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jueves, 17 de mayo de 2018

FRAGMENTO



Resultado de imagen para imagen de carlomagnoLA IDEA DEL

 IMPERIO

P. Álvaro Calderón.
   En la revelación no sólo no hay ninguna gran esperanza política, sino que la doctrina del pecado original implica un claro y sabio pesimismo político. 

    El pecado dejó al mundo bajo el poder de Satanás, y si bien Jesucristo triunfó de él por la Cruz, los efectos de la Redención no serán completos hasta la renovación del universo en la segunda venida de Nuestro Señor. Aún después de la Cruz y de la institución de la Iglesia, el demonio no deja de ser el “Príncipe de este mundo” (Jn 14,30): “estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo, según el Príncipe del imperio del aire, el espíritu que actúa en los rebeldes” (Ef 2,1-2). Hasta el final de los tiempos el mundo sigue bajo la potestad de Satanás: “Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (Jn 5, 19).   Y como vimos, las influencias combinadas del demonio, del mundo y de la carne afectan especialmente a los hombres que detentan el poder político. Y mientras mayor sea el poder, mayor la tentación.
    Por razón justamente de este estado del hombre en su naturaleza caída, Jesucristo separó las jurisdicciones eclesiástica y política, dotando solamente a la jerarquía eclesiástica de los carismas necesarios para su buen ejercicio, y despojándola de todo aquello de lo que aprovecha el Maligno para dominar: riqueza, mujer y la soberbia del poder material. El benéfico influjo del poder eclesiástico haría posible una de las más grandes maravillas de la gracia: los reyes santos. Pero mientras el mundo sea mundo, éstos nunca dejarán de ser excepción, y a reyes santos no es de esperar que le sigan hijos santos. De allí que, aun en los tiempos del mayor esplendor de la Cristiandad, a la Iglesia siempre la haya salvado de la opresión la pluralidad de los  reinos cristianos, pues los poderosos siempre han terminado intentando forzar los poderes eclesiásticos a su favor, y sólo han podido ser frenados por el entrecruzamiento de intereses políticos contrarios.
      Parce cierto, como dice el P. Castellani, que entre los monarcas cristianos persistió la ilusión de reconstruir el Imperio, pero nos atrevemos a decir que fue una tentación bajo apariencia de bien, sufrida por aquellos que no tienen el carisma de la indefectibilidad en el ejercicio de su prudencia política. Los Papas han tenido siempre las cosas más en claro. La cita que dimos más arriba no termina ahí: “El último dellos fue Francisco José de Austria, despojado de su título – y de sus súbditos, al menos nominales – Por Napoleón I; el cual representó el cuarto o el quinto intento de unificar Europa (o sea, reconstruir el Imperio), ideal que ha sido constantemente el sueño de los grandes estadistas europeos; y ha venido a refugiarse hoy en el seno de la NATO” (P Castellani, El Apocalypsis de San Juan, Vórtice p.279) . El único Imperio mundial que en la Revelación viene profetizado antes del establecimiento del Reino de Dios, es solamente el de la Bestia del mar (Ap.13) y será por poco tiempo, que ni el diablo es capaz de mantener por mucho rato una organización mundial con hombres tan desordenados. Por lo tanto, la constitución de un Imperio mundial que efectivamente gobierne todos los pueblos, no es el sueño sino la pesadilla de los cristianos, porque si lo lograra establecer un San Carlomagno, podemos asegurar que a su muerte tendremos sentado en su trono al Anticristo.

P. Álvaro Calderón. El Reino de Dios. Pags 427 – 428.-       

2 comentarios:

  1. El libro explica los errores en los que se basa la falsa doctrina (que a fuerza de ser mantenida durante los últimos siglos, se la pretende tradicional), que sostuvieron los hombres de Iglesia sobre la cuestión de la Iglesia y el orden político.
    Error al que llama "tentación humanista" y "síndrome de inmuno deficiencia liberal" que luego se hace notar exponencialmente, respetando su lógica, en el Concilio Vaticano II.
    El autor, citándolo, propone volver al pensamiento tomista y no a la decodificación que del Aquinate hicieron desde Suárez a Ottaviani, sin olvidar a Billot y a varios más que le dieron al sofisma tintes científicos.
    Son los "teólogos de la posición media", que con la querella de Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso se abren camino pretendiendo aflojar tensiones entre el poder político y el eclesiástico y sientan, desgraciadamente, sus cátedras.
    Antes de meterse en el tema histórico, que continúa en el segundo tomo que el autor nos propmete, muy extensamente desgrana los errores y hace las precisiones sobre muchos temas, como: gracia, naturaleza, fin, fin inmanente, fin trascendente, autoridad, potestad, Iglesia y Reino, las cuatro causas de este tópico, etc.
    No será pacífico explicarle a buenas personas, con las mejores intenciones y parapetadas en un Vitoria, que la postura de los últimos siglos no es la tradicional, ni la realmente tomista, ni la evangélica.
    El autor de todos modos, con muchísima paciencia, explica punto por punto.
    Ansiosos esperamos el segundo tomo.

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    1. Cuanto me alegro que ya lo están leyendo y que aprecian no sólo el tema en sí, sino todo lo que "adorna" que es una cantera interminable de sabias precisiones sobre un montón de temas.

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