Nunca en toda la obra, hay cosas mejores y peores). Cuando estos entregan con toda sinceridad y desnudez un alma, con sus vicios, sus errores, sus pecados, aún atormentada por los remordimientos y el arrepentimiento, y hasta las iras de un Espronceda... la vista de un alma, mostrada en toda su verdad, es siempre un testimonio lleno de belleza. Hay por necesidad, y aun cuando el mismo poeta no crea en Dios, un testimonio de Dios que se da en el sufrimiento y vicisitudes de un alma humana que quiera o no, delata a su Creador, también  en el horror de un Poe.
   Sin embargo, el poema no es una efusión emotiva incomprensible, sino que expresa un tipo de conocimiento que se logra con la inteligencia de lo real y que “debe” ser “de lo real”. El alma del poeta “conoce” algo y lo expresa, pero no lo transmite como una ciencia, no quiere “enseñar”, no pretende edificar al lector, no muestra una cosa, sino que se muestra en la compenetración íntima que ese acto de la inteligencia ha producido en su espíritu. Eso es lo que constituye el “espíritu poético”, que, adelantamos, es un tipo especial de conocimiento, conocimiento por “connaturalidad”.
   Este tipo de conocimiento por connaturalidad no es algo tan raro, si tenemos un mínimo de hondura espiritual todos lo experimentamos o lo podemos experimentar;  lo que es más difícil es expresarlo, pues para esto hay que ser poeta. (No podemos dejar de decir que cada vez es más raro en el hombre moderno este espíritu poético, el “hombre banal” lo está perdiendo porque mira las cosas por la utilidad o el placer que de ellas puede conseguir, ya no las mira ni siquiera como el sabio para conocerlas en sí mismas, ni como el místico que las mira para encontrar al Creador en cada una de ellas desde la caridad, ni como el poeta que las mira desde el amor humano).
   Es este un tipo de conocimiento que proviene del “amor”, pero del amor humano. Pongamos un ejemplo. Yo me enamoro de una persona, ese amor me hace observarla de una manera muy especial,  “conocerla” a un grado de intimidad y de atención que de alguna manera la hace mía, pero esa unidad o compenetración, al no poder nunca ser total, provoca junto con su gozo, un sufrimiento . Quizá nos pasa con una “tierra”, un país o una nación, una heredad. Ella comienza a vivir dentro de mí y de alguna forma, se hace parte de mí. Al punto que comienzo a adivinarla, a tener una especie de premonición con sus estados de alma y de inteligencia, o en su caso con sus movimientos y reacciones naturales (despierto, y voy directo a ver una flor que nació anoche en mi jardín. La esperaba y la sabía, como sabe el buen paisano lo que le pide su tierra o su viña). ¿Cuántas veces sin decirnos una palabra con el enamorado sabemos lo que está pensando ante una situación o ante unas palabras que se dicen? Lo vemos en un gesto imperceptible de su cara y, a veces hasta sin verlo, estando de espaldas, ya sabemos lo que piensa y el gesto que está haciendo. Sabemos que ante un acto nuestro ella lo aprueba o lo desaprueba sin siquiera escuchar una palabra o ver un gesto. Ella se ha hecho carne en nosotros. Hay una especie de telepatía, experiencia que muchas veces han experimentado las madres con los hijos y los campesinos con su tierra. Lo tienen dentro de ellas. Puede ser también al amor por la naturaleza, o por instituciones como la Patria (que a veces “duele” dentro de nosotros).
  Puede ser por Cristo, siendo espíritu poético y no místico. Amar a Cristo y, de tanto tratarlo hacerlo conocido en mi interior, transformarlo en parte de mi conciencia, saber y sentir lo que Él piensa ante cada uno de mis actos. Intimidad que se logra en el trato amoroso de la piedad. El “espíritu místico” es diferente, es un grado de perfección mucho mayor y al que lo lectores, y quién les habla, no creo que hayan llegado ni puedan comprender del todo. El místico no aprehende - por amor - al Cristo que se hace interior, sino que él mismo desaparece en Cristo, se entrega de tal manera que él mismo es quién se derrama en Cristo, y ya no es él, sino Cristo. El poeta sigue indagando sobre sí mismo, como efecto de aquella causa.  El misticismo es un acto de despojo perfecto. Lo poético es un acto de apropiación. La Misa es un acto cultural artístico, que se puede hacer poético, pero que debe culminar en lo místico (todos actos de la inteligencia). María se anonada en su Hijo, se entrega completamente.
   El poeta habla desde el alma de cosas que conoce de esta manera íntima, de cosas que han entrado en él de esta forma que se han hecho connaturales, y que por tanto si ellas sufren, sufre el poeta, si ellas se alegran, se alegra el poeta, y cuando nos habla de ellas nos habla de él y viceversa. Es el alma humana en la profundidad de su amor que nos habla de las cosas que ama al hablarnos de su amor, de las cosas hechas carne y espíritu en sí mismo. Dijimos que no necesariamente sus conclusiones pueden ser ciertas objetivamente, pero esa cosa que ama debe ser real y pasible de conocimiento, no irreal y sujeto de simple y pura imaginación.
  Falsos poetas son cuando ese conocimiento se finge, las emociones se emulan y los sentimientos se provocan como los provoca un artista de teatro. Tienen que ser verdaderos para que sea poesía, y en esto engatusan y se engatusan mucho los poetas.  Cuando Neruda canta loas a la URSS o a Lenin, suena campana de palo, en realidad le importa un higo y está haciendo publicidad rentada; algo parecido son los poemas de amor de Borges, porque adivinamos que es una pose, un telón, no hay nada de cierto ni de real, no ama a nadie, la mujer no existe y los sentimientos no existen ni existieron, se armó una coreografía, bella sin duda, pero falsa: es un fingimiento. La Beatrice de Dante era real. (Lugones lo logra en sus poemas gauchescos, pero el resto es bastantes fuegos de Hungría).
   Es normal que los poetas tengan una gran producción de versos y rimas en los que se experimenta la técnica y se templa el oficio (y sin duda satisfacen el esteta) y que suelen engañar a los incautos (como las rimas de Bécquer, o aquellos poemas “harinosos” que decía Bloy de Lamartine). O que aplican esta técnica para enseñar con belleza un contenido, o edificar a las personas. Pero el poema exige que esté escrito con “sangre”, de la misma manera que escribió Cristo el poema divino del Gólgota. Yo publiqué un poema de mi padre que dedicó a mi madre muerta, a mi hermano el cura no le gustó la divulgación porque era una imperfección del alma de mi padre, quizá hasta un pecado; y es cierto. Pero era un poema salido del alma.
   Como los tenemos a mano veamos los  poemas de más abajo, el Jauja de Castellani y el de Caponnetto. El de Castellani es un buen verso, con buena técnica y buenos recursos, estéticamente impecable, que nos habla de “algo” y de “alguien” a quienes está estudiando y rehace su periplo intelectual mediante una metáfora estéticamente impecable, señala a un compañero de esta ruta valorando la amistad intelectual, y es cierto que ganamos en hondura perceptiva de ese algo y alguien, entendemos de alguna manera la “aventura” intelectual del autor de una forma bella. Pero no es un “poema”. El de Caponnetto, por el contrario, delata el dolor de un alma enamorada de la Iglesia, nos cuenta su tragedia de amor, y tiene el poema la hondura que tiene su alma, conlleva terribles confesiones, enormes intimidades, desnuda su alma y vale lo que su alma sufriente de amor se duele frente a la realidad de la Iglesia. En el primero apreciamos algo, en el segundo recibimos una cuita de un alma que experimenta su amor  y conoce el objeto amado en un acto de compenetración o de connaturalidad. No vemos sólo sus sentimientos o sus emociones, que allí están, pero están como fruto de un acto inteligente de conocimiento de algo real; de conocimiento no meramente intelectual, sino de conocimiento por frecuentación en el amor. No digo que su visión no tenga errores, pero son “sus” errores. No nos quiere decir qué es la Iglesia, para eso escribiría un tratado, sino lo que nos dice es “como vive la Iglesia dentro de él” y lo dice con total sinceridad y desamparo (en Castellani prepondera el teólogo sobre el poeta), mostrando una Iglesia que parece muerta, pero que vive en el misterio y vive en él por ello. Ese misterio de supervivencia de la Iglesia, es misterioso, pero es real, y su alma lo capta y nos lo transmite.  
    No todo son loas. Pasemos ahora al poema que me acaba de llegar del mismo autor: “Repudio y Esperanza” -  de bellísima factura -  en que canta el dolor por su Patria que parece muerta, pero que al final ¡Vive! Y la verdad es…  que no vive, está más muerta que el caballo de Garibaldi. Se le impone al poeta una razón “edificante” y trayendo esos sentimientos e intelecciones que se han expresado de la Iglesia, los aplica a un objeto que no es real, que fue, y al que no le caben las categorías místicas, es pura ficción. Porque siendo humano, ha fenecido como fenece todo lo humano, como murió Atenas, Esparta, Florencia, Venecia, la misma Francia y la llorada España, como muere la amante, la esposa y el amigo.
  Y en realidad un verdadero poema sobre la Patria Argentina debería reflejar esa desesperanza que tiene el poeta que nos habla de su amante muerta y repite… “never more… never more”. Es muy bella esta poesía de Caponnetto, pero no es un poema, no es verdadero. No quiero decir con esto que el autor nos engaña; sus emociones lo engañan, se quiere engañar probablemente porque hay en él razones de edificación y no quiere decir toda la dura verdad. El pedagogo se impone al poeta. Y hay una excelente estética.
    Este tipo de conocimiento adquirido en la frecuentación del amor, ya lo dijimos, produce una especie de adivinación sobre el amado (sobre el objeto amado), una telepatía que le permite al poeta ser un poco profeta aun sin quererlo “pues el sufrir aumenta la lumbre inteligible” (nos dice Caponnetto), pero el sufrimiento debe ser real, y no regusto de sufrimiento, como la esperanza debe ser real y no buena intención edificante, porque en este caso la adivinación y la profecía no viene de fuente límpida, de connaturalidad, sino de pura imaginación . Por ejemplo: el amor por los hijos nos hace prever su futuro, una madre es muy común “que se la vea venir” (no quiero relatarles la cantidad de veces que mi madre me adivinó - con acierto - sucesos que yo no tenía ni pensados, pues ella pensaba en mí de una manera que yo no hacía sobre mí mismo), pero esto exige una visión muy realista del hijo que se tiene, pues si se idealiza, seguro se fallará en el pronóstico. Resultaría absurdo prever las conductas de un hijo que ha muerto y que por obnubilación de las emociones no queremos ver su muerte o lo creemos pasible de resucitar. (Jean Vaquié comete esta traspolación del misterio cuando anuncia que Francia “resucitará”, y con ello nos habla de un alma perdida en ensoñaciones, fuera de lo real, aún de lo real místico, perdiendo todo valor).

    Ya tenemos una somera idea de lo que hace al poeta y

su diferencia con el esteta, siendo este último el que hace cosas 

lindas, lindas obras de arte, pero con su apreciación intelectual y 

estética, su mejor técnica e inteligencia y con objetivos vicarios, 

buenos o malos, loas a Lenin o a Cristo. No quiero despreciarlo, 

pues el poema tiene necesariamente este componente, este 

elemento, que al captar lo bello como trascendental del ser, la más 

de las veces muestra otra cara de la verdad que suele pasar 

inadvertida y la búsqueda de lo bello fuerza el entendimiento del 

poeta que no puede contrariarlo. Por ejemplo, volviendo al poema 

de Don Antonio,  nos dice:

      “El vendaval de piedras molía los hogares
                       
    socavaba la casa, tumbaba el tamarisco
                   
                     una hermandad quedaba, cara a Dios los altares”.
  
   Una valoración intelectual y prudencial puede justificar la necesidad de asistir a una misa reformada “cara al pueblo”, pero la necesidad estética no falla, tiene que ser “cara a Dios”, el poeta está obligado. Lo que puede gastar enormes cantidades de páginas y tinta en el ensayista, para el poeta se define en un tris de contundencia estética. Podrá argumentar en ese otro plano, pero aquí no queda resto. Con ello vemos que el poema gana en comprensión de las razones profundas del poeta, de la inteligencia de la cosa,  porque no sólo la razón estética se impone, sino que el amor, el conocimiento de amor,  define la opción sin más argumentos y deja el poeta al descubierto; como dejará a otros con su amor por una muchacha.  Los tres versos arriba citados no son una rima estética ni el recuento de un suceso que se observa, es una tragedia que se vive, que se entiende en toda la contundencia de su ocurrencia dentro del alma, como cuando cae derrumbado un viejo tamarisco en la heredad familiar. El ensayista busca las causas y los procesos, pero el poeta experimenta el derribo como un vendaval de piedras, como cae un árbol en una tormenta.  (Y ya hemos tenido esta discusión con el autor, que no me la acepta como ensayista, y me la otorga como poeta. “ Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado"  diría Miguel Hernández).
    ¡Pobre del poeta! ¡Qué terrible suerte! ¡Pobres  los que aman! Pero no hay manera de ser hombres sin jugar esta suerte, pues sin la hondura del espíritu poético las cosas nos son ajenas, nos volvemos indolentes ante la tragedia de la creación herida por el pecado. Y el poeta nos llama a sentir – y entender- esto, esta creación que cruje de dolor en el testimonio de un alma doliente. Pero el poeta no está exento de ceñirse a lo real aun lanzándose en la hondura de su percepción anímica, y corre el peligro de traicionarlo en su imaginación y caer ya no en honduras sino en abismos emotivos enfermizos, cuando no, en falacias estéticas.  
    He dicho que se puede  tener espíritu poético sin ser poeta. El no tener esta capacidad espiritual habla de un hombre cercenado, bloqueado y anestesiado: el hombre banal. Ya el poeta da un paso adelante del espíritu, y testimonia y hace evidente este espíritu, lo convierte en obra “objetiva”, y él mismo se hace objeto de análisis, y esta es una aventura tremenda que no se la recomiendo a nadie porque este ponerse en manos de los otros, desnudo y genuino, lleva a la tragedia común de que será despedazado (como puedo estar haciendo yo). Muy pocos entenderán que esta entrega obliga al silencio cuando la misma es verdadera, no podemos hacer juicio de un alma, no entra en nuestras posibilidades. Podemos hacer juicio de que tal verso o tal obra no es realmente poética, puede tener cierta belleza, pero pertenece a otro tipo de estilo o es simplemente fingimiento, Calmel dice que “una poesía edificante ni es edificante ni es poesía”, sin que esto signifique que no sea bueno cultivar la literatura edificante. Pero el poema es tragedia y muestra el alma tal cual es, en contacto con lo que es real, en una perspectiva amorosa.  Si este acto de sinceridad se produce, en el más vil de los hombres, uno calla ante esa historia. “Una temporada en el infierno” es un ejemplo, o “El cuervo” y su canto desesperado. Son poemas en toda la letra, nada edificantes. Y hasta pueden ser un pecado en toda la línea. Pero un verso sobre un amor imaginario es pura chafalonía.
    Incomodemos una vez más a Don Antonio; su poema sobre Salazar es un poema, no es un análisis agudo sobre una personalidad, es una empatía amorosa con el personaje que nos abre todo un horizonte de comprensión.
    Pero la poesía es un “asunto de hombres”, muy humano. Nos dice Calmel que los Ángeles no hacen poesía, pues no hay en ellos ese sufrimiento de su condición, ese replegarse sobre el propio dolor que causa el amor imperfecto del ser imperfecto sobre cosas imperfectas, el amor de ellos es total olvido de ellos mismos y existencia en Dios, eso seremos nosotros si somos salvos, el “objeto amado” nos asumirá y su contemplación sin defecto se hará toda nuestra plenitud. Esa “distancia” del amor y lo amado que es nuestra condición actual, ya no existirá y no habrá dolor, y por tanto no habrá poesía.
    Lo poético es propio de nuestra condición de amantes sufrientes, y como todo acto de sufrimiento por uno mismo  corre el riesgo de hacerse vicio y cegarnos. La pérdida de nuestros más legítimos amores humanos y pasajeros no deben enfermar el alma que, cuando es saludable sabe que todas esas cosas, aún las más preciadas, deben morir y hay que dejarlas ir. Sabe también que todos esos amores humanos nunca serán un encuentro total, estarán llenos de desencuentros que se sufren a diario, y esto no debe amargar ni provocar vanas esperanzas de realización en las cosas humanas.  Con esto quiero expresar que el espíritu poético puede transformarse en un verdadero pecado en sí mismo, y que la más de las veces un poema expresa más un alma en pecado, y que se solaza en ese pecado,  que un alma que busca la perfección.  “Que los muertos entierren a los muertos” dijo Cristo, y todas las cosas humanas son cosas de muertos con las que no debemos alimentar un permanente dolor.
   Reitero la idea; cuando el poeta descubre que está – por razones estéticas y trágicas en la que abisma su espíritu -  exagerando y regodeándose en su dolor (por la amante muerta, por el país perdido, por la patria frustrada), suele recurrir a la esperanza vana o falsa para darse una salida. Lo poético es virtud si mantiene el equilibrio y la inteligencia permanece asida a lo real y proporcionado.
    En el poema “El Cuervo”, Poe se desangra por la ausencia de la amada a la que sabe que no verá “nunca más”, y peca al no pensar en la verdadera esperanza de la resurrección, el “never more” es total. En el poema de mi padre – al que aludí – se suma que la quiere “terrena” y no  consuela su dolor humano  aquella esperanza sobrenatural, aun cuando sabe que se producirá; para consolarse tendrá que transcurrir él mismo la muerte. Ambos autores, humanos muy humanos, de alguna manera pecan. Pero si alguno de ellos nos dijera que se consuela pensando que resucitará como Lázaro para volver  a sus brazos… acaban de romper lo poético con lo absurdo y tonto. Es un craso “happy end” para edificación de los simplones. Los dos anteriores son almas humanas en toda la imperfección de sus dolores, lo otro es una chapucería que rompe el encanto poético.
    Los dos grandes poemas (épico uno y nostálgico el otro) que han hablado de nuestra Patria Argentina (Martín Fierro y Don Segundo) son claros epitafios. No podían ser de otra manera. Cristiano el primero y agnóstico el segundo, la sentencia que surge del alma de ambos poetas que han amado al país desde una consonancia connatural, es la misma.  Y, terminará  cada uno para un punto cardinal en el caso de los Fierro, o perdiéndose en un horizonte sangrante el uno y en la banalidad de lo cotidiano el otro en Güiraldes;  ya la patria no los reunirá porque ha dejado de “ser”. Los Ismael y Ahab de Melville componen el mismo drama y el Pequod se hunde,  “Call me Ismael” dirán los norteamericanos prácticos y venderán hamburguesas;  “llámame  Fabio” podríamos decir nosotros y a engordar vacas. O pegarnos un escopetazo como Lugones y Quiroga buscando el horizonte sangrante de Segundo.

   Entiendo que muchos quieran entregar a las generaciones un mensaje edificante y esperanzado  sobre nuestra pobre patria, pero no nace este del espíritu poético, sino que lo traiciona. El dictamen de la esperanza es verdadero cuando habla de las cosas de Dios, pero necesita una más clara y evidente apoyatura frente a la caducidad de las cosas humanas. Ante estas últimas, el humano sabe que tarde o temprano no habrá más esperanza, tendrá que haber resignación y coraje para aguantar el cimbrón, y las falsas esperanzas son un recurso de débiles. Dirán ustedes… ¿quién es este para expedir este certificado de defunción? Y ya les he contado que está firmado mucho antes que hoy por nuestros más iluminados vates. Y seguro dirán de mí como aquel poeta se defendía de la sentencia del torvo, desplumado  y flaco cuervo:

      “sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de “Nunca, nunca más.

        Optando entre los destinos de Don Segundo y Fabio, de Ismael y de Ahab, uno va navegando esta vida sin patria terrena, que se desangró en el horizonte y a la que el Leviatán  hundió;  yendo a nuestros asuntos  y  Esperando en Cristo, y sólo en Cristo y su Iglesia que nos lleven a aquella Jauja Eterna como rogaba  aquel  grumete caponetiano. De la Patria… el desconsuelo.
      
“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
                      -------------------------------------------------------------

(Post Escriptum: Con respecto a la Patria fenecida irremediablemente, y más allá de las esperanzas forzadas y edificantes de restauración o resucitación que sólo se sostienen esperando el milagro que niega la fundamental profecía;  ya mucho de los “prácticos” intentan la construcción de “algo nuevo” (un nuevo Eón), de algo diferente  a aquella Civilización Cristiana que ha terminado, y que cuente con “lo que los tiempos  nos han dado” después de la caída de la Cristiandad. No otra cosa es la idea que rumbea el pobre caletre del Borbón en el reportaje abajo publicado, ni los múltiples milenarismos que nos entornan esperando reinos angélicos.  En lo que a mí respecta - y sin hacer cálculos de años o siglos-  todo anuncia la entrada del tiempo del hijo de la Bestia y es para este reino que todas estas falsas  esperanzas  están confluyendo ,  para él están preparando a los hombres, aun a los elegidos si esto pudiera ocurrir).   
             

    

28 comentarios:

  1. Post Escriptum: ¡tanto "gregre" Pa "ubicarse"??
    ¿"entrada" del Mandinga...? ¿Recien.?
    Seguimos "soñando" con los elegidos.
    Esos son los que no "entraron" en ningun tiempo!!!
    O los Arrepentidos de haber "entrado".
    Ningun "borbon" puede ser palenque ande ir a rascarse.
    Si el Buen Combate.
    Saulo supo "sacudir" a Pedro con un "par de moquetes".
    No le pidio permiso.
    Abrazo en Cristo Rey y en Maria Santisima

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    1. El comentario no era malo, pero no hacía falta tanta puteada.

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  3. la imagen que ilustra el articulo que significa? quien es su autor?

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    1. No tengo idea del autor, es una ilustración del poema El Cuervo de Poe.

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    2. Perdón por la intromisión, el autor es Gustave Doré.

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  4. ¡Ya había reparado yo también en este verso del Regreso a Jauja:

    pues el sufrir aumenta la lumbre inteligible

    como una de las lecciones más altas del poema (que las tiene, y varias)! Digna (como toda esta refundición lo es de su modelo castellaniano) de aquellos célebres alejandrinos de Baudelaire:

    Je sais que la douleur est la noblesse unique
    où ne mordront jamais la terre et les enfers,
    et qu'il faut pour tresser ma coronne mystique
    imposer tous les temps et tous les univers.


    Sí: lo poético es una acto de apropiación, mientras que lo místico es cosa de un acabado despojo. Que curiosamente y a menudo se cruzan e identifican, siendo por naturaleza tan distintos. O bien: el fin en ambos es uno y el mismo, porque el hombre tiene un sólo fin (una única vocación, que es celestial) y por ello, porque lo místico lo anticipa y encarna más perfectamente, se hace como el alma (la "forma") de todo oficio bien cumplido.

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    1. Es bueno tenerte a mano (estuve unos días alejado). La imágen del Tamarindo me resulta especialmente rotunda y agónica, el recuerdo de la situación del pueblo elegido deambulando en el escueto desierto durante tantos años siempre me vuelve al pensar en en esta época.

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  5. esto es gravísimo

    escuchen a este mejicano Alexander Backman

    https://www.youtube.com/watch?v=XY5TdbcgeQI
    CR 2013 EP 15 LAS FABRICAS DE ALMAS PARTE 1 DE 2
    concienciaradio
    concienciaradio

    Publicado el 16 jun. 2015
    1ra parte de la Verdad detrás del fenómeno OVNI en base a la investigación oficial del Grupo Collins Elite del Pentágono.

    La 2da parte pronto estará lista.
    Programa: CONCIENCIA RADIO
    Conductores: Mónica Gahbler y Alexander Backman
    Medio: CRN http://concienciaradio.com
    Año: 2013
    Episodio: 15

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    1. es protestonto gnóstico pobrecito
      en su página ofrece el iibro del kabalion....jeje

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  6. De paso.
    Sr. Cocodrilo del Foso, este articulo me ha parecido simplemente un acto redencion de sentimiento de culpa. Porque de paso, creo haber leido alguna critica suya a expresiones del Dr. Caponnetto en entradas anteriores. Le sigo a Ud., frecuentemente y de paso, pero este articulo lo presiento confuso. Un abrazo.

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    1. Si lee bien, las diferencias siguen marcadas, lo que no priva de la admiración que me merece el autor en muchísimas facetas y el aprecio personal . Lo cierto es que en las disidencias hay que saber distinguir entre un mal tipo con malas ideas, y un buen tipo con ciertas diferencias.

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    2. Y ¿un "buen tipo" con malas ideas? La "soberbia" acaso ¡no es una "mala idea"?

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    3. No sea zote, la acusación de soberbia nos cabe a todos mechada con algún otro pecado, y a muy pocos en forma pura. Hay una forma de saber cuando un tipo es exclusivamente soberbio: es pelotudo, evidente e inmensamente pelotudo. Y le puedo asegurar que el referido no tiene un pelo de zonzo.

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    4. Disculpe, pero no entendi.
      ¿No tiene "que"?
      En serio: no se "enoje".
      ¿La "pura" soberbia? ¿"exclusiva" soberbia?
      ¿Es poetico?

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    5. No me enojo. La soberbia en estado puro es el demonio, es decretarse condenado y perdido y sólo buscar perder a los demás. Los hombres todos tenemos una buena cuota de soberbia, que normalmente viene mezclada con alguno de los otros pecados capitales. Avaro soberbio, lujurioso soberbio, etc; siempre está allí de base en nuestra imperfección, pero no puede ser exagerada o reventamos. Los grandes soberbios están en las villas miserias, es un pecado que en estado puro te convierte en un monstruo y en un imbécil, te aisla, te ensordece. Todos sabemos que no somos para tanto y buscamos ayuda en los demás, y cada tanto miramos al cielo. Cuando a alguien se le dice "soberbio" normalmente es un insulto gratuito, para demonizarlo, pero nadie es todavía un demonio (o casi nadie). No hay que usar ese recurso. Lo más cercano a la soberbia se da en tipos muy imbéciles, esos creídos que dicen burradas y no escuchan nunca a nadie, no aprenden, y terminan solos. Se puede ser un poco más o menos vanidoso, pero soberbio... Si una persona tiene amores, tiene amigos, tiene diálogo y vive en sociedad, nunca es un soberbio por definición. Digamos que es tan impropio definir a alguien como "soberbio", como decirle "divino". Es decirle "condenado". Me atrevo a decir que definir a otro como soberbio es un pecado de soberbia.

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    6. Don Croco: adhiero plenamente a su reflexión sobre la soberbia y los soberbios; y diría lo mismo cuando juzgamos con excesiva rapidez de humilde a alguien. Recuerdo cuánto y con qué frivolidad fue elogiada la humildad del Papa Francisco. No niego que sea humilde, tampoco lo afirmo. Me lleva a reflexionar sobre el modo superficial que tenemos a veces de entender tanto soberbia como humildad; en algunos casos confundiéndolas con la vanidad y con cierta modestia, respectivamente. Me gustaría una reflexión más extensa suya sobre el asunto. In Christo.
      El búho soberbio.

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    7. Humildad es darles la razón a los demás cuando la tienen, en contra de una previa opinión propia, no usar zapatos gastados

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  7. La amputacion de un articulo de De Matei en el muy respetable blog: HACIA LA VERDADERA CRISTIANDAD; raya en la bajeza.
    Esta muy bien "poner la marcha atras"; no resbalarse en el propio "trillo".
    Lamentable.
    Sera que ¿para muestra basta un "boton "?

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    1. No sé a qué se refiere, pero De Mattei sólo lo soporto amputado. En la plenitud de su TFP se me hace insoportable.

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    2. Ud. no es de mucho "soportar". No es un reproche, solo constatar.
      A lo ultimo: su problema.
      Vayamos a lo que Ud. llama "plenitud" de la TFP.
      Sin dudas dos epocas bien diferenciadas:
      -La del Dr. Plinio Correa. Con su fidelidad a la Fe y a la Santa Misa Tridentina
      -La del isacriote Joao Clas. Con su Traicion que aun no termina de consumarse.
      El mejor homenaje a lo genuino de la obra del Dr. Plinio es ver que, ya desde el principio, sufrio la infiltracion-por derecha y por izquierda-tal cual siempre toda Obra que se pretenda Catolica.
      En tal senda bueno recordar hechos:
      -los ataques a Mons. Lefevre con "sus" luego Eclesias dei
      -Mons. Castro Mayer y sus "rifanes"
      -Card. Mindzeny
      -los Martires chinos de ayer, hoy, y sacrificados una vez mas.

      En mi opinion la grandeza de los Fundadores se ve con mayor claridad en que sus detractores-internos y externos-se vieron obligados a esperar sus muertes para intentar consumar su soez entreguismo.
      La "vieja" "estrategia sin tiempo".
      Sin duda lo lograron con las Obras de Mons. Castro y la del Dr. Plinio.
      Vaya si lo intentaron aun en vida de ambos.
      Con "exitos" solo parciales.
      La lucha persiste.
      ¿Lograran "culminar" su reproba accion respecto a Mons. Lefevre?
      Firmemente creo que no.
      Debo "soportsr" que no dependa de este humilde observador afecto a la Providencia.
      Si de quienes; sin excusas; les es impuesto la ineludible obligacion de Estado.
      SIN EXCUSAS.
      Al respecto entiendo corresponde especial referencia a los Dominicos de Avrille.
      Unicos legatarios del P Calmel y primerisimas victimas de quienes parecen; (o se "muestran"); "confundidos".
      Al que le caiga el sayo que lo cargue.
      En Cristo Rey y Maria Santisima Sin Pecado Concebida
      Atanasio


      -

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    3. No es para comenzar una disputa, pero el pobre Plinio - que Dios lo tenga en su gloria- siempre me resultó bastante disparatado.

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    4. Tampoco pretendo iniciar otra disputa pero sobre Ud. también resulta bastante disparatado.

      Kingsan

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    5. ¡Epa!
      Sin "disputas".
      Alcanza, (y sobra), con recordar el anciano; (pero siempre joven); concepto de Universitas.
      Ver, escrutar, volver a ver y luego resolver.
      Dado el "disparatado" presente: ¿Es mucho pedir?
      Atanasio

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    6. Lo cierto es que tratándose de un mundo bastante disparatado, el ser disparatado no alcanza al insulto. El lanzar opiniones en un blog y no escribir todo un libro, hace aparecer las puestas a veces dispares.

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    7. - Abuelo! abuelo!, salga a la vereda que hay una riña.
      - Cómo, que hay una niña?
      - No, abuelo, que hay una disputa...
      - Ah, entonces no era tan niña

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    8. Exacto Don Jorge. De "niña" nada.

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    9. Dn. Jorge, se le cayó el documento. Ese cuento lo repetía mi abuelo cuando yo era un purrete y ya piso los 60.

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